DEVELACIÓN GNÓSTICA SOBRE EL QUIJOTE

         “Post tenebras, spero lucem”. Esta inscripción fue usada en el escudo tipográfico de Pedro de Madrigal. Aparecía así la primera parte en 1605. Al parecer con ésta frase el insigne filósofo vertía su esperanza en el futuro, donde y cuando, a sus admiradores nos correspondería extraer la eterna luz de su inmortal obra.

Como dijera Carlos Fuentes: “su visión de la Humanidad (...)se basa en la excelencia máxima, en el logro más alto posible de valores de amor y justicia”.

No somos los primeros ni seremos los últimos, que buceamos en éste profundo lago de sabiduría, donde se encuentra el gran tesoro gnóstico de las claves de redención. Quien quiera que haya leído ésta magna obra, reconoce en ella el hálito del misterio, inteligentemente ocultado tras el velo de las alusiones y de lo ridículo; cuando menos el alma sensible acepta gustosa la definición de Francisco de Icaza cuando señala: “su profundidad, es la de un cielo estrellado, de cuyo fondo, si atentamente se mira, parecen brotar estrellas nuevas”.

¿Cómo iba a ser su real intención, derribar la máquina mal fundada de los libros de caballería, si constantemente vierte sobre ellos el único objetivo digno de lucha, que tiene el ser humano sobre la tierra?. Todo lo contrario, los exalta y los dignifica, discerniendo con claridad lo verdadero de lo falso. El luctuoso final con que lo tilda, no tiene otro objetivo sino el de eludir la censura religiosa. Porque, los libros verídicos, auténticos y legítimos que marcan el camino salvífico, corrían el peligro de desviarse de su objetivo al ser escritos por seres sin cultura esotérica, a los que solo les guiaba lo económico y la fama. Revaloriza pues, los libros caballerescos en su propio espíritu, aspirando a esa hermosa utopía de una Edad de Oro.

Las Sagradas Escrituras son colocadas como faro y cabeza directriz del caballero.

El ejemplo sobresaliente de los que lucharon por tan nobles ideales, que con su esfuerzo “conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza”... lo toma del hombre cristiano, en múltiples formas de vidas ejemplares, como: “Santiago Matamoros, S. Pablo, S. Jorge o S. Martín.

Toda la vida de Cervantes parece que se viera marcada por ésta lucha espiritual. Nació en Alcalá de Henares, el 29 se septiembre de 1547, corriendo el Siglo de Oro español, entre una difícil infancia y tormentosa juventud estudiantil, lleno de rebeldes inquietudes y entre penurias económicas. Su brillante inteligencia buscó y halló el modo de decir y de hacer crítica social y política, mostrando magistralmente el espejo vivo del alma humana.

Y en ésta tamaña empresa, que él mismo reconoció necesaria, fue vital una esclarecida inteligencia que él mismo ilustra a menudo, con el refranero español: “para dar y tener, seso es menester”.

El autor queda implícito en su obra. El espíritu filantrópico y tierno del alma de Cervantes nos estremece al atisbar ese cándido anhelo de servicio desinteresado hacia el desvalido, estando atento a las necesidades ajenas y al modo idóneo de socorrerlas.

Para que ésta relación, entre lo divino y lo humano, sea fructífera, hace mediar al amor. Con tal pretexto ilustra muchos pasajes con argumentos amorosos, tanto físicos como espirituales o platónicos. Un abanico hermoso donde se explaya como todo un poeta.

Con su obra, con su vida, con la alusión de los caballeros auténticos que en el mundo fueron, a través de todos los tiempos; Cervantes demuestra que la utopía es realizable. No importa si va contra corriente, pues el sabe que “Dios le entiende”.

D. Quijote, pasa a ser fiel ejecutor de los tres principios crísticos básicos e ineludibles para la consecución de la autorrealización íntima del Ser, a saber:

         1º- Niégate a ti mismo, es una invitación expresa para “morir psicológicamente”, sabiendo aceptar las adversidades y extrayendo de ellas lo esencial.

         2º-Toma tu cruz. Es una alegoría del Nacimiento Segundo que el iniciado debe efectuar sabiendo jugar con el diablo. En boca del cura pone la expresión de: “tras la cruz está el diablo”. El tópico de la dama que inspira al caballero es otra alusión a la cruz. El fiel aspirante, hace votos a su  Dulcinea y a la castidad. Según ciertos estudiosos cabalísticos, éste nombre indica la “dulce-ignea” del trabajo alquímico. Pero hablar de éste tema era tabú en el siglo XVII y sabe eludirlo a la perfección.

         3º-Sígueme. Actitud ésta manifiesta en todas las acciones del héroe. Se trata de un servicio incondicional de Sacrificio por la Humanidad, sin aspirar a ninguna recompensa. Este es el triple camino iniciático.

El Quijote asegura que: “ellos (los santos) profesaron lo que yo profeso”.

Desde la primera edición del Quijote, ha habido autores que se han dedicado a su estudio en diferentes ramas; artísticas, filosóficas, sociales, religiosas o culturales; tampoco han faltado los analistas esotéricos, como don Mario Roso de Luna su obra  “El libro que mata la muerte o libro de los jinas”  que fue su obra más significativa. En ella nos habla de este simbolismo tan interesante, representativos de dos mundos opuestos:

“Hemos dicho en el capítulo anterior que la célebre Sátira de Cervantes en su Don Quijote, lejos de destruir la incomprendida literatura caballeresca o jina, la eleva y depura. En efecto, los dos protagonistas del mismo, o sean el caballero Don Quijote de la Mancha, antes ingenioso hidalgo, y su escudero Sancho Panza, el hombre de los prácticos y positivistas vivires, no son dos hombres cualesquiera, sino dos hombres representativos, el uno del Reino del Ideal y de la Justicia, a que aspiramos, y el otro de la triste cárcel platónica de la llamada Realidad, en cuyas mallas de ilusión vivimos”.

También dentro de las letras españolas, caben resaltar los comentarios tanto de Unamuno como de Ramón y Cajal que lo consideraban todo un “acierto de la biografía espiritual”, mientras que Bonilla y S. Martín lo definían como “el símbolo de la justicia”.

D. Alfonso de Castro en 1859 o Nicolás Díaz de Benjuméa enfatizan que Cervantes, “se representa a sí mismo”, Hay quienes aluden al gran bien social que hizo, otros colocan al Quijote como representante de la aristocracia y a Sancho como del estado llano. D. Benigno Pallol  cree ver en la obra “una inventiva contra el espíritu teocrático de la época”, mientras que D .Baldomero Villegas añade, que “la obra está compuesta en clave”. Pero todos ellos comparten la visión de que tal obra “lleva implícita en sí, la razón sustancial de su trascendencia ideológica”.

Entre los autores extranjeros cabe mencionar a Jonh Bowlé que advirtió de su espíritu esotérico comparándolo a la vida de S. Ignacio. Schiller, antropólogo alemán, coincidía con Hegel y Friedrichvon en 1759, en que hallaron en la obra “una gran excelencia interna”. El insigne Goethe manifestaba: “He hallado en las novelas de Cervantes un verdadero deleite de enseñanzas”,en tanto que Próspero Merimée decía: “desgraciado quien no haya tenido alguna vez tales ideas”, mientras que Víctor Hugo  lo comparaba con el Dante: “pero más escarnecido”. Según otros estudiosos: “un lenguaje cuasi divino, evidencia influencias místicas y esotéricas en su lectura más profunda”. Es la cita de Lord Byron , quien pone el dedo en la llaga al señalar que: “es la más triste de todas las historias; y es más triste porque nos causa risa; justo es el héroe y todavía va en busca de la justicia; dominar al malvado es su único propósito; y la lucha desigual su recompensa, (...)Sus aventuras nos presentan escenas angustiosas...,y más angustiosa es todavía la gran moral que a cuantos saben pensar, les produce esa genial historia”.

Por todo ello, durante mucho tiempo, en el campo de la literatura fue incluido entre la gran trilogía junto a Shakespeare y Goethe.

Queremos pues, con ésta sencilla perspectiva gnóstica, unirnos a todas las almas que brindaron su tributo a Cervantes, que con tanto ingenio y para preservar las leyes herméticas, supo plasmar las eternas verdades cósmicas sin pretensión de paternidad o autoría generatriz. Cervantes, sabedor de que todo caminante esotérico en busca de la autorrealización, no es dueño del conocimiento, sino que sigue una tradición heredada; reconoce en el prólogo, no ser “el padre” sino como mucho el “padrastro” de su obra.

Cervantes fue un erudito del conocimiento hermético y de las religiones y mitos ancestrales. El Quijote no fue un hidalgo loco sino un espíritu superior que ilustra a la conciencia. El mismo anima al investigador en cordial invitación: “yo determino que el Sr. Don Quijote se quede sepultado en sus archivos de la Mancha hasta que el Cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan”.

Ojalá el Cielo nos depare de la Luz necesaria, para dar a entender en éste tiempo de la Edad de Hierro, que los principios de la autorrealización para liberar al hombre, siempre han estado al alcance de cualquier estudioso, y que en éstos críticos momentos, se nos regala la posibilidad de tener acceso a la develación integral de tales principios, gracias a la magna tarea sincretizadora del Venerable Maestro Samael Aun Weor.

Quisiéramos adornarlo, pero no creemos que le falten tantas cosas como dice su humilde autor, diríamos en cambio que solo necesita que descubramos el tupido velo de la “mancha” dogmática y de la letra muerta, para nutrirnos con el espíritu vivificante que siempre ha estado latente, presto para todos los caballeros de ayer, hoy y mañana.

La develación esotérica indica, que el Quijote de Cervantes, ilustra de modo velado el proceso iniciático de las tres montañas o la elaboración de Gran Obra, indicado cada estrato, por las tres diferentes salidas.

Con una sola salvedad, “el orden de factores no altera el producto”; pues los pasajes no se dan en la correlación que otros autores tienen, pero no les falta ningún detalle que los iguale, a cualquier constructor de la Piedra Filosofal.

El autor, se presenta en toda la obra como un amante de lo justo y hace mención específica a que la Historia “...es como cosa sagrada, porque ha de ser verdadera y donde está la Verdad, está Dios”. No sería posible por tanto, que se mintiese a sí mismo. Encubre sin mentir, vela sin profanar... confunde dando pistas desbaratadas. Pero es verídico.

La primera cláusula esotérica se encuentra en los dos personajes. D. Quijote y Sancho Panza. Representando ambos a la eterna dualidad; los pares de opuestos complementarios para la creación y consolidación de lo perfecto en lo limitado, necesarios ambos para el Nacimiento del Hijo del Hombre. Dos personajes dignos de escenificar la Obra del Padre en la tierra, como lo fueron Krïsna y Arjuna,  Papageno y Tamino o Dante y Virgilio.

En todos los casos, indican la oposición que tendrá lo perfecto para dotar de Sabiduría a lo imperfecto. Ambos son un solo Ser, un solo espíritu. El espíritu frente a la materia, el Maestro frente al discípulo. El Cristo, que salva de la ruina, al alma arrepentida.

El Redentor debe ser casto y la castidad adorna al: “El casto caballero”.

La misteriosa “Mancha” de su utópico lugar de procedencia, no se debe a una ubicación específica sino a sus raíces de origen judías o hebreas, (de ahí su caudal cabalístico vertido sobre la obra, tanto fonético como numérico), en aquel entonces marginadas y perseguidas por la Reconquista de los Reyes Católicos y la Inquisición. Una segunda interpretación añadiría que la mancha es el “pecado original” al que tantas veces alude el escritor, como condición humana “perse”.

Según la descripción contemporánea del trabajo iniciático de la Gran Obra, las fases por las que debe pasarse para su consumación, son tres; explicadas minuciosamente por el Maestro Samael Aun Weor en su obra literaria y en la praxis de su propia vida, a saber:

 PRIMERA MONTAÑA

La primera Montaña,  es la de La Iniciación; en ella han de verificarse:

*Los 9 Misterios Menores o camino probatorio

*Las 7 serpientes de fuego

*Las 8 Iniciaciones Venustas

Por lo tanto, en ella se completa el nacimiento Solar. El Nacimiento del Hijo del Hombre con sus vehículos siderales para ser utilizados por el Cristo.

Cervantes, muestra la primera montaña muy breve, tal vez se deba a ello, que el aspirante, rondando el siglo XVII, lograba ingresar en los misterios después de un largo y paciente aprendizaje, tras haber demostrado sus anhelos íntimos, en el secreto más riguroso de alguna orden esotérica oculta y por ende, de haber conseguido algún tanto de avance interno.

La primera parte se terminó de imprimir en Diciembre de 1604, consta de cincuenta y dos capítulos, número simbólico, porque los trabajos conscientes se asocian siempre con el numeral 7, que implica también tras su conclusión, éxito en la labor o el “Triunfo”. En ésta primera montaña los procesos no se van dando de manera tan escalonados como los describe el Maestro Samael,  sino entremezclados. Entendemos que esto se  debe al ritmo su particularidad o propia idiosincrasia peculiar. Pero igualmente, darán el fruto espiritual anhelado.

La primera parte relata, dos salidas de Don Quijote de su hogar, en donde  se alternan algunos trabajos de la primera y  de la segunda montaña.

La segunda parte vio la luz en 1615, median entre ambas, por tanto once años. El autor se muestra más maduro y da mayor protagonismo a Sancho. En ésta segunda parte está incluidos los procesos de la segunda y tercera montaña y son paralelas a la tercera y única salida del hogar del protagonista. Consta de 74 capítulos cuya suma digital nos da el nº 11, que indica el trabajo de la Fuerza espiritual o de la “Persuasión”.

