Córdoba

 (Andalucía España)

 

Pasamos (9-08-05) por Puerto Llano (ciudad minera) camino hacia Córdoba, vimos de cerquita a la Sierra Madrona con los puertos y las cavernas que nos indican lo longevo de su historia, pues algunas de ellas atesoran pinturas rupestres.

Córdoba pertenece a la comunidad de Andalucía, la de Hércules y sus leones, cuya heráldica veremos a menudo; la del olor a aceite, vid y a jazmín; la de sabor a pescaditos fritos y finos vinos. Pero sobre todo la sultana, la majestuosa reina árabe llena de adornos y filigranas. 

Córdoba establece nuestro primer vínculo con el alma andaluza. Es ciudad patrimonio de la Humanidad. ¡Siempre nos quedaremos cortos, para describirla!.

Su dulce clima nos recuerda a México, hasta está llena de plantas similares. Vemos por todos lados al maguey, al nopal repleto de tunas a las buganvillas de colores y como no a las palmeras... hasta tenemos la suerte de acampar entre cuatro de ellas, que durante nuestra estancia  nos  custodiarán.

Y qué decir de los caballos, ellos se han adueñado de todos los rincones, sus cascabeles se oyen en la serena tarde, entre las piedras milenarias y las sombras ajardinadas, hacen coro con las cantantes chicharras y el arrullo del viento que mece entre las palmeras.

La visita a Córdoba entraña un aspecto muy personal, es un reencuentro. Hace casi treinta años que nos conocimos, porque fue la sede de nuestra luna de miel. Y un algo especial nos abraza, como si fuera testigo de un juramento sagrado. Como si fuéramos cómplices del destino... Treinta años después... Uno más viejo, ella igual de lozana... cargándose de historia y regalándosela a manos llenas a todo aquel que la visita.

Volvimos a la Mezquita, claro. Solo entrar, un silencio abrumador, un respeto apabullante, una mística trascendental, nos invade. No se puede ser un frío turista, sin sentirlo. Sobrecogedora, acogedora, transportadora de las almas, su influencia pasa de ser algo meramente pasajero... hay algo que nos trasciende a todos los seres humanos, y eso solo es Dios.¡¡¡No hay más Dios que Dios!!! Reza por todas partes la inscripción en las piedras árabes. Hasta el rey Juan Carlos I, quedó sobrecogido en la Mezquita y dejó una inscripción aludiendo a la luz que emana de ella, la cual irradia y abraza a todas las religiones del mundo.

Oramos, meditamos, reflexionamos... el tiempo se detuvo y nosotros con él... tantos seres que contribuyeron a hacer realidad éstos muros... nos observaban. Son muros labrados en oración y cánticos de alabanza, son muros multicolores que llegan al cielo y rozan la tierra, un imán que dirige nuestros afanes hacia lo intangible, sin imágenes, abstracto pero concreto... Absoluto.

Dicen que hacía más de tres meses que no llovía en Córdoba y justo a nuestra salida de ésta Catedral del alma, una dulce lluvia nos bendijo...

El patio de la Mezquita es hermosísimo, lleno de naranjos que antes fueran fuentes cantarinas. Un espacio conventual, destinado al descanso y a la reunión plácida entre hermanos de todas las religiones del mundo.

Pero entre iglesias, conventos y palacios, hay más de una cincuentena de lugares dignos de visitar. El río Guadalquivir es una excelente guía para ubicarse y no perder el rumbo... por las tendillas, la judería o los barrios cristianos. Todo aderezado con el máximo colorido de las flores y del sol.Su origen prehistórico es anterior a los mismísimos griegos, el lugar donde se estableció la capital Bética, dicen que fue visitada por el mismo Hércules. 

Luego los romanos se instalaron majestuosamente en ella y la llenaron de adornos, puentes, templos y obras de infraestructura. Aquí floreció la filosofía del Séneca y otros grandes poetas criollos-romanos de la Hispania. Más tarde llegaría la expansión de la fe cristiana y en armonía con ella, los árabes, que se instalaron durante varios siglos, para hacer de Córdoba una de las ciudades más prósperas y centro neurálgico del Califato de Al-Andalus, independiente de Damasco. Toda Córdoba conserva sin confundirse los más remotos vestigios, desde los prehistóricos, romanos, visigodos, musulmanes y hasta los cristianos. En una solidaria impronta, de la majestuosa huella de la fe.

Claro que buscamos a la sinagoga, y la encontramos. Pequeñita y cobijada entre corredores de las estrechas calles de la judería, sigue conservando todos los elementos necesarios para el recogimiento. Los turistas la echan a perder, se suben entre sus piedras para fotografiarse y charlan y fuman sin respeto.

Pero justo a su lado, está la estatua de Maimónides, filósofo y matemático judío ¡que gusto volver a encontrarlo! Aquí descansamos hace treinta años, a sus pies, y le pedimos que protegiera nuestro amor, con su sabiduría... ¿que poder ofrecerle en forma de agradecimiento? El tributo de una flor y una nueva promesa...

Es de resaltar, el especial sentido del  humor cordobés. Parece que contagia con su gracia, las penas no deben dejarse estancar, tienen que correr y desaparecer... son gentes afables y hospitalarias, te van indicando los lugares que solicitas con amabilidad y hasta te acompañan desviándose de su ruta, si fuera necesario.

Llegamos al patio del Potro. Por ser éste, el año cervantino, nos encontramos con la agradable sorpresa de hallar alusiones a él por doquier. Y es en el patio del Potro, en donde encontramos otra, típica y peculiar. Se trata de un lugar, transformado en museo por su originalidad. Pues tal y como actualmente se encuentra fue descrito por Cervantes, un lugar de paso y de hospedaje del periodo medieval, en el cual, se dice que el mismo escritor se alojó. Vale la pena visitarlo para hacerse una idea de cómo se vivía en aquel entonces.

Ayer y hoy, Córdoba acoge al visitante con sus mejores galas y nos hace sentir como en nuestra propia casa. Nadie queda defraudado con ella. El espíritu que dimana a quienes la contemplan, perdura y perdura y perdura...

Sagrario Galdós

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