Por Soror Lucis SELENE
El
hombre vive sabiendo que al final del camino está la muerte y que no hay ningún
camino que pueda escapar de este plazo.
De
hecho, el proceso debiera operarse en sentido contrario y dirigirse desde la
muerte hacia la vida; una vida, conquistada durante la existencia, consecuencia
de largas búsquedas y duros combates.
Pasar
por el crisol es necesario; es algo comparable a la operación llevada a cabo
por los alquimistas. El despertar del oro que todo ser lleva en sí, envuelto en
una esencia a menudo inexplicable, es una liberación y, por consiguiente, una
salida de los condicionamientos diversos que mantienen prisionero al cuerpo, al
alma y al espíritu.
Las
tradiciones suelen hablar de la noción de exilio de la patria celestial.
La
existencia, así, se considera como una vía de regreso a un estado original que
incluye una constante descreación.
De
hecho, el hombre está exiliado de sí mismo; está ausente de sí, tiene que
aprender a reencontrarse en el fondo más abismal de su ser.
Cuando
se revela el conocimiento del corazón, el hombre, fascinado se mantiene en él
en reposo. Durante largo tiempo su nostalgia de amor y de luz permanece velada;
debe, pues, aprender a conocerse, saber escuchar dentro de sí mismo la llamada
del grano de arroz, que quiere germinar, crecer, y reclama su alimento como un
niño hambriento que grita para señalar su presencia a su madre que lo ha
olvidado momentáneamente.
El
hombre se cree vivo en la medida en que razona, posee y se proyecta al exterior;
tiene sed de adquirir y no cesa de compararsecon el prójimo, afirmándose. A
vecessufre a causa de su inestabilidad; las mas de las veces se acomoda a ella,
aunque negándoles a los demás ese juego de alternancias que así mismo se
permite, su modo de existencia es primitivo, puesto que es terriblemente
limitado.
La
evolución, que es una fuente de transformación, opera cuando nace el hombre
Interior y descubre en sí mismo su dimensión de profundidad; las energías
transfiguradoras que lleva en secreto brotan y se vuelven operantes.
Se
forman nuevos sentidos, así como órganos sutiles. Se trata no tanto de
adquisiciones como de despojamientos sucesivos.
Despojar
posee aquí al sentido de limpiar, de librarnos de todo lo inútil.
Es
importante extraer una estructura inicial; esta es más luminosa que opaca, mas
armónica que confusa; cuando el hombre encuentra su unidad primordial se
equilibra en su cuerpo, su alma y su espíritu.
Se
libera de esos acontecimientos externos que lo hacían comparable a los restos
de un naufragio arrastrado por las olas y que provocaban un agotamiento del
cuerpo y del espíritu. Sus dudas, sus angustias y sus enfermedades.
Cabe
preguntarse como responde el hombre a su destino. ¿Tiene necesidad de
inscribirse en el seno de una colectividad para descubrirse a sí mismo? ¿Le
conviene hacerse ayudar por aquellos que han experimentado tal descubrimiento?
¿Imparten la enseñanza quienes son competentes en ella: Profesores, rabinos,
sacerdotes, pastores o swamis? – Cada hombre posee su singularidad y su propia
vocación, a él corresponde elegir su camino.
Solo
en la cumbre es posible descubrir la belleza y la perfección de la unidad.
El
camino a recorrer es largo y el fin raramente se alcanza. De ahí la necesidad
de emprender humildemente un camino que pueda convertirse en atajo y suprimir
los titubeos a condición de darle la supremacía a la Interioridad.
Lo
interior prevalece sobre las formas exteriores. Nada hay que excluir, Interior y
Exterior, pues todo se complementa a condición de superar las costumbres y las
supersticiones. El hombre Interior tiene prevalencia sobre el hombre exterior al
cual modela en una encarnación armónica. Uno y otro se compenetran, animando
el primero al segundo.
