DIONISOS Y PERSÉFONA
(Misterio órfico)
En el origen sublime de las cosas, en el fondo inaccesible de los tiempos, el Espíritu viviente, o sea el Hombre perfecto, hijo de la Luz increada y del inefable Demiurgos, se movía feliz y libremente en el seno de su Padre y de su Madre, con su hermana Perséfona, el Alma inteligente y dócil.
Su felicidad era ilimitada, y su deseo no tenía valladar alguno. Podían fundirse a voluntad el uno en la otra para ser la Vida una y completa o desdoblarse para verse en su divinidad gemela y en su belleza radiante. Podían suspender el Tiempo y precipitarlo; detenerse en el espacio o precipitarse en abismos vertiginosos; hacer el Día y escuchar el concierto grandioso de los mundos en potencialidad, o formar la Noche y no ser más que el Pensamiento y el Amor.
Para los dos eran el Verbo viviente, pues cuando invocaban al Padre y a la Madre, el Arquetipo se les aparecía bajo la forma de un sol etéreo que les englobaba en círculos irradiados de sí. Entonces, en un vuelo atrevido y con gesto fulgurante invocaban ellos a las formas encantadoras y terribles de toda cosa para que surgieran de sus profundidades incandescentes.
Mundos, almas, animales, subían del abismo, en visiones rápidas. Al escuchar su voz, surgían de la nada; al son de su voz, volvían a ella; y en todos estos seres reconocían ambos a los fragmentos dispersos de sí mismos. ¡Juego maravilloso que les proporcionaba todos los encantos y escalofríos inherentes a una alegría soberana y creadora!
Mas Perséfona se cansó de él después de haberlo repetido muchas veces. Y en ella nació el deseo de dar realidad, consistencia y vida independiente a todos estos seres. “Considera, le dijo Dionisos, que esto no lo puedes hacer sino dándoles una parte de ti misma y enajenando tu divinidad. Entonces estaremos separados para siempre, y tú te sumirás en un abismo de sufrimiento y horror, y perderás hasta el recuerdo de nuestro cielo”.
Pero una gran curiosidad, un deseo profundo y turbador oprimía al corazón de Perséfona, porque creía que, multiplicarse era engrandecerse, y que entrar en la materia, era revivir. Ella tenía sed de vagar y sufrir para conocerse y conocer la inmensidad. El Abismo la atrajo. Y ¡cosa rara!, su deseo había ya tomado cuerpo, forma en la forma de un astro opaco y negro, sin luz propia. Y Perséfona se dejó deslizar al abismo ... y el alma humana encarnó en la tierra.
Dionisos sintió el dolor más intenso que pueda desgarrar el corazón de un Dios al verla desaparecer. Ella repercutió en los seis puntos de la esfera del mundo por fuegos lívidos.
Torbellinos de humo y serpientes de fuego se formaron en el espacio. ¿Debía retirarse a una orgullosa soledad, pedir al Arquetipo otra Hermana y dejar que la insensata se perdiese?
Un instante lo pensó; mas su amor por Perséfona era demasiado grande, y salvarla era su único deseo, por lo que decidió seguir a su Hermana al Abismo.
Pero apenas había llegado a la Tierra cuando los Titanes le sorprendieron; le derribaron; despedazaron su cuerpo divino, y lanzaron sus miembros sueltos a una caldera. El corazón y la cabeza de Dionisos, o sea, el Amor y la Conciencia del Dios, esencias indivisibles e inalterables, se remontaron al seno del Arquetipo.
Pero de la humareda de su cuerpo se formó la divina apariencia y la belleza del mundo material. Con su sacrificio embelleció Dionisos la morada de Perséfona, y para ella hizo el aliento divino. Y esta fue su primera manifestación, la de Dionisos Zagreus o del dios dividido por los elementos.
