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"La base de la Fortuna"

 
«Ella me contestó que nunca
se podía contar conmigo
cuando se necesitaba dinero.»

Walter Benjamín, «Diario de Moscú».


    En un camastro (no en la cama en la que trabaja, que es amplia y mullida y a la que no habría por qué denominar camastro), está echada Katia, mirando televisión. Katia está destapada pero se frota distraídamente las piernas, como si tuviera frío. Mira un programa de preguntas y respuestas que dan todos los martes a la noche, después del noticiero; es proclive a las fantasías, siempre lo fue, y cuando mira este programa le gusta imaginar que es ella la que está participando y que, en una noche incomparable, logra ganar el pozo mayor que se ofrece como premio, y además de ser joven, que ya lo es, y bella, que ya lo es, logra también convertirse en rica. A veces, tanto llega Katia a imaginar, que hace de cuenta que ya está en el canal, enfocada por las cámaras y en medio de las luces, y que tiene que responder a las preguntas del programa. Pero entonces descubre que a ninguna de las preguntas ella se la sabe, ni las de cine, ni las de deporte, ni las de literatura, ni las de historia nacional; habría perdido Katia, en caso de participar, en la primera ronda de preguntas, su tablero habría mantenido el doble cero del momento inicial, y no habría podido acceder ni siquiera al repechaje por los electrodomésticos. Nada de esto le quita, sin embargo, a Katia su ilusión, y cada martes a la noche, a menos que haya trabajo, todo lo posterga para poder ver el programa.
    Ahora está allí, recostada, revuelta una manta a sus pies, y del aparato salen aplausos y sonidos de trompetas, y también, de vez en cuando, el tic-tac de un reloj.
    Mientras tanto, en la planta alta, que es en realidad la que da a la calle, se abren unas cortinas vulgares que prometen discreción, y a través de la luz azul o violeta, entra un tipo que se llama Semenewicz. No es por prepotente ni por mal educado que Semenewicz entra y no da las buenas noches; más bien se tiene la impresión de que, por algún motivo (el más probable: la timidez), prefiere no pronunciar palabra alguna y hacerse entender tan sólo con gestos. En efecto: el señor Linz lo recibe, amable, casi cordial, detrás de la ventanilla en la que se entregan los tickets, y Semenwicz, para no tener que decir cuál es el espectáculo que le ha interesado, se limita a señalar el anuncio que luce, iluminado a medias, sobre una pared, y que es el mismo que él vio en el cartel de la calle.
    Discreto con los discretos, el señor Linz no dice más que el precio que corresponde al espectáculo requerido, y que Semenewicz, de todas formas, ya conoce, porque no pudo dejar de consultarlo en aquél mismo cartel que afuera ha llamado su atención. Semenewicz entrega los billetes, que han preparado previamente, y que completan la suma de los gastos del día previstos por él para hoy. El señor Linz le entrega a cambio un pequeño cartón amarillo o anaranjado, y con el mayor laconismo, evitando además mirar a la cara al cliente, le dice: «por aquí». Lo conduce por un pasillo alfombrado y oscuro, y luego, por unas escaleras estrechas que no resultan fáciles de bajar. Después vuelve a decirle: «por aquí», le indica un lugar y agrega: «espere un poco».
Suenan dos golpes suaves en la puerta del cuarto de Katia, que ni siquiera es de madera, si no de una especie de aglomerado bastante liviano: los propios golpes, aunque leves, parecen haberla abierto. Se asoma el señor Linz y le dice a Katia que hay trabajo para ella. Katia se levanta, apaga el televisor y le responde al señor Linz que ya está lista (y, en efecto, lo está: sólo le queda ponerse los zapatos de taco alto).
Semenewicz espera, sin paciencia ni impaciencia, en una especie de sala privada en la que flota, él no podría decir cómo ni por qué, un humo denso y azul. Ocupa una butaca ancha, en la que podrían sentarse, llegado el caso, uno o dos tipos más, siempre y cuando uno de ellos no resultara demasiado corpulento, y siempre y cuando esa sala no fuera, como lo es, y Semenewicz se ha asegurado de ello, una sala privada: un espectáculo unipersonal, para un público también unipersonal.