”En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”... Así comienza la obra con la resolución total del hidalgo caballero para emprender una nueva vida; pasa 8 días (que es una alusión al camino probatorio), pensando en su nombre; es decir, requiere de una nueva identidad, pues ha desechado lo mundanal para dedicarse a lo espiritual. Ha de descubrir el primer enigma ¿quién soy? ¿cuál es el nombre de mi Real Ser?

Dice que sale de su casa a los 50 años, el nº 5 alude a la Ley, dando a entender que emprende el camino por “desiderato Divino”. Llamándose a sí mismo el “Hijo del entendimiento”.

En todo el relato, se ocupa especialmente en no atribuirse ningún mérito a sí mismo; al ridiculizarse, hace que la perspectiva heroica desaparezca de la persona y se vierta sobre el espíritu que la inspira, para que el lector ignorante de la segunda lectura (esotérica) vuelque sus miras en el aspecto superficial. De éste modo guarda el anonimato y queda velado el mensaje. La primera virtud que vemos, por lo tanto es su gran humildad.

Recapitula sus armas, sus protecciones, su caballo y busca en su fuero interno, a la idílica dama que será la depositaria de sus triunfos y consoladora en sus fracasos. La “Dulce ígnea” o Dulcinea, a quien somete su voluntad, es la representación de la Madre Divina. La Kundalini esotérica, digna de todo amor a la vez, que su sacerdotisa en el arte del alquímico, aunque ésta faceta está muy velada en la novela.

Con tal propósito caminó en soledad, buscando la Iniciación. Llegó a una venta y pidió al ventero que lo armase caballero. Para ello pasó la noche de un viernes (día astrológico de Venus) velando sus armas. Dos doncellas y un muchacho fueron los testigos del rito, una de ellas le ciñó la espada y la otra la espuela, signo del paso de hidalgo a caballero.

De camino a su aldea, para proveerse de víveres y dinero, surge la primera aventura. Ésta, escenifica el trabajo con Andrés. El pastor es vituperado por su señor, el cual no le quiere pagar el salario de 9 meses a 7 reales por mes, total 63 reales. Alusión al nº 9, indicativo de la novena esfera.

Don Quijote lo rescata, indicando con ello, que el trabajo con el Andrés Íntimo, es prioritario en la Iniciación; pues representa el sacrificio por la Humanidad. “Una mano da, mientras la otra recibe”.

El autor minimiza el valor esotérico del capítulo, con el velo del apaleamiento hecho por unos mercaderes que no quieren adorar a la Madre Divina y se mofan de lo sagrado.

El desasosiego interno hace exclamar al cielo en oración suplicante: “Donde estás señora mía, que no te duele mi mal? Tras lo cual es socorrido por un labrador vecino, que lo conduce a su hogar. Allí los enemigos de lo eterno, a saber: el deseo, la mente y la mala voluntad, personificados en el barbero, el cura y las amas de casa, serán los abogados del diablo para hacer el escrutinio y destrucción de su biblioteca con intrigas y mentiras.

Pero el héroe permanecerá impasible pese a que todos sus libros son quemados a sus espaldas con argucias y engaños. El alquimista sabe sacar provecho de lo adverso aprendiendo en cada instante que “debe quemar sus libros para blanquear el latón”.

La primera montaña iniciática aunque de descripción breve, queda conclusa en ésta exposición. El Iniciado incomprendido por el vulgo, ha hecho votos de Fe ante su Real Ser, laborando con su Andrés Intimo en la novena esfera para nacer en las siete dimensiones de la Naturaleza. Así queda sobreentendida la creación de sus cuerpos existenciales. 

SEGUNDA MONTAÑA

 La segunda Montaña corresponde con La Muerte en donde se verificará:

*La perfección en la Maestría

*Nueve de los doce, trabajos de Hércules; que implican la purificación de los círculos dantescos, con el acceso a los Cielos correspondientes. En ella se trabaja directamente con el auxilio del Cristo Intimo.

La segunda montaña, es mucho más minuciosa en detalles que la primera. Muchas son las veces en que el relato recuerda a los procesos del Dante en su “Divina Comedia” o a la Pasión de Jesús.

Parte del momento en que el Iniciado sale de su hogar, para hacer méritos que lo lleven hacia la cúspide de la Segunda etapa, la de la muerte psicológica. Precisamente concluye con el regreso del héroe encerrado en una jaula o cárcel, tras haber vencido a los Leones de la Ley.

En el Cáp. séptimo D. Quijote hace las cuentas con los Arcontes del Destino. Busca dinero, vende o empeña y avisa a su escudero (al que promete hacerle rey de una ínsula en seis días), para que se prepare para emprender la hazaña, pues a pesar de las contrariedades del enemigo secreto, dice: “mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el Cielo está ordenado”.

Y comienza el éxodo iniciático con la segunda salida del hogar. La gran aventura le lleva hasta la batalla contra los molinos de viento. Hay quien ve en éste pasaje, la crítica mordaz que hiciera el autor a la Iglesia católica, dogmática, intransigente y gigante contra la cual, todo empeño fracasa. Sin embargo el héroe asegura querer “quitar la mala simiente de la tierra”; moliendo las semillas del ego con la ayuda del Espíritu Santo (alegorizado en los treinta molinos).

El aprendizaje del escudero estriba en las órdenes concretas del Maestro: “has de tener a raya tus naturales ímpetus (...) que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte(...) yo te sacaré de las manos de los caldeos”.

La primera victoria en la batalla, es contra el escudero Vizcaíno; la primera amistad, es con los cabreros. En la frugal cena, disfrutan amparados por el cielo y por el fuego;  bebe el caballero, en una copa, que era un cuerno,       (redundancia del fuego alquímico). Mientras describe a la Edad de Oro como un tiempo y lugar paradisíaco sin fraude, donde todo era de común disfrute y la tierra daba para todos el sustento necesario: “-Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban esas dos palabras de “tuyo” y “mío”. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes(...) Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y trasparentes aguas ofrecían(...) Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia(...) No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza”.

La música también protagoniza el místico trabajo: un muchacho canta al amor haciendo las delicias de los oyentes. Todas las hazañas hercúleas han de pasar, inevitablemente, por una batalla, ganada la cual, se accede al Cielo correspondiente, siendo esto festejado por la Hermandad de la Logia Blanca.

La cábala fonética sale al paso del siguiente capítulo, cuando es contada  la historia de la muerte de un pastor llamado Crisóstomo, por el amor de una tal Marcela. Aquí se alude a la muerte del Cristo en el mar de las aguas filosofales, en donde debe buscarlo el Iniciado para acceder a la iniciación venusta. Sigue pues inmerso en el trabajo de la perfección de la Maestría con la purificación de sus estratos subconscientes.

El siguiente episodio está protagonizado por Rocinante, alude a los deseos animalescos incontrolados. El caballo guiado por sus instintos, busca saciarlos. Por su causa, se da una pelea contra más de veinte yagüeses -gente soez y brava- , y aunque el héroe sale mal parado, en modo alguno mitigan el valor de don Quijote; quien dice valer por cien: “Las heridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan”.

Sigue una noche de enredos, en una venta, don Quijote hace votos para sí mismo de fidelidad hacia Dulcinea. Entre los recursos literarios, el autor imprime el voto de la castidad y de la muerte psicológica. Se suscitan golpes, dolores y afanes humanos, que no pueden nublar las virtudes sublimes del alma. Don Quijote todo lo da por bueno o propio de su condición.

Para  aliviar los dolores, debe que tomar el brebaje purificador hecho por él mismo, a base de vino, sal, romero y aceite. Elementos propios de la retorta del alquimista (a excepción del romero). Aunque el cuerpo es magullado en la mala noche, Don Quijote se lo atribuye a los encantadores o Magia Negra, que siempre le persiguen.

A la mañana siguiente, sale el caballero de la venta, pero es impedido su escudero, al que mantean en señal de burla. Formando parte del mismo Ser, ambos deben padecer aunque de diferente modo. La recompensa de Sancho es beber buen vino gratis, a cuenta del manteado.

En el siguiente capítulo Cervantes, utiliza la cábala lingüística o fonética, para nombrar a dos personajes: Alifanfarón como moro altivo y Pentapolín como cristiano admirable, imagen de la estrella o pentalfa esotérica.

Entre enredos de palabras, hace distinción entre las ovejas y los carneros, clara alegoría a aquellos que son fieles al Cristo Intimo y los que malgastan las energías sexuales... “Que Dios que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos”.

En el cap. 19 se puede apreciar el simbolismo de la muerte en el camino, un muerto es custodiado por 12 clérigos y unos encamisados con antorchas. Salen espantados en la refriega y aprovecha Sancho para quitarles la comida, (alusión a la mengua del ego y la liberación de conciencia), es en éste momento donde cambia su nombre Don Quijote, por el del caballero“de la triste figura”.

La sabiduría esotérica de Cervantes en su magna obra, queda expresada en la declaración del Quijote a su escudero: -Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del Cielo, en ésta nuestra edad del hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse... (...)-¿Soy yo por ventura de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros?. Duerme tu, que naciste para dormir, o haz lo que quisieres, que yo haré lo que viere que más viene con mi pretensión”.

Pasan la noche en vela y charla ambigua. Pero la vigilia, el honor y la prontitud tienen su recompensa, porque en el siguiente capítulo el caballero consigue el yelmo, sin duda, una representación de los atributos del Ser que se van conquistando en el camino: “...es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las aventuras, para que acabando alguna, se cobre nombre y fama tal (que sea) conocido por sus obras: Este es el caballero del sol, o de la sierpe...”.

Es por ello necesario, liberar a la conciencia de entre el ego. Los presos que libera el héroe simbolizan éste aspecto: doce hombres a pie, ensartados con cadenas y esposas indican la comprensión de las diversas partes del ego. Sin menospreciar a la justicia, él es compasivo con los menesterosos, juzga cada caso, según la confrontación lógica del Ser .

Utiliza de nuevo la cábala fonética para decir que uno de ellos que es de Piedrahita (alusión a la piedra), a otro lo llaman Ginés de Pasamonte (la parte del Ser que prepara al iniciado en los misterios ginas, gnósticos) concluyendo: “Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”. En su recurso vejatorio y reiterado, ridiculiza la escena haciéndose víctima de los mismos maleantes.

El capítulo 23 es interesantísimo. El caballero se declara “contumaz”, término usado por el Maestro Samael con el cual nos indica la virtud de la perseverancia en la muerte psicológica o la búsqueda del mal para erradicarlo.

Se retiran al monte y estando descansando, Ginés de Pasamonte roba el asno o burro de la mente, a Sancho. Lejos de suponer un mal, éste pasaje indica un gran avance espiritual, confirmado por el hallazgo de una maleta que contenía monedas de oro y un librillo de memorias. 

Entre el lenguaje de amores humanos, se mezclan los amores divinos; éste es un símil utilizado por todos los místicos para comparar el ardiente anhelo espiritual.

En el cáp. 24 señor y escudero siguen la pista de un loco (Cardenio, enamorado de Luscinda) al que una vez hallado lo abraza y trata de comprender y conocer su  historia.

Ulises, Eneas, Homero o Virgilio son las  luces con las que alumbra el texto, para dar a entender  que la perfección se alcanza con valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor. Por lo que se resuelve a hacer penitencia entre las rocas para cumplir votos con Dulcinea. Un escrupuloso caballero jamás debe mentir dice: “las órdenes de caballería que nos mandan que no digamos mentira alguna”.

Y debe ser fiel a Dulcinea (...) pues es la que merece ser Señora de todo el Universo”. Mientras él se flagela, envía a Sancho con una carta dictada de memoria, para su Señora. Pero Sancho se entretiene en la venta y encuentra allí  al señor cura y al barbero que proyectan llevar a D. Quijote de nuevo a su hogar.

El capítulo 27 muestra las artimañas de los dos compinchados para engañar a D. Quijote, el cura se disfraza de doncella con la ayuda de la ventera y el barbero se coloca como disfraz, una barba de cola de caballo. Llegando al lugar, escucharon los versos del errante Cardenio que decían así:

 ¿Quién mejorará mi suerte?

La muerte

Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?

Mudanza

Y sus males ¿quién los cura?

Locura

De éste modo, no es cordura

Querer curar la pasión

Cuando los remedios son:

Muerte, mudanza y locura. 

Se mezclan más relatos de amoríos de Luscinda, que en el siguiente capítulo se añaden a los de la bella Dorotea. Esta se presta en el afán de ayudar a llevar a D. Quijote a su hogar, para ello, hace todo cuanto el cura y barbero le señalan; primeramente, disfrazándose de la princesa Micomicona y después, pidiendo al caballero que mate a un gigante que le tiene usurpado su reino. Don Quijote gustoso, acepta.

Al inicio del capítulo XXVIII, Cervantes explica que hay dos lecturas en su novela: “En nuestra edad (se) necesita de alegres entretenimientos, no solo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios de ella, que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia; la cual prosiguiendo su rastrillo, torcido y aspado hilo, cuenta que...” siguen los enredos que llevan a la imagen noble de d. Quijote que hace responsable a su amada diciendo: “..No es el valor de Dulcinea tomando a mi brazo por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mi, y vence en mi, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser”.

Tras pláticas humorísticas llenas de encanto, ve la comitiva por el camino, al ladrón del pollino de Sancho; el cual al reconocerlos, sale corriendo hacia el monte, dejado allí al asno para regocijo del escudero.