El
hombre que va de un médico a otro porque se siente enfermo olvida que él mismo
es su mejor terapeuta (Siempre que se conozca y pueda observarse). Buscar
constantemente una ayuda exterior es, la mas de las veces, huir de sí mismo,
buscar tranquilidad o inquietud. Esta antinomia puede resultar paradójica.
Ahora bien, asumirse exige abandonarse, a fin de encontrarse en otro nivel.
Cuando sobrevienen las dificultades inherentes a la vida humana, el consejo de
un sabio puede estimular, pero si no es comprendido e interiorizado resulta
inoperante, y el apego simplemente humano puede convertirse en una trampa.
Cuando
hay recogimiento y concentración, cuandoel hombre se sorprende a sí mismo en
la soledad, esta suele ser aplastante. Si logra penetrar el misterio de su
interioridad podrá beber de la fuente de agua viva que mana de él. Sin
embargo, a causa de su vulnerabilidad, de su propensión a evadirse
constantemente, el buscador se pierde y tiene necesidad de reencontrar de manera
constante el camino que conduce a su interioridad y que él mismo obstruye con
su intelecto, su agresividad y más aún con su ignorancia y su falta de hambre
de Luz.
A
este respecto, las escrituras sagradas constituyen un alimento, una guía en la
aventura del descubrimiento de sí mismo.
El
texto sagrado seconvierte en terapeuta para el cuerpo, en maestro espiritual
para el alma, y lo conduce poco a poco a discernir su profundidad.
Aprende
así a fijarse en su propia morada, a mantenerse allí en el secreto de un amor
compartido; por transparencia, ese amor estallará en el exterior.
En
el misterio del Interior, el amor fluye de continuo desde el momento en el que
el hombre calma su sed y se sumerge en él. Se ve así tentado a salir de su
verdadera morada, manteniéndose en su puerta o junto a su ventana, olvidando su
destino, el texto sagrado prolonga la llama del interior, es el eco donde esa
llamada se expresa en formas diferentes: “Vuelve hacia ti mismo”, o también
“ Despierta tu que duermes”. Distraerse de lo esencial, evadirse, equivale a
un estado de somnolencia. Ahora bien, el texto sagrado despierta, empuja al
interior a aquel que trata de huir de su morada. Llega un momento, el del
crecimiento, de la floración y de los primeros frutos, en el que el hombre
Interior se eleva en el misterio.
A
partir de ese momento las palabras, los hombres y la naturaleza entera son
equiparables a briznas de paja que atiza el fuego; el corazón del hombre se
hace comparable a esa zarza en llamas que arde sin consumirse, comunica ese
fuego por su amor, y el calor de su ternura se extiende a todo ser vivo. No
existe ningún cadáver que no pueda resucitar, ningún sueño que no desemboque
en el despertar de la interioridad.
Recreado,
el hombre Interior anima el cosmos y participa de su belleza.
“Todo
es gracia”
Y
nada escapa a la emoción del espíritu; sufrimientos y alegrías fracasos y éxitos
adquieren sentido en el transcurso de la marcha y siempre su beneficiario es el
hombre. A medida que prosigue el recorrido todo se ilumina: El hombre Interior
comprende que nunca está abandonado, ni siquiera cuando experimenta la dureza
de su aislamiento.
Gracias a la Luz proyectada sobre el tesoro se operan los cambios que conducen a la unidad, comparable a una deificación. El hombre se hace vivo y por ello mismo creador: Pasa de la muerte a la vida. Su amor a la vida le permite comprender que la verdadera muerte precede a la física, al no ser esta mas que un cruel y dulcísimo incidente del recorrido.
Cuenta
una leyenda que un hombre que estaba de pie en la cumbre de una colina. Acompañándose
con un laúd, cantaba incansablemente cada mañana al salir el sol: “Estaba
muerto, me he convertido en vivo, dormía, ahora estoy despierto”.
Algunos
que lo oían al pasar se reían de él diciendo: “¡Que loco!”, Otros se
detenían y se preguntaban si el cantanteno sería un viejo moribundo que
celebraba gozosamente su regreso a la existencia. Unos pocos comprendían...
