AUTORRETRATO
Debería yo ser el
más hermoso
a esa hora en que
la lluvia cae
y el fondo del
plato se llena
de pequeños
pedacitos de metal.
No estos dedos
gastados,
este caracol
desnutrido
que porfiadamente
se arrastra
sobre un pez aún
vivo.
Debería ser
hermoso,
las manos repletas
de pequeñas lunas
incendiadas,
y una corbata azul,
el último botón
de la camisa cerrado.
Un hombre pesca
peces rojos
en la punta de un
muelle;
una mujer pasa por
la orilla
buscando escamas y
anguilas para la cena.
No esta oreja
ni esta boca
abierta al silencio.
Debería yo
sentarme en una plaza
y mirar a la gente
pasear a sus perros,
mientras un grupo
de chicos le tira piedras
a un loro que lleva
un ciego sobre su hombro.
El hombre del
muelle
guarda los pescados
rojos
en una bolsa;
la mujer tiene
cinco escamas
y ninguna anguila
para la cena.
Debería yo ser el
más hermoso,
afeitarme,
tener también otra
corbata,
roja,
y un reloj de
pelos,
una piedra para
raspar los días.
El hombre y la
mujer
se encuentran en el
muelle;
él le muestra,
abriendo la bolsa,
y ella abre su
mano;
los dos sonríen.
Debería yo ser el
más hermoso
y sonreírte
también, a esta hora,
mientras llueven
pedazos de metal
sobre el fondo de
un plato.
de «HOMBRE EN
DESORDEN»,1993
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DOS RIOS
Quería mostrarte:
llueve sobre el río.
Ya sé que
dormías, que tal vez soñabas
con aquella tarde
en la que,
desde la ventana
que daba al jardín,
viste a tu padre
cortando el ligustro;
la espalda sudada,
brillando junto al limonero
y su pelo blanco,
como la espuma del té.
Tu padre dos horas
antes de su muerte.
No quería
despertarte pero
yo también pensaba
en mi padre.
Pensaba en ese día
en que me contaste
que te habías
enojado con mi padre
(que nunca
conociste)
y que le habías
gritado a su foto
que me dejara, que
me dejara tranquilo;
no lo tortures
más.
Ahora, mirando la
lluvia sobre el río,
pensaba en todo
esto
y no pude resistir
la tentación de despertarte
y traerte hasta
aquí, medio dormida
frente a la ventana
para mostrarte la
lluvia y allá
bajo la luz de la
tormenta,
dos veleros
anclados.
Sobre la biblioteca
las fotos;
tu padre y el mío
que nunca se
conocieron
y que ahora nadan
hombro junto a
hombro
bajo la
tierra.
de «ULTIMATUM»,
1996.
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- MUELLE
- Apoyadas contra la baranda del muelle
- las cañas oscilan,
- empujadas por el viento.
- Más allá, los pescadores conversan en círculos,
- fuman; de tanto en tanto observan el movimiento
- de las líneas hundidas bajo el agua.
- Sobre una bolsa de nylon
- muere un enorme pez;
- el sol lo seca y sus escamas desprenden
- resplandores dorados,
- diminutas luces como estrellas.
- Me inclino junto al pez, lo toco;
- los pescadores me miran con desconfianza.
- Lo toco y yo, al que aún se le consiente respirar
- sobre este muelle,
- no me atrevo a preguntar cómo,
- cómo será morir así, cómo;
- lo toco, apenas.
- Con la punta de mis dedos,
- una y otra vez.
- Los pescadores me observan.
- Y el viento pasa.
-
a Adrián Sánchez
de «ULTIMATUM», 1996.
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- El tren cruza la ciudad, de noche,
- y en los vagones desiertos perdura
- una larga nube de humo de cigarrillo.
- Los fumadores ya no están;
- pero yo puedo encender
- un nuevo cigarrillo y mirar
- las luces de las casas que pasan
- como luciérnagas que volaran hacia atrás.
- En alguna de esas casas tal vez haya
- una mujer hablándole a sus gatos,
- o un teléfono que suena y una mano
- que no se decide a contestar,
- o un hombre, que tiene miedo de la muerte,
- y ve correr mi tren pensando
- en una sentencia irrevocable.
- Durante un segundo ambos adivinamos
- el rostro borroso del otro
- detrás de una ventana;
- pero ninguno sabe
- quién de los dos se queda,
- quién es el que parte.
- de «ULTIMATUM», 1996.
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