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wpe1.jpg (51020 bytes)Francisco Urondo

Ilustración Ricardo Migliorisi (paraguay)

LA NOVIA AUSENTE

sigue amando
y a ella sobre todas

le atraen
pero no logra distinguir a la distancia

sufre así de una ausencia que crece

queda amarlas sin método y sin desenlace
amarlas de la única manera posible

se confunden y se alejan
aguantan las crueldades que sin duda no merecían
crecen sin nombre

como un trineo sobre la arena
se deslizan por memorias que no le pertenecen

un gran pájaro oscuro sobre el viento
el sonido oscuro y solitario del sol

De “Nombres” (1956-1959)

EL POLEN DE LA ETERNIDAD

                                                           a Osvaldo Avena

En Porto Alegre, a orillas
de la dársena empedrada, una
negrita camina entre dos negritos.

Buscan ágilmente un lugar
para hacer el amor, y sólo encuentran
el horizonte y las piedras.

“Qué duro es el amor”, dice
la negrita, “qué cercano
el horizonte” y todos nos ponemos a llorar

a gritar de rabia contra el cielo
que va muriendo en otros espacios,
tropezando con ciertos planetas menores y
/circunstanciales.

De “Son memorias” (1965-1969)
OJOS GRANDES, SERENOS

Andando, el barro nos llega a las caderas. Calmando
algunas inquietudes, han nacido otras. Rodamos
sobre nuevos remansos.

Nadie vuelve; es ahora el momento del amor. El deseo
es una ola suave; aquí en la orilla, con la mano firme,
detrás de los juncos, frente al sol.

Volarán los pájaros silvestres, las islas vencerán a las
palabras: el silencio sagrado sobre el mundo.

Iremos a la hoguera con los grandes herejes.

De “Historia antigua” (1950-1957)

BAR “LA CALESITA”

Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una
gran linterna mágica.

Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.

Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.

El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.

De “Historia antigua (1950-1957)
MUCHAS GRACIAS

Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
—convengamos—, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.

La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.

Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.

De “Poemas póstumos” (1970-1972)
CADA DIA QUE PASA

Sin excepción, casi por naturaleza o desatino,
todos los días, a la mañana, temprano,
ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con alegría, cuando
es necesario llegar más temprano
y con indignación o repugnancia o sed
de venganza o rabia. Todo esto
no me martiriza ni me apena, aunque parezca
lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien,
con toda impaciencia, que el ocio
llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa
ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia.

Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie,
o con desaliento; pero nunca falta
alguna cosa, un olor,
una risa que me devuelva,
para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme;
calles sucias y bocinas y el tráfico
alucinado y dormido todavía; viejos conocidos,
como el destino
o la bruma de la ciudad. Y
el mal semblante; la desconfianza
en los ojos, en los grandes ojos de la gente
hechos para volar. Manos enrarecidas
que rodean
la calle sitiando su respiración. Dominados
del mundo; empleadas
tersas y vulgares bajando
de coches lujosos de los dueños
de otras empleadas, y así sucesivamente.

De “Del otro lado” (1960-1965)
FRANCISCO URONDO: "Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta que fue -que es- Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura militar un día de junio de 1976, a los 46 años de edad...
No hubo abismos entre poesía y experiencia para Urondo. «Empuñé un arma porque busco la palabra justa» -dijo alguna vez-. Había escuchado el reclamo de Rimbaud: «¡Cambiad la vida!». Estaba convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio/por este mundo desgraciado. Le daré/ la vida para que nada siga como está, escribió.
Fue -es- uno de los poetas en lengua castellana con más valor y lucidez".

Fuente: Juan Gelman sobre Paco Urondo
Los poemas seleccionados pertenecen a "Poemas de batalla - Antología poética (1950 - 1976)", Buenos Aires, 1998.

 

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