- UNA FOTO TAMAÑO
- NATURAL DE TU CARA
Apoyada en los libros de la biblioteca,
expuesta al polvo minucioso,
a la insistencia de la luz,
al hacer invencible del tiempo,
se abandona sordamente al amarillo,
destiñe poco a poco,
se aja.
Desde ahí te mira desviar la vista,
ir hacia las palabras,
escribir.
Como una máscara de carne,
delgada y transparente,
el original parece menos cierto:
una copia barata,
un modelo vacío,
un suceso casual y fuera de foco.
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HASTA LAS DOCE DE LA NOCHE
De la alegría de mi madre,
en
medio de la triste economía,
nacieron seis hijos,
y ella los crió sin burguesía.
Los bancó mi padre,
entre las emanaciones del plomo,
hasta las doce
de la noche,
todos los días,
gris de sueño,
y de tipografía.
Sergio Kern
de
«Poetas de Rosario», Colección.
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| TARDE
PIASTE PAJARITO por
qué no me habré quedado para siempre
rampante
en alguna de las casas de la infancia
levantadas arriba arriba de los árboles altos?
quién me mandó bajar
quién me hizo bajar?
por qué para qué en qué momento
-bajé a tomar la leche-
y puse entonces los pies en el mundo
para calcinarme de ahí en adelante
de dolor de metejones de revanchas de cacareos
de conscientes, torpes, irremediables muertes.
Santiago Espel
de Ediciones «Serie los Afiches»
«Sociedad de los Poetas Vivos»
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VIAJE
Es de noche. Miro por la
ventanilla del tren, que pasa por
una ciudad donde no se va a detener.
Desde la altura de un puente, veo algunas
avenidas iluminadas por luces de mercurio,
automóviles circulando, personas esperando
ómnibus. En una esquina alcanzo a divisar un
bar y sus clientes. Imagino entonces que hay
allí un hombre esperando a alguien que no llegará.
Luego, entre las sombras de una calle, veo a una pareja abrazada. A lo lejos aparece un
edificio con muchas ventanas. Imagino que es un hospital, que alguien nace, o muere,
mientras yo me alejo con la cadencia lejana del tren.
Apago el cigarrillo y me invade el deseo de no
bajar en la próxima estación, de continuar allí, hasta donde pueda. Tengo tiempo de
volver a mis cosas, a lo que me espera, a ser aquel que no tiene nombre; aquel que alguien
mirará desde un tren sin conocer.
Eduardo Grinspan
de «ESCRI/VAMOS,
Córdoba, 1997. |
PAPA SE INCENDIA
Mi padre se vuelve al catolicismo
y quiere que yo también me vuelva.
Quiere que salgamos esta tarde
con una biblia bajo el brazo
a visitar a todo su público pudiente.
Mi padre quiere que le ayude a montar
un escenario sobre el techo del Abasto.
¡Para que toda la gente lo escuche!
¡Para que toda la gente lo aclame!
Mi padre pasa hablando del amor de Dios.
¡Ay, Dios mío tendré que soportarlo!
Mi padre pasa elogiando la remera
que Durand trajo de Inglaterra.
Mi padre pasa haciendo bromas brillantes.
Mi padre, púdico sentimental, pasa recién
afeitado.
Papá se cuelga del cartel de Coto, le agarra
la electricidad y cae sobre el asfalto mugroso.
Papá pierde el conocimiento, y cree que es
Ricardo Zelarayán.
Si no estoy mintiendo un poco, ya no odia
a Enzo Francescoli.
Es más, cree que es Enzo Francescoli
y anda haciendo chilenas por el aire.
Papá pisa un cable de su escenario y se
incendia,
desde abajo todos le tiran baldazos de agua
y le dicen: ¡Largáte! ¡Largáte!
Papá se larga y sale corriendo
(envuelto en llamas!)
hasta Tucumán y Agüero,
para el 46 hace bajar a toda la gente y se va
con el colectivo. ¡Y el colectivero de rehén!
Papá maneja el colectivo descontrolado,
el 46 da vueltas como un trompo
hasta que se mete en el Rancho A y B
donde los bolitas bailan cumbia.
El 46 dejó un gran aujero en la tierra.