El capítulo XXXI se llena con los anhelos de Don Quijote, al escuchar las mentiras del escudero que dice haber visto a Dulcinea en forma de labradora. Su único propósito –dice don Quijote- era cumplir con la misión de entregarle el mensaje de servirla: “...por solo ser ella quien se, sin esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contenten de aceptarnos por sus caballeros”.

 A lo que responde Sancho: “Como se ha de amar a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena.”

En los siguientes capítulos toda la comitiva vuelve a la venta en donde, mientras D. Quijote duerme, los demás discurren sobre los libros de caballería, entreteniéndose con sus historias de amoríos y enredos:

“Busco en la muerte la vida

salud en la enfermedad,

en la prisión libertad,

en lo cerrado salida

y en el traidor lealtad.

D. Quijote y Sancho entre los sueños y penumbras de la venta, (símbolo de lo inconsciente) arremeten contra un supuesto gigante que el autor dice que no era tal, sino un “cuero de vino”. Se arma todo un revuelo de enredados intereses. Después, nuevos personajes ingresan en el escenario de la posada, para sazonar aún más, las historias de los protagonistas.

Entre los cuentos disparatados y las vidas enrarecidas suena la voz moralizante de D. Quijote explicando el sentido de los libros o letras: “...las divinas tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo” y las humanas: “... poner en su punto la justicia distributiva...” admirando a todo el mundo con su discurso de gran cordura.

Cautivos, renegados, corsarios, cristianos, moros, liberados, batallas de mar y tierra, entre romances y sonetos mezclan un sin fin de batallas psicológicas que debe afrontar el iniciado en su propio país interior:

Dulce esperanza mía

que, rompiendo imposibles y malezas

sigues firme la vía

que tu misma te finges y aderezas;

no te desmaye el verte

a cada paso, junto al de tu muerte.

Termina el capítulo 43 con la ridiculización de la escena en que es dejado pendiente al héroe, entre los muros de la casa, por la picardía de las mujeres, colgado de su propia lanza.

Todos los trabajos que debe hacerse en la muerte psicológica son tomados como escarnio del orgullo, la ira, la vanidad o la lujuria.

Se arreglan las cuentas con la Ley. Todo queda en orden con el pago y negocio de los pleitos del caballero en la venta. Pues: “la diligencia es madre de la buena ventura”. Pero la confianza del caballero es traicionada por aquellos que diciendo querer su bien, mientras duerme, lo maniatan para llevárselo por la fuerza encarcelado. Esto simboliza la los Regidores de los Arcontes del Destino o el Tirano “poder rostro de León” que ajusta las cuentas de Pistis Sophia.

Los apresadores decían a don Quijote:-¡Oh “Caballero de la triste figura”! No te de afincamiento la prisión en que vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso. La cual se acabará cuando el furibundo León manchado, con la blanca paloma  tobosina yacieren en uno...” Cervantes indica así que el León manchado es su propia alma a la que debe purificar, hasta que esté preparada para  unirse con la Paloma en las bodas del alma.

Dicen al apesadumbrado escudero:  -No te desmaye ni descontente ver llevar ansí delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballería andante; que presto, si al plasmador del mundo le place, te verás tan alto y tan sublimado, que no te conozcas...”. La traducción esotérica indica con éste pasaje que “a toda exaltación le precede una humillación”.

Sancho besó las manos del preso...  signo de resignación y padecimiento voluntario del aspirante a la Luz.

Consuela el caballero desde su prisión a las mujeres diciendo: “Todas éstas desdichas son anexas a los que profesan lo que yo profeso; si éstas calamidades no me acontecieran no me tuviera yo por famoso caballero andante” (...) “La virtud es tan poderosa (que) saldrá vencedora de todo trance”.

Entre tanto el escudero constreñido, aboga por su amo, enfatizando que  “cada uno es hijo de sus obras”. Y por sus divagaciones –en lo referente a hacerse con la ínsula prometida- lo consideran tan loco como su amo que está convencido de que su prisión es obra de algún encantamiento.

Los dos últimos capítulos que cierran la primera parte son altamente significativos.

En el capítulo 50, con un gran alarde de elocuencia demuestra don Quijote al cura -su opresor-, mientras lo llevan en camino enjaulado, la lógica de los libros de caballería. Mezcla la lírica y la poesía deliciosamente, sin olvidar el sentido profundo de su mensaje. Instruye sobre lo que un caballero o iniciado debe hacer cuando vive en el camino espiritual. Con autoridad expresa el deber  hacia el Ser:

“Tu caballero quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo de éstas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos y las siete hadas que debajo de ésta negrura yacen”.

El caballero sabe que tras la muerte psicológica le espera un sinfín de bellezas espirituales, y las narra con delicada pasión. Agradece a su condición el haberle hecho valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortes, atrevido, blando, paciente, sufridor y agradecido ya que el “...el agradecimiento que solo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras”.

El capítulo 51 consta del relato del cabrero de cuyo espíritu dijo el cura: “los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos”. Las delicias de Leandra y sus múltiples valores llenan el espacio de la historia, que intenta explicar el hondo sentido de los valores de la conciencia: “con que el cielo y la naturaleza la enriquecieron”

Igual que la esencia divina, es mancillada y vituperada por el ego, Leandra adornada de todos los defectos femeninos, es devuelta a su acongojado padre, éste la hace ingresar en un convento.

Vale pues ésta alegoría para comprender que quien quiera recuperar su conciencia debe buscarla por el camino difícil, pues “unos hay que la deshonran, y todos la adoran” y el que la ama de verdad “se queja por su ausencia”.

El último capítulo de la primera parte, narra la pelea con un cabrero y el encuentro con unos disciplinantes que pedían en oración, lluvia al Cielo. Había dejado libre al preso para la comida, cuando se dio todo el enredo. La contienda hace caer medio muerto al héroe y huir a los villanos. Pero la clave esotérica la da Sancho Panza en sus múltiples alabanzas al caído: “...¡Oh flor de la caballería! (...) ¡Oh honra de tu linaje! por solo ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula...” . Ocho son las pruebas y dolores que harán forjarse al iniciado. Ocho son las tentaciones del santo Job, es el número que indica paciencia, dolor y reflexión, es el dictado de las estrellas, la carta número ocho es la de “La Justicia”.

Don Quijote ora a la Divina Madre: “El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas, está sujeto”.

Lo vuelven a encerrar; serán seis los días que tardarán en llegar a la aldea, es día domingo y mediodía. Día del Sol y con el sol, con la misión cumplida en santa paz.

Aunque Sancho no lleva las ganancias materiales a su hogar, que su esposa reclama, se siente feliz en su fuero interno y le dice a Juana Panza: “Solo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras”.

El autor, parece querer acabar aquí la historia caballeresca resumiendo su final y la posible tercera salida hacia Zaragoza con versos de despedida o epitafios:

En el soberbio trono diamantino

que con sangrientas plantas huella Marte,

frenético el manchego su estandarte

tremola con esfuerzo peregrino.

 

Cuelga las armas y el acero fino

Con que destroza,  asuela, raja y parte:

¡nuevas proezas! Pero inventa el arte

un nuevo estilo al nuevo paladino.

(...)

¡Oh vanas esperanzas de la gente!

¡Cómo pasáis con prometer descanso,

y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

 

“Folse altri cantera con miglior pettro”

“Quizás otro cantará con mejor plectro”

 

Comienza la segunda parte, con una carta de Cervantes al conde de Lemos, su gran benefactor. En ella le explica que ha sido editada otra segunda parte apócrifa y falsa en su nombre, lo que le ha hecho retomar la verdadera historia del Quijote.

En el prólogo al lector, Cervantes se presenta como manco, tullido en la honrosa guerra de Lepanto. Su pluma parece haberse detenido en el tiempo espiritual. Solo le guía el anhelo de esclarecer la Verdad: “estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra”.

Pone a la sabiduría como testigo de que no se escribe por la mecánica que el tiempo acumula. No: “con las canas, sino con el entendimiento”. El autor sale al paso de un supuesto plagio aludiendo que no tiene envidias ni rencores y que: “La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede nublar a la nobleza, pero no oscurecerla del todo, pero como la virtud dé alguna Luz de sí (...) viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus”.

La siguiente salida del Quijote de su hogar, viene a representar el trabajo de la Tercera Montaña. Es más extensa que las anteriores y como ellas, rica en símbolos. Termina convirtiéndose en un Pastor o –como se entiende en el esoterismo- en una piedra más, de la muralla protectora de la Humanidad.

 La tercera Montaña corresponde a la de La ascensión

En ella el Maestro, purificará su Piedra Filosofal con los tres últimos trabajos de Hércules. Son los trabajos 10,11,12

En esta segunda parte, abundan los paralelismos con el evangelio de Jesús de Nazaret, como la piara de cerdos, el buen ladrón, los vituperios por las calles de Barcelona, la resurrección de Altisidora  etc.

En el primer capítulo la cautela de don Quijote sale al paso, al decir a sus amigos, que se debe aconsejar al rey, para que se halle siempre en guardia, a fin de que: “no le halle desapercibido el enemigo”. Y pese a la opinión del cura y del barbero, vuelve a apostar por la gallardía caballeresca, queriendo salir por tercera vez de su hogar:

“Caballero andante e de morir, y baje o suba el turco cuando él quisiere y cuando poderosamente pudiere; que otra vez digo, que Dios me entiende”. Don Quijote, repasa los tiempos idos de la edad de Oro, con sus nobles aspiraciones y las compara con la depravación de la era que le ha tocado vivir, lamentándose de que ya no hay caballeros a la antigua usanza, capaces de arrostrar cualquier peligro, sino que en éste tiempo, triunfa la pereza, el vicio y la arrogancia.

El segundo capítulo arranca con el bullicio de las cuidadoras del caballero, (sobrina y ama). Tratan –las dos mujeres- de impedir la entrada de Sancho Panza en la casa. Es sabido que cuando el discípulo está preparado, llega el Maestro y el escudero mostraba grandes deseos de ver a su señor. Él le dice que pase y que le cuente los rumores que hay de las anteriores hazañas y planifican la nueva por emprender:

“Cuando la cabeza duele –dice don Quijote-  todos los miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tu mi parte, pues eres mi criado; y por ésta razón el mal que a mi me toca, o tocase, a ti te ha de doler, y a mi el tuyo”. Y continúa: “Donde quiera que está la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser calumniado de la malicia”.

Julio Cesar, Alejandro o Hércules son tomados como ejemplos de vida que nunca han sido comprendidos por el vulgo.

El tercer y cuarto capítulo se desarrolla con la charla del Bachiller en la casa de D. Quijote; éste personaje puede representar al intelectualismo. Cervantes lo llama Sansón, indicando con ello, el poder de lo bruto; Sansón cree saberlo todo, malicioso y burlón, todo  lo juzga y lo que es peor, se ríe de lo que está más allá de su capacidad intelectiva. Trata de analizar los detalles que faltaron en la primera parte de la obra así como de explicar el modo en que ha sido acogida su historia  por los lectores; a lo que responde el caballero:

“La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la Verdad, está Dios”.

Con “valerosa determinación” deciden hacer su tercera salida “de allí a ocho días” hacia la ciudad de Zaragoza, que en cábala fonética significaría como “el gozo del trabajo o su recompensa”.  La Tercera montaña es, la de la Resurrección en la renuncia del mundo y  de su vanagloria.

Entre tanto Sancho Panza intenta convencer a su mujer de los beneficios del oficio de escudero. Ambos se tratan de hermanos, detalle éste que alude a la cualidad del alma. Discuten sobre el futuro de su hija casadera y sobre la fortuna de la vida, a lo que replica Sancho: “El que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si se le pasa”. Esta es una alusión a vivir “el momento presente”, con la conciencia despierta.

También en la casa de don Quijote se manifiesta la contra transferencia del ego, ama y sobrina sospechan las intenciones del señor y le hacen saber que no están de acuerdo con la vida del caballero andante.

Pero él les explica que hay muchas clases de caballeros: “Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la Verdad”.

En éste pasaje Cervantes declara exactamente, su saber esotérico. Los caballeros de oro, son aquellos que ya lograron la total cristificación; los caballeros de alquimia son los que lo están intentando, pero les faltan procesos iniciáticos y purificaciones internas, por lo que no pueden gozar del toque de la piedra filosofal o de la Verdad.

Porque según don Quijote, la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso. El camino del vicio, dice es: “...dilatado y espacioso, acaba en muerte; y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no es vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro que:

Por éstas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento

do nunca arriba quien de allí declina.

Llegando Sancho, se encerró con su señor en su recámara, para ultimar los detalles de la eminente salida; al verlo la ama, se fue en busca del Bachiller por si a él se le ocurría algún medio para disuadirlo.

Es importante el asunto que trae entre manos el escudero, animado por su esposa –dice-, pide salario al señor, a lo que responde Don Quijote: “Más vale buena esperanza que ruin posesión”.

La llegada del Bachiller deja mudo al escudero y cambia su sentir al ver que a don Quijote no le mueve su pretensión. Luego enternecido y llorando le dice que por lo menos se ordene en su testamento para que no se pueda revocar su última decisión, quedando sellado el acuerdo, con un abrazo. De allí a tres días, partieron para la ciudad de Toboso.

