Karl
von Eckartshausen
Autor
de La Nube sobre el Santuario
(1) y de De las Fuerzas
Mágicas de la Naturaleza,
nació en el castillo de Haimhausen (Baviera) el 28 de junio de 1752, y murió
en Munich el 13 de mayo de 1803 (2). Hijo ilegítimo del conde Karl von
Haimhausen y de María Anna Eckart, la hija de su intendente, llevaría el
nombre de su padre y un apellido inventado que reúne los apellidos paterno y
materno: Eckartshausen.
Tras
una infancia bastante desgraciada y a causa de su nacimiento poco convencional,
el joven Karl Eckartshausen no sería ennoblecido hasta acabar sus estudios
universitarios pudiendo llamarse en lo sucesivo Karl von Eckartshausen. Nuestro
autor, que recibió una educación muy esmerada y siguió con provecho sus
estudios, llegaría a ser uno de los escritores más fecundos de todo Alemania y
una de las figuras más importantes, sino la más, de la teosofía cristiana.
Dotado
de una sensibilidad fuera de lo común, su vida se vio influenciada desde su más
tierna infancia por lo mágico, por lo sobrenatural. Sabemos que, a partir de
los siete años tuvo sueños y experiencias muy importantes para su vida
interior, cuya interpretación le sería proporcionada por sueños posteriores.
Como escribiría él mismo a otro gran teósofo, Kirshberger, «la luz que
brilla en las tinieblas me proporciona el conocimiento de las cosas ocultas».
La luz será precisamente una de sus obsesiones, a la que dedicará opúsculos
enteros (3). En La Nube sobre el Santuario (4) nos explica que «así
como la luz exterior nos ilumina por el camino de nuestra peregrinación, la luz
interior nos ilumina por el camino de la salvación». Podemos, pues, hablar de
una «Teosofía de la Luz», incluso de una «Filosofía de la Luz», basadas en
su experiencia y en su contacto con la realidad trascendente. En el texto que
presentamos, Eckartshausen afirma categóricamente que «mediante la luz hallará
el mago sabiduría y fuerza» y que «la luz que conocemos en este mundo caído
es sólo un reflejo, un préstamo de los sentidos y puede conducir al
conocimiento o a la ciencia, pero nunca a la sabiduría».
Para
Eckartshausen, «la luz física percibida por el hombre no es la verdadera luz,
sino únicamente un símbolo de nuestra patria celeste».
En
1770, Eckartshausen se matriculó en la Universidad de Ingolstadt, dirigida por
jesuitas, donde permanecería unos tres años. En 1774, tras unos estudios
particularmente brillantes, obtuvo el Absolutorium.
En
1776, seguramente gracias a las influencias de la familia paterna (su padre era
consejero privado del Príncipe Elector), obtiene el puesto honorífico, pero
escasamente remunerado de Consejero Aulico, estrechamente relacionado con las
actividades de tipo jurídico a las que se dedicaría a partir de 1779.
En
este mismo año se casó con Genoveva Quiquérez, de oscuro origen, que fallecería
al cabo de dos años. En 1781 se casa de nuevo, con Gabriela von Wolter, hija de
Johann Anton von Wolter, médico personal del Príncipe Elector, Karl Theodor, y
director de la facultad de Medicina de la Universidad de Ingolstadt. Al poco
tiempo nace el fruto de este matrimonio, Sophia Teresia Gabriela.
En
1777, Eckartshausen fue admitido en la Academia de las Ciencias de Munich, de la
que fue miembro asiduo hasta el año 1800, y donde pronunciará un gran número
de conferencias. El director de la sección histórica de dicha academia,
Ferdinand von Sterzinger, se interesaba, como nuestro autor, por la magia y los
fenómenos ocultos. En esta misma academia realizaría toda una serie de
experimentos físicos y alquímicos que influyeron de un modo decisivo en sus
obras.
Entre
1780 y 1783, nuestro autor se dedicó especialmente a su trabajo como jurista,
en el que intentó plasmar sus ideales humanitarios, especializándose en
criminología. Como escribe su biógrafo, Antoine Faivre (5): «Estas
actividades lo influencian profundamente; en vez de endurecer su corazón,
desarrollan su piedad, hacen de él un defensor de los débiles y de los
oprimidos». Su producción literaria de aquella época estuvo estrechamente
vinculada con su trabajo. Uno de los muchos opúsculos que por aquel entonces
puso en letras de molde llevaba por título De los orígenes de los delitos y
de la posibilidad de evitarlos.
