El Camino Iniciático de Santiago
por: Delia Steinberg Guzmán
Hablar del Misterio de Compostela, del Camino de Santiago, es
recordar todas las tradiciones, leyendas y mitos riquísimos que rodean este
importante venero espiritual, no sólo español, sino del mundo
entero.
¿Qué guarda Compostela, qué guarda Santiago, qué guarda todo el
Camino en sí, qué hace posible que en este siglo de materialización, de
descreimiento, en este momento en que se prefieren las cosas concretas y
prácticas, se siga, no obstante, manteniendo una alta devoción por esos
símbolos?
Intentaremos trazar brevemente a grandes rasgos el misterio de
ese Camino tradicional, y el de esa cúspide de acceso que es
Compostela.
HISTORIA Y MITO
Existe una historia tradicional, con algunas fechas y datos que
solemos aceptar porque son las que tenemos al alcance, pero que son más los
interrogantes que nos crea, que los que nos aclara.
El primer enigma es
la propia personalidad del llamado Santiago el Mayor. Este Santiago hijo de
Zebedeo y de María Salomé, se considera hermano de San Juan Evangelista y está
junto al Señor en los primeros momentos de sus prédicas. Una vez ocurrida la
crucifixión de Cristo, Santiago se dedica a enseñar; va primero a Judea y a
Samaría y luego se le hace viajar a España. En un medio totalmente hostil, donde
prácticamente nadie le escucha, dicen algunos que consigue diez discípulos;
otros siete, otros tres, y otros - tal vez los más acertados - que el único
discípulo que acompañó a Santiago en sus primeras prédicas en España, fue tan
sólo un perro. Este perro que acompaña continuamente a Santiago en sus
peregrinaciones es un punto clave, como veremos en varios momentos al intentar
desentrañar este tema.
Como Santiago no logra éxito en España, retorna a
Judea y allí cae bajo las manos de Herodes Agripa, quien lo hace decapitar. Unos
pocos discípulos fieles que le quedan en Judea, salvan el cadáver del Maestro,
lo colocan en una barca sin timón y dejan que el Destino la conduzca hasta donde
debe llegar. Esta barca recorrerá un camino prácticamente inverosímil, y, sin
embargo, va a encallar en una de las rías de Galicia, en los reinos de "Loba",
en una ciudad que los romanos llamaban Iria Flavia, hoy conocida como Padrón, a
unos pocos kilómetros de la actual Santiago de Compostela. Los discípulos
desembarcan con el cadáver de su Maestro y, según algunas versiones, lo colocan
sobre un carro tirado por bueyes que, al igual que la barca, van a dejar que
siga solo su curso. Tras recorrer un trecho, los bueyes se niegan a caminar más;
por ello deciden que ése es el punto ideal para enterrar al Maestro.
Pero
hay versiones más complejas que cuentan que los discípulos, con el cadáver de su
Maestro, se van a presentar ante una extraña Reina que gobernaba en aquel
entonces en Lugo: la Reina Loba, cuyo nombre concuerda con la simbología de esa
misma región: Lugo. Piden a la Reina Loba que les permita enterrar el cadáver
del Maestro, éste que ella ya había conocido cuando sus prédicas en Espana. La
Reina les tiende una trampa y los envía a un sitio donde, en lugar de bueyes
pacíficos que conduzcan el carro, hay unos toros feroces. Llegan los discípulos
fervorosos con su carga, y simplemente con símbolos mágicos, con su fe y su sola
presencia, domestican los toros que quedan transformados en dulces bueyes. Los
atan a su carro y eligen un sitio para enterrar a su Maestro. Algunos dicen que
fue en un Monte Sagrado, el llamado Monte Aro; otros opinan que fue en el mismo
Palacio de la Reina Loba, quien quedó completamente consternada al ver que
aquellos a los cuales ella había enviado a la muerte, regresaban y le aseguraban
que su Palacio era el sitio elegido.
Sin embargo, según la tradición más
antigua, cuando los discípulos desembarcan dejan a su Maestro apoyado sobre una
enorme roca, y este cadáver que todavía guarda una gran fuerza y una tremenda
magia, derrite la roca cual si fuese mantequilla, formando un hueco con la forma
del cuerpo humano y quedando en el acto convertida en sarcófago. También cuenta
esta tradición que no sólo el sarcófago de piedra va a ser un símbolo, sino que
los discípulos, mientras llevaban el cuerpo de su Maestro a tierra, se cubrieron
los pies de pequeñas conchas que constituirán el símbolo de quien ha hecho un
único trayecto y ha encontrado lugar donde quedarse.
