QUIENES FUERON LOS GNOSTICOS

 

Los gnósticos ya existían mucho antes que los agnósticos o ateos y, en su mayoría, parecen tener representada una clase mucho más interesante que ese último grupo. En oposición a los no-conocedores, los gnósticos se consideraban conocedores o gnostikoi, denotando que poseían la Gnosis o el Conocimiento Divino. 

Los gnósticos, así se entiende, vivieron en su mayoría durante los tres o cuatro primeros siglos de la Era Cristiana. En general, es bastante probable que ellos no se denominaran gnósticos; más bien, se consideraban cristianos o, más raramente, judíos o quizás seguidores de las tradiciones de los antiguos cultos de Egipto, de Babilonia, de Grecia y de Roma. No eran sectarios ni miembros de una nueva religión específica, como querían sus detractores, más bien eran personas que compartían entre sí cierta actitud ante la vida. Puede decirse que esa actitud consistía en la convicción de que el conocimiento directo, personal y absoluto de las verdades auténticas de la existencia es accesible a los seres humanos. Mas la obtención de tal conocimiento debe siempre constituir la suprema realización de la vida humana.

Ese conocimiento o Gnosis no era concebido como un saber racional de naturaleza científica, más bien como un saber filosófico de la verdad, un conocimiento que brota en el corazón de forma misteriosa e intuitiva, siendo por lo tanto llamado, en por lo menos una obra gnóstica (El Evangelio de la Verdad), de Gnosis cardias, o conocimiento del corazón.

Tratase es claro, de un concepto que es al mismo tiempo religioso y altamente psicológico, pues el significado, el propósito de la vida, no entonces propuesto ni como la fe con su énfasis en la creencia ciega, ni en la tampoco ciega represión, ni como en las acciones con extrovertida orientación para las buenas acciones, mas sí como una transformación y una visión interior; en  suma, un proceso ligado a la sicología profunda.

Si pasáramos a considerar a los gnósticos como los padres de la sicología profunda de la actualidad, tornase inmediatamente aparente y clara la razón por la cual la práctica y la enseñanza gnóstica de forma radical diferían de la práctica y de la enseñanza de la ortodoxia cristiana y judaica.  El conocimiento del corazón, en favor del cual los gnósticos se empeñaban no podía ser adquirido por medio de un pacto con Jehová, a través de un tratado o alianza que garantice bienestar espiritual y físico al hombre a cambio del cumplimiento servil del conjunto de reglas. 

De la misma forma, no se podría obtener la Gnosis por la mera creencia fervorosa de que la actitud de sacrificio de un hombre divino en la historia (Jesús) pudiese aliviar la carga de culpa y  frustración de nuestros hombros y asegurar bienaventuranza perpetua, más allá de los límites de la existencia mortal.

Los gnósticos no negaban el beneficio de la Torah ni la magnificencia de la figura de Jesús, el Ungido de Dios Supremo.  Ellos consideraban la Ley necesaria a un cierto tipo de personalidad que precisa de reglas para lo que actualmente podría llamarse de la formación y el fortalecimiento del ego psicológico. También no negaban la importancia de la misión del personaje misterioso que, en su disfraz, era conocido por los hombres como el rabino Jeshuá de Nazaret.  La Ley y el Salvador, los dos más reverenciados conceptos de judíos y cristianos, tornáronse para los gnósticos apenas medios para un fin mayor que esos mismos conceptos.

Ellos configuraban incentivos y artificios de alguna forma capaces de conducir al conocimiento personal que, una vez obtenido, prescinde tanto de la ley como de la fe.

Diecisiete o dieciocho siglos nos separan de los gnósticos históricos. Durante ese período, el gnosticismo se tornó no-solo en una  fe o ciencia olvidada, sino  también en una fe o una verdad reprimida.

