Sevilla  

Vamos adentrándonos en Andalucía, sintiendo su vida en nosotros como algo familiar, añejo. Sevilla es todo un emblema español. Elegante y cargada de tradiciones que merece la pena ir descubriéndolas para quererla, si cabe, aún más. El arraigo popular es muy poderoso, el pueblo es el protagonista, el artista que labra las horas fecundas en ricos tapices.

 

Pero sin duda, la dueña de ese longevo pueblo, es la Virgen. Vírgenes por todos los barrios, para proteger a sus artesanos, labriegos o comerciantes. Vírgenes en cada capilla, adornada para las procesiones. Vírgenes con o sin  Niños en brazos, llorando o sonriendo. Pero siempre vírgenes. Madres amorosas para la devoción de propios y extraños. Virgencitas adorables dignas de tantas y tantas saetas llorosas. Vírgenes que invitan a recapacitar sobre la Naturaleza real de la vida, sus tragedias y comedias. Vírgenes todas, mostrando sus semblantes deslumbradores e impactantes.

Para honrarla, la visita a ellas, es obligada. Sino a todas, por lo menos a las más representativas.

 

Nos fuimos caminando, sin prisa pero sin pausa, en una mañana fresca, con la brisa suave del Guadalquivir, desde sus mismas orillas al pie de la torre del Oro. Decidimos presentar nuestros respetos a la Virgen de la Macarena. Es la reina del barrio que lleva su nombre, y tras una larga pero agradable caminata, pudimos postrarnos ante su presencia soberana...No nos decepcionó. La señora nos bendijo desde su sagrado nicho y con ello, tomamos nuevas fuerzas para nuestra incursión por la ciudad.

“La historia de Sevilla está íntimamente ligada a la del río Guadalquivir, pues desde sus orígenes desempeñó el papel de puerto fluvial y puente entre el Océano Atlántico y el interior de la región andaluza. La Sevilla primitiva nació allí donde el cauce del río dejaba de ser navegable para las grandes embarcaciones. Las excavaciones arqueológicas permiten afirmar que el asentamiento humano se hizo estable hacia el siglo IX a.C. Durante siglos, analistas y eruditos reclamaron para Hércules, el más popular de los héroes mitológicos, el honor de haber marcado con seis pilares de piedra el lugar donde Julio César fundaría la ciudad de Sevilla, a la que llamó Lulia Rómula Híspalis”.

 

Los lugares más importantes para visitar son: La Catedral, La Giralda, Los Reales Alcázares, El Rectorado, La Torre del Oro, El Palacio de San Telmo, La Plaza de España, El Museo Arqueológico, Itálica, Museo de Bellas Artes y haremos especial mención al museo privado del Hospital de la Caridad, aunque hay más de noventa monumentos expuestos en catálogo para su visita.  

En Sevilla encontramos remembranzas de varias culturas. Desde los mismos iberos, que dejaron paso a los griegos con la mitología hercúrea, hasta los romanos que se apoderaron de ella por largos siglos. Los vándalos o visigodos, también tuvieron el cetro de la historia. Desde la más remota antigüedad ha sido deseada. Motivo del deseo son su clima, su suelo, su río y con él, las mil posibilidades que ofrece a pesar de sus inundaciones.

 

Su nombre, desde el año 712, deviene de Isbiliya, que es una asignación islámica. Los árabes la engrandecieron desempeñando con ellos, un gran poder político y cultural. Pero fueron los almohades, quienes construyeron importantes monumentos, entre ellos; la mezquita mayor en donde hoy se encuentra la catedral. El total declive de los almohades, fue  sobre el año 1220, cuando el Rey Fernando III convirtió a Sevilla en un extenso reino cristiano. Aunque la catedral de Sevilla fue consagrada definitivamente en el año 1507.

La ciudad fue también, cobijo de una nutrida colonia hebrea hacia los años 1390, pero ésta comunidad se vio siempre violentada por asaltos y saqueos. De ellos prevalecen los barrios de la judería, típicos y acogedores.

 

“Con el Descubrimiento de América en 1492 se inicia la Edad Moderna y Sevilla se erige, durante más de dos siglos, en puerto del Nuevo Mundo. En los Reales Alcázares de Sevilla se creó en 1503 la Casa de la Contratación, organismo fundamental para regular las relaciones mercantiles, científicas y judiciales con América”. Durante  mucho tiempo conservó el monopolio del comercio indiano. Con tal motivo se construyó el puerto de Sevilla, situado sólo a 80 km. del litoral atlántico y es el único puerto interior de Europa.

