Cuando a la mosca le exigen definiciones, su microscópico campo visual se oscurece.
Algunos amigos le piden que se ría más; algunos enemigos, que se ría menos. A ella la espantan por igual las estudiantinas y los velorios, las despedidas de soltero y los cortes de cinta, las reglas secas del buen decir y los vasos rotos de la vanguardia boba. La sola novedad le parece vieja; el clasicismo, un exceso de repetición. Su estilo es la mezcla; su linaje, una tranquila pasión por los anacronismos; su debilidad, la insistencia (vieja y simple) por la literatura como una artesanía paciente e inactual. Aquí está, como otras veces, igual y otra. Aquí, en el costado de la periferia. Aquí, en el borde de la corrección. Aquí, en tránsito, sinuosa e inestable: infectando la fachada blanca de las academias con los desperdicios que juntó en la orilla de los marginales. Y viceversa.