Este
era ese culto, y los prisioneros dijeron que había existido
siempre y que siempre existiría, ocultándose en
lejanías desiertas y lugares retirados hasta que el gran
sacerdote Cthulhu saliese de su sombría morada en la
ciudad submarina de R'lyeh para reinar otra vez sobre la Tierra.
Algún día vendría, cuando los astros ocuparan
una determinada posición; y el culto secreto estaría
allí, esperándolo.
Yacían
todos en casas de piedra en la gran ciudad de R'lyeh, preservada
por los sortilegios del gran Cthulhu para el día que
las estrellas y la Tierra pudiesen recibir su gloriosa resurrección.
La
gran ciudad de piedra de R'lyeh, con sus monolitos y sepulcros,
se había hundido bajo las olas, y las aguas de los abismos,
con ese misterio primigenio en que nadie había pensado
ni siquiera en penetrar, habían interrumpido esas citas
espactrales. Pero los recuerdos no morían, y los altos
sacerdotes afirmaban que cuando los astros fuesen favorables
la ciudad volvería a la superficie.
Ningún
libros aludía a él, aunque los chinos inmortales
decían que en el Necronomicón del árabe
loco Abdul Alhazred había un sentido oculto que el iniciado
podía interpretar de muy diversas maneras, especialmente
en el tan discutido dístico:
No
está muerto quien puede yacer eternamente,
y con el paso de los años la misma muerte puede morir.