 

Hay que dejarse “perder” por la mágica Sevilla. Se dice que su casco histórico es el de mayor envergadura de Europa, tejido de los más diversos edificios de todos los estilos.

Visitar la Plaza de España, muy cerquita de los Jardines de María Luisa y descansar entre las fuentes a la sombra de frondosos árboles, no tiene precio.

 

Pasamos al otro lado del río. Al barrio de Triana para ver sus vírgenes, Nuestra Señora de la O, la Virgen de la Estrella... Y claro los barrios de Santa Ana,  San Jacinto y al Cristo de la Expiación.

 

Con justa razón el gran poeta sevillano Machado, cantase las bondades de ésta ciudad. Fuimos a la Cartuja, para ver que quedaba del monasterio que otrora fuera el panal espiritual de tantos clérigos y anacoretas. Pero ya no existía, apenas el emplazamiento. De monjes o de mística, solo el recuerdo. La cartuja se ha convertido en museo de cerámicas... aunque subsiste el silencio... por poco tiempo; pues ya está siendo invadido por la cultura del ocio y de los parques temáticos de recreo.

Cuando uno se despide de Sevilla,

 se plasma en la retina susceptiblemente,

terca, y pertinazmente;

 el paisaje ancestral de los cocheros,

 los carros, tirados por mansos caballos.

Un blanco pañuelo al aire;

una inacabada línea de naranjos

que perfuman todas las primaveras, el aire con azahar.

Una risa cómplice, un chiste gracioso y sin malicia;

un abrazo en el camino, un trocar de manos

y un “hasta siempre” en el corazón.

 

   

Arte en el Hospital de la Caridad 

El broche de oro, nos lo regaló Sevilla en el Hospital de la Caridad. Como indicamos arriba, merece especial mención; no solo por su valía en lo material, sino por su carga esotérica, que bien merece la pena considerar.

Fue el insigne Maestro alquimista Fulcanelli, quien nos lo dio a conocer en su magna obra “Finies Glorie e Mundi” en donde explica el sentido trascendental de la Obra del pintor sevillano Valdés Leal. ¡ Realmente fue todo un hallazgo!.

Era una de nuestras razones para visitar Sevilla, pero esperábamos encontrarlo en otro contexto, tal vez, en un frío museo, o en algún escondido lugar, como obedece a todo lo esotérico...

Sin embargo su emplazamiento, merece un trato aparte, pues hemos de explicar el cómo y el porqué de su ubicación:

“La Hermandad de la Santa Caridad que existe en Sevilla desde mediados del siglo XVI, ya tenía sus cultos en 1.588 en el lugar que hoy ocupa la Iglesia de San Jorge, enclavada en las Atarazanas Reales. Tenía entre sus misiones enterrar a los ajusticiados, y a los ahogados en el río o abandonados cuyo cuerpo nadie reclamaba”.

Tal vez fue instituida, como respuesta a la demanda social suscitada por la peste que acabó con la mitad de la población. Sin embargo, bajo su apariencia exclusiva de caridad, yacía el secreto de una orden, que bien pudo ser el legado de otras más antiguas, con raíces esotéricas.

La orden de Calatrava, fue apoyada por los Reyes Católicos y a ella pertenecía gente noble y adinerada.

Sus reglas eran severas, de obediencia, respeto, servicio a los pobres, militancia y secreto. Es decir, se fundamentaba en el tercer factor, sin descuidar su proceso personal.

Miguel de Mañara, fue elegido Hermano Mayor de la Hermandad de la Santa Caridad, dedicó toda su vida al cuidado de los pobres. Era un caballero adinerado que construyó el Hospital para el servicio al necesitado. Sin duda, animaba a su espíritu una gran espiritualidad, dicen que él mismo plantó en el jardín unos rosales que llevan vivos durante más de tres siglos.

Mañara, solicitó la ayuda de sus amigos y cofrater, para adecuar a su gusto las instalaciones. Artistas sevillanos como Figueroa, Simón Peneda, Pedro Roldán, Valdés Leal o Murillo, dejaron su obra en el hospital, contribuyendo con ella a la causa.

Todo el hospital es una exaltación a la virtud teologal de la Caridad. Desde los pasajes del Antiguo Testamento (en los azulejos) hasta las expresiones más personalizadas. En la fachada se encuentran San Jorge y Santiago, aludiendo a las virtudes teologales de la Fe, la Esperanza y la Caridad.

Los patios del hospital invitan al recogimiento, están decorados con paneles de azulejos que muestran escenas religiosas.  A sus lados se encuentran salas, para atención de los pobres, y dependencias personales..

