Y TODAS ESAS COSAS Y TODAS ESAS COSAS Y TODAS ESAS COSAS Y TODAS ESAS COSAS


UNA FOTO TAMAÑO
NATURAL DE  TU CARA 

Apoyada en los libros de la biblioteca, 
expuesta al polvo minucioso, 
a la insistencia de la luz, 
al hacer invencible del tiempo, 
se abandona sordamente al amarillo, 
destiñe poco a poco, 
se aja. 

Desde ahí te mira desviar la vista, 
ir hacia las palabras, 
escribir. 

Como una máscara de carne, 
delgada y transparente, 
el original parece menos cierto: 
una copia barata, 
un modelo vacío, 
un suceso casual y fuera de foco.  
 

José Di  Marco 


 
HASTA LAS DOCE DE LA NOCHE 

De la alegría de mi madre, 
        en medio de la triste economía, 
nacieron seis hijos, 
            y ella los crió sin burguesía. 
Los bancó mi padre, 
           entre las  emanaciones del plomo, 
hasta las doce 
            de la noche, 
                                    todos los días, 
gris de sueño, 
            y de tipografía. 
 

 Sergio Kern  

 de «Poetas de Rosario», Colección. 


 

TARDE PIASTE PAJARITO 

por qué no me habré quedado para siempre 
rampante 
en alguna de las casas de la infancia 
levantadas arriba arriba de los árboles altos? 

quién me mandó bajar 
quién me hizo bajar? 

por qué para qué en qué momento 
-bajé a tomar la leche- 

y puse entonces los pies en el mundo 
para calcinarme de ahí en adelante 

de dolor de metejones de revanchas de cacareos 
de conscientes, torpes, irremediables muertes. 

Santiago Espel

de Ediciones «Serie los Afiches»

«Sociedad de los Poetas Vivos»

VIAJE  

Es de noche. Miro por la  
ventanilla del tren, que pasa por  
una ciudad donde no se va a detener.  
Desde la altura de un puente, veo algunas  
avenidas iluminadas por luces de mercurio,  
automóviles circulando, personas esperando ómnibus. En  una esquina alcanzo a divisar un bar y sus clientes. Imagino  entonces que hay allí un hombre esperando a alguien que no  llegará. Luego, entre las sombras de una calle, veo a una pareja abrazada. A lo lejos aparece un edificio con muchas ventanas. Imagino que es un hospital, que alguien nace, o muere, mientras yo me alejo con la cadencia lejana del tren.  
Apago el cigarrillo y me invade el deseo de no bajar en la próxima estación, de continuar allí, hasta donde pueda. Tengo tiempo de volver a mis cosas, a lo que me espera, a ser aquel que no tiene nombre; aquel que alguien mirará desde un tren sin conocer.  
 

 Eduardo Grinspan 

de «ESCRI/VAMOS, Córdoba,  1997. 


PAPA SE INCENDIA 

Mi padre se vuelve al catolicismo 
y quiere que yo también me vuelva. 
Quiere que salgamos esta tarde 
con una biblia bajo el brazo 
a visitar a todo su público pudiente. 
Mi padre quiere que le ayude a montar 
un escenario sobre el techo del Abasto. 
¡Para que toda la gente lo escuche! 
¡Para que toda la gente lo aclame! 
Mi padre pasa hablando del amor de Dios. 
¡Ay, Dios mío tendré que soportarlo! 
Mi padre pasa elogiando la remera 
que Durand trajo de Inglaterra. 
Mi padre pasa haciendo bromas brillantes. 
Mi padre, púdico sentimental, pasa recién afeitado. 
Papá se cuelga del cartel de Coto, le agarra 
la electricidad y cae sobre el asfalto mugroso. 
Papá pierde el conocimiento, y cree que es 
Ricardo Zelarayán. 
Si no estoy mintiendo un poco, ya no odia 
a Enzo Francescoli. 
Es más, cree que es Enzo Francescoli 
y anda haciendo chilenas por el aire. 
Papá pisa un cable de su escenario y se 
incendia, 
desde abajo todos le tiran baldazos de agua 
y le dicen: ¡Largáte! ¡Largáte! 
Papá se larga y sale corriendo 
(envuelto en llamas!) 
hasta Tucumán y Agüero, 
para el 46 hace bajar a toda la gente y se va 
con el colectivo. ¡Y el colectivero de rehén! 
Papá maneja el colectivo descontrolado, 
el 46 da vueltas como un trompo 
hasta que se mete en el Rancho A y B 
donde los bolitas bailan cumbia. 
El 46 dejó un gran aujero en la tierra. 
Papá despareció. 
Los ratis de la 21 todavía lo andan 
buscando. 
 