En
1780, Eckartshausen ingresó en el Colegio de la Censura y, a partir de
entonces, trabajando como censor, se encargaría especialmente de la revisión
de obras sobre Derecho y Literatura.
Unos
tres años después, la Corte le ofreció el puesto de Archivista Secreto,
empleo bien remunerado que, si bien le solucionaría sus problemas económicos,
le atraería no pocas envidias. En 1786 publicó una obra titulada De la
organización práctica y sistemática de los Archivos Principescos en general.
Su trabajo como censor y como archivista, al que dedicaría la mayor parte de su
tiempo, le permitió, sin embargo, leer muchísimo y enriquecerse culturalmente.
A
partir de 1788, año en que publicó unas Aclaraciones sobre la magia que
tendremos ocasión de citar varias veces en este trabajo, la producción
literaria de nuestro autor se centró sobre todo en temas esotéricos. Sin
embargo, el teatro ocuparía un lugar preeminente dentro de su obra; escribió,
publicó y estrenó con cierto éxito varias obras de este género.
Al
mismo tiempo que persigue una búsqueda de tipo filosófico o especulativo,
Eckartshausen se entrega también a experimentos de tipo práctico en campos
como la física o la alquimia. En 1798, por ejemplo, publicó un tratado sobre Los
descubrimientos más recientes sobre el calor y el fuego, que le supuso dos
años de experiencias prácticas.
En
1799 publicó un artículo que no se atrevió a firmar, en el que pretendía
reducir todas las ciencias a un principio universal «que permite descubrir en
todas las artes y todas las ciencias lo que hasta entonces sólo había sido
considerado como el efecto del azar». En este escrito, Eckartshausen demuestra
que el principio de la materia es indivisible e incorruptible. Para él, todos
los fenómenos de la naturaleza se producen por síntesis y análisis de la luz.
La sombra también es materia real, susceptible de ser concentrada hasta
volverse palpable. En el tratado que hoy presentamos, asegura que «la oscuridad
y la luz son verdaderas sustancias». Unos años antes, había construido una máquina
que permitía relacionar los olores con los colores, gracias a la cual descubrió
que existía una analogía entre los colores, las ideas, los olores y las
pasiones. Tanto esta máquina como sus investigaciones en este campo le atraerían
también problemas y enemistades, ya que se pretendió que «quería introducir
en la Academia cuestiones de Teosofía y de Cábala».
Poco
después, publicó otro polémico artículo titulado Nuevos descubrimientos
sobre la incorruptibilidad de las cosas, la conservación y la perpetuación
de los seres, en el que afirma ser capaz de aislar la materia luminosa de
los cuerpos.
Con
todo, la obra más famosa de Karl von Eckartshausen no aparecerá hasta un año
antes de la muerte de nuestro autor: La Nube sobre el Santuario o algo que no
sospecha la orgullosa filosofía de nuestro siglo, que alcanzaría un gran
éxito y pronto sería reeditada y traducida a varios idiomas.
Hasta
aquí hemos visto a grandes rasgos cómo era el personaje exterior, público.
Sin embargo, al menos a nuestros ojos, el realmente importante es el
Eckartshausen secreto, el miembro de la Comunidad luminosa de Dios, la «Escuela
Interior» «dispersa por todo el mundo pero gobernada por una verdad y unida
por un espíritu» (6). De ésta, obviamente, no se puede hablar sino desde
dentro; pero lo que queramos averiguar del Eckartshausen secreto y de la Escuela
Interior lo hallaremos en sus obras.
Reconocemos
que es difícil, con los pocos datos que hemos dado, hacerse una idea de la
extraordinaria importancia de nuestro autor, Quizá podamos suplir esta falta
repasando algunas de las ideas principales que nos ha dejado en sus escritos.
Eckartshausen
es un espíritu inquieto, a quien todo le interesa: ha escrito poesía, teatro,
novela y ensayo. Con toda certeza él mismo tradujo, al menos parcialmente,
muchos de los textos en los que basa sus especulaciones.