El buen caballero anhela como principio de su tercera salida, la bendición de su amada señora, Dulcinea... entre el camino debaten sobre el defecto de la envidia: ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Y el modo de lidiar con los demás defectos psicológicos: “Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la injuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo...” La lógica de Sancho, entendiendo que lo más sublime en la tierra es hacer méritos para conseguir el cielo responde:

“Que nos demos a ser santos y alcanzaremos más brevemente la buena fama que pretendemos”. Don Quijote responde que la caballería es una forma de religión, pero pocos caballeros son los que se merecen llevar éste nombre.

En éstas pláticas se alcanza el décimo capítulo de la segunda parte de la novela donde hallamos a los personajes llegando al Toboso de noche.

Un campesino les advirtió que allá no había princesas, pero que todas las damas eran tenidas por tales en sus hogares y decidieron volver al bosque, para que al día siguiente fuera solo Sancho como emisario, a buscar a Dulcinea.

Después de considerada la misión Sancho, una vez en la campiña y lejos de la mirada de su señor, en sano soliloquio, consideró lo errado de su búsqueda pensando: “todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte” y se inventó un desenlace más fácil;  Vio llegar a tres aldeanas en sus pollinos y quiso disuadir a D. Quijote que eran su señora con sus dos doncellas. Tras comprobar lo grosero y soez de ellas, el noble caballero cae en una gran tristeza, convencido de que nuevamente ha sido engañado por los encantadores que lo vituperan a cada paso del camino y exclama: “Hasta donde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi Señora. En efecto, yo nací para ejemplo de desdichados”.

Aquí el autor, expresa, la “noche oscura” del camino iniciático, que debe aceptarse implícita al deber Parlok del caballero. Muchas veces son negadas del cielo o de la Ley, las más puras aspiraciones. El Iniciado se forja en la soledad del destierro.

El caballero va mudando su ánimo con la Fe de lo que es la realidad espiritual y las razones del escudero que le hace considerar que la tristeza no es buena para el hombre, aunque sea prerrogativa del “valle de lágrimas” que es la vida.

Acto seguido una carreta irrumpe en el escenario, eran comediantes, que muy  a propósito del acontecimiento pasado, muestra como primer personaje al carretero o Diablo, a la Muerte, a un Ángel, a un Emperador y su Reina, a otro Caballero y finalmente a Cupido; además de otros diversos personajes.

Todos éstos comediantes, representan la situación gráfica que hemos visto en el iniciado con anterioridad; a saber, los procesos de pruebas y tribulaciones con que los magos negros increpan al aspirante de la Luz. Con razón la compañía se llamaba “Angulo Malo”. Se burlan de nuestros pacientes personajes y tras dejarlos airados en la campiña, desaparecen.

D. Quijote intenta hacer comprender a Sancho el valor didáctico de la comedia, pues son instrumentos –dice- para hacer un bien poniendo ante el público un espejo en donde se ven las acciones humanas como aleccionadoras y una vez concluida la escena, todos se desvisten y son iguales, como iguala y rasera la muerte.

Nuevos personajes aparecen en escena, cuando D. Quijote y Sancho deciden acampar entre el bosque. Sueltan a las bestias para su descanso en lo que oyen el diálogo de dos personas, escudero y caballero, el cual canta acompañado del laúd, sonetos de amor. Se trata del “Caballero del Bosque”.

Se entabla una curiosa complicidad entre ambos caballeros y ambos escuderos; éstos comen, beben y charlan a placer, aquellos dialogan filosofalmente.

Es interesante resaltar que los caballeros aceptan como ineludible el largo proceso de sus respectivas misiones. Respetan los tiempos de maduración de la Naturaleza la cual tiene sus arbitrios, así como la sucesión de su régimen. Ella: “Pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros, prometiéndome al fin de cada uno, que en el fin del otro, llegaría el de mi esperanza; (...) así se han ido eslabonando mis trabajos...”  según los criterios de la dama o Madre Divina.

El autor explica el enredo que habían tejido los tres traidores, para hacer regresar a su hogar a Don Quijote: El “Bachiller” que representa al traidor de la mente o los intelectuales de la época. El “Barberoal deseo o los ancianos retardatarios y mecánicos, que no quieren que haya revolución interior, valiéndose de sus rancios criterios caducos y tradicionales sin salirse de la estrechez de las normas sociales. Por último el “Cura”, que representa al poder eclesiástico, dogmático, que teme peligrar su autoridad.

Entre los tres habían ideado el enfrentamiento de Don Quijote con el caballero del Bosque, que en realidad era el mismo Bachiller.

Para batirse en duelo, el bachiller le incita con mentiras, diciéndole que él mismo ha vencido a un tal D. Quijote y éste para desenredar el embuste acepta enfrentarse en batalla campal, al amanecer cuando: “el sol vea nuestras obras”.

Entre tanto los escuderos disputan sobre la necesidad de imitar a los señores y pelear; es claro que Sancho no lo quiere y arguye toda clase de razones  para justificar que el, no se batirá en armas con nadie, que es hombre de paz, pues ya:  “el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas”.

El autor describe la peculiar vestimenta del “Caballero del Bosque” pasándole a llamar “El caballero de los espejos” por la cantidad de ellos que tenía en su casaca.

Terminada la singular batalla, queda vencido el fraudulento y al levantarle el yelmo, Don Quijote atónito descubre el conocido rostro. Pero con el furor de la lucha y animado por Sancho, D. Quijote decide matarlo, entonces llega corriendo el otro escudero para impedírselo, diciéndoles que no lo hagan, que se trata –efectivamente- de su amigo el bachiller.

El caballero le perdona la vida a condición de que se presente ante la señora Dulcinea y vuelva a para darle cuenta de su respuesta. Así se cerciorará de que no está encantada... Pero el pensamiento indigno de Carrasco, solo planea venganzas.

La siguiente ventura es como galardón o premio del pasado triunfo en la batalla. Se topan con un señor elegante y virtuoso con el que traban amistad, él les toma confianza contándoles su vida y les invita a que descansen en su hogar.

Don Quijote muy cuerdo aconseja cómo educar a su hijo poeta por naturaleza: “mezcladas la naturaleza y el arte, sacarán un perfectísimo poeta (...) deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama...porque... Si el poeta fuese casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma”.

Pero antes de llegar a la casa “del señor del gabán  verde” acontece otro episodio simbólico, sumamente importante, del trabajo esotérico: Un carro de banderas es tomado como pretexto, para hacer pasar otra prueba, al Iniciado. Se trata de enfrentarse contra dos leones.

Don Quijote solo ante la jaula desafía al felino, en tanto que Sancho y “el señor del gabán verde” se alejan. El dueño del carro advierte del peligro al caballero que no claudica;  saltando del caballo, desenvainó su espada enfrente de la jaula: “con maravilloso denuedo y corazón valiente(...) encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea”.

Y como el león no quería salir, no le instigan más, sabiendo que “el esperante gana la victoria del vencimiento”.

Este pasaje alude al pago de la Ley. El león en su triple simbología, de Ley, Fuego y Cristo, cuando está apaciguado indica que todas las deudas están canceladas o que el proceso que sigue el iniciado es conforme. Por ello D. Quijote ordena a Sancho que pague dos escudos de oro al carretero. También se alegra de su triunfo diciendo: “¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible”.

Añade el autor, una loable diferenciación, -para explicar la valentía- entre lo temerario y lo atrevido, entre lo tímido y lo cobarde: Porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad”.

Desde éste momento triunfal, el héroe pasa a llamarse “El caballero de los Leones”.

Todo este trance es premiado con el descanso en la casa del señor del Verde Gabán. No debemos olvidar que en alquimia, se asocia al León Verde con el Íntimo.

Permanecerán cuatro días en su casa. Sus sentencias filosóficas admirarán al hijo poeta, llamado don Lorenzo (como se le llama al sol español). Don Quijote le trata de explicar en qué consiste la “ciencia” de la caballería que: “encierra en sí todas las demás ciencias del mundo(...) ha de ser jurisperito y saber las leyes de la justicia distributiva y conmutativa(...) ha de ser teólogo, para dar razón de la cristiana ley (...); ha de ser médico y principalmente herbolario(...) ; ha de ser astrólogo (...); ha de saber matemáticas (...) adornado de todas las virtudes teologales y cardinales (...) nadar, herrar un caballo, aderezar la silla y el freno (...); ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”.

Todas éstas virtudes parecen brillar por su ausencia pues en ésta época en la que vivimos, afirma el caballero que “triunfan por ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo”.

A éstas razones, Lorenzo responde con una glosa:

Al fin, como todo pasa,

se pasó el bien que me dio

fortuna, un tiempo no escasa,

y nunca me lo volvió,

ni abundante ni por tasa.

Siglos ha ya que me ves,

Fortuna puesto a tus pies;

vuélveme a ser venturoso;

que será mi ser dichoso

“si mi fue, tornase a es”...

Elogia don Quijote el ingenio del muchacho con aplausos y entusiasmo. Así se pasan los cuatro días de asueto y llegan los que han de partir.

Nuevas aventuras esperan para el hidalgo señor y el escudero. Al poco de salir de la vetusta casa, se encuentran con dos clérigos y estudiantes que les invitan a transitar con ellos por la misma vía. Ellos van a unas bodas y cuentan los amoríos de los novios... Que si la hermosa Quitería se vale de su hermosura para cautivar al rico Camacho y deja despechado a su pobre amante Basilio... Que si la decisión de casarla fue tomada por el padre de la bella joven... Que según Sancho “cada oveja con su pareja”... Que se casen los que bien se quieren... un sinfín de razones les entretiene el camino, para justificar o desacreditar la boda. Don Quijote da sus buenas razones de la indisolubilidad del matrimonio:

“La propia mujer no es mercadería que una vez comprada se devuelve, o se trueca o se cambia; porque es accidente inseparable, que dura lo que dura la vida”.

Las disquisiciones de opiniones encontradas y la mediación de la filosofía quijotesca es representada por la contienda entre dos delos caminantes debatientes, uno letrado y otro labrador; una vez medidas sus fuerzas, hacen las paces.

De éste modo, en el capítulo veinte, llegaron a un prado en donde todo era alegría y contento con los preparativos del convite a la boda, pero ya se acerca la noche y decide el caballero pasarla: “debajo de dorados techos” con la mala gana de Sancho que añora el pasado alojamiento en la casona del “señor del gabán verde”.

El caballero vela el sueño de su escudero. “Duerme el criado y está velando el señor”.

Cuando despierta Sancho, un olor apetitoso enciende su gula y agasaja todo lo concerniente a la materia y al dinero, que según él es...el mejor cimiento y zanja del mundo... con éste sentimiento, va por los prados pidiendo a los cocineros y le dan de comer y beber a su gusto.

Había por la campiña danzantes y comediantes que representaban autos instructivos sobre la mitología griega. Una de ellas escenificaba a “Cupido y al Interés”, junto con las  ocho ninfas como representación de los valores humanos; ambos aspectos,  se daban en el enlace amoroso de las bodas de Quiteria y el rico Camacho. Parece ganar el Interés y Sancho con su “arenga” enfada a don Quijote que hubiera preferido mayor refinamiento espiritual con el triunfo de Cupido.

En el capítulo 21 triunfa el amor. Sancho hace un alarde a la belleza de la novia, sin duda un aspecto espiritual del iniciado, que sucumbió ante  el del  “Interés” sin dejar de ser hermosa; don Quijote se ríe de tanta exclamación que solo merecería ser usada para describir a su Dulcinea.

Pero para que venza el amor y su justicia, el autor resuelve el conflicto con un engaño, hecho por Basilio. Éste hace creer tanto a la novia como al  público allá congregado, que se suicida; a lo que la hermosa dama, pensando que el moribundo necesita de su piedad para bien morir, accede a casarse con él: “pues el  tálamo de éstas bodas ha de ser la sepultura”.

Basilio logra la complicidad de muchos amigos que secundan la mentira. Don Quijote, crédulo, aprovecha la oportunidad para juzgar por muy justa la petición de Basilio. Una vez conseguido su propósito, “resucita por milagro el herido” y se lleva a la novia a su pueblo para hacer allá, una fiesta que, aunque más pobre también más venturosa; en donde se congregan todos los confabulados del engaño: “que también los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga”.

El engañado quiere venganza, pero don Quijote responde que: “no es razón que toméis venganza de los agravios que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada de usar ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas”.

Los novios agradecen las razones de Don Quijote y le regalan tres días de fiesta para el defensor del amor, servidos a cuerpo de Rey: “Teniéndole por un Cid de las armas y por un Cicerón de la elocuencia”

Cada frase busca de exaltar lo divino, porque Don Quijote es ante todo un instructor didáctico con su sermón y con sus actos. Cervantes usa, con éste fin, de recursos variados en su literatura; su profunda filosofía hace que su escritura sea una glosa de preceptos que conduzcan al aprendizaje del alma, al cultivo de los valores esenciales y a la preponderancia de lo superior a lo inferior. En boca de don Quijote exclama:

“No se puede ni deben llamar engaños, los que ponen la mira en virtuosos fines”. Cada momento es aleccionador y se pronuncia con la contundencia del libro de los proverbios: “La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre merece ser coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo”.

El siguiente paso, es esotéricamente vital. Se trata de inquirir, buscar y estudiar lo profundo, lo subconsciente, alegorizado por la cueva platónica o sima de Montesinos. Solo allí “el hombre se conoce a sí mismo”. El pasaje alude a la búsqueda en lo inconsciente, meterse en su propia cueva implica valentía,  buscar la raíz del yo y buscar al Ser. Investigar para saber, indagar para hallar.