 

Santiago Vega   
de «ZELARAYAN» 
(Primer Premio en el II Concurso 
Hispanoamericano Diario de Poesía, 1997).

VIEJA CANCION 

          a Emilio Cardarelli

Mi abuelo, longevo adolescente, me enseñó 
a dibujar de pájaros el cielo, acariciar al viento 
con una rama de manzano joven, y a pescar 
mojarritas de plata en la orilla de los sueños; 
aunque esas cosas nunca salvan 
de la angustia que agusana los días, 
ni de la cicatriz 
pegajosa que pronuncia el amor cuando huye, 
sirvieron, creo, para aprender y soportar 
la madeja incansable que despliega el mundo. 

Ahora crece hierba sobre su tumba, 
sus huesos, blanqueados por la rutina 
de los muertos, son restos de una flauta 
mágica a mis oídos. Su recuerdo canta en mi 
                                                        /memoria. 

El era el hombre, el único hombre, 
respetado por mi instinto, capaz de hablar 
desde el centro de la vida, desde un ojo 
artesano que desmenuza y construye 
el  sereno terciopelo sereno de las luces. 

El fue la mejor señal: el tiempo no siempre pasa  
                                                                 /en vano. 

Vencido, sobre su lenta tumba 
y acariciado por bisnietos que no reconoció 
clavó una espina de inocente herrumbre en mi pecho: 
«A ver quién me puede decir qué es este 
                                               /invento de la vida», 
dijo, desde un cuerpo en ruina, azotado 
por el látigo de la vejez, y murió 
para el sentido común y el laberinto lógico. 
Luego, adornó su despedida 
con añicos de recuerdos 
sacados al azar del formol de la juventud. 

Su corazón se detuvo a los 96 años, 
vaciado de sí mismo 
y vibrando como un motor 
que sueña darse arranque todavía 
en medio de un torbellino de hojas secas 
que barrían de soledad 
aquel viejo y ruinoso paraíso 
y quebraban para siempre 
su paso de gigante por mi vida. 
 

Marcelo Fagiano


LA MAÑANA 

Y si llueve 
y si estás despierta 
y si el mediodía se atrasa de manera espasmódica 
pero tampoco hay manera de decir cuanto tiempo                                                                        /llevás 
contando las pelusas del techo 
pendiente del flujo discontinuo de la luz 
y las sombras 
adivinando nubes 
y pasando revista a los títulos de tu biblioteca 
de acuerdo con el grosor de los lomos 
y la profundidad (o calidad del hundimiento 
-o aparente vacío- ¿lo habré prestado?) en que se 
                                                                     /ubican 
y si es al pedo levantarte 
si seguís adivinando la nada en tu heladera 
las cortinas bajas de los kioscos 
No tengo hambre -decís- es terrible 
movés un poco la cabeza 
un día voy a cambiar la almohada 
demasiado blanda, demasiado absorbente 
poca consistencia, no me despierto nunca 
no me duermo más 
no quiero tanta blandura 
de naranja que se pudre   

Diego Ignacio Gimenez

de «Breve Muestra de Poesía Contemporánea del Río de la Plata», 1995.



BUCEANDO 

Estoy rompiendo objetos, cosas, 
que sobre la mesa habitan, 
como si un viento enardecido 
peinara los flecos del tapiz. 

Me fui de vos, hace ya mucho, 
pero no puedo decírtelo. 
Una mujer me escruta, con sus nalgas de nylon, 
y enciende los colores de mi alma, 
cambia manzanas mordidas en la noche 
por penas podridas para mi corazón. 

Los gajos del silencio, son mi oficio terrestre, 
como una obra maestra del arte de mentir; 
he tejido al crochet, con lágrimas de lana, 
los momentos en que pude y no supe ser feliz. 

Hay marcas, y deseos, y botellas, 
y putas y borrachos y elixir. 
Mundos de miedo, de angustia y de cemento, 
que frenéticos aúllan, por la inmensa metrópolis, 
donde todos enfermamos de una sola vez. 

En algún lugar de esta comarca 
edifiqué un pasado para verlo morir: 
un muerto que vive y habla entre los muertos, 
con su poética de parches; no es más, 
que un hombrecito solo en el espejo 
tanteando su imagen en cristales, 
como un ciego que busca y ya no sabe, 

si llorar, si reír. 
 

 Ernesto San Millán

 

 

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