En
sus numerosos ensayos, nuestro autor desarrolla un complejo sistema cosmogónico,
escribe páginas admirables sobre Dios y el Hombre, se interesa por el mundo de
los espíritus y no se avergüenza de confesar que está en contacto con ellos y
que les debe no pocas inspiraciones. Por otra parte, también nos avisa de los
peligros que comporta este tipo de comercio. Con todo, lo que realmente le
interesa a Eckartshausen, su gran preocupación, es la religión. En La Nube
sobre el Santuario (7) escribe que «la religión está destinada a reunir
en él (el templo) al hombre con Dios» y en el texto que presentamos «la
religión consiste en este único y gran misterio de la redención, que se nos
revela de una manera meramente simbólica en todas las ceremonias y
representaciones religiosas».
La
abrumadora erudición de nuestro autor abarca todas las disciplinas, profanas o
esotéricas y su pluma toca brillantemente casi todos los temas. En De las
Fuerzas mágicas de la Naturaleza cita profusamente las Sagradas
Escrituras (8) y se apoya en ellas. Comienza presentándonos un tema apasionante
para muchos como es la magia para acabar hablando del que realmente le interesa:
la religión, como si la verdadera finalidad de este libro fuera revelarnos los
arcanos de esta última. Nuestro autor cita a Bacon de Berulamio que afirmaba
que «sólo un filósofo superficial se permite despreciar la religión».
Eckartshausen escribió este breve tratado para mostrar a quienes buscan la
verdad que existe una completa armonía entre lo espiritual y lo físico. La
traducción que ofrecemos, realizada a partir del texto original alemán es la
única que conocemos. Ojalá anime a que se traduzcan a nuestro idioma otros
textos del gran teósofo alemán.
Karl
von Eckartshausen y la magia
El
lenguaje del texto que presentamos es un lenguaje técnico, difícilmente
comprensible para el profano, pero que impactará por su sencillez e inspiración
al buscador sincero. Nuestro autor tiene un punto de vista muy particular de la
magia, una visión que no parece pertenecer a ninguna escuela en concreto. Para
él, la magia es, ante todo, una fuerza. Una fuerza que tiene su efecto en e
interior de los seres y que funciona por atracción, por afinidad, por simpatía,
permitiendo manifestar lo interior en el mundo exterior. Pero, al mismo tiempo,
la magia es «una obra interior en la que se pone en juego lo natural y lo
sobrenatural» y «a cada operación mágica le corresponde un previo despertar
del espíritu» (9) La acción de la magia es posible gracias al más fino y
sutil de los aires, el éter. Este es, declara nuestro autor, el mayor misterio
de la magia natural: «El éter es como un espejo donde se refleja todo».
Contemplándolo el mago tiene acceso a la omnisciencia. Este «Ser de todos los
seres», como le llama Eckartshausen, es «una fuerza circular que actúa en
siete facetas cada una de las cuales remite a la otra...». Podríase decir que
el éter es la fuerza que mueve las fuerzas, el espíritu astral que está por
encima y en situación de analogía con las siete fuerzas astrales, las fuerzas
invisibles de la Naturaleza.
Estas
fuerzas astrales dependen de una capacidad humana que es la imaginación
creativa, capacidad de orden trascendente que no hay que confundir con la fantasía
o la alucinación. Esta capacidad no se puede desarrollar mediante la ingestión
de drogas o narcóticos; antes al contrario, éstos pueden influir nocivamente
sobre ella.
La
imaginación creativa es una Einbildungskraft, o sea «una facultad capaz
de crear una imagen a partir de otras, de asimilar, de unir.»
El
mago trabaja sobre esta imaginación creativa a través del deseo. Este es, en
cierto modo, la simiente del objeto deseado. Si esta simiente es plantada en la
tierra conveniente y es oportunamente regada, el mago obtendrá el fruto
deseado. Pero, por regla general, el hombre común sólo desea de un modo
inconsciente, sin tener una idea clara y precisa de aquello hacia lo que aspira,
y más que deseo, su anhelo debería llamarse «capricho». La voluntad es algo
que el hombre ha perdido, al menos parcialmente, con la caída, pero que puede
ir recuperando.
«El
espíritu astral está sujeto a la voluntad del ser humano y puede hacerse
activo y tangible mediante la voluntad humana».
Más
de un autor ocultista de nuestro siglo ha comparado la magia con los aparatos de
radio, con frecuencias, sintonías, etc. Eckartshausen nos explica que «existe
una franja o ámbito en el cual el ser humano puede entrar en contacto con el
Espíritu universal; en este ámbito, el espíritu humano y el Espíritu
universal forman un «Continuum». Cuando conoce esta «franja» y
permanece en contacto con el Espíritu universal, el deseo del mago se realiza.»