Mirando
el rostro radiante del hombre, la luz de sus ojos y la dulzura de su sonrisa, así
se vio poco a poco, por las faldas de la montaña, como aparecían hombres que
pulsaban con sus dedos las cuerdas de instrumentos diversos cantando la misma
frase; “ Estaba muerto y me he convertido en vivo, dormía, ahora estoy
despierto”.
Un
día esos hombres desaparecieron. Mas tarde se supo que habían optado por
compromisos distintos: Unos habían elegido la vida eremitica y otros el
servicio a los demás.
Estas
palabras no son mas que un comentario de aquella leyenda cuya enseñanza podría
resumirse en una frase de Gregorio Magno, a propósito de Benito, fundador de
los monjes de occidente: Vivía consigo mismo, Abitare secum. Lo que significa
“Solo con él, solo” tal es el secreto de la metamorfosis.
Se
ha recurrido a diferentes tradiciones sin por ello ceder a ningún sincretismo.
Todo hombre honesto sabrá distinguir la opción que preside este estudio.
Las
correspondencias entre las tradiciones no significan identidad: Incluyen
diferencias; de ahí el alejamiento de toda uniformidad. La uniformidad, por lo
demás, estaría privada de vida. Las diferencias son dinámicas, no hay que
negarlas; conviene abordarlas con serenidad, rechazando todo sectarismo
destructor y por lo tanto intolerable.
Los
aspectos del hombre exterior pueden parecer dejados de lado, pero esa no es la
intención. El hombre nacido en el Interior, convertido en hijo de la luz,
irradia a su alrededor con esa luz.
Interioridad
y exterioridad participan de la unidad realizada en el curso de su avance, que
en su fin último nunca es alcanzado perfectamente. Temas idénticos,
considerados a niveles diversos, responden a una pedagogía única; tratar de
indicar el sentido de la vida.
Al
huir de su dimensión religiosa, cuyo carácter universal aparece cada vez más
evidente, considero la condición terrena del hombre como exiliado de su
verdadera patria.
Abordar
en un periodo de crisis la dimensión religiosa exige plantear la cuestión de
los intermediarios; es decir considerar el papel de los clérigos letrados.
Cierto
número de ellos, seducidos por un compromiso políticosocial, renuncian a
presentar una enseñanza espiritual y por ello no responden ya a su verdadera
función. Es normal, pues, el hombre moderno, atento a la profundidad de su
interioridad, busque cada vez mas por si mismo las respuestas a las cuestiones
que se plantea con respecto a su perfeccionamiento personal, a su estructura
interior y a su encuentro con la misteriosa presencia que lo habita en su propio
misterio. Gracias a su mejor conocimiento del pensamiento, el hombre moderno no
puede situarse en una perspectiva que antes, por inaccesible, le era
desconocida.
El
hombre en la búsqueda de la interioridad, necesita una vía de acceso hacia lo
esencial. Puede tratar de encontrarla en los sistemas, en los caminos trazados
en el trascurso de la historia, hasta que se dé cuenta de que su fuente se
encuentra en sí mismo y no fuera de él.
Cuando
comprende el lugar de su verdadera fuente, penetra en su fondo y consiente
enseguida en Habitar consigo mismo.
Manteniéndose
en adelante en el abismo de su profundidad, el hombre interiorizado es capaz de
comunicarse con el universo de una manera no fragmentaria, sino total. Este
encuentro se efectúa en la unidad con un estado que va mas allá de los limites
del tiempo y de la historia.
Resucitado,
participa de la luz divina y la irradia a su alrededor.
Habiendo
pasado por la purificación de la muerte de su ego, de todo lo concerniente al
tener, se encuentra libre con respecto a las contingencias y a las leyes.
Viviendo en su propio templo se sitúa con respecto a los mundos invisibles y
visible, de una manera nueva, llena de comprensión y de amor.