Olga Orosco

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LAS MUERTES
 
He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la
      lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de
      la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz
      de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el aprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los
      infames lechos vendidos por la dicha,
porque solo acataron una ley más ardiente que la ávida
     gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros
     de nuestra vida.

 

OLGA OROZCO
 
Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y
                                                                   entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros
                                                                                    las tatuaron.
 
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
la humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me
                                                                     conocieron.
 
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquélla que se buscaba
                en mí igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.
Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como el rayo,
no en el túmulo incierto donde alzo todavía la voz ronca y
                                                                   llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto
                                                               tiempo.
 
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
                                           que los cambiantes sueños,
allá, donde escribimos la sentencia:
«Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por
                                                          infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del
                                              primer aposento».
OLGA OROZCO: Vinculada a la propuesta generacional del '40 y al surrealismo, ha trascendido todo encasillamiento y es hoy una de las voces más altas de la poesía argentina contemporánea. Su obra, casi exclusivamente poética, incluye: "DESDE LEJOS", (1946), "LAS MUERTES", (1952), "LOS JUEGOS PELIGROSOS", (1962), "MUSEO SALVAJE", (1974), "CANTOS A BERENICE", (1977), "MUTACIONES DE LA REALIDAD", (1979), "ANTOLOGIA", (1982), "LA NOCHE A LA DERIVA" (1984), y dos novelas: "LA OSCURIDAD ES OTRO SOL", (1967) y "TAMBIEN LA LUZ ES UN ABISMO", (1995).
H.A. Murena dijo: "su poesía nace no sólo del cerebro y del espíritu, sino también de los pulmones, del estómago, del corazón y del sexo, de una inspiración que hace latir en la letra escrita la totalidad de un ser humano...
"Nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa. Actualmente vive en Buenos Aires. Este año le otorgaron el premio Juan Rulfo.
Los poemas selecionados para esta página corresponden a "Las muertes (1952)
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