Papá despareció.
Los ratis de la 21 todavía lo andan
buscando.
- Santiago Vega
- de «ZELARAYAN»
- (Primer Premio en el II Concurso
- Hispanoamericano Diario de Poesía, 1997).
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VIEJA CANCION
a Emilio Cardarelli
Mi abuelo, longevo adolescente,
me enseñó
a dibujar de pájaros el cielo, acariciar al
viento
con una rama de manzano joven, y a pescar
mojarritas de plata en la orilla de los sueños;
aunque esas cosas nunca salvan
de la angustia que agusana los días,
ni de la cicatriz
pegajosa que pronuncia el amor cuando huye,
sirvieron, creo, para aprender y soportar
la madeja incansable que despliega el mundo.
Ahora crece hierba sobre su tumba,
sus huesos, blanqueados por la rutina
de los muertos, son restos de una flauta
mágica a mis oídos. Su recuerdo canta
en mi
/memoria.
El era el hombre, el único hombre,
respetado por mi instinto, capaz de hablar
desde el centro de la vida, desde un ojo
artesano que desmenuza y construye
el sereno terciopelo sereno de las luces.
El fue la mejor señal: el tiempo no siempre
pasa
/en vano.
Vencido, sobre su lenta tumba
y acariciado por bisnietos que no reconoció
clavó una espina de inocente herrumbre en mi
pecho:
«A ver quién me puede decir qué es este
/invento de la vida»,
dijo, desde un cuerpo en ruina, azotado
por el látigo de la vejez, y murió
para el sentido común y el laberinto lógico.
Luego, adornó su despedida
con añicos de recuerdos
sacados al azar del formol de la juventud.
Su corazón se detuvo a los 96 años,
vaciado de sí mismo
y vibrando como un motor
que sueña darse arranque todavía
en medio de un torbellino de hojas secas
que barrían de soledad
aquel viejo y ruinoso paraíso
y quebraban para siempre
su paso de gigante por mi vida.
Marcelo Fagiano |
LA MAÑANA
Y si llueve
y si estás despierta
y si el mediodía se atrasa de manera
espasmódica
pero tampoco hay manera de decir cuanto tiempo
/llevás
contando las pelusas del techo
pendiente del flujo discontinuo de la luz
y las sombras
adivinando nubes
y pasando revista a los títulos de tu biblioteca
de acuerdo con el grosor de los lomos
y la profundidad (o calidad del hundimiento
-o aparente vacío- ¿lo habré prestado?) en que
se
/ubican
y si es al pedo levantarte
si seguís adivinando la nada en tu heladera
las cortinas bajas de los kioscos
No tengo hambre -decís- es terrible
movés un poco la cabeza
un día voy a cambiar la almohada
demasiado blanda, demasiado absorbente
poca consistencia, no me despierto nunca
no me duermo más
no quiero tanta blandura
de naranja que se pudre
Diego Ignacio Gimenez
de «Breve Muestra de Poesía
Contemporánea del Río de la Plata», 1995. |
BUCEANDO
Estoy rompiendo objetos, cosas,
que sobre la mesa habitan,
como si un viento enardecido
peinara los flecos del tapiz.
Me fui de vos, hace ya mucho,
pero no puedo decírtelo.
Una mujer me escruta, con sus nalgas de nylon,
y enciende los colores de mi alma,
cambia manzanas mordidas en la noche
por penas podridas para mi corazón.
Los gajos del silencio, son mi oficio
terrestre,
como una obra maestra del arte de mentir;
he tejido al crochet, con lágrimas de lana,
los momentos en que pude y no supe ser feliz.
Hay marcas, y deseos, y botellas,
y putas y borrachos y elixir.
Mundos de miedo, de angustia y de cemento,
que frenéticos aúllan, por la inmensa
metrópolis,
donde todos enfermamos de una sola vez.
En algún lugar de esta comarca
edifiqué un pasado para verlo morir:
un muerto que vive y habla entre los muertos,
con su poética de parches; no es más,
que un hombrecito solo en el espejo
tanteando su imagen en cristales,
como un ciego que busca y ya no sabe,
si llorar, si reír.
Ernesto San Millán |