Vaga Semenewicz en estos pensamientos, cuando otra puerta, ubicada en el lado opuesto al de la utilizada por él hace unos minutos, se abre lentamente, y entra en la sala una muchacha que, él no lo sabe, se llama Katia, o se hace llamar Katia, en realidad, porque ése no es su verdadero nombre.
-Hola- le dice Katia, que es hermosa y parece feliz; Semenewicz, acaso por la costumbre de ir al cine, o acaso por la poca costumbre de ir al teatro, no esperaba que ella, desde el pequeño escenario, pudiese dirigirle la palabra a él, pero lo cierto es que lo ha hecho, lo ha saludado, y para poder responderle Semenewicz tiene, previamente, que tragar saliva (después de hacerlo, también él dice hola, y sonríe, o cree sonreír).
Ella es rubia y menuda; Semenewicz no la había imaginado (no trató, antes de sacar cuentas, decidirse y entrar en el local, de imaginarla), pero de alguna manera resulta ser tal y como él, en caso de imaginarla, podría haberla imaginado.
-¿Qué querés?- le pregunta Katia, caminando, ya sensual, hasta el espacio breve que separa, de forma clara, el lugar de ella y el lugar de él. Semenewicz se siente, ahora sí, desconcertado, porque había creído entender que ya estaba claro lo que él quería, que lo que él quería estaba comprendido en la denominación del espectáculo por el cual había pagado, según se consignaba en los carteles de anuncio que un rato antes habían detenido su incierto deambular por la ciudad.
Pero como ella, de todas formas, le hace la pregunta, Semenewicz se ve obligado a responder. «Ver», dice (le salen más fáciles las oraciones de no más de una palabra).
-Ver, sí -dice Katia-. Ya lo sé. Pero también, si querés, podrías venir conmigo a una de las habitaciones.
A esta propuesta, liviana y feliz, agrega Katia la mención de una cifra, una cifra que comprende varias veces la que Semenewicz pagó para ver este espectáculo, y aunque al principio él se queda confundido, de inmediato entiende que lo que la chica ha mencionado es el precio que ella tiene para irse con un cliente (y en este caso, el cliente es él) a un sitio que, en vez de escenario y butaca, tenga una cama: para pasar, por decirlo así, de la contemplación a los hechos. Pero Semenewicz ha llegado hoy al tope del dinero disponible en su plan de gastos, la plata que vale el espectáculo sí podía gastarla, pero ya no puede gastar más. «Ver», vuelve a decir, y arriesga: «Quiero ver».
-Bueno- dice ella -.Ya vas a ver.
Y, en efecto, Semenewicz ve: la ve girar a Katia, mientras empieza a sonar una música suave;
Katia queda de espaldas a él, pero no ajena, y tan suave como la música, comienza a moverse. Baila Katia, baila para Semenwicz, que es su único espectador; viéndola bailar advierte Semenewicz, extrañamente recién ahora, qué tan poco vestida está la muchacha. Ese poco, además, pronto disminuye, porque (Semenewicz ignora cómo fue que se llegó a este punto) hay una prenda que cuelga de la mano derecha de Katia, que está todavía de espaldas a él, y esa prenda, que era la que le cubría el pecho, cae ahora al suelo, sin ruido y sin pudor.
Katia, sin dejar de bailar, va dándose vuelta lentamente, hasta quedar de frente a Semenewicz; ella sabe leer semblantes, sabe cuándo le ha gustado de veras a un cliente. A Semenewicz, en efecto, ella le gusta, le gusta mucho: no podría decir Semenewicz que se ha enamorado de ella, porque lo cierto es que acaba de conocerla, y aunque no descree del amor a primera vista, en verdad apenas si han cruzado alguna palabra ella y él.
Pero la chica le gusta, eso es seguro, le gusta y mucho, y ella, que sabe distinguir muy bien esos indicios, no tarda en darse cuenta. Por eso vuelve a decirle, con una voz tenue que, sin embargo, se oye con claridad por encima de la música, que sería bueno irse a pasar un rato juntos, y mientras dice esto se acaricia los hombros, y menciona otra vez la misma cifra de antes.
Con la cabeza, no con la voz, Semenewicz se niega al renovado convite. Se cruza de piernas para disimular un bulto que podría llegar a advertirse bajo la fina tela de su pantalón de verano: es el bulto de los billetes que tiene en el bolsillo, y si bien le alcanzarían para irse a pasar un rato con Katia, en caso de emplearlos alteraría sensiblemente su plan de gastos y descompensaría sin remedio su sistema de ahorros.