Acompañados de un guía se dirigieron a la cueva de Montesinos, provistos de sogas, ataron al héroe a ellas y antes de ingresar, ora a Dios y a su señora pidiendo protección. La bendición de Sancho es peculiar:

“¡Dios te guíe (...) nata y espuma de los caballeros andantes! ¡Allá vas valentón del mundo, corazón de acero, brazos de bronce! ¡Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz de ésta vida, que dejas, por enterarte en esa oscuridad que buscas!.

Así ocurrió; el regreso fue forzado por los temerosos ayudantes, que no sentían peso en la cuerda y temían lo peor. Subido el héroe, lo hallaron dormido o dormitando por la experiencia vivida y exclamó:

“Dios os lo perdone, amigos; que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto: ahora acabo de conocer que todos los contentos de ésta vida pasan como sombra y sueño, y se marchitan como la flor del campo”.

El caballero narra con todo lujo de detalles su experiencia en la inmersión en la cueva. Allá un sueño poderoso hizo presa en él, pudiendo ver más objetivamente, el aspecto tetradimensional de la Naturaleza:

“... y cuando menos lo pensaba, sin saber cómo ni como no, desperté en la mitad del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la Naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto”.

Un venerable anciano le dio la bienvenida abrazándolo, dijo ser el Señor de la cueva; Se mezcla con la experiencia,  atisbos de nueva locura, cuando dice ver a su Dulcinea (en forma de aldeana) que le pide seis reales, número alusivo a la carta del Tarot de los enamorados y al pago de deudas pendientes con la Ley en el trabajo alquímico.”Hay que refinar el amor”.

Su misión será, la de desencantar a todos los que están confinados en la cueva; es decir, liberar a la conciencia y a todas las partes del Ser, que en sarcófago de mármol esperan, -como en el drama de Parsifal-,  que alguien alivie el dolor de su arrancado corazón.

Don Quijote cree haber estado internado en la cueva, por tres días, (alusión a la muerte iniciática) mientras que para los que esperaban fuera, apenas habían pasado unas horas. Pero la experiencia se cierne sobre él, con gran fuerza  aseverando con gran énfasis que: “lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqué con mis mismas manos (...) cuya verdad no admite réplica ni disputa”.

Tras las pláticas correspondientes, tratan de buscar donde recogerse aquella noche. El muchacho sugiere ir a una ermita cercana que tiene adosada  una pequeña casa de huéspedes. Nuevamente el destino les hace desviar su rumbo y dar con una venta sin detenerse en la ermita.  El motivo fue que se encontraron por el camino, primero con un hombre que caminaba a pie, con prisas y que prometió contarles sus venturas en la venta y con otro jovencito, -un paje-, que cantaba seguidillas, porque se iba de voluntario a enrolarse para la guerra, -según él- por ser pobre.

Don Quijote le dio muchos consejos y alabó el gusto de servir al Rey: “aparte la imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir, que el peor de todos es la muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir”.

El trabajo sobre la mente es arduo para el iniciado. Cervantes quiere apostar por ridiculizar al hombre que se deja llevar por ella; en la siguiente historia contada por el conductor de las armas que vio en el camino, don Quijote hace alarde de humildad ayudando al paisano a limpiar los pesebres y echar cebada a los animales.

Cuenta el caminante a don Quijote, el episodio ocurrido a dos regidores de un mismo pueblo, que para buscar a un asno rebuznan en el monte, haciendo de reclamo para el asno perdido. No consiguen su objetivo pues el animal estaba ya muerto.

Éstos hechos son sabidos de la gente de otro pueblo vecino que les hacen burlas. Así se inicia una constante contienda entre burladores y burlados. Están aquí representados la tesis y antítesis de la mente, ambas de igual condición.

Estando en la posada, tras éste relato, entra en escena un tal maese Pedro que lleva un mono adivino y un retablo instructivo sobre la libertad de cierta dama llamada Melisendra. El embaucador hace bien su trabajo, dice adivinar el pasado y presente por boca de su mono y logra maravillar a todos al postrarse a los pies de d. Quijote y ensalzar su figura y la de Sancho. Éste hace caso omiso de las lisonjas y pide que represente el auto con los títeres, para dilucidar si es falsa o verdadera su predicción ... “Los sucesos lo dirán, (...) que el tiempo descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol”. 

Aquí el autor, introduce el concepto teatral para instruir sobre la libertad que debe gozar la conciencia. Esta es ahora, una esposa cautiva en manos moras. El autor sabe, que entre el mar de palabras, subyace alguna verdad que hay que descubrir:”...para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas”.

Nuestro hidalgo caballero, confunde la ficción del auto teatral, con la realidad. Se identifica con el personaje y arremete contra los títeres del teatrillo ambulante. Logra “vencerlos” a todos. Esto alegoriza otrO paso conscientivo.

En ésta tercera montaña se presenta el héroe mucho más responsable y maduro. Sabe aceptar la pérdida económica que suponen los títeres destruidos, y los paga. Discierne con claridad la realidad de la ficción. Aunque sabe que la muñeca-Melisendra está rota, dice: “estando la otra, ahora holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida”. Dando primacía a lo espiritual.

Se acuerda el precio de cada títere, según su valor esotérico. Para ello utiliza la kábala numérica pagando la figura del Rey y de todos los principales personajes, según éste baremo. Es como la destrucción del castillo de Klingsor en el drama Wagneriano.

Todos los males que ocasionó los cancela de buen agrado, además convida a cenar a todos los huéspedes de la venta. Aquí se  demuestra que el Iniciado tiene capital cósmico con el que pagar sus pasos o iniciaciones.

Los  recursos literarios de Cervantes son interminables, identifica al comediante tuerto con el ladrón Gines que robara antaño el burro a Sancho con una lógica esclarecedora.

Ya en el camino hacia Zaragoza convence con su plática (según Sancho propia del púlpito) a los dos bandos que pretenden darse a la batalla de la venganza por las burlas de los rebuznos: “el tomar venganza injusta –que justa no puede haber alguna que lo sea- va derechamente contra la santa Ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen. (...) que no nos habría de mandar cosa que fuese imposible de cumplirla.”

Sancho en su afán de ayudar, estropea la armonía poniéndose a rebuznar suscitando con ello más palos y pedradas.

Igual que el Cristo, sale don Quijote a caballo por verse libre de la lluvia de piedras. Detrás de el, los labradores montan en su burro a Sancho apaleado. Los labriegos del escuadrón se estuvieron allí hasta llegada la noche y como no salieron los contrarios, se fueron contentos de haber ganado la batalla, diciendo que: “en aquel lugar y sitio,(habrían conseguido) un trofeo”. Cada hazaña espiritual, debe tener su correspondencia física.

“Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta; y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasión”.

 La figura de Sancho vuelve a cobrar realismo existencialista. Aprovecha la supuesta huída de su señor, para echarle en cara todas sus pretensiones. A lo que el héroe responde: “No huye el que se retira(...) que la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia, se llama temeridad”.

Pero no queda satisfecho el escudero y pretende cobrarse todos los sinsabores recibidos. Con su actitud enoja al señor que le llama “asno” y le dice que “des en la cuenta de  que eres bestia”. Hasta que por fin entra Sancho en razón y llorando  pide perdón a don Quijote, haciéndole votos de fidelidad eterna: “le serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida(...) quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda”.

El perdón llega acompañado de consejos sabios para que deje de ser tan materialista: “Yo te perdono, con que te enmiendes, y con que no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita”.

Allá van como uno solo, adonde el corazón les guíe y descubren un espacioso remanso de agua, es el río Ebro que embelesa al héroe. Atada a un árbol, hay una barquita sin remos. Manda don Quijote amarrar al caballo y al burro y deciden embarcarse. En medio del río, vuelven los temores de Sancho y nuevamente la reprimenda del señor, símil evangélico del temor de los apóstoles “¡Hombres de poca fe!” :

“¿De que temes cobarde criatura?¿De que lloras corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue o quien te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia?”.

Confundió las aceñas por ciudad, el molino por fortaleza, los molineros por encantadores que tendrían apresados a algún caballero... Cincuenta reales pagó don Quijote por tal desventura, precio estipulado por los pescadores y molineros. Saldadas las cuentas quedaron satisfechos los antes ofendidos trabajadores, por la incursión en sus terrenos de los dos aventureros.

En el capítulo XXX  Don Quijote se abate. Pasa por un estado emocional semejante a la “noche oscura del alma” de los místicos. Se muestra  abatido pero, resurge la esperanza con la aparición  de las figuras aristocráticas de los duques en la cacería.

Es desde éste momento en que comienzan a darse paralelismos cada vez más estrechos con la vida del Cristo.

El lector empieza a descansar de ver al caballero asediado de continuo por la adversidad y disfruta de la acogida, que (aunque aparece como engañosa) le prodigan los duques.

La escena es de caza, prosigue pues en lo interno, el trabajo de la muerte psicológica; la duquesa traía en su mano un azor, ave rapaz diurna, de color negro, otra redundancia del mismo trabajo. Envía don Quijote a Sancho para que se ponga a las órdenes de la dama, y añade que le indique, que va de parte del “Caballero de los leones”.

Es acogido favorablemente. Les llevan a su castillo con honores, les ofrecen sus servidores, buen trato, credibilidad, atención por su filosofía con gran gusto de: “acoger en su castillo a tal caballero andante y tal escudero andado”.

Cervantes quiere aludir al éxito espiritual del Iniciado, cuando hace vestirlo con el traje del alma: “hermosas doncellas echaron sobre los hombros a Don Quijote un gran manto de finísima escarlata”. Esto es una alusión totalmente crística y continúa... al tiempo que “derraman  pomos de aguas olorosas sobre Don Quijote”.

Lo llevan a una sala ricamente adornada de oro y brocados y atendido por seis doncellas pero siempre guardando su decoro pues: “la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como la valentía”.

Reprende a Sancho por pedir a una “dueña” que atienda a su asno, y le advierte que debe cuidarse: “Que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrenta la lengua; considera y rumia las palabras antes que te salgan por la boca”.

Tras éste diálogo, Cervantes presenta muy irónicamente a un clérigo o eclesiástico, amigo de los duques: “de éstos que gobiernan las casas de los Príncipes, de éstos que, como no nacen príncipes, no aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; de éstos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos; de éstos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables”.

El eclesiástico es un renegado de la caballería; considera “hablador ” a Sancho y “loco” a don Quijote, no soporta el talante complaciente de los duques y aunque es convidado al banquete acaba, insultando a los invitados y marchándose.

Pero la respuesta de don Quijote es excelente, aunque sea justo su enojo, no se inmuta, (por el lugar en que se halla y con tal compañía-dice-), pues se podía esperar del canónigo “antes buenos consejos que infames vituperios”. Su alegato sobre la caballería es sumamente juicioso. Dice que es la bondad de las bondades, que dedica su existencia a socorrer, a bendecir y a prodigar compasión y justicia a los menesterosos: “yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante,  por cuyo ejercicio desprecio la hacienda pero no la honra (...) Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno”.

Sancho aprueba todas las palabras de su señor: “He de ser otro como él, Dios queriendo; y viva él y viva yo, que ni a el le faltarán imperios que mandar, ni a mí ínsulas que gobernar”.

Esta escena presenta las pruebas de Papagueno, el escudero lejos de renegar de su amo, lo confirma. Por ello es premiado. El conde le promete el gobierno de la tan deseada ínsula. Don Quijote hace una muy propia disertación sobre la afrenta y la ofensa.

Tras lo cual comienza otro pasaje paralelo a lo bíblico, con un lavatorio que aunque no es de pies, sino de barbas, haciendo que la historia se hilvane perfectamente. En él participan el héroe, el conde y más tarde el mismo escudero a quien los sirvientes quieren hacer escarnio con sus burlas, pero le defiende su amo.

El conde le pide que describa a Dulcinea y el héroe le cuenta sus penas al haberla visto como una simple aldeana, encantada por los magos negros a quienes define como: “raza maldita, nacida en el mundo para oscurecer y aniquilar las hazañas de los buenos. (...) porque quitarle a un caballero andante su dama, es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. ”

A la pregunta de que si la dama en cuestión es o no real, responde el sabio: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo.(...) Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban su sangre. (...) y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado”.

Como la duquesa seguía inquiriendo sobre asuntos relacionados con su vida y andanzas, don Quijote le responde también conforme a su escudero con respecto a si sabrá o no ser buen gobernante: “veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con cualquier gobierno, como rey como sus alcabalas”.

Sancho por ser cortés con la duquesa, no quiso aquel día dormir la siesta, para hacerla compañía y responder a todas sus curiosidades, ella le dejó sentarse como gobernador y hablar como escudero.

Tras confesar su culpa, con respecto al engaño que hizo a su señor, presentando a Dulcinea como a una aldeana, le dijo a la condesa cuanta abnegación sentía por su amo que no podría abandonarlo: “... esta fue mi suerte, y esta mi malandanza; no puedo más; seguirle tengo; somos de un mismo lugar; he comido su pan; quiérolo bien; es agradecido; diome sus pollinos, y , sobre todo, yo soy fiel; y así, es imposible que nos pueda apartar suceso que el de la pala y el azadón”.

Incluso renunció a su gobierno si ello implicaba mayores males para él o su señor a lo que la duquesa añadió que el duque no faltaría a su palabra de asignación: “Lo que una vez promete un caballero, procura cumplirlo, aunque le cueste la vida”.

Salió Sancho en su propia defensa diciendo: “yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres (...) los buenos tendrán conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada (...)más vale el buen hombre que las muchas riquezas, encájenme ese gobierno, y verán maravillas; que quien ha sido buen escudero, será buen gobernador”.

