PERROS DE CIUDAD

Suena música clásica y el bar está desierto. Como millones de corazones solitarios a las 3 de la mañana, el bar está desierto.
   Charito revuelve el naufragio de los hielos, el suicidio, de la piedra helada haciendo fondo en ese whisky, primero con un dedo, después con el otro, hasta completar esa elipsis, lúdica al fin con todos juntos.
   «Agarrado» a la botella, Charito es uno más, que bebe, su desesperación de un solo trago. Alejado de la globalidad de este planeta, sin pensar que su cerebro, de golpe y para siempre, se le ha impuesto celular. Y que el mundo que habita es una góndola. No sabe, que a los borrachos, los locos y los niños (dioses sin ateos), los ampara el preciso, irresponsable y loco privilegio de existir.
   Charito se pregunta, desde hace mucho tiempo, cuál es el sentido de estar vivo. Mira al ponja, que pasa horas clavando la vista en la bandeja, con la que lleva y trae, las copas y cafés durante todo el día, y ve su cara reflejarse en la bandeja, nipona, su cara, milenaria y modernista, y le pregunta:
- Che ponja, no sé si estoy en pedo o estoy existencial, pero vos que sabés todas, ¿vale la pena permanecer en este mundo?
   Y el ponja, con paciencia de animal orientalista, más achinado que nunca por el sueño, le responde:
-Mirá Charito, yo creo que la grandeza de los hombres consiste en aceptar que la vida tiene cosas duras...
- ¿Y? Dice Charito, con eso adonde vamos...
-A todos lados Charito, dice el ponja. Y te diré más, Charito, ahora que el bar está desierto, y en este teatro, somos dos hongos a la vera del camino: «Existió hace mucho, un rey filósofo, que se llamó Chanakya. Su mejor iscípulo, lo esperó un día a la salida del Convento, y le preguntó al gran hombre qué significaba estar y no estar en el mundo.
- ¿Me seguís Charito? -dice el ponja. El rey le ordenó que llevara un cántaro lleno de agua hasta el borde por entre una muchedumbre en día de fiesta, sin derramar ni una gota, so pena de muerte, de manera que cuando regresó, el hombre no podía describir los festejos, porque fue como un ciego que no veía nada más que el cántaro que llevaba en la cabeza.»
-Para eso sirve, Charito - dijo el ponja -, estar en el mundo. Para saber como funcionan las cosas, para intentar saber como funcionan las cosas.
-Así que si yo llevo un cántaro en la cabeza, aprendo a vivir en este mundo...
-No Charito, dice el ponja. A vivir no se aprende Charito. Vivir es como enamorarse, buscar, y buscar,
toda la vida, hasta que alguien te sorprende y te sentís «encontrado».
-No te entiendo ponja -dice Charito-, ¿no podés largar los libros? (y se le notan los ojos rojos,
inyectados, como si fueran las ramitas de un árbol ya vencido)
-Lo que intento decirte, Charito querido, -dice el ponja-, es que lo más importante de estar vivo es ser libre, y más importante que ser libre, es tener conciencia de que se lo es.
-No te entiendo ponja...
-Sí me entendés, Charito. Pensá, escucháme: éste diálogo, ésta noche, éste Beethoven que escuchamos, éste sitio; son el mundo. El mundo que se rinde a nuestros pies. Sería hermoso que lo asimiláramos ¿no te parece?. Ya sé que somos hombres minúsculos y pobres, que vagamos por el Universo en busca de nuestro propio destino, pero nos merecemos otra cosa, al menos aspirar a ser felices ¿No?. Aunque me destroce la columna esta bandeja, todo el día dale que te dale, tirando café, sirviendo tragos, como una máquina del alma, pagando impuesto a la pobreza, -dice el ponja-, mirándote a vos como un Titánic del Smugler
-Pero yo te quiero, ponja -dice Charito.
-Ya lo sé, Charito mío. Eso no se dicute. Pero fijáte, siempre estamos igual, no progresamos. No hemos sabido poner el cuerpo, en este match de box donde por muerte va ganando el mundo.
-¿Y qué tiene, ponja, -dice Charito-. A mí venir a hablar con vos, justifica todas mis ganas de estar vivo. Antes de ser Clinton, prefiero ser Charito, el tipo que todas las noches, pensando en un escote, cierra el bar del ponja con el ponja. Vos y yo, como quién niega el odio, como dos pobres tipos que se resisten al olvido.
-Que digas eso -dice el ponja-, me hace muy feliz Charito. Esperame que cierro, ésta vuelta de whisky,
va a ser el gusto mío.
-¿Pero por qué ponja? Esta es la hora más grosa de la noche, la hora en que la gente sale de las discos....Dejá abierto, podés hacer buen filo.
-La mejor hora -grita el ponja-, mientras da vuelta el cartelito de pen/Closed; es la hora que uno derrite el tiempo con amigos. El que quiera a esta hora, esclavos, comer o beber, hasta el desmayo, que vaya a otro lado...
-Eso me gusta de vos, ponja, -dice Charito-, que en el fondo, hablás como un poeta, no sé, tenés como un gen, una lengua como de japonés poeta...
-Nada que ver, Charito! Exclama el ponja, mientras larga el chorro del Smugler contra el hielo, amarillo pajoso, como si fuera un Ñágara de espíritus.
-Soy lo que soy -charito-, dice el ponja. Yo-ponja. Yo-intransferible. Yo-hombre. Yo-defecto. Yo-silueta. Yo-destino. El resto es manada, Charito. Berreo. Plagio de la oveja, Charito. Algo complejo, difícil de entender para un corazón noble como el tuyo.-Gracias ponja, dice Charito. Te lo juro, pero lo único que ma ha dado la filosofía hasta el momento, es el honor de ser tu amigo. Esta vuelta es mía, ponja. La pago yo, dice Charito. Aunque sea para beberme el instante, para capturarlo, ¿sabés? para llenarme el alma con...no sé, con la arena del tiempo... ¿Viste?, me salió un versito...
-Por otra parte hermoso, Charito -dice el ponja-, mientras enciende un cigarrillo, confundido en los efluvios de la noche, deshaciéndose, en el humo del tabaco.
 
   La soledad, es una bruma espesa que cae sobre los cuerpos, en ese bar de fin de siglo, donde la aurora se insinúa como un bisonte de los sueños. Mientras el silencio aturde, y crece, en ese bar de fin de siglo, el ponja hurga en los recuerdos, y con los ojos mojados, milenarios, apura el whisky y dice:
-A tu salud Charito! Porque yo agradezco, como Borges de Stevenson,  que en la tierra haya Charito...

                                                                                                                                                ERNESTO SAN MILLAN
 

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