Por
otra parte, «el arte de la magia no debe confundirse con ciertas prácticas
supersticiosas (...) La magia tiene un origen mucho más elevado y se fundamenta
en el conocimiento de Dios y de la Naturaleza.»
Macrocosmos
y Microcosmos
Para
Eckartshausen, todo lo visible está íntimamente ligado con lo invisible por
leyes eternas, pues ambos constituyen una cadena única, por lo cual, en la pura
inteligencia suprema no hay ni «arriba» ni «abajo», ni «dentro» ni «fuera».
Nuestro autor coincide con otros teósofos cristianos como Boehme para quien «los
seres vivos imitan en su estructura al mundo astral en su totalidad: lo que está
arriba es como lo que esta abajo».
Todas
las cosas están ligadas entre sí por lazos invisibles y no evidentes. Incluso
la cosa más pequeña tiene su importancia, ya que está en relación con el
todo. El cambio más pequeño puede producir los mayores trastornos: en esto
radican la efectividad y el peligro de la magia.
«El
mundo visible, con todas sus criaturas, no es más que la figura del mundo
invisible; lo exterior es la signatura de lo interior... Lo interior trabaja
constantemente para manifestarse en el exterior.» Los espíritus de la
Naturaleza obedecen a la voluntad del mago porque «Macrocosmos y Microcosmos
están unidos.» «Todo lo que está en el interior, así como la manera en que
actúa, se manifiesta en el exterior».
La
humildad y los símbolos
El
estudio de los símbolos es indispensable en Magia, dada la armonía existente
entre los seres y las cosas de los tres mundos. Según nuestro autor, el estudio
de los símbolos permite comprender con el corazón lo que podría estar vedado
a la orgullosa inteligencia. «El cuerpo humano, opina Eckartshausen, nos
proporciona ejemplos preciosos de una analogía no sólo poética, sino real y
fundada sobre los hechos: el hombre que sube por una cuesta, inclina la cabeza
hacia abajo, Aquel que desciende, por el contrario, la levanta. Esto significa
que la humildad es necesaria para aquel que quiere subir y que el orgulloso
realiza lo contrario de un progreso.» (10)
El
hombre puede alcanzar el conocimiento de las verdades superiores gracias a los símbolos
de este mundo, pues el cuerpo visible es el símbolo o la sombra de uno
invisible. El hombre es un Microcosmos que está en relación exacta con el espíritu
del Macrocosmos.
«Toda
forma es la letra viva de un alfabeto; en la naturaleza podemos leer como en un
libro abierto el amor, la verdad y la sabiduría de Dios.» La lectura de los símbolos
nos elevará hasta las formas primordiales de esta escritura.
Pero
el acceso a la comprensión de los símbolos, vedado a la orgullosa
inteligencia, es sobre todo «un camino del corazón».
Adán:
El hombre
Una
parte importantísima del pensamiento de Eckartshausen parece centrarse en un
tema que se repite en prácticamente todos sus ensayos: el hombre. En efecto, Adán
era el punto central, el rey de la Creación. El hombre actual, caído y
exiliado, si bien ha perdido las prerrogativas adámicas, conserva sin embargo
una cierta nostalgia del estado luminoso de nuestro primer padre. Eckartshausen
sabe ver más allá de las apariencias e intuye el singular destino del hombre,
su ignorada grandeza.
«El
primer hombre era un gran mago que cayó y perdió su sabiduría», escribe. Por
ello la magia, entendida como la entiende nuestro autor, es ante todo el medio
de volver a unir religiosamente al hombre con su Creador.
Creado
a imagen y semejanza de Dios, el hombre está destinado a una felicidad
semejante a la de su Creador. En el paraíso, el hombre tenía un Cuerpo de Luz,
un cuerpo «constituido por energía concentrada de la luz y de los elementos,
antes de que estos elementos fueran destrozados por la maldición.» Según
nuestro autor, este cuerpo estaba compuesto por tres partes de luz y una de
materia. Además, el hombre era libre: su libertad consistía en permanecer
atado a la unidad divina o alejarse de ella. Al alejarse de ella a causa del
deseo, el ser humano primordial, el hombre de luz, cae en el mundo imperfecto de
la materia. Este estado es comparado por Eckartshausen a un envenenamiento:
«La
enfermedad de los hombres es un verdadero envenenamiento; el hombre ha comido
del fruto del árbol en el que dominaba el principio corruptible y material y se
envenenó al disfrutarlo». (11)
Su
cuerpo, constituido, como hemos visto, por energía lumínica concentrada, no
tenía que haberse alimentado más que de alimentos incorruptibles, de alimentos
luminosos, pero probó el alimento perecedero, con lo que se volvió perecedero
y mortal.