Y, Perséfona, el Alma humana convertida en mujer y encarnada en cuerpos mortales, vagaba bajo mil formas por la tierra maldita. La Luminosa se había transformado en la Sombría; la Despierta, en la Durmiente; la Dorada de Vida, en Asesina y asesinada. Los Titanes y los monstruos la espiaban para devorarla.
Llevaba una vida miserable en el fondo de los bosques y de las cavernas; había perdido todo recuerdo del pasado, y era profundamente desgraciada. Vendida, esclava y torturada, soñaba en todas las máculas y en todas las violaciones gimiendo en su terrible morada.
A veces, creía reconocer las voces y los resplandores lejanos de perdida y olvidada patria en el gorjeo de los pájaros, en el murmullo del Océano y en las sonrisas de los Astros. ¡No sabía que las voces y resplandores eran signos lejanos de su Padre, dispersos en los elementos y destrozado por ella!
Los dioses, potencias del Arquetipo, no se le aparecían más que vagamente en forma de monstruos horribles que la oprimían desde el cielo y la lanzaban al fondo de su antro.
Una mañana, en que después de haberse bañado en el manantial que brotaba de las profundidades de la obscura gruta, se hallaba sola, desnuda y bravía, destrenzándose los brillantes cabellos, a los que retorcía como si quisiera que manasen de ellos todas las lágrimas de su desesperación y todos los dolores de su agonía, observó que el sol saliente proyectaba su sombra en el fondo de la caverna, lo que le llenó de tal espanto que exclamó: “Soy tan negra como mi sombra ... ¿Por qué no podría entrar yo como ella en las tinieblas de la roca?”
Después, arrodillándose al borde de la fuente, sondeó con la mirada su límpida profundidad. ¡Cuál no sería su asombro al ver allí su propio rostro, enmarcado por los negros cabellos sueltos, con sus grandes ojos ojerosos en que el Dolor y el Deseo ardían como dos antorchas!
Entonces ... le vino un obscuro y punzante recuerdo del cielo abandonado. Y, sin saber por qué, sin creer ni esperar nada exclamó en la inmensidad de su dolor: “Auxíliame, divino Hermano mío!”
Este grito ascendió por los espacios, atravesó los cielos y resonó en el fondo del Arquetipo, en donde velaba con un esplendor triste y solitario la más pura esencia de Dionisos, quien se estremeció de inmensa alegría y amor desconocido.
Y, al escuchar este grito, surgió del dios mismo algo así como una fulguración de seres más bellos, que llevaban tirso, liras y palmas. Y, para que su Hermana volviera a salir del abismo de las tinieblas y de los dolores, resolvió encarnarse de nuevo, no ya en los elementos, sino en los sabios y en los aedas, en los héroes y en los semidioses, que manifestarían su poder de luchar por Perséfona.
Únicamente ellos podrían atraer a la divina Extraviada a su patria perdida, pues en ellos reconocería los reflejos del rostro y el eco de la voz de su Hermano. Y así fue la segunda manifestación del Dios en forma de Dionisos-Eleutheros, de Soberano Libertador.
¡En cuán formidable fuego arden desde entonces Dionisos y Perséfona separados eternamente, aunque ya se empiezan a entrever a través de los innumerables velos tendidos entre sí! Los mundos lo dicen, los poetas lo cantan, los hombres lo lloran.
Los discípulos de Orfeo decían que así es como Dionisos vuelve a descender hacia su Hermana, y así es como Perséfona se remonta de esfera en esfera hacia él. Cuando todas las almas se hayan vuelto a encontrar en ellos, el Hermano se habrá convertido en el Esposo, y la Hermana, en la Esposa. Y, sumergidos en un amor más poderoso y profundo, serán nuevamente el Verbo viviente. De este modo se volverán a ver, y esta será su teofonía, su matrimonio sagrado, su hieros gamos.
Tal es la santa verdad que enseñaban los órficos ocultándolas tras el velo transparente de la poesía; verdad que brilla como un sol intermitente tras la mitología alegre en que ríe la joven Helenia. Esta verdad se trunca y se representa en ella de diversas maneras como la luz en un prisma de mil facetas.