La historia no tiene
más datos hasta por lo menos 800 años después. Se pierde todo vestigio, hasta
que en el 813, un ermitaño llamado Pelagio comienza a ver por las noches unas
luces extrañas, estrellas, resplandores en lo alto de un montículo, y evitando
tomar resoluciones propias invita al Obispo Teodomiro, de Iria Flavia, a que
viera de qué se trataba. El obispo desentierra lo que allí se encuentra y, cuál
no sería su sorpresa al reconocer a Santiago el Mayor...
¿Cómo es que, a
pesar del tiempo transcurrido, quienes por fin lo encuentran tras ocho siglos,
reconozcan perfectamente a Santiago el Mayor? Se levanta sin embargo una pequeña
capilla en homenaje al milagro que se ha producido, y desde entonces Santiago va
a realizar una serie de proezas que influirán poderosamente en la mentalidad de
todos los pueblos pirenaicos. A partir de ese momento estos pueblos se van a
dirigir en peregrinación hacia el lugar del hallazgo, como si ese lugar tuviese
fuerza suficiente para otorgar a hs hombres un poco de fuerza, un poco de
magia.
La batalla de Clavijo contra los moros, en el año 844, ve
reaparecer a Santiago montado en un fantástico caballo blanco, a la vez que
arremete furiosamente con su famosa espada, esa que hoy nosotros llamamos la
"Cruz de Santiago". Esa espada que es también una cruz, es el símbolo con el
cual Santiago lucha contra todos sus enemigos.
En el 899, Alfonso III
edifica una Basílica a Santiago; hacia fines de la década del 1000, y como esta
antigua Basílica había sido arrasada por Aimanzor, una vez eliminado el peligro
de los moros, se comienza a levantar la verdadera Catedral; la Basílica más
antigua queda sepultada en la parte interior cual si fuese una cripta profunda.
El obispo de Santiago, Diego Gelmírez, también se dedica en cuerpo y alma a toda
la tradición, al sentido mágico de la peregrinación, y logra incluso que se
decrete el 1100 como Año Santo Compostelano, por el Papa Calixto II, en el cual
la festividad de Santiago coincide con el día domingo.
La Catedral de
Santiago no está construida según una línea recta, sino que presenta una ligera
desviación hacia el norte y hacia la izquierda, inclinación que también se
advierte en su pórtico. Esta torsión, coincidente con la del eje de la Tierra,
perduró en casi todas las iglesias hasta finales de la Edad Media, y es la
típica de la mayoría de los dólmenes megalíticos precedidos por
galerías.
Como con los años la primitiva Catedral ofrecía un pórtco muy
estrecho en relación a la gran cantidad de peregrinos que llegaban, se encargó
al Maestro Mateo - otro extraño personaje - la ampliación del pórtico
occidental; asi nació el Pórtico de la Gloria. En su parte inferior aparecen los
símbolos del mundo animal; luego viene el mundo humano de la Iglesia, con los
profetas del Antiguo Testamento a la izquierda y los Apóstoles a la derecha,
mientras que en lo alto de la columna central se encuentra Santiago. Por fin, en
la parte superior se muestran el Cristo y los Cuatro Evangelistas.
SIMBOLOS
Comenzaremos por analizar la denominación de Santiago de
Compostela. La palabra Compostela nos ofrece varias vías de interpretación. La
más conocida nos dice que "Compostela" deviene de "Campus Stellae" (Campo de la
Estrella), haciendo referencia a las luminosidades, a las estrellas que se veían
sobre la tumba del Santo, antes de que se descubriese en el siglo IX. Esta
versión resulta bastante factible porque todo el Camino de Santiago, desde Jaca
hasta Compostela, está jalonado de pueblos, localidades y pasos de montaña que
llevan la denominación de "estrella" o "estela", como si el Camino de Santiago
fuese una ruta estelar que debe terminar en un punto especial: el Campo de la
Estrella, con el Monte de la Estrella y con el Santo de la Estrella.
