Por Fernando Ayala Poveda. Tomado de su libro Manual de Literatura Colombiana, Educar Editores, 1994. Pags. 106-109


EL PERFIL Y EL FRENTE DE UN INTÉRPRETE POPULAR

La obra de Julio Flórez es próspera aunque no siempre con la misma calidad. Sus poesías clásicas fuera y dentro del romanticismo según una selección personal (no dogmática, basada en convicción y aún más en un criterio estético) son: Resurrecciones, Idilio eterno, Flores negras, Tus ojos, Buscadores de Orquídeas, Ley implacable, La gran tristeza y otro puñado de Flores Negras como su apellido. No existen dos Julios Flórez: existe uno solo. El popular, donde mezcla la tristeza, el amor filial, la desesperanza y la muerte. Algunos estudiosos explican la enorme tristeza de su poesía como una consecuencia de la época en que vivió. Dice la crítica:

"Además, en un momento determinado de nuestra historia, fue el intérprete cabal de una aguda crisis de tristeza y desconsuelo, de escepticismo y dejadez colectivos, no tan sólo por inclinación congénita, sino porque le tocó iniciar su carrera poética en una hora de desgaste y depresión de las energías nacionales. Los trastornos políticos, las revueltas militares, el agosto de las generaciones jóvenes en los campos de batalla, en un extenso país escasamente poblado, por una parte; por la otra, un pueblo inactivo y pobre, trabajando por medio siglo de literatura romántica y abandonado en medio de una naturaleza de tremenda soledad. Todo esto, como es de suponer, fue creando esa morosidad espiritual y esa resignada tristeza y ese sentido de indeferentismo con que la llegada del siglo XX, en cruda guerra civil, sorprendió a los colombianos". (Caparroso, Carlos Arturo, Dos ciclos de lirismo colombiano. Bogotá: Editorial Voluntad, 1945). Como hecho verídico, la poesía de Flórez es el resultado de una vivencia social y sus temas, la trama de aquellos sentimientos que diezman las almas del siglo XIX, siempre oprimido por la academia del látigo, de los clásicos y de la violencia.


VALORACIÓN DE UNA POESÍA

Ya comentamos la masacre de que ha sido víctima Julio Flórez, masacre que no es tan sólo moral y política, sino también llena de infamia. ¿Cuántos no la han sufrido en Colombia? He ahí a Luis Vidales, Luis Carlos López, Vargas Vila, Hernando Domínguez Camargo, Gregorio Gutiérrez Gonzáles y otros más. Sobre los juicios acerca de la poética de Julio Flórez tenemos también dos posiciones:

La crítica del culterano. Se sostiene que Julio Flórez se inscribe en un sentimentalismo fácil, inculto, y de inspiración espontánea. Agregan además que su obra ha naufragado por completo. Le reprochan su populismo (¡Qué fácil es jugar con las palabras! ¡Qué fácil prestigio!) y su versificación siempre ripiosa y siempre exagerada (Holguín, Andrés, Antología de la poesía colombiana, Bogotá: Biblioteca de Autores Colombianos, 1957).

La crítica fácil y ligera. Rafael Maya y Cuervo elogian la obra de don Julio. Incluso llegan a comparalo con Goethe y Edgar Allan Poe. Eso sería tan absurdo como comparar al Martín Fierro con La Ilíada. Son dos mundos privados, que solamente pueden medirse por sí mismos. Es el caso de García Márquez y Faulkner. Estas cuestiones de ejercicios musculares para exhibir el plexo solar de la erudición no tienen nada que ver con la literatura. El Bécquer de América, el Cervantes de Colombia, el Goethe de América Latina, y demás irrisiones por el estilo sólo deslucen a quienes cometen tal atropello. La literatura no puede medirse por kilos ni por kilómetros. Cada obra literaria tiene su propio universo y sus propias leyes. La literatura universal constituye un mundo universal con su prodigiosa corte de personajes y vitalidades.

Otros críticos exaltan su fantasía, su arraigado sentimiento y su pureza.