Volviendo al  tema del engaño de Dulcinea la condesa le hace ver que tal vez:  “pensando ser el engañador, es el engañado”  y aquella villana brincadora era en realidad Dulcinea encantada. A lo que responde entre otras razones que: “Dios está en el cielo,  que juzga los corazones”.

Pasaron seis días en que los condes los agasajaban, hasta que se les propuso ir nuevamente de caza al monte; les dieron ropas nuevas, que no aceptó don Quijote pero sí Sancho y galardonados con toda clase de enseres –como de reyes- comenzó la caza con gran regocijo y estruendo. Un jabalí cayó, como señal victoriosa. A Sancho le daba miedo, pero el duque le dijo:

“La caza, es una imagen de la guerra; hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para vencer a su salvo al enemigo”. Así se les pasó el día hasta que les sorprendió la noche con luz de ciertos fuegos y los sonidos bélicos, además de instrumentos musicales. Apareció un mozo a caballo con traje de demonio y poniéndose delante dijo: “Yo soy el diablo; voy a buscar a Don Quijote de la Mancha; la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro triunfal traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el gallardo francés Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser desencantada la tal señora”.

Fueron desfilando tres carros con diferentes personajes que representaban a caballeros andantes ilustres de otros tiempos, hasta que una dulce música presagiaba la presencia de la dama, mientras Sancho contento decía: “Donde hay música no puede haber cosa mala.  –Tampoco donde hay luces y hay claridad- respondió la duquesa. A lo que replicó Sancho: Luz da el fuego, y claridad las hogueras”.

En el siguiente capítulo quedan satisfechas las demandas de don Quijote, aunque no las de Sancho.

Dulcinea venía acompañada del sabio Merlín que aseveró que para que la doncella volviera a recuperar su primer hermoso aspecto, mudando el de aldeana: “es menester que Sancho, tu escudero, se de tres mil azotes y tres cientos”.

Cuesta hacer entrar en razón al buen escudero,  ni de lejos pensaba que por su voluntad pudiera satisfacer la demanda de Dulcinea. “No,  no,  y no”, repetía. Pero van mellando sus ánimos, toda una serie de reprimendas sobre él. Hasta el mismo Don Quijote hubiera querido azotarlo, pero según Merlín, no era posible ya que: “los azotes que ha de recibir el buen Sancho han de ser por su voluntad, y no por fuerza”.

Este pasaje es muy simbólico, pues aunque el trabajo de la Gran Obra lo hace el Ser, el Intimo, su vehículo debe predisponer su voluntad y su sacrificio en aras de la Voluntad del Padre.

Doblegado ante el veredicto general, Sancho acepta: “yo consiento en mi mala ventura; digo que yo  acepto la penitencia, con  las condiciones apuntadas”.

Sancho sigue haciendo las delicias de la condesa con su charla, su confianza le hace pedirle que le lea una carta que va dirigida a su esposa en donde le notifica la adjudicación del puesto de gobernador.

Comieron en el jardín y después de la comida, apareció otro desenlace curioso. Una dama, llamada la condesa Trifaldi –representada por dos hombres enlutados- pedía la venia para una entrevista con el caballero don Quijote  a quien solicitaba amparo y ayuda. A  lo que dijo el duque:

“En fin, famoso caballero: no pueden las tinieblas de la malicia ni de la ignorancia encubrir y oscurecer la luz del valor y de la virtud”.

Se va cursando el capítulo XXXVIII para desvelar la misteriosa embajada que traía la condesa Trifaldí (o condesa “lobuna” por criarse en su tierra lobos), y sus doce dueñas. Todo un alarde de ingenio para representar el poder lunar, y las influencias lunares de las doce tribus o energías planetarias zodiacales.

Toda la pompa requerida por la aristocracia le hacen gala al caballero para apostar su valor en defender a las señoras:  Cuenta ella, el desaforado pasaje ocurrido en su tierra con una sobrina, encargada a ella para su educación, que fue cortejada por un caballero no apto a su alcurnia pero que se ganó sus favores con unos dulces versos que  decían así:

Ven, muerte, tan escondida,

que no te sienta venir,

 porque el placer del morir

no me torne a dar la vida”.

El “don Juan” dejó encinta a la doncella y ya no quiere cumplir la palabra de casamiento dada. Según la opinión de la condesa los versos tales, son “el azogue de todos los sentidos”  y a semejantes trovadores “los debían desterrar a la isla de los Lagartos”.

Los encantos trovadorescos no fueron tan apreciados por la madre de la doncella, que con tal disgusto que murió. Apareció entonces un gigante llamado Malambruno, primo de Maguncia, la reina y madre de la infanta mancillada y sobre la tumba de su prima, encantó a la pareja de amantes, a ella convertida en una mona de bronce y a él en un cocodrilo.

Su enfado quería también cobrar la vida de la condesa Trifaldí y ésta con todas las razones que supo y pudo, logró ablandar su corazón, pero no del todo,  sino que el gigante hizo crecer en ella y en sus damas de compañía, gruesas barbas por todo el rostro.

La heroicidad del caballero es menester para desatar el encanto, solo quedará satisfecho el gigante cuando el mismo Don Quijote de la Mancha y su fiel escudero, vayan a su presencia con ánimo de batallar.

Nuevamente se aprecia la gran diferencia de valor entre lo espiritual y lo material. Los dos personajes, antagónicos pero complementarios tienen muy diversos puntos de vista para la solución del problema: Don Quijote, acepta valeroso; Sancho se niega y duda de que su presencia sea necesaria en tal negocio. El prefiere cuidarse en el castillo, para poder hacer con mejor disposición, su labor de gobernador. Solo las palabras del conde logran persuadirle.

Nuevamente vuelve a claudicar el escudero y añade don Quijote: “Yo espero en el cielo que mirará  con buenos ojos vuestras cuitas; que Sancho hará lo que yo le mandare (...) que Dios sufre a los malos, pero no para siempre”. Renueva Sancho los votos de fidelidad: “propuso en su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo”.

Con ésta resolución llegó la noche y con ella trajeron al caballo mágico de madera sobre el cual, debían ser llevados, -caballero y escudero- al reino encantado del gigante Malambruno. La eterna pareja, como si fueran Dante y Virgilio a lomos de Lucifer, subieron al corcel mágico y se cubrieron los ojos.

Voces de despedida se emitían desde el jardín en tanto que se preparaba cada detalle que hiciese creíble el mágico viaje: fuelles de viento, ondas de calor, etc. Ocurrieron todas las vicisitudes imaginarias que fabricaba la mente de Sancho. Mientras que don Quijote creía volar de cielo en cielo: “...ya debemos llegar a la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo o las nieves”.

El conde había preparado como remate de la aventura, unos cohetes por la cola del animal de madera, que al pegarles fuego, tiró a los dos viajeros al suelo. Así quedó ridiculizada otra hazaña en la que se representa la victoria sobre otro agregado psicológico (Malambruno) y la recuperación de dos partes muy importantes de su Ser, los reyes Clavijo y Autonomasia. Cuando volvieron al jardín (de donde nunca se habían movido) Don Quijote se estremeció al ver a toda la gente tirada en el suelo, como muerta,  y una gran lanza hincada en la tierra ondeaba un  pergamino decía: “El ínclito caballero Don Quijote de la Mancha, feneció y acabó la aventura(...) con solo intentarla (...) Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad (...) y los reyes don Clavijo y doña Autonomasia, quedan  en su prístino estado”.

Varios son los símbolos a tener en cuenta en éste pasaje de cábala fonética; El iniciado por medio de la muerte psicológica en los diversos niveles de la mente y regiones etéreas, destruye al gigante y restituye la pureza primera de los reyes alquímicos, Clavijo signo cardinal de los clavos de las tres purificaciones y de Autonomasia, reina y señora por excelencia del Intimo.

Comienza el capítulo XLII  en el cual, la atención  se la lleva Sancho. Aquí el caballero trata de esculpir y sellar con firmeza las virtudes que debe tener la conciencia despierta, para poder autogobernarse y gobernar... que si el trabajo es correcto: “con las riquezas de la tierra, (se puede) granjear las del cielo”.

Sancho tiene un gran ánimo para emprender la tarea de ser gobernador, se sabe que adolece de muchas cosas, pero  también sabe y confía en que: “bástame tener el “Christus” en la memoria para ser buen gobernador. De las armas, manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios adelante”.

Todos los consejos del Maestro –que quiere ser norte y guía para encaminarle- son dignos de tener en cuenta y dice don Quijote:

“Primeramente,¡oh hijo! has de temer a Dios; porque en temerle está la Sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada.

Lo segundo has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse...(Gnosis)

Los no de principios nobles, deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con blanda suavidad, que guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa....

Haz gala, Sancho, de la humildad(...) préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.

Si tomas por medio a la virtud, y si te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para que tener envidia a los que tienen (...) la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Si trajeres a tu mujer contigo (...) enséñala, adoctrínala, y desbarátala de su natural rudeza.

Si acaso enviudases (...) y con el cargo mejorases de consorte, no la tomes por tal que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, (...) todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal.

Nunca te guíes por la ley del encaje (...) con los ignorantes que presumen de agudos.

Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y las dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.

Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.

Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea en pos de la dádiva, sino con el de la misericordia.

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de su injuria, y ponlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa ajena...

Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y  considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto ...

Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.

Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra (...) muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia.

Si éstos preceptos y éstas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible (...) vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura...Esto que hasta aquí te he dicho, son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.”

Con gran atención escuchaba Sancho las enseñanzas de su Maestro, en como había de gobernar su persona y su casa:

“No andes, Sancho,  desceñido y flojo que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado...

Toma con discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela entre tus criados y los pobres, y así tendrás pajes en el cielo y para el suelo.

Anda despacio, habla con reposo; pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo; que toda afectación es mala...

Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago.

Se templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra...

Sea moderado tu sueño; que el que no madruga con el sol no goza del día; y advierte, ¡oh Sancho! que la diligencia es madre de la buena ventura; y la pereza su contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo.

(...) jamás te pongas a disputar de linajes...

Don Quijote quisiera que su escudero aprendiera a escribir, pero parece empresa inútil, que a él le basta con saber firmar –dice Sancho-. Tras una breve plática termina la sentencia del caballero:

“El necio en su casa ni en la ajena, sabe nada (...) si mal gobernases, tuya será la culpa y mía la vergüenza, más consuélame que he hecho lo que debía en aconsejarte (...) con esto salgo de mi obligación y de mi promesa. Dios te guíe Sancho, y te gobierne en tu gobierno...

El buen Sancho, ante las dudas de si será o no buen gobernador le responde:

“...como gobernador con perdices y capones; y más, que mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos, (...) vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.

Consiente el caballero en la lógica del escudero y le da su parabién: “juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas (...) encomiéndate a Dios (...) siempre tengas  intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece al Cielo los buenos deseos.

En el capítulo cuarenta y cuatro Cervantes da una explicación de los motivos que le movieron a escribir su segunda parte, más llana tal vez que la primera pero sin duda complementaria, porque: “no quiso injerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece (...) teniendo habilidad suficiente y entendimiento para tratar del Universo todo, pide que no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir”.

Otra prueba debe pasar el Iniciado: La condesa le promete que nadie le asistirá en su dormitorio aún no estando su escudero para ayudarlo. Resuelta tal cuestión y acostado el caballero en su lecho,  hace una pequeña loa a la verdadera pobreza inspirada por el descosido de una de sus medias diciendo:

“La santidad consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y pobreza (...) que dice uno de sus mayores santos –tened todas las cosas como si no las tuviésedes-“.

Con el silencio de la noche escuchó el sonido de una dulce arpa y el charlar de dos mujeres, una de las cuales –Altisidora- le declaraba su amor a voces. Luego imaginó las tantas aventuras de amores que había leído en sus libros, pero se cuidó mucho  pues: “la honestidad le forzaba a tener secreta su voluntad; temió no le rindiese, y propuso en su pensamiento no dejarse vencer, y encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora Dulcinea.” Cuando la doncella terminó su canto, Don Quijote, más resuelto que nunca exclamó: “Yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de todas las potestades hechiceras de la Tierra”.Así pasó la prueba exitosamente.

Tras la prueba del caballero viene la del escudero, que da muestras sobradas de su moralidad y buen criterio comenzando el capítulo con una alabanza al sol: “¡oh Sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la oscuridad de mi ingenio”.

Relata varios litigios en los que debe mediar, en primer lugar no consiente que le llamen Don Sancho, en segundo lugar declina su buen juicio ante un sastre y un labrador, siendo más claro y justo que Salomón al dictaminar: “que el sastre pierda las hechuras y el labrador el paño”. Acto seguido se presentan otros dos sujetos, uno con un báculo con el que jugaba a dar y tomar mientras declaraba haber devuelto el dinero prestado. Por lo cual vio Sancho que el dinero en cuestión se hallaba dentro de aquel báculo. Despejado éste enredo, se presentó una pareja, ella quejosa por sentirse mal pagada, decía haber sido forzada sexualmente a lo que el muchacho decía que no, que se lo había pagado, demuestra Sancho ser un buen conocedor de la sicología femenina, hace que se le pague de nuevo y manda al muchacho que vaya a quitarle el dinero, al regresar con ella, ella no se había dejado robar, por lo que Sancho exclamó: -“Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aún la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza”.

