EL NACIMIENTO DEL CRISTO

                                                                                                                               Zerión

     Si analizamos los símbolos de la religión católica, maravillosos por lo
divinos, podemos ir comprendiendo el misterio del Cristo.

      El Señor Jesús, representa el Fuego interior, el Verbo de la Vida que
bulle constantemente en nuestro interior impulsándonos a pensar, a
imaginar, a emocionarnos, a amar, a caminar, a hacer ejercicio, etc.  Es la
Vida interior.   Es el poder maravilloso de esa energía hija de la virgen
Madre.

    La virgen Madre es otro nombre que se le da al Alma del Mundo, a las
energías que han dado origen a todo cuanto existir pueda en el Universo.
Se dice que la virgen fue fecundada por obra y gracia del Espíritu Santo;
es justamente el ígneo poder que en lo Cósmico se llama el Verbo y en lo
microcósmico el Fuego Creativo del Espíritu Santo, que está en directa
relación con la energía de la Vida.     Cuando un hombre y una mujer se
aman y se acercan, hay fuego en ellos, sus cuerpos se calientan, sus
miradas despiden centellas de energía.   Es el Fuego de la Vida tratando
constantemente de fecundar a la otra polaridad de la existencia o de ser
fecundada, bien sea para los fenómenos de la generación universal o bien
para la regeneración fisiológica y espiritual.

     Cuando realmente se está enamorado y esa energía no es malgastada
en las locuras eróticas del instinto, surge la poesía, el arte, la pintura, la
escultura, la canción, la belleza y la alegría.    Allí se encuentra el secreto
de la armonía espiritual, el secreto del Cristo, del divino niño que nace en
"una caverna misteriosa", en donde solamente una mula y un buey se
acercan al recién nacido.

      El Cristo es el sentido de la belleza, de la armonía, de la
espiritualidad, de la bondad, del altruismo, etc., que debe nacer en el
corazón del hombre.   La mula y el buey son las pasiones que acicatean al
ser humano, tratando de que se pierda la fuerza divina del amor, del
Cristo.

      Herodes (el egoísmo) busca al niño par matarle.   La madre, la virgen
para protegerlo, decide huir "a tierra extraña" para criarlo y educarlo en
los misterios iniciáticos.   Así es nuestro Espíritu; hemos nacido en tierra
extraña, en este mundo físico, y es justamente en ese deambular que
estamos tratando de aprender todo lo que concierne al perfeccionamiento
de la vida espiritual.

       El niño Cristo es visitado por tres reyes magos que representan los
tres aspectos del Logos en nosotros: la consciencia (el Padre), la
sensibilidad (el Hijo) y el poder generativo (el Espíritu santo).   El rey
mago de raza blanca, representa la consciencia, el de raza amarilla, la
sensibilidad, y el de piel negra, el Fuego, el Poder, la Vida, la energía, el
carácter, la hombría, el valor.   Cada uno le entrega un elemento
simbólico: incienso, mirra y oro.

      El incienso representa la elevación de las energías emocionales e
instintivas hacia el altar del corazón, para que el “niño” Cristo pueda
solazarse en armonía espiritual.    La mirra, utilizada antiguamente para
momificar, es justamente el símbolo de la energía de la Vida, de la
substancia germinal, que nos ayuda a mantener la cohesión molecular del
cuerpo.    Cuando se está joven, se tiene mucha energía simbólica de la
mirra; pero cuando se está viejo, se ha perdido la mirra en locuras
eróticas, ya ese cuerpo no se puede conservar más y hay que enterrarlo
pronto cuando fallece.     Y el oro es la consciencia, esa luz maravillosa
que debe guiar nuestra vida y nuestra evolución.

      Los reyes magos fueron guiados por una estrella —el Sol de
medianoche—, es cuando en mística meditación, el ser humano logra ver
una luz que le guía en su camino mostrándole progresivamente etapas
sucesivas de desenvolvimiento espiritual.    Es el Sol espiritual que todo
esoterista cuando se torna clarividente observa en las noches radiando
maravillosamente su energía como poder Crístico en el Cosmos.

En L.V.X.

F.´.L.´.Zerión KRC.

 

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