Una nueva variante de las posibles. En medio de la poética sombría de Julio Flórez, existe un poemario de rara belleza. Sus temas: amor y muerte, engaños de mujer, penas y desengaños, adquieren plenitud. Su música es natural, sin artificios, hecha para ser cantada en la calle no en la academia y con cuello almidonado. Sus versos sobre la madre, el amor filial, el sepulcralismo, melodramatismos de enamorados, resienten poesías que hubieran podido brillar. Julio Flórez no es un cantor tan espontáneo como parece. Sus poemas tienen estructura, ingeniería, oficio. No son poemas automáticos. Son poemas facturados con la vigilia y la lucidez. Tiene metros de acabada perfección, cimentados en una arquitectura simétrica. La sentencia de que era un bárbaro de la lengua no es real: Flórez nunca perteneció al ejército de los artilugistas. Su lenguaje es natural: no mata la palabra. La pone a vivir tal como se la dio su medio cultural y literario. Era un pájaro carpintero. Aprendía a tallar los versos en la corteza de los árboles. Por eso la juventud se reconoció en él: porque tenía un sabor a madera y fruta fresca. Ciertamente: Flórez es sentimental, popular, natural. Los ismos le salen sobrando. Su obra menos lograda ha sido motivo para esconderle su más acabada producción. En su estilo, Julio Flórez tiene el mérito de haber explorado una vena suya como Gregorio Gutiérrez Gonzáles y Vargas Vila. ¿Cuántos versos del último caballero del romanticismo son el tormento de los magos de la baraja escondida? En el poema Resurrecciones, vemos un ejemplo.

Nadie podrá negar que Julio Flórez se complementa con César Vallejo. Sólo que César Vallejo es más plural y Flórez vive anclado en el sentimiento fatalista.

Por lo demás, todos sabemos que las poesías de Julio Flórez se han cantado. También esto nos sirve para explicar la reserva hacia su poesía. Sólo que eso no lo disminuye sino lo aumenta. Muy pocos han tenido este honor: Miguel Hernández, Pablo Neruda, José Martí, y otros más. La poesía de nuestro auténtico señor de la palabra natural -selectivamente-, es para leerse en la vía pública. Aún el tiempo no le ha dado su veredicto final. El tiempo tiene la última palabra. Lo más grave que le puede suceder es que le llegue su verdadero reconocimiento porque todo llega tarde, hasta la gloria. ¿Cuántos poetas superiores creativamente a Julio Flórez hoy duermen el sueño del olvido? Al menos y con su puñado de flores negras, en cualquier lugar se escuchan estos versos:

Oye: bajo las ruinas de mis pasiones,
en el fondo de esta alma que ya no alegras,
entre polvo de ensueños y de ilusiones
yacen entumecidas mis flores negras.

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Su simple lectura nos deja una evidencia: detrás de este poema existe un hálito intensamente vivo. Sí: Flórez es el poeta de la muerte pero siempre está más cerca de la vida. Su drama es desprenderse de ella. En sus versos aparecen a veces formas insólitas para fortalecer el sentimiento. He aquí el ejemplo subrayado:

¡Yo la adoro! La adoro sin medida,
con un amor como ninguno, grande,
grande...
¡A pesar de que me dio la vida!

En medio de estas líneas ingenuas, surge como un chispazo el contraste: a pesar de. ¿Tal vez ése sea su facilismo? No siempre toda poesía popular es buena. Pero tampoco es buena toda poesía culta. Esta última tiene su ventaja: se mimetiza en lo hermético para salvar el pellejo. La poesía popular lo expone. Julio Flórez fundamentó un ejercicio de poeta que a la hora de la verdad hay que verlo en su mejor producción. De otro modo sería injusta la valoración. Finalmente hay que apuntar que las masa no son tan ingenuas como apuntan los críticos del poder. En el pueblo existe una vasta sabiduría que también sabe reconocer bellezas excepcionales. En términos verticales: Julio Flórez es un reaccionario. ¡Fina ironía pero legítima! Después de tantos años de ser gobernados por la poesía presidencial del silencio, empezamos a escuchar esta otra voz que yace ahí, oculta, en el anonimato de las esquinas. Ahí donde la historia se construye. A pesar de las deformaciones que un pueblo pueda sufrir, siempre guarda una zona intacta, que le permite emprender su salto mortal hacia al mañana. Si la poesía de Flórez no es revolucionaria, por lo menos sí es intimista y legítima, siempre fiel a los sentimientos de una época. La literatura universal no es otra cosa.


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