El
hombre está en la tierra para alcanzar el más alto grado de felicidad, pero no
en el tiempo, sino en la eternidad. Sin embargo, en este mundo, puede encontrar
«el punto a partir del cual se extravió».
Las
imágenes que utiliza para explicarnos est único misterio de la caída y de la
restauración son a veces conmovedoras: «El hombre es semejante a un fuego
concentrado y encerrado en una envoltura grosera; está separado del fuego
primordial al cual aspira a unirse». «Hemos de quemar la envoltura que nos
recubre de modo que este fuego no se reduzca a una simple chispa. Entonces
consumirá todo lo que es impuro, modificará el cuerpo, lo hará receptivo a
Dios...» «Esta alquimia es facilitada por el hecho de que existe, en lo más
secreto de la naturaleza física, una substancia pura que puede ayudarnos a
liberar el alma divina encerrada en nosotros: esta substancia es la esencia
paradisíaca que la caída del hombre encerró en la materia grosera y que desde
entonces languidece bajo sus cadenas».
Para
Eckartshausen, el hombre «es el objeto más importante del mundo. Los dos órdenes
de conocimiento en los que participa hacen de él como un árbol cuya raíz es
el espíritu: el tronco y las ramas las facultades; el follaje, las palabras;
las flores, la voluntad; el fruto, la virtud. ¡Ay del árbol que no lleva
frutos!»
La
caída y la redención
El
tema de la caída es uno de los que Eckartshausen trata más prolíficamente,
sobre todo en las obras relacionadas con la magia y el esoterismo. Veamos, a
grandes rasgos, cuáles eran sus ideas al respecto.
Antes
de la caída, el hombre era sabio, pues estaba unido a la sabiduría: después
de este funesto acontecimiento fue separado de ella.
Creado
para la contemplación y el goce espirituales, Adán, disponiendo de la libertad
(12) que Dios le había dado, quiso gozar de los bienes materiales que le
estaban sometidos, pero para ello necesitaba un cuerpo más grosero.
Ello
nos indica que todo, incluso la caída, tiene un sentido providencial. Como señala
Louis Cattiaux en su Mensaje Reencontrado (XXV-44): «La caída del
hombre tiene una finalidad divinamente elevada, que es la adquisición de un
cuerpo bajo y su glorificación en Dios.»
En
el jardín de Edén, Adán era feliz. Su felicidad consistía en contemplar las
energías de la Unidad y en gozar, participando de ellas, de la energía divina
original. Esta idea de «gozar» que está totalmente de acuerdo con la etimología
hebrea de Edén, que significa ‘voluptuosidad’, merece quizá un breve
comentario. En latín, ‘gozar’ es fruor (de ahí viene la palabra
castellana ‘fruición’). De fruor procede fructus, ‘goce,
placer, deleite, usufructo’, y también ‘fruto’.
En
la simbología cristiana, el fruto representa la palabra. En un antiguo texto
cristiano, la Epístola a Diogneto (13) podemos leer: «Aquellos que aman
verdaderamente a Dios se vuelven un paraíso de delicias. Un árbol cargado
de frutos, de vigorosa savia, crece en ellos y son ornados con los frutos más
ricos». Y en otro texto, esta vez un delicioso fragmento de un discreto autor
del Siglo de Oro español, la Visión delectable de Alfonso de la Torre,
refiriéndose a los profetas, podemos leer: «aquestos en su vida han la visión
de Dios en su fruición, en la cual es la alegría y el gozo tan grande, que
excepto aquélla, todas las cosas del mundo les parecen un poco de lodo».
Recordemos
que, precisamente hablando de profetas, el Evangelio según Mateo
(VII-16) nos dice «por sus frutos los conoceréis».
Sacerdote
de la divinidad, mago verdadero, Adán había recibido el conocimiento del orden
de las cosas y su misión era colocarlas en el lugar que les correspondía. De
este modo, el primer hombre hacía de puente entre la materia y el espíritu;
era el coadjutor de Dios. Era «una criatura intermediaria que religaba
el mundo espiritual con el mundo sensible.»
