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Un habitante de la calle San Martín dejó la cotidiana bolsa de
desperdicios en el canasto de la basura. No bien entró y cerró la puerta una sombra se
deslizó sigilosa hasta el canasto, tomó la bolsa cuidadosamente y desapareció en la
oscuridad.
CIUDAD DE PERROS (Sigue de nota de tapa)
Una hora más tarde Ovidio Brudos desataba el nudo de la
bolsa plástica volcando el contenido en una amplia bandeja de chapa. Como todas las
noches, luego de ponerse los guantes de látex y el guardapolvo blanco, separó de los
desperdicios todo papel escrito con birome, lápiz o letras de molde. Embolsó el resto y
lo apartó. Puso la colección de papeles en un horno y una vez secas procedió a la
clasificación del material. Primero separó todo impreso de origen industrial, después
clasificó lo restante por el color del papel, de la tinta y la tipografía. Guardó cada
unidad de selección en pequeñas bolsitas de nylon y las etiquetó con suma rigurosidad.
Concluida la labor nocturna almacenó lo recolectado en cajas de cartón, se deshizo de la
ropa de trabajo y recostó en la cama a ver televisión.
El despertador de Ovidio Brudos sonó a las 12:30 PM.
Comió con lentitud de pajarito enfermo, abrió la sección de cultura del Diario «La
Reforma» y lo cerró rápidamente. Se dio una ligera ducha e ingresó al estudio a las 14
horas. El ambiente era rectangular y estaba iluminado por dos grandes ventanas que dejaban
entrar la destemplada luminosidad de la siesta; los laterales mayores estaban ocupados del
piso al techo con anaqueles de metal. Los de la derecha contenían monótonas hileras de
cajas con números romanos en los rótulos; los de la izquierda, en cambio, tenían
cientos de cuadernos de tapa dura de diferentes colores. En el medio del estudio un gran
escritorio descansaba debajo de una lámpara de luz blanca. Fijado a la madera de la mesa
un brazo de metal flexible sostenía una lupa circular del tamaño de un plato de postre.
Ovidio Brudos cerró las cortinas de las ventanas,
encendió la luz y acomodó una escalera plegable al lado del anaquel derecho. Subió un
par de esacalones y tomó la caja número LXI. La depositó sobre el escritorio, la abrió
y extrajo una bolsita de nylon. Leyó el rótulo y lo anotó en un bloc borrador: Papel
blanco. Manuscrito. Tinta negra. Francisco G. Baltazar. Poeta. San Martín 674. Buenos
Aires. 16/02/99- Derramó el contenido de la bolsita sobre el escritorio y meticulosamente
fue armando el rompecabezas. Después de tres cuartos de hora había reconstruido con
éxito un par hojas tamaño oficio. Flexionó el brazo que sostenía la lupa, y así
ampliadas las palabras, las comenzó a transcribir en un cuaderno de tapas rojas que
convencionalmente destinaba a la poesía. Los de tapa verde los utilizaba para novela, los
amarillos para narrativa breve y los azules para teatro.
Lento pero seguro trabajaba Brudos sin perder la
concentración. Cambió molesto una palabra que no entendió por otra que surgió
fácilmente al correr de la pluma y suspiró enfadado: le irritaban los escritores de
letra ilegible. Hubo un corte de versos que le pareció incorrecto y lo arregló de
acuerdo a su experiencia. Al finalizar reemplazó el titulo por otro más acorde a su
estado de ánimo y, con la ayuda de un diccionario de sinónimos, intercambió las
palabras fuertes del texto por otras que consideró de mayor riqueza poética. Al terminar
pensó: «¿Es un largo poema el que acabo de copiar o son dos independientes con distinto
tratamiento del tema?». Suspiró otra vez intranquilo y dijo en voz alta:
«Definitivamente no me gusta su estilo Señor Baltazar, son los últimos días que
trabajo con usted». Después sacó una hoja en blanco y pasó en limpio la versión
definitiva no sin hacer algunas modificaciones. Firmó al pie, puso el poema en un sobre y
anotó Diario La Reforma en el frente del mismo. Ordenó el material en los lugares
correspondientes y dio por terminada la jornada de trabajo.
A las seis de la tarde pasaba por la redacción del
«Diario La Reforma» y entregaba el sobre.
El despertador de Ovidio Brudos sonó a las 12:30 PM.
Comió con lentitud de pajarito enfermo, abrió la sección de cultura del Diario «La
Reforma» y pudo ver impreso en letras de molde su poema elaborado la noche anterior. Se
detuvo en el comentario de un reconocido crítico y leyó: La poética de Ovidio Brudos,
al igual que el resto de su obra, trabaja en contra del discurso convencional creando un
nuevo lenguaje que habita en los márgenes de lo dicho. Sus poemas no están concluidos,
no se rinden a una estructura. La propuesta de Brudos debe rearmarse en repetidas
lecturas. Vemos los andamios, los escalones pero hay que subir y bajar por ellos para
descubrir este edificio de alto voltaje poético. Al leerlos nos asomamos a una mente
tridimensional que observa el mundo simultáneamente por varias ventanas. Estamos frente a
una de las voces más importantes de la literatura de nuestro tiempo.
Ovidio Brudos respiró profundo y sonrió satisfecho,
cerró el diario, se dio una ligera ducha e ingresó al estudio a las 14 horas.
Marcelo Fagiano