Era, como se ve, un panorama sintético del universo, un ensayo para explicar el origen y el fin de la vida por la misma historia del alma, unas veces oprimida por el yugo de la materia, otras libertada por el espíritu. Era una traducción vibrante y apasionada de la doctrina egipcia de Osiris y de Isis; traducción que, sin embargo, era demasiado elevada para que el pueblo la pudiera comprender, por lo que fue siempre privilegio de escaso número de iniciados.
Los dioses locales, los cultos populares, las epopeyas y las filosofías no podían ser más que materializaciones groseras, abstracciones imperfectas o fragmentos mutilados de ella, como los miembros del Dionisos despedazado por los Titanes.
Mas el objeto fundamental de los misterios consistió siempre en revelar la doctrina completa a la triple percepción de los sentidos, del alma y del espíritu; en hacer que brillase lo Invisible tras de lo Visible; y la verdad, tras del símbolo; en una palabra, reunir los fragmentos dispersos de la vida para hacer una vida total, completa.
Los de Eleusis enseñaban desde sus comienzos la reascensión del Alma (Perséfona) hasta su punto de origen, o sea la luz celeste (Deméter). Pues Deméter, concebida como la Tierra-Madre y como diosa de la agricultura, y Perséfona, imaginada como diosa de la Primavera, no eran más que formas externas y populares del culto.
En los primeros siglos de la civilización griega hubo, sin duda, una representación y quizá un drama sagrado rudimentario que representaba el rapto de Perséfona y su vuelta a su madre. Pero, con la introducción de Dionisos y de la doctrina órfica en Eleusis, lo cual aconteció poco antes de las guerras médicas, quizá bajo el influjo de Pitágoras y de la tragedia naciente, es con lo que empezó la preponderancia del drama sagrado, que adquirió entonces significación, magia y poder, como lo atestigua la antigüedad.
Dionisos aportaba el principio masculino de la iniciación doria, es decir, el mundo visto desde arriba, por el lado del Espíritu puro, como Deméter-Isis había aportado el Principio Femenino de la iniciación jónica, es decir, el mundo visto desde abajo por el lado de la Naturaleza. De esta manera restableció él la síntesis.
El nombre de los Eumólpidas, cuya familia se conservara durante más de mil años la dirección de los misterios de Eleusis, procede de Eumolpea, que significa: la melopea feliz o la melopea sanadora. Los Eumólpidas pasaban por médicos de la tristeza y magos del alma, de quienes decían los iniciados, con su idioma simbólico, que eran sacerdotes procedentes de la Luna, de la esfera en que se encuentra el puente lanzado entre el alma y el cielo, de donde descienden las almas y por donde también ascienden.
Allí es donde los Daimones las unen a los cuerpos materiales; pero allí es, también, donde se libertan de ellos para ascender a esferas superiores. Los Eumólpidas están colocados, en cierta manera, sobre este límite de la tierra y el cielo, como mediadores e iniciadores naturales, debido a sus funciones en los misterios. Y, como indica su nombre, son al mismo tiempo hábiles cantores que cantan desde el fondo de este abismo de miserias las delicias de la celeste morada y los medios para volver a encontrar el camino que a ella conduce.
Los Pequeños Misterios, que tenían lugar en primavera, y los Grandes Misterios, que eran más solemnes e importantes y que se celebraban en Otoño, no consistían únicamente en representaciones dramáticas. Es cierto que el drama sagrado constituía la parte central y capital; pero había además, oraciones, ceremonias y enseñanzas. Al mismo tiempo era un culto religioso, una revelación filosófica y una especie de viaje al otro mundo, es decir, una iniciación por medio de la visión, la palabra y el esfuerzo de la voluntad.
Extracto
del Capítulo: “La Grecia heroica y sagrada”
(Santuarios de Oriente - Edouard Schuré – Biblioteca Orientalista – 1931)