El embudo
(editorial)
Aunque la poesía no figure entre las estrategias
de super-vivencia, como un antídoto más, que nos
salva del super-vivismo de los poderosos, apuntamos nuestra obsesiva y voraz artillería con el fin de atraparla, sin importar el
formato o contexto en que se encuentre. Respiramos
dentro de su escafandra vivificante todo el tiempo que
sea posible. Sin embargo, no es fácil ubicar su silueta entre las multitudes de
poemas que día a día se han escrito, escriben y escribirán en
su nombre. Ardua tarea entonces domesticar sentidos e
intelecto para hallarla. Abunda, sí, pero no está en todas
partes: la omnipresencia desfigura su identidad, la carcome y convierte en moneda trivial. La cara dominante del mundo en que vivimos, con su
relampagueante y morbosa luminosidad de fin de siglo,
es esencialmente antipoética. Es decir que este exquisito
producto poético no se puede comercializar, su manipulación o cualquier cartel que lo proclame lo destruye Sabemos que la palabra es engañosa, tan ambigua como el ser que la
pronuncia, leyendo o escribiéndola, se camufla de su propio
significado, absorbe el contexto del cual participa
para elevarse o derrumbarse como signo artístico. La rosa,
la rima, un atardecer, la autoconfesión, el
hobby dominical, la emoción catarata afuera, un
exabrupto, la melosa melodía en segundo plano, el lirismo rococó y lagrimal, la ingeniosa chispa o el gran incendio, no contribuyen por sí
solos a la poesía. Mas bien generan efectos
devastadores, la banalizan, la sumergen en versos olvidables,
en lugares que de tan comunes no despiertan el más mínimo asombro.
Pero entonces, dígame compadre,
¿qué es la poesía?
Por fortuna, la poesía se
define, artísticamente hablando, por sí misma. Van
aquí como muestra el múltiple Fernando Pessoa abriéndose paso por sus luminosos costados; Nicolás Guillén, el poeta del Son ; el español
García Montero edificando La ciudad ;
Arturo Carrera con su sincopado vespertillo, Enrique Lihn y el recordable Vinicios de Moraes con un poema al pie de la Mosca
Muerta Nº 13, que no detiene ni detendrá su fúnebre
vuelo.