Aparentemente, casi ningún otro grupo fue temido y odiado de forma tan incansable y persistente, por casi dos milenios, como el de los gnósticos. Textos de teología en los cuales se refieren a ellos como los primeros y los más perniciosos de todos los herejes, y la era del ecumenismo actual no parece tenerles extendido ninguno de los beneficios del amor cristiano. Mucho antes de Hitler, el emperador Constantino y su cruel episcopado iniciaron la práctica del genocidio religioso contra los gnósticos, siendo esos primeros holocaustos seguidos por muchos otros en el devenir de la historia.  La última grande persecución terminó con el sacrificio de aproximadamente doscientos gnósticos en 1244, en el castillo de Montségur, en Francia, un acontecimiento que Lawrence Durell describió como las Termópilas del Alma Gnóstica.

¿Por qué? ¿Sería simplemente porque su antinomianismo o su desconsideración por la ley moral escandalizaba a los rabinos, o porque sus dudas relativas a la encarnación física de Jesús y su reinterpretación de la resurrección enfurecían a los sacerdotes?  ¿Sería porque ellos rechazaban el casamiento y la procreación, como afirman algunos de sus detractores?  ¿Eran ellos detestados debido a los  licenciosidades y orgías, como alegan otros? ¿O podría ocurrir que los gnósticos realmente tuviesen algún conocimiento, y que ese conocimiento los tornase sumamente peligrosos para las instituciones eclesiásticas?

No es fácil responder a esa indagación, sin embargo se debe hacer un intento. Podríamos ensayar una respuesta diciendo que los gnósticos diferían de la mayor parte de la humanidad no solo en detalles de creencias y preceptos éticos sino también en su visión más esencial y fundamental de la existencia y de su  propósito. Su divergencia era radical en el sentido más estricto de la palabra, de las actitudes y conjeturas de la humanidad con respecto a la vida. Independientemente de sus creencias filosóficas o religiosas la mayoría de las personas alienta ciertas suposiciones inconscientes, pertenecientes a la condición humana, que no se originan en las actividades convergentes de formulación de la conciencia sino que  irradian de un profundo e inconsciente substrato de la mente.

Esa mente es regida por la biología y no por la sicología; ella es automática, y no está sujeta a escuelas conscientes  ni a las percepciones. La más importante de esas suposiciones, la cual pudiera decirse que sintetiza todas las otras, consiste en la creencia de que el mundo es bueno y que nuestro desenvolvimiento en él es de alguna forma deseable y fundamentalmente benéfico. Esa premisa conduce a un sinnúmero de otras, todas más o menos caracterizadas por la sumisión a las condiciones externas y a las leyes que parecen gobernarlas. A despecho de los incontables acontecimientos incoherentes y maléficos en nuestras vidas, de los increíbles hechos que se suceden, de los desvíos de las reiteradas insanidades de la historia humana, tanto colectiva como individualmente, creemos ser de nuestra incumbencia el proseguir con el mundo,  pues él es, al fin, el mundo de Dios, debiendo, por tanto, haber significado y bondad oculto en sus procesos, mismo que seria difícil discernirlos.

Asimismo, debemos continuar en el cumplimiento de nuestro papel dentro del sistema, de la mejor manera posible, siendo hijos obedientes, maridos celosos, esposas respetuosas, bien comportados azogueros, panaderos, fabricantes de velas, esperando contra toda esperanza que una revelación del significado resulte de algún modo, de esa vida de resignación sin sentido.

No es así, dijeron los gnósticos. Dinero, poder, constitución de familias, y la infinita serie de aceptaciones de las circunstancias y obligaciones de la vida común y corriente, nada de eso fue jamás rechazado tan total e inequívocamente, en un cierto sentido, en la historia humana, como por los gnósticos. Estos nunca esperarían que alguna revolución, política o económica, pudiese o debiese, eliminar todos los elementos inicuos del sistema en el que el alma humana se encuentra aprisionada. Su rechazo no se refería a un gobierno o un sistema de propiedad a favor de otro; al contrario, se refería a la total y predominante sistematización de la vida y de la experiencia. Por tanto, los gnósticos eran en verdad conocedores de un secreto tan fatal y terrible que los gobernantes de este mundo, y los poderes secular y religioso, que siempre lucharon con los sistemas establecidos de la sociedad, no podían permitirse ver ese secreto conocido y, mucho menos, tenerlo públicamente revelado en sus dominios.