D. Quijote por la mañana al salir de su aposento volvió a encontrar a la dama tentadora en compañía de la otra doncella, entre los pasillos del castillo. Ella se hizo la desmayada y él acudió a su auxilio diciendo a su compañera que por la noche, le pusieran un laud, para que él pudiera desengañar a la muchacha: “Que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados”.

No se dejó esperar, colocaron una vihuela en su habitación y a las once de la noche comenzó su romance instructivo que terminaba diciendo:

“La firmeza de los amantes

es la parte más preciada,

por quien hace Amor milagros,

y así mismo los levanta”.

El autor vuelve a ridiculizar una escena tan sublime con las bromas de cencerros y gatos. Descolgaron una cuerda con más de cien cencerros y un saco de felinos, apagadas las velas en el trajín, todo resultó confuso en una batalla campal contra los gatos. La misma Altisidora le curó y vendó, volviendo a redundar en el símbolo de la “canalla gatesca” cuando en voz baja, tras la cura le dijo al caballero: “Todas éstas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plegue a Dios que se le olvide a Sancho, tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esa tan amada tuya Dulcinea, ni tu la goces, ni llegues al tálamo con ella”.

Entre tanto Sancho Panza, pasa otras pruebas. La de la gula, de la cual también sale airoso. Un tal Pedro Recio de Agüero médico, (significado fonético del trabajo con la piedra y el agua), le dice lo que debe o no comer, y él dócilmente obedece, comiendo al final, solo pan y uvas. Alimento de los iniciados de la Logia Blanca o de la transubstanciación.

La carta del duque le anima a seguir con su vigilia, además que sus ocupaciones no le dejan tregua. Le presentan a un labrador embustero al que le despide sin contemplaciones porque enseguida se da cuenta de sus engaños.

Volviendo a D. Quijote, el autor lo deja encamado por  seis días, aliviándose de las lesiones que le produjeron los gatos. Una de esas misteriosas noches, se ve visitado por una de las dueñas de la condesa, la señora Rodríguez que le cuenta los problemas que tiene con su hija. Un muchacho –amigo del conde- le dio palabra de casamiento, pero: “debajo de la  palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere cumplir”.

Otra vez Sancho reclama la atención del lector. Le presenta haciendo una ronda por la ciudad, para darse a conocer de sus vecinos: “Vamos a rondar, que es mi intención limpiar ésta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagabunda, holgazana y mal entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente balda y perezosa es en la república lo mismo que los zánganos en las colmenas,  que se comen la miel de que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premio a los virtuosos, y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos”.

Pone orden con un jugador y su fullero, (personaje éste que a cambio de ser mirón del juego, le pide cierto pago). Sancho promete quitar las casas de juego por ser perjudiciales, (son la imagen interna de los antros de la magia negra). Destierra de la ínsula a un mirón  por no tener “ni oficio ni beneficio”.

Tras ellos, un muchacho guasón que no quería dormir en la cárcel y después el asunto una muchacha rica, vestida de hombre, asustada por haberse separado de su hermano, que solo había salido de su casa, por  ver la calle, pues su padre la tenía encerrada por su belleza.

Deben entenderse todas éstas diversas situaciones, como purificaciones necesarias para el alma. Hay que tener el valor de llevar adelante los preceptos esotéricos, en cualquier circunstancia y lugar. La peculiaridad del trabajo esotérico la marca el Ser. Solo Él, es quien define los lineamientos del trabajo y su meticulosa ejecución.

El capítulo cincuenta, es como su nombre indica, el que asigna la Ley para premiar el trabajo del gobernador. La condesa envía a un paje a la casa de Sancho con regalos y una carta, en la que informa (a su esposa e hija), sobre los asuntos de Sancho. El cura y el bachiller se hacen cargo de la situación y escriben la carta de contestación.

Otro litigio presentan de mañana al escudero-gobernador, que lo resuelve rápida e inteligentemente; se trata de dilucidar quien es el que debe pasar o no por el puente del río, según sea su palabra de verdad o de mentira. Entonces recuerda los consejos de su amo y decide por ellos:

“Cuando la Justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia”.

Resuelto el caso, le presentan la carta de su amo, que le inspira y reanima nuevamente su corazón con sus consejos: “Gracias particulares al cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres (...) que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto.(...) Se padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos extremos.(...) Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido; que la ingratitud es hija de la soberbia.

Entre otras muchas cosas Don Quijote hace saber a Sancho que está satisfecho con su comportamiento a lo que Sancho responde que la ocupación de sus responsabilidades es mucha: “he venido a hacer penitencia, como si fuera ermitaño”.

Y continúa con sus obligaciones; entre ellas, que no hubiese falsificadores del vino, moderar el precio del calzado, multar a los cantantes lascivos, crear un alguacil de pobres, para que los examinase si eran o no verdaderos: “En resolución, él ordenó cosas tan buenas,  que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran “Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza”.

Estando D. Quijote en el comedor aparecieron dos mujeres enlutadas. Tras los llantos y prosternaciones, se dieron cuenta de que eran la dueña Rodríguez y su hija que venían a reclamar la palabra del caballero, a lo que él respondió: “Buena dueña, templad vuestras lágrimas (...) que el principal asunto de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios...” el duque tomó a su cargo el hacer saber a su amigo del desafío de don Quijote que se llevaría a cabo de allí a seis días.

Después se leyeron las cartas que Teresa Panza escribió para la duquesa y para su esposo Sancho.

En el capítulo cincuenta y tres (número ocho de la cábala) se termina, como las pruebas de Job, el gobierno de Sancho. “Todo pasa” dice el autor, que: “el tiempo, con ésta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el viento”. Una broma pesada hace que la resolución del gobernador sea firme. Dejar la ínsula. Porque él no es hombre de guerras a pesar de que se declara la victoria, dice el gobernador: “El enemigo que yo hubiere vencido, quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que lo tengo, que me dé un trago de vino..”  Hablándole a su asno le decía: “después que os dejé y me subí sobre las torres de mi ambición y de la soberanía, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos”.

La Ley nuevamente, quiere premiar los actos de Sancho y en éste pasaje, lo hace, aunque él renuncie a los frutos de su acción. Se trata del encuentro que tuvo con un antiguo vecino de su pueblo, Ricote. Le cuenta cómo con la nueva jurisdicción son expulsados los judíos y como él, dejó enterrado un tesoro en su casa, que si Sancho accede, lo compartirá con él: “Si quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te daré doscientos escudos”.

Por haberse entretenido con Ricote, Sancho tuvo que pasar la noche en el fondo de una sima. Se dio el accidente de no saber por donde caminaba pues era de noche, y sin quererlo paró con sus huesos y los de su burro en una profunda sima. Éste pasaje hace reflexionar sobre la importancia del trabajo psicológico, si bien primero fue D. Quijote el que voluntariamente se prestó a entrar en una cueva, ahora accidentalmente le corresponde a Sancho. Ambos personajes deben padecer similarmente.

Ala mañana siguiente, es descubierto por su amo quien le dice: “iré al castillo del duque, que está aquí cerca y traeré a quien te saque de esta sima, donde tus pecados te deben de haber puesto.(...) sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol”.

Una vez en el castillo, Sancho relata a los duques las aventuras de su gobierno.

El tiempo se acercaba para que se cumpliese la batalla que honrase a la hija de la dueña Rodríguez. Se preparó un escenario medieval para el caso, no faltaron las ceremonias de rigor. El combatiente que adiestró el duque, (como si fuera su amigo), estando listo para la batalla, se presentó ante las demandantes y quedó enamorado de la doncella. Inmediatamente, pidió permiso para suspender la batalla, pues con gusto se casaría con ella: “No quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte”. De tal suerte,  dan por victorioso a don Quijote.

La ociosidad no es propia de los iniciados, pues de ella “parecíale que había de dar cuenta estrecha al Cielo”... y cuando el caballero se vio ocioso, pidió permiso a los duques para dejar el castillo.

Nuevamente la Ley recompensa sus trabajos. El mayordomo del duque entrega a Sancho doscientos escudos de oro. Saliendo del castillo se oyeron los lamentos burlones de la doncella Altisidora de los cuales, don Quijote, hizo caso omiso.

En el camino Don Quijote, hace una oda a  la Libertad: “La Libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la Libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. (...) que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas, son ataduras que no dejan campar el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo Cielo!”.

En el siguiente capítulo vemos la opinión que Cervantes tiene sobre el verdadero caballero andante o iniciado espiritual. Entre el prado descubren a una docena de labradores comiendo, ellos les explican que van hacia su aldea donde representarán un retablo religioso y para ello llevan sendas imágenes:

La primera la de San Jorge ecuestre, destruyendo a una serpiente con su lanza. Representa al Íntimo destruyendo al ego, según don Quijote: “Uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina”. Le siguió otra figura de San Martín, quien representa a la caridad o tercer factor de la Revolución de la conciencia, repartiendo su capa con un pobre: “el más liberal y valiente” a lo que respondió Sancho que: “para dar y tener, seso es menester”. La tercera imagen correspondía a Santiago, el patriarca gnóstico, patrón de la Gran Obra:“uno de los más valiosos santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene ahora el cielo”. Y la cuarta y última imagen fue la de San Pablo, representante de la sabiduría del Ser: “caballero andante por la vida, y santo a pie quedó por la muerte”.

Los cuatro apóstoles son partes auto-conscientes del Ser. Ellos impulsan a la conciencia en el trabajo iniciático de muerte, nacimiento y sacrificio por la Humanidad. Resume lo expuesto don Quijote así: “estos santos caballeros profesaron lo que yo profeso... Ellos conquistaron el Cielo a fuerza de brazo, porque el cielo padece fuerza”.

Sancho quedó agradecido con tantas explicaciones.  La visión tan hermosas  imágenes, le hizo exclamar: “si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido... Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos”.

Siguen su camino hasta toparse con un par de hermosas pastoras que cuentan como se reunieron los vecinos de su aldea para ir de paseo a ese lugar, al que pusieron por nombre, Arcadia. La Arcadia fue la tierra de los Lemures, escenario en donde se desarrolló la tercera raza Humana. Allá surgió por primera vez, el agregado psicológico. Fue la mítica salida del Paraíso terrenal, en donde pecó el primer hombre. Hasta allá debe remontarse la purificación, para comprender las causas pretéritas del ego. Don Quijote y Sancho Panza parecen salir bien de esta prueba, porque les invitan a comer, les dan buen trato y todo es armonía.

Tras el convite, quiere el caballero ser agradecido, de modo que se presta a guardar el lugar. En éste servicio ve a lo lejos aparecer, una manada de toros, los cuales envisten a Don Quijote y lo dejan mal parado. Los toros representan a la ira y las pasiones animales. Es el trabajo de purificación del ego surgido en la Arcadia, para reconquistar los Cielos correspondientes. Esta victoria encubre a otra hazaña hercúlea, que a su vez, la oculta con el deber del agradecimiento.

El capítulo cincuenta y nueve comienza explicando que al: “polvo y al cansancio que Don Quijote y Sancho sacaron del descomedimiento de los toros socorrió una fuente clara y limpia”.  

Acamparon junto a la susodicha fuente para comer y la voracidad de Sancho hace exclamar a Don Quijote: ”Yo Sancho, nací para vivir muriendo, y tu para morir comiendo”.

A la mañana siguiente llegaron hasta una venta en donde toparon con otros dos hospedados que –en la habitación contigua- se dejan oír por Don Quijote. Estos vecinos estaban comentando animadamente, las hazañas escritas en la segunda parte del Quijote falso. Pero don Quijote no puede resistir tanta mentira y los llama al orden, indicando que lo allá escrito es falso y solo hay un don Quijote, que es él.

Se desarrolla un curioso diálogo aclaratorio, con el libro mentiroso en la mano y no queriendo terminar de leerlo arguye: “...de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuando más los ojos”. Acaban cenando juntos y Sancho con el ventero.

Tras lo cual se retiraron a sus aposentos con la resolución de (por no hacer lo mismo que la falsa historia de la segunda parte del Quijote indica), tomar otro destino que el escrito allá, no irán a Zaragoza sino a Barcelona.

Aquí puede darse otra alusión esotérica, al elegir el camino de la cruz o el camino directo y no el del gozo, espiroidal o nirvánico.

En los siguientes días de camino, durmiendo en la campiña, nada pasó de extraordinario. Solo le preocupaba al caballero la negligencia de su criado que no quería azotarse para mediar en el desencanto de su dama; por lo que un día, estando éste desprevenido, quiso don Quijote llevar a cabo la promesa él mismo y se le acercó para darle unos cuantos azotes... viéndolo Sancho lo agarró tan fuertemente que le hizo desistir, con la promesa de ir dándoselos él mismo cuando se encontrase mejor dispuesto.

La escena continúa con el paseo por el bosque de Sancho y el toparse con los cadáveres de forajidos colgados en los árboles que la justicia solía aplicar de “veinte en veinte y de treinta en treinta”.

Ésta es una alusión a la muerte del mal ladrón, la muerte de Judas y de todos los traidores que cargamos en nuestra psiquis, que roban las energías sexuales para el derroche del ego.

Al momento se vieron rodeados por más de cuarenta ladrones vivos. No apenó tanto esto a don Quijote sino el verse de improvisto tomado por sorpresa, pues: “...según la orden de la andante caballería que profeso, a vivir continuo alerta, siendo a todas horas, centinela de mí mismo”.

Sigue un enredo de una dama por su novio al cual había ella matado por celos, le pide ayuda al “buen ladrón”, el cual accede en honor a su amistad con el padre de la dama. El desenlace continúa con la distribución equitativa del botín de los ladrones. Ello hace exclamar a Sancho: “Según aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesario que se use aun entre los mesmos ladrones”.