Hay una sala de cabildos, digna de atención. Pues en ella está una obra mural de Valdés Leal, de lo más expresiva;  aparece un Hermano de la orden que está sentado tras un magnífico escritorio con una cruz, la urna de votaciones y otros elementos;  al otro lado del escritorio, se encuentra un niño, sentado en un taburete bajo, indicando con el dedo en la boca el signo del silencio o secreto que se debe dar en ésta sala.

Pero es en la iglesia en donde uno puede quedarse ensimismado y traspasado por una flecha de compunción que detiene el tiempo.

Es una sola nave con pequeña cúpula. El retablo mayor es una gran obra maestra del barroco español, en donde se plasma el enterramiento del Cristo, como obra de misericordia.

Aquí se encuentra la joya que andábamos buscando. Entre las numerosas obras de Valdés Leal, hay tres que decoran la iglesia. Un impresionante mural, situado en el coro (de pared a pared), indica a los mismos reyes, que deben “bajarse de su burro” o caballo, por medio de la cruz (alquímica) para entrar en la cuidad celestial. Una alegoría perfecta de la necesidad de trascender a la mente.

Otra maravillosa obra se encuentra frente a la puerta de entrada: “In Ictu Oculi” considerada como una de las meditaciones más dramáticas de la historia del Arte Universal. Aparece la muerte soberana, apagando la luz de una gran vela, colocando un pie sobre el globo del mundo y el otro sobre los elementos de vanidad humana; joyas, ropajes, libros, títulos, mitras o coronas... Desde el punto de vista gnóstico, solo puede aludir al fin de los tiempos. Porque la muerte no apaga la vela cuando quedan recurrencias por vivir. Solo cuando la humanidad es declarada incapaz de superarse, (es decir, un fracaso, como la nuestra en el kali yuga), es cuando la muerte se impone y ya no permite más vituperios al Ser. Quita la luz y se termina toda posibilidad de redención.

Pero la obra estrella que nos llevó hasta Sevilla es sin lugar a dudas “Finis Gloriae Mundi”. Esta maravilla la explicó Fulcanelli extensamente, de modo que solo queremos decir, que es terriblemente impresionante. Sus medidas (como las otras) hacen percatarse de detalles realistas y dramáticos que impactan. He aquí la vanidad del alquimista que no refina la Obra. Ya se puede ser clérigo, militar u hombre de campo. La Gran Obra requiere de pulcritud, si no queremos que se convierta en otro aborto de la Madre Divina. “Ni más ni menos” dice la balanza justiciera, todos y cada uno de nuestros actos serán medidos.

Completan los retablos de la iglesia, pinturas del insigne sevillano Murillo, frater también de la Hermandad, que legó a ella sus piadosos trabajos. La mayoría de ellos ensalzan a la Caridad; curar a los enfermos, darles de comer, de vestir y cobijarlos y ponerlos bajo la advocación del Cristo del Perdón. Una de ellas representa a Moisés haciendo brotar agua de la roca ¿no son nuestras aguas seminales las que nacen de la dura roca que debemos golpear?. La otra muestra la multiplicación de panes y peces. Nuevamente, otra alegoría alquímica... Otras obras son: San Juan de Dios transportando un enfermo, La Anunciación, Santa Isabel de Hungría, El Niño Jesús y San Juan Bautista Niño. Algunas obras de Murillo, fueron robadas y se encuentran hoy en diversos museos extranjeros.

Con una fuerte impresión de nadidad, salíamos del hospital y nos dirigimos al portero para indicarle que la orden de los calatrava, seguía vigente en otras formas esotéricas. Le contamos que nosotros pertenecemos a una de esas ordenes, que se dedican a ayudar a la humanidad, tal vez no de un modo tan espectacular como lo hicieran aquellos nobles, pero sí, sirviendo de guía para que el ser humano encuentre su rumbo hacia Dios.

Se llenó de alegría y nos invitó a pasearnos por las dependencias no públicas. Vimos que con los recursos que se obtiene del museo, se sigue con la obra de Mañara, pues aún hoy está en uso como residencia de ancianos desvalidos.

Esta visita, nos hizo ver nuestro propio egoísmo, frente la generosidad de los hermanos que nos han precedido. Ellos estaban dispuestos siempre, sirviendo al hombre por Dios. El tercer factor es imprescindible si queremos avanzar en nuestro camino. El altruismo sin espera de recompensa, la entrega filantrópica al necesitado, el socorro sin miedo, sin escrúpulos melindrosos... Nos dejaron muy claro, que aquellos señores, nos llevaban un largo trecho de ventaja en su Amor consciente. 

Sagrario Galdós

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