De hecho, los gnósticos sabían algo: la vida humana no alcanza su realización dentro de las estructuras e instituciones de la sociedad porque estas representan en la mejor de las hipótesis apenas obscuras proyecciones de otra realidad más fundamental. Ninguna atiende a su verdadera naturaleza individual siendo lo que la sociedad espera ni haciendo lo que ella desea. Familia, sociedad, iglesia, ocupación y profesión, lealtad patriótica y política, bien como reglas y normas morales y éticas en la realidad de modo alguno conducen al verdadero bienestar espiritual del alma humana. Al contrario, constituyen con mayor frecuencia los propios elementos que nos alejan de nuestro real desarrollo espiritual.

Ese aspecto del gnosticismo fue considerado herético en épocas pasadas y hasta hoy se acostumbra llamarse "negación del mundo" y "antivida"; pero eso mismo constituye, obviamente, nada más que buena sicología y buena teología espiritual, tratándose en el buen sentido.  El político y el filósofo social  pueden considerar al mundo un problema a ser resuelto; mas el gnóstico, con su discernimiento psicológico, lo reconoce como una condición de la cual precisamos liberarnos por la visión interior. Eso porque los gnósticos no buscan la transformación del mundo sino la transformación de la mente, con su consecuencia natural; una mudanza de postura transforma el mundo. La mayor parte de las religiones también tienden a ratificar una actitud familiar de interiorización en la teoría. Con todo, como resultado de su presencia dentro de las instituciones de la sociedad, ellas siempre niegan eso en la práctica. Las religiones comúnmente se inician como movimientos de liberación radical siguiendo líneas espirituales, mas inevitablemente terminan como pilares de las propias sociedades, las cárceles de nuestras almas.

Si deseamos obtener la Gnosis, el conocimiento del corazón que libera a los seres humanos, debemos desengañarnos del falso cosmos creado por nuestra mente condicionada. La palabra griega Cosmos,  así como el vocablo hebraico Olam,  se entienden casi siempre mal traducidos como "mundo", realmente designan más el concepto de "sistemas". Cuando los gnósticos decían que el sistema y su mecanismo eran malos y que precisaríamos salir de él para conocer la verdad y descubrir su significado, comportábanse no sólo como precursores de sinnúmeros de marginados de la sociedad, desde San Francisco de Asís hasta los beatniks y hippies, sino que también exhibían un hecho psicológico desde entonces redescubierto por la moderna sicología profunda.

Jung reafirmó una antigua percepción gnóstica al decir que el extrovertido ego humano debe, en primer lugar, tomar plena conciencia de su propia marginación del ser antes de poder comenzar a retornar al estado de unión más íntima con el inconsciente. Hasta conscientizarnos integralmente de la inadecuación de nuestro estado de extroversión y de su insuficiencia en cuanto a nuestras necesidades espirituales más profundas, no obtendremos ningún grado siquiera de individualización, a través de la cual una personalidad más madura y amplia surge.  El ego alienado es el precursor y una precondición inevitable de la individualización. Los gnósticos no rechazaban necesariamente la tierra por sí, que reconocían como una tela sobre la cual el Demiurgo de la mente proyecta su sistema ilusorio. Cuando se nos depara con una condenación del mundo en los escritos gnósticos, el término usado es fatalmente Cosmos o el de Eón nunca la palabra Geo o Gea (tierra), que consideraban neutra, sino es que totalmente satisfactoria.

Era de ese conocimiento, el conocimiento que se tiene en el propio corazón respecto de la inutilidad espiritual y la absoluta insuficiencia de las instituciones y valores establecidos del mundo exterior, del cual los gnósticos se valían para construir tanto una imagen de ser universal como un sistema de inferencias coherentes a ser extraídas de esa imagen (como era de esperar, ellos lo realizaban no tanto en términos de filosofía y teología, sino más bien en términos de mito, ritual, y cultivo de las cualidades imaginativas y mito poéticas del alma).

