DIEGO MUZZIO

AUTORRETRATO
 
Debería yo ser el más hermoso
a esa hora en que la lluvia cae
y el fondo del plato se llena
de pequeños pedacitos de metal.
No estos dedos gastados,
este caracol desnutrido
que porfiadamente se arrastra
sobre un pez aún vivo.
Debería ser hermoso,
las manos repletas
de pequeñas lunas incendiadas,
y una corbata azul,
el último botón de la camisa cerrado.
Un hombre pesca peces rojos
en la punta de un muelle;
una mujer pasa por la orilla
buscando escamas y anguilas para la cena.
No esta oreja
ni esta boca abierta al silencio.
Debería yo sentarme en una plaza
y mirar a la gente pasear a sus perros,
mientras un grupo de chicos le tira piedras
a un loro que lleva un ciego sobre su hombro.
El hombre del muelle
guarda los pescados rojos
en una bolsa;
la mujer tiene cinco escamas
y ninguna anguila para la cena.
Debería yo ser el más hermoso,
afeitarme,
tener también otra corbata,
roja,
y un reloj de pelos,
una piedra para raspar los días.
El hombre y la mujer
se encuentran en el muelle;
él le muestra, abriendo la bolsa,
y ella abre su mano;
los dos sonríen.
Debería yo ser el más hermoso
y sonreírte también, a esta hora,
mientras llueven pedazos de metal
sobre el fondo de un plato.
 
de «HOMBRE EN DESORDEN»,1993
DOS RIOS
Quería mostrarte: llueve sobre el río.
Ya sé que dormías, que tal vez soñabas
con aquella tarde en la que,
desde la ventana que daba al jardín,
viste a tu padre cortando el ligustro;
la espalda sudada, brillando junto al limonero
y su pelo blanco, como la espuma del té.
Tu padre dos horas antes de su muerte.
No quería despertarte pero
yo también pensaba en mi padre.
Pensaba en ese día en que me contaste
que te habías enojado con mi padre
(que nunca conociste)
y que le habías gritado a su foto
que me dejara, que me dejara tranquilo;
no lo tortures más.
Ahora, mirando la lluvia sobre el río,
pensaba en todo esto
y no pude resistir la tentación de despertarte
y traerte hasta aquí, medio dormida
frente a la ventana
para mostrarte la lluvia y allá
bajo la luz de la tormenta,
dos veleros anclados.
Sobre la biblioteca las fotos;
tu padre y el mío
que nunca se conocieron
y que ahora nadan
hombro junto a hombro
bajo la tierra.
 
de «ULTIMATUM», 1996.
MUELLE
Apoyadas contra la baranda del muelle
las cañas oscilan,
empujadas por el viento.
Más allá, los pescadores conversan en círculos,
fuman; de tanto en tanto observan el movimiento
de las líneas hundidas bajo el agua.
Sobre una bolsa de nylon
muere un enorme pez;
el sol lo seca y sus escamas desprenden
resplandores dorados,
diminutas luces como estrellas.
Me inclino junto al pez, lo toco;
los pescadores me miran con desconfianza.
Lo toco y yo, al que aún se le consiente respirar
sobre este muelle,
no me atrevo a preguntar cómo,
cómo será morir así, cómo;
lo toco, apenas.
Con la punta de mis dedos,
una y otra vez.
Los pescadores me observan.
Y el viento pasa.
 
a Adrián Sánchez          de «ULTIMATUM», 1996.
 
 
El tren cruza la ciudad, de noche,
y en los vagones desiertos perdura
una larga nube de humo de cigarrillo.
Los fumadores ya no están;
pero yo puedo encender
un nuevo cigarrillo y mirar
las luces de las casas que pasan
como luciérnagas que volaran hacia atrás.
En alguna de esas casas tal vez haya
una mujer hablándole a sus gatos,
o un teléfono que suena y una mano
que no se decide a contestar,
o un hombre, que tiene miedo de la muerte,
y ve correr mi tren pensando
en una sentencia irrevocable.
Durante un segundo ambos adivinamos
el rostro borroso del otro
detrás de una ventana;
pero ninguno sabe
quién de los dos se queda,
quién es el que parte.

 

de «ULTIMATUM», 1996.
DIEGO MUZZIO: Nació en Buenos Aires en 1969. En 1990 publicó su primer libro de poemas, «EL HUESO DEL OJO». Los poemas aquí publicados integran el volúmen de poesía que fuera distinguido con el Primer Premio Nacional de Poesía, año 1996, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes: «SHEOL SHEOL». Santiago Kovadloff, con tal motivo, escribió:»...Las tres propuestas reunidas en este libro atestiguan la versatilidad expresiva y la unidad problemática de los textos de Diego Muzzio. Aquí quiero subrayar sólo uno de sus méritos: la notable equidistancia que ha sabido mantener en relación con tres formas de la desmesura típicas de la época; el abusivo lenguaje de los sueños, el fervor colonialistay la terca opacidad de un conceptualismo extremo. Operando con recursos oriundos de las raices sanas de lo que luego fueron estas tres vertientes y sin subordinarse a ninguno de ellos, Diego Muzzio los hilvana y los dosifica con manos de buen tejedor..."

 

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