La
caída es, para Eckartshausen, «un envenenamiento». El primer efecto de este
envenenamiento fue que «el principio incorruptible (el que podríamos llamar
cuerpo de vida, al igual que la materia del pecado es cuerpo de muerte) cuya
expansión constituía la perfección de Adán, se concentró en el interior y
abandonó el exterior al dominio de los elementos».
De
este modo, el hombre caído perdió la capacidad mágica quedando el mundo
exterior fuera de su dominio. Las consecuencias naturales de esta pérdida de
luz, continúa Eckartshausen, «fueron la ignorancia, las pasiones, el dolor, la
miseria y la muerte.» Revestido de un cuerpo inmortal, Adán no tenía porque
haber conocido la muerte. Pero nuestro primer padre pecó, siendo el pecado ante
todo «un pecado de egoísmo». «El egoísmo es obra de Lucifer y la causa de
la caída de Adán».
A
pesar de la caída adámica, el jardín de Edén no ha desaparecido, pero «está
lleno de cardos y espinas». A pesar de que nuestros sentidos se alejan de ella,
existe una fuerza luminosa que imanta nuestro centro hacia la Unidad. Todo el
secreto consiste en saber despertarla de un modo suave.
El
Sensorium
Las
fuerzas mágicas operan en un órgano concreto. «Quien conoce ese órgano y
sabe la manera de apropiárselo o entrar en contacto con él, posee el poder mágico
sobre la naturaleza entera». «Dios expresa un sol espiritual que religa lo
finito a lo infinito. Este sol es el órgano de la omnipotencia; los persas lo
llamaban Ormuz, los judíos Jehová, los griegos Logos». «Este órgano es la
naturaleza inmortal y pura, la substancia indestructible que lo vivifica todo y
lo lleva a la más alta perfección y felicidad; el primer hombre fue creado a
partir de esta substancia que es el elemento puro». Este párrafo
impresionante, que alude al misterio eucarístico (la Sagrada Forma es redonda,
como el disco solar), es sin duda revelador de una libertad espiritual que sitúa
a nuestro autor por encima de las formas, por encima de los dogmatismos.
Eckartshausen
nos habla también de «un aceite de unción que renueva al hombre». Este
aceite, que reside en lo más profundo de la materia física, es llamado «Electrum,
el elemento divino, el órgano o vehiculum del espíritu de Dios, el
vestido de oro de la hija del rey». Este «Electrum charmal aetherum es
el Verbo físico y glorioso, el cuerpo del Mesías». (14)
Nuestro
autor lo describe como «un aceite verdadero, luminoso e incombustible: aquel
que es ungido con él después de una preparación suficiente, se convierte en
un verdadero rey y en un sacerdote de Dios; el Espíritu Santo actuará a través
de él y se lo enseñará todo».
Este
principio vivifica lo que está muerto y desarrolla la luz que está enterrada
en nosotros, disolviendo el «gluten» (15) de la sangre.
La
regeneración
El
hombre es un ser caído en un mundo tenebroso, separado de la luz original, y la
aceptación inteligente y humilde de esta realidad es la base para vencer el
orgullo que nos ciega y para volver a reencontrar nuestro estado glorioso.
Pero,
¿cómo hacerlo?, ¿cómo empezar? Eckartshausen se nos revela como un gran
maestro cuando nos dice que «La oración es el primer paso que nos conduce a la
regeneración.»
«La
regeneración es un renacimiento, una transfiguración que nos asegura la paz
con nosotros mismos y con la naturaleza entera». (16)
«La
posibilidad de recuperar nuestro cuerpo luminoso reside siempre en nosotros como
un grano listo para germinar».
Existe,
en la naturaleza física «una substancia pura que puede ayudarnos a liberar la
chispa divina encerrada en nosotros; esta substancia es la esencia paradisíaca
que la caída del hombre encerró en la materia grosera y que desde entonces
languidece bajo sus cadenas.» (17)
El
secreto de la regeneración consiste en hacer desaparecer la corteza que
mantiene prisionero al corazón divino: esta es la construcción del templo en
el cual Dios, la naturaleza y el hombre estarán unidos para siempre.