Como muchas otras personas inteligentes y sensibles, antes y después de su época, los gnósticos, se sentían  extranjeros en un país desconocido, una simiente abandonada de los mundos distantes de luz infinita.

Algunos, como la juventud alienada de los años 60, se retiraban para comunidades y ermitas al margen de la civilización. Otros, más numerosos tal vez, permanecerían en medio de la vasta cultura metropolitana de las grandes ciudades, como Alejandría y Roma, aparentemente desempeñando sus papeles en la sociedad, pero en el íntimo servían a un maestro diferente en el mundo, mas no del mundo. La mayoría de ellos tenían instrucción, cultura y riqueza; entretanto, continuaban conscientes del innegable hecho de que todas esas realizaciones y tesoros pierden la sabiduría de la Gnosis del corazón, el conocimiento de lo que existe. No sin motivos, es por tanto, que cuando estudiamos detenidamente el gnosticismo antiguo, percibimos muchos lazos y dependencias entre su filosofía y las ideas y principios defendidos por Pitágoras (que vivió 25 años entre los sacerdotes de Egipto antiguo), Platón (discípulo de Sócrates), Aristóteles, Empédocles, Heráclito y Epicuro.

Por eso, la verdadera gnosis es interna, reservada, y estaba, como todavía está, contenida en los Misterios. El verdadero origen de los Misterios debe ser buscada en la Atlántida, y no en la historia conocida. Un pasaje textual, atribuido a Solón, esclarece, cuando un sacerdote egipcio le dice: "Todo cuanto se hace de manera grande o memorable, sobre cualquier aspecto, sea en nuestro país, sea en nosotros o en otros, está escrito hace muchos siglos y conservado en nuestros templos. Con todo, entre vuestros y los demás pueblos el uso de la escritura y de lo que es necesario a un estado civilizado no data de una época muy reciente"

(Helena Petronila Blavatsky. HPB- La Doctrina Secreta) .

El gnosticismo en el carácter esotérico de los evangelios, en un ensayo publicado por HPB por primera vez en 1887, llamó la atención de los lectores hacia los gnósticos al focalizar los dos temas vitales de los evangelios: la vida de Jesús y el drama de su muerte en la cruz. En ese ensayo, la gran mártir del siglo XIX sustenta que el nombre Christos, como ciertas alegorías mítico-astronómicas, tuvo su origen entre los gnósticos, de los cuales San Pablo fue uno de los mas exaltados miembros e iniciados.

De ahí la razón de que los evangelios se constituyeran enigmas para los no iniciados. Aunque según HPB, el evangelio de San Juan es puramente gnóstico, marcado por el genio que se ostentaba en la amalgama de las alegorías y nombres egipcios judaicos del antiguo testamento aliados a los gnósticos griegos, los más refinados místicos de la época. Aunque haciendo referencia a los misterios gnósticos, dice HPB: "Los anales gnósticos continúan el resumen de las principales escenas representadas durante los Misterios de la Iniciación y decoradas por el hombre". Por eso mismo cuando confiadas al pergamino o al papel, eran invariablemente representados sobre un ropaje semi-alegórico.

Ejemplificando en cuanto las enseñanzas gnósticas fueron relegadas a un plano secundario por el naciente clero cristiano, Blavatsky menciona las obras de Basílides, filósofo que floreció alrededor del año 130. El ilustre gnóstico escribió 24 volúmenes llamados Interpretaciones del Evangelio. Desgraciadamente todos ellos  fueron quemados bajo los auspicios de la primitiva Iglesia Romana. Tal pérdida es incalculable por la luz que proyectaría sobre los primitivos gnósticos y los primigenios del cristianismo, pues se trataba de obras escritas mucho antes que la Biblia canónica fuese oficializada por el Concilio de Nicea en 325 d.C.

 

Mons. CARLOS HECTOR TULA
ASOCIACION GNOSTICA ARGENTINA - IGLESIA GNOSTICA CRISTIANA UNIVERSAL 
http://club.telepolis.com/agaigcu/index.htm


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