-No tengo plata- dice, porque la otra explicación le parece larguísima-. No tengo tanta plata.
Entonces Katia calcula que si logra entusiasmar un poco más a Semenewicz, algo más va a obtener de él; es por tal razón que hace eso de apretarse los pechos y luego soltarlos: para que a Semenewicz le tiemblen, como le tiemblan, las manos y tal vez las rodillas, y entonces ella decirle otra vez, como le dice, que le dé de una vez esos pocos billetes, que ella sabe que los tiene, y se vayan juntos a la habitación de al lado.
Semenewicz está verdaderamente entusiasmado con Katia, no sería exagerado, ni tampoco metafórico, afirmar que arde por ella; sin embargo, fue estricto consigo mismo, un rato antes, en la calle, al determinar que no iba a gastar en su pasatiempo más dinero que el fijado para el espectáculo en cuestión. Mientras se recuerda todo esto Semenewicz a sí mismo, diciéndose también (la lección fue de su padre) que para poder gastar hay que saber ahorrar, Katia se ha quitado ese frágil raso rosado que la cubría por debajo. Ella gira otra vez: está de espaldas, y se acaricia; se sigue acariciando al darse vuelta de nuevo, y ahora le menciona otra cifra a Semenewicz: una cifra que es la mitad de la que pidió para irse con él a la habitación de al lado, pero todavía el doble de la que Semenewicz ha pagado para ver el espectáculo. Semenewicz todavía no entiende, pero en seguida Katia dice, de una manera más bien guaranga, que si le entrega esa cifra ella podría tocarlo un poco.
La situación es complicada para Semenewicz; ante todo, porque si hay algo que deplora es parecer despreciativo; pero también porque Katia le gusta, le gusta tremendamente: ya quisiera él que se dedicara sencillamente a bailar y acariciarse, para que él pudiese, mientras tanto, contemplarla, sin estar planteándole todo el tiempo cuestiones de dinero (ésas, o las de vida o muerte, son, para Semenewicz, las cuestiones más delicadas).
-No- le dice él -. Yo quiero ver. Ver.
Entonces ella entiende, o más bien supone que entiende, y propone otra cifra, mucho más baja que la que había establecido para irse con Semenewicz a pasar un rato juntos en la habitación de al lado, y más baja también que la que había reclamado para tocarlo un poco a Semenewicz;
pero mucho más alta, todavía, que la que Semenewicz había destinado para esta noche en su plan de gastos bajo el rubro esparcimiento. Explícita otra vez, directa como una declaración de guerra, Katia le dice a Semenewicz que si él le da ahora esa plata, ella puede permitirle que él se toque a sí mismo mientras la mira.
Semenewicz, ya en aprietos, le dice que no, que de veras no tiene más plata, que no la engaña; y agrega, queriendo ser más convincente, una especie de refrán sobre la necesidad del ahorro que probablemente aprendió en su infancia leyendo las estampillas de correo. Entonces Katia, no se sabe si con fastidio o con resignación, le dice a Semenewicz que bueno, que está bien, que en ese caso el show ha terminado. Dicho esto, ella junta sus pocas prendas, y así como vino, se va. Semenewicz, más lento y más apenado, sale también de la pequeña sala, sube la escalera angosta y difícil, pasa sin despedirse delante del señor Linz, vuelve a cruzar la luz azul o violeta y las cortinas baratas de la puerta de entrad, y se encuentra nuevamente en la misma calle de antes, que ahora le parece otra.
Todos tenemos, en algún recóndito lugar de nuestro ser, una región oscura: también Semenewicz la tiene. De esa región oscura proviene seguramente el pensamiento que se le cruza por la cabeza cuando se aleja, por la calle mal iluminada, en dirección a la avenida. Piensa Semenewicz: «Esto me pasa por meterme con putas».
Lejos está de suponer que, en ese mismo momento, Katia en su cuarto enciende el televisor y piensa: «Judío tenía que ser», porque Katia tiene también, en algún recóndito lugar de sus ser, una región oscura: ni más ni menos que todos.

MARTIN KOHAN
de «Una pena extraordinaria», 1998.
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