La Ciudad y los Perros

La memoria de Paco era apenas selectiva. Aunque inconexos y desmadejados sus recuerdos solían ser nítidos. Ahora se le han vuelto como unidades aisladas, esquirlas vibrátiles de una trama en fuga. Los lugares se difuminan. Las fechas se disuelven. Las acciones se mezclan (como las calles ahora, como el nombre de las calles ahora).

Desde aquella noche le sucede. Cada vez más a menudo.

Le encargan un viaje, y él se confunde. General Bustos con Gobernador Guzmán, Teniente Daguerre con Comisario Medina, Bella vista con Río Turbio. Dura un instante, no más; lo que tarda en acelerar para poner segunda, para hacer un globo con el chicle de menta, para subir el volumen de la radio.

Es entonces -cuando se confunde, cuando los nombres se disfrazan, cuando el mapa de la ciudad hierve en su cerebro- que le dan ganas de fumar. De bajarse del auto y correr hasta un kiosco y fumarse de golpe un nuevo cigarrillo.

Después sigue. Primera, segunda, tercera. Tres cuadras, otras dos a la derecha, una casa con rejas.

De aquella noche Paco recuerda casi todo. Le pasa como si ese recuerdo hubiera rebasado todos los recuerdos posteriores, como si su memoria hubiera quedado fija, atascada en la trama de una historia blanda como el fango.

Había niebla. La arena brillaba. El motor del auto silbaba en la noche espesa. Cruzó el puente. Giró a la izquierda. Aminoró la velocidad. Por radio chequeó la dirección. Tenía que ser ahí, en el pasillo que se pierde en el arroyo.

Recuerda una puerta de lata verde. La puerta se abrió, un breve relumbrón en la oscuridad compacta. Recuerda el ruido de los pasos que venían desde el fondo, desde el pozo ciego de la noche neblinosa. Recuerda algo así como un grito. No recuerda haber visto un fogonazo ni haber escuchado una detonación. Sí recuerda, en cambio, el impacto contra el parabrisas, un golpe seco, un crujido, las vetas finitas como una telaraña en el vidrio. Recuerda el bulto que se le venía encima (sin brazos, sin piernas, sin cara, un montón de oscuridad más oscura que la noche oscura). Fue allí que aceleró hacia adelante, con los ojos cerrados, apretando a fondo el pedal. Nada más que un golpe, un sacudón, todo posible sonido tapado por el estrépito del motor. Abrió los ojos para frenar justo cuando una rueda empezaba a dar vueltas en el aire, al borde del arroyo. Por el retrovisor veía un bulto cruzado en su camino, inerte. Puso marcha atrás y volvió a acelerar, atravesado por el impulso que convierte al pánico en fuerza bruta. Recuerda que el auto corcoveó.

Recién en la calle pudo acomodarse a las circunstancias. Recuerda (eso sí) que prendió el que sería su último cigarrillo. Por radio avisó que había sido una llamada en falso. Avisó que se sentía mal, que la cabeza le dolía y que sacaba el auto de circulación.

Es bueno vivir en un barrio junto a la ruta, en una casita sin garage, aunque nunca falte una banda de borrachos a los que le da por agarrar a piedrazos el parabrisas del auto de un pobre remisero. Y es mucho mejor todavía que los noticieros no hayan registrado disparos nocturnos ni un cadáver desecho el domingo por la noche.

Por cuantos olvidos está tejida la realidad, piensa Paco mientras estaciona frente al jardín de una casa con rejas. Lo espera una vieja con un ramo de calas. Al cementerio dice la vieja con una voz gangosa, acomodándose como puede en el asiento de atrás.

Paco no duda. Paco pone primera y sale. Recuerda perfectamente donde mierda queda el cementerio.

 

José Di Marco

STARMEDIA        CERRAR