«La
verdadera ciencia real y sacerdotal es la ciencia de la regeneración, es decir
la reunión de Dios con el hombre caído». (18)
«Construir
el verdadero templo es destruir la miserable cabaña adámica y substituirla por
el templo de verdad; es desarrollar en nosotros el sentido interior a fin de que
el principio metafísico incorruptible supere al principio terrestre.» (19)
La
regeneración no se refiere sólo al hombre: abarca a la naturaleza entera, que
éste arrastró en su caída. «La naturaleza aspira a su restauración:
espera con nostalgia el momento en el que la humanidad alcanzará la más alta
perfección.»
La
oración
La
característica principal del estado caído del ser humano es la separación.
En este mundo estamos separados de la unidad, del centro, de Dios. Como escribe
Eckartshausen, «Un espacio intermediario se interpone entre nosotros y el
objeto de nuestra búsqueda; la oración elimina este espacio.» Hemos visto que
la oración era el primer paso que conduce a la regeneración. Pero, ¿qué es
la oración? ¿De dónde procede?» «La verdadera oración, declara uno de los
protagonistas de una de las novelas de nuestro autor, no procede de la sinagoga
ni del magnífico templo cristiano, sino del corazón del hombre.» Una vez
purificado, éste es sin duda el lugar donde se produce la fecundación de la
que habla el gran cabalista cristiano Pico della Mirandola con cuyas palabras
encabezamos esta introducción, y que es el verdadero sentido de la magia.
En
una oración dirigida a la «luz eterna», aquella que brilla en las tinieblas y
que éstas no han recibido, Eckartshausen pide «que su propia voluntad abdique
a fin de que su corazón se convierta en un lugar santo y que la divinidad se
exprese de nuevo en él, como en todos los demás hombres separados de Dios a raíz
de la caída.»
Sin
duda por ello la oración, este diálogo en la intimidad del corazón entre
nuestra chispa divina y la divinidad libre, que se entabla con y durante el
estudio unitivo de las Sagradas Escrituras, es el medio más eficaz para que
pueda realizarse en nosotros, en la tierra y en el cielo unidos, la voluntad de
Dios, como sugiere la más famosa y acaso la más mágica de las oraciones.
______________
1
La Nube sobre el Santuario (1802). Existen, al menos, tres traducciones españolas
distintas de este texto extraordinario. Recomendamos la de Joan Mateu Rotger, La
Nube sobre el Santuario, Cartas Metafísicas, Ed. Obelisco, Barcelona,
1992.
2
Todos estos datos biográficos han sido tomados del excelente trabajo de Antoine
Faivre, Eckartshausen et la Théosophie Chrétienne, Ed. Kliensieck, París
1969. Se trata, sin lugar a dudas, del mejor libro que se ha escrito sobre el teósofo
alemán.
3 Die neuesten Entdeckmugen über Licht, Wärme und
Feuer, Munich, 1798.
4
K. v. Eckartshausen, La Nube... Op. Cit. p. 13.
5 Eckartshausen, Op. Cit., p. 53.
6 Eckartshausen, Op. Cit., p.38
7 Eckartshausen, Op. Cit.,
p.54
8
En sus Noches místicas, p. 269 Munich, 1791, Eckartshausen escribe que
«la regeneración es la transformación del hombre-animal en hombre-espíritu»
recuperándose así la dignidad perdida y que «la revelación nos ayuda a
reencontrarla».
9
En sus Aclaraciones sobre la magia, IV-99, Munich, 1788, nuestro autor
opina que «El espíritu de Dios en un alma regenerada, esa es la verdadera
magia».
10
Aclaraciones sobre la magia, Op. Cit., IV-378.
11
Eckartshausen, La Nube..., Op. Cit., p. 95.
12
En su libro Sobre los jeroglíficos más importantes del corazón humano,
Eckartshausen señala que «la libertad de Adán consistía en permanecer atado
a la Unidad o alejarse de ella».
13
Citado por Jean Daniélou en Les symboles chrétins primitifs, Ed. du
Seuil, París, 1961, p. 39. 14 Sobre los Misterios más importantes de la
Religión, p. 83, Munich, 1823.
15
«Más cercano a la animalidad que al espíritu» el gluten «constituye la
materia del pecado; sus efectos varían según el modo en que es modificado por
las excitaciones sensibles». «Esta substancia es también la causa de la
ignorancia y produce putrefacción»
16
Aclaraciones sobre la Magia, Op. Cit., IV-16.
17
Aclaraciones sobre la Magia, IV-73.
18
La Nube, p. 99.
19
La Nube, p. 30.