Roque Guinart el buen ladrón, descubre sus sentimientos a don Quijote diciendo: “...confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni sobresaltado que el nuestro... yo de mi natural soy compasivo y bien intencionado; pero... el querer vengarme de un agravio...como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado los venganzas de manera que no solo las mías, pero las ajenas tomo a mi  cargo; pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir de él a puerto seguro”.

La compasión de don Quijote es émula a la del Cristo en la cruz, apiadado del buen ladrón que le promete el paraíso, así dice don Quijote:

“...el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer tomar al enfermo las medicinas que el médico le ordena; vuesa merced está enfermo, conoce su dolencia y el Cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco, y no de repente y por  milagro; y más que los pecadores discretos están más cerca de enmendarse que los simples...”

Alusión ésta última a la Magdalena pecadora. Para enmendarse de sus errores, Don Quijote le invita a tomar el camino del caballero andante, así podrá hacer penitencia de sus pecados.

El buen ladrón hace alarde de su compasión cuando le traen presos a unos viajeros, es equitativo y solo les roba lo necesario para calmar a sus hombres, tal es así que el autor describe “...los dejó ir libres, y admirados de su nobleza, de su gallarda disposición y extraño proceder, teniéndole más por un Alejandro Magno que por ladrón conocido”.

El ladrón escolta a Sancho y a don Quijote, por atajos y sendas encubiertas hasta el camino de Barcelona. Su llegada, es avisada a un amigo del ladrón en Barcelona en donde arribarían la Noche de San Juan.

Este pasaje puede asociarse con el de la entrada a la Jerusalén Celestial... en donde el Cristo Íntimo, habrá de pasar por el Calvario de la Pasión.

La aurora trajo arreboles de chirimías, atables, ruidos de cascabeles y estruendo de artillería. Fueron recibidos por los amigos del ladrón con gran pompa y alegre bullicio.

El autor vuelve a ridiculizar tan hermosa escena con el atrevimiento de unos muchachos que hicieron una pesada broma a Rocinante y al asno de Sancho, lo que dio con nuestros personajes en el suelo.

Ésta es una estrategia utilizada reiteradamente, para evitar la descripción exacta del proceso interior de los iniciados. El símbolo se refleja en la cábala fonética. El nombre del anfitrión es Antonio Moreno que representa el poder mántrico del Verbo “I.A.O” asociado al “negro” o moreno, de los colores del alquimista y de las vírgenes negras góticas.

Es la entrada en Barcelona, la que alegoriza el principio de un Vía Crucis muy peculiar.

Todas las escena parecen ridiculizadas o desprestigiadas; primero haciendo escarnio del personaje por su vestimenta... Lo llevan a pasear con un rótulo en su espalda con su nombre, por lo que tiene que escuchar, halagos y vituperios de la gente. (como el escarnio sufrido por el Cristo con la cruz a cuestas). Luego siendo presa de la danza de unas mujeres, quienes le dejaron desfallecido, prueba semejante a la de Hércules tratando de apropiarse del Cinturón de Hipólita. Más tarde, llevándolo a dilucidar la verdad o falsedad de un busto parlante, como las preguntas inquisidoras de los fariseos y saduceos o del mismo Herodes, solo para reírse de él.

El iniciado siempre tiene que ir cotejando sus “libros” ”, en ellos están anotados todos los actos de todas las vidas; errores y aciertos que hay que subsanar; de modo que Don Quijote, a la mañana siguiente, visita una imprenta.

Se interesa primero por un libro llamado “Le bagatelle” o trabajo de niños que contiene cosas buenas y sencillas. Alusión al kinder o escuelas que crean alma. En segundo lugar pasa a ver otro libro llamado “Luz del alma”, o aspecto más profundo del conocimiento, segundo nivel que alude a las escuelas que crean alma y espíritu, aprobándolas exclama don Quijote: “-Éstos tales libros,... son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para tantos deslumbrados”.

El tercer libro que ve es el suyo o la segunda parte del falso Quijote, por lo que pacientemente declara: “...su San Martín se le llegará, como a cada puerco; que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad do la semejanza de ella, y las verdaderas, tanto son mejores cuanto son más verdaderas”.

Deja así la imprenta, pues sabe que debe rectificar lo que había de falso en el libro apócrifo y su siguiente destino es entrar en las galeras del puerto.

Le recibió un general que incrédulo por la presencia del famoso caballero, dijo: “Este día señalaré yo con piedra blanca”.

Siguen las bromas y oprobios, ésta vez con Sancho a quien lo llevan volteando de brazo en brazo, entre los marineros. Todo un revuelo describe el autor, para hacer comprender las batallas de los marineros. Así la nave capitana en donde estaban los dos personajes, se ve campeona de la contienda en la que habían apresado un bajel con treinta y seis personas cautivas. Otra vez el nueve.

Llega el virrey de Barcelona y felicita a Antonio Moreno por la victoria en la reyerta y enseñándole a un reo atado le dice que lo va a ahorcar por haber matado a dos de sus mejores soldados. Pero es la sorpresa de todos ver que tal mancebo es una mujer y tras contar su larga historia, deciden darle  la libertad y ayudar a que  sea  rescatado su novio que se encuentra preso en Argel. En el juicio de Herodes ¿no soltó a Barrabás en vez de Jesús?.

Allí entre los marinos se encontraba un anciano y cuando quedó en silencio la moza, habló el declarándose su padre. Sancho que lo vio, pudo reconocer en él a su amigo Ricote, quien le ofreciera recompensa por sacar de su casa el tesoro escondido. Él ofreció pagar dos mil ducados que en perlas y joyas tenía a quien rescatase al muchacho....el mismo don Quijote se ofreció pero fue el renegado español quien se hizo a la mar, pues él sabía donde encontrarlo.

Cervantes marca el declive del proceso de don Quijote con el pasaje del “caballero de la Blanca Luna”.

Mientras don Quijote paseaba bien armado, por la playa, apareció éste decidido a presentarle batalla. Concertaron los términos: el caballero de la Blanca Luna exigía que si saliere vencedor, don Quijote tenía que abandonar las armas durante un año y volver a su hogar; en cambio, si él fuera vencido, don Quijote se llevaría su fama, quedando a su discreción la suerte de su vida.

Medió don Antonio, por creer que era una burla, dio su permiso el virrey y  toda la ciudad se dio por enterada. Llenos de curiosidad todo el pueblo, permanecía expectante del desenlace. Venció el caballero de la Blanca Luna... Entonces,  iniciado se vio obligado a cumplir la palabra y retirarse de la vida andante. Quedó mal herido don Quijote. El caballero de la Blanca Luna, indica de que el Iniciado deber dar su vida por la causa. Vence la Luna en lo aparente, pero la victoria del Sol es sumergirse en la noche profunda de los sabios, del gran Espacio o Amenti.

Antonio Moreno, quiso saciar su curiosidad y siguió al caballero vencedor, para ver, de quien se trataba, resultando ser  el bachiller Sansón Carrasco. Éste le explicó que no habiendo podido vencer a don Quijote en el Bosque, decidió seguirlo, para disuadirlo de que tornase a su hogar. Ésta era la única forma en que entendería el caballero. Todo lo cual fue hecho por el bien de don Quijote que tanto querían en su pueblo.

Seis días estuvo el héroe reponiéndose en el lecho, no tanto de las magulladuras recibidas sino de la pena tan grande de dejar las armas y el oficio de caballero andante. Sancho lo consolaba, viendo feliz su regreso al hogar...

Pero el regreso de amo y escudero fue muy triste: “Don Quijote, desarmado y de camino; Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas” iban rememorando los lugares y hazañas por las que habían pasado: “que cada uno es artífice de su ventura”, decía don Quijote.

Así se toparon con Tosilos el lacayo del duque, el cual convidó a Sancho a merendar mientras que don Quijote se fue cabalgando despacio. Después del refrigerio siguieron el camino. Platicaba siempre don Quijote, buscando la ocasión de reprender a Sancho por su negligencia, al no haberse dado los consabidos azotes: “...los cielos te den gracia para que caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora, que lo es tuya, pues tu eres mío”.

Entre las pláticas acuerdan que, una vez llegados al pueblo, han de ser pastores. Otra alusión al Cristo. Al Buen Pastor que da su vida por las ovejas, grado iniciático del Cristo.

Duermen en el prado otra noche más, Sancho plácidamente, mientras que el caballero apenas concilió el primer sueño: “Maravillado estoy Sancho, de la libertad de tu condición... Yo velo cuando tú duermes; yo lloro cuando cantas; yo me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso...”

Durante la plática oyeron un estruendoso paso, se trataba de una piara de cerdos, que en tropel pasó por encima de ellos. Don Quijote resignado dijo: “-Déjalos estar amigo; que esta afrenta es pena de mi pecado...” Este pasaje resulta extemporáneo. Tal vez está ubicado así con el ánimo de desviar la atención. Pues el pasaje bíblico de la piara de cerdos, se corresponde a la predicación y no a la Pasión del Cristo.

Cuando el sueño venció a Sancho, don Quijote se puso a componer versos:

 -Amor, cuando yo pienso

en el mal que me das, terrible y fuerte,

voy corriendo a la muerte.

Pensando así acabar mi mal inmenso:

 

Mas en llegado al paso

Que es puerto, en este mar de mi tormento,

Tanta alegría siento

Que la vida se esfuerza y no le paso.

 

Así el vivir me mata,

Que la muerte me torna a dar la vida.

¡Oh condición no oída

la que conmigo muerte y vida trata!

 

El día los sorprendió con la visita de diez hombres a caballo y cuatro o cinco a pie, quienes les obligaron a seguirles en silencio hasta el castillo de los duques.

Éstos, habían sabido por el bachiller, de la condición de don Quijote. De todo lo sucedido en la batalla y su desenlace final. Como temían no volverlos a ver, quisieron despedirse de ellos, escenificando la muerte y resurrección de Altisidora. (La embustera enamorada de don Quijote).

Para ello prepararon un teatro, con un  túmulo de muerte, en el patio principal del castillo. En el velatorio participaron como espectadores, los duques y dos principales personajes que parecían ser reyes. Además de todos los sirvientes del castillo.

Vistieron a Sancho de negro, con un manto de llamas y de diablos, pero como vio que eran pintados dijo: “ni ellas me abrasan, ni ellos me llevan”. Esto indica otra purificación del alma humana, que debe padecer en los infiernos lograr la resurrección.

Un hermoso mancebo cantó dos lúgubres estrofas poéticas, para la muerta. Los reyes dictaminan que para la resurrección de Altisidora, se profiera a castigar a Sancho, con veinticuatro mamonas, (pases por la barba en señal de burla), y doce pellizcos y alfilerazos en brazos y lomos.

La cábala numérica indica que son trabajos del Hombre Solar.

Todas las excusas de Sancho fueron inútiles, al final habló don Quijote diciendo: “-Ten paciencia, hijo mío, y da gusto a éstos señores, y muchas gracias al Cielo por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio de ella, desencantes a los encantados y resucites a los muertos”.

Pasado el suplicio, resucitó la dama. Todos  se admiraron del escudero y él pidió a la duquesa que le regalasen la ropa y la mitra, porque se la quería llevar a su casa. (Prueba del logro conseguido) Así llegaron a sus aposentos -ya conocidos- del castillo para pasar la noche.

Al día siguiente se renuevan pláticas con los duques y con Altisidora. Después de comer con ellos, por la tarde, don Quijote y Sancho Panza, salen del castillo camino a su aldea.

En el camino acuerdan el pago de los azotes, queda así tranquilo el amo y la picaresca del escudero tratará de cobrase los azotes que de a los árboles... “... y dando un desaforado azote a un haya dijo:¡Aquí morirá Sansón y cuantos con él son!.

A la mañana siguiente llegaron a una venta en donde habían decorado las paredes, unas telas viejas, pintadas con escenas mitológicas griegas de Menelao, Helena, Dido y Eneas. Signos alusivos a otras hazañas, semejantes a la de don Quijote, que representaron luchas internas y externas, por los valores eternos.

Llegó a la posada un caballero llamado Álvaro Tarfe, quien dijo ser amigo del Quijote falso. Entonces don Quijote le pidió que hiciera público el hecho, (ante el alcalde acompañado de un escribano) que aquel a quien conoció en Zaragoza, nada tenía que ver con él, y que el único y verídico don Quijote lo tenía presente. Así se hizo, quedando constancia por la declaración jurídica de don Álvaro...

Con ésta explicación todo está consumado, lo externo y lo interno.

A la mañana siguiente tomaron el camino de la aldea. Sancho, al verla sobre un  promontorio, lleno de emoción exclamó: “-Abre  los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, bien azotado. Abre los brazos y recibe también a tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo”.

El regreso al hogar, es el regreso al Ser. Los recibimientos y alegrías son para el peregrino del mundo, aquel que supo ser como el Hijo pródigo arrepentido enmendándose, para trabajar en la mies del Padre.

Don Quijote convertido en pastor, dejó éste mundo fenoménico. La vida ya no tenía ningún sentido para él. Debía pagar su vida con la muerte: “Por la disposición del Cielo”. Una extraña enfermedad hizo presa de él y aunque los cuidados de su sobrina, ama y demás personajes le fueron muy favorables, no lo suficientes como para eludir su destino. Dictó sensato testamento, dejando satisfechos a todos.

Uno de los epitafios de su sepultura decía: 

“Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto extremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.”

  

  Sagrario Galdós 

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