Otra
explicación del nombre surge del latín "compositum", cementerio; y dado que allí
se encontró al Santo, esto hace de Compostela un cementerio sagrado.
Otra
posibilidad es la de hacer derivar el nombre de un término alquímico: "compost";
al realizar la Gran Obra, al trabajar en el caldero mágico, sobre el compuesto
se presentaba una "estrella", si es que la Obra estaba bien realizada.
Y
aún podemos citar la versión de Charpentier, según la cual Compostela podría
derivar del vocablo "Compos" que significa en lenguas antiguas "Maestro"; así,
Compostela significaría el Maestro de la Estrella.
El caso es que, según
cualquiera de las versiones, el sitio de Compostela es altamente simbólico y no
obedece al azar.
En cuanto al nombre de Santiago, tal vez en francés
encontremos más fácilmente el símbolo que, no obstante, se vierte inmediatamente
al castellano, dado que estas lenguas tienen raíces comunes. En francés Santiago
es "Jacques", y esta denominación - en inglés, "Jack" - se utilizó durante
muchísimo tiempo, no como nombre propio, sino como adjetivo para designar a unos
hombres especialmente sabios en todo lo referente a construcciones, medidas
matemáticas, sentido de la arquitectura sagrada.
Todos estos sabios eran
"Jacques" o "Yago", como se fue poco a poco pronunciando en español. Incluso se
conserva un término vasco: "Jakin", que sigue significando sabio y que tiene una
raíz idéntica al Jacques y al "Yago". Completando la simbología y el nombre de
Jacques o de Yago, vemos que no sólo designa a los sabios arquitectos, sino que
va a estar unido a una forma especial de pronunciar "ganso" en francés:
"Jars".
Así, Santiago puede ser San Yago, como lo diríamos en español,
pues nunca pronunciamos San Santiago. Ya sea que lo veamos en francés, en vasco,
en inglés, en español, lo importante es que este nombre designa algo más que una
simple persona; parece referirse a un conjunto de seres, es un adjetivo que se
aplica a muchas personalidades que gozan de iguales características, tal como
los nombres genéricos de "Menes", "Zoroastro", etc.
Tampoco debe
extrañarnos el que haya existido una categoría de "Jacques" o de "Santiagos"
para referirse a una jerarquía especial de hombres: constructores, sabios
arquitectos, conocedores de profundos secretos de la Naturaleza; lo cual no
elimina en absoluto la primitiva existencia de Santiago el Apóstol o de Santiago
el Mayor, en el cual el Cristianismo apoya toda la peregrinación por el Camino.
Y no debemos olvidar el nombre de Jaca, el "Jacques" que abre el Camino en
España.
Todo el Camino de Santiago, no hace más que reflejar en la tierra
un milagro mucho mayor que se da en el cielo. Así como la Vía Láctea dibuja un
trazo estelar, se ha pretendido con el Camino de Santiago reproducir ese trazo
para los hombres en la tierra. Así como la Vía Láctea desemboca en la
constelación del "Can Mayor", así en el Camino de Santiago, el que precede al
Santo que va a llegar al montículo sagrado, es el can, el perro. Así como la Vía
Láctea era conocida antiguamente como el Arco Iris del Dios Lug para los celtas,
también en todo el Camino de Santiago hay una mitología entremezclada con este
Dios Lug, que es a veces lobo, semejante al perro, y a veces cuervo (el ave
mensajera).
Lug es un Dios oscuro, es negro, tanto como el pelaje de un
lobo en la noche o como las plumas de un cuervo. Pero hay un doble misterio:
cuando Lug está en la tierra, cuando va por el Camino de Compostela, el lobo, es
perro; cuando va por el Camino fantástico del Cielo, Lug es cuervo, tiene alas y
puede guiar, señalar en lo sideral.
Desde las épocas prehistóricas, el
hombre ha tenido conciencia de que existen en la tierra puntos de energía
especial. De la misma forma que nuestro cuerpo presenta puntos en los que
podemos medir el pulso vital, también la tierra, como gran cuerpo vivo, tiene
sitios donde el pulso vital interno, las fuerzas telúricas, laten con muchísima
más fuerza. Aprovechando estos puntos, en la Antigüedad solían marcar caminos
que eran como las venas y arterias por las que circula nuestra sangre.
De
esta forma, el hombre que surcaba estos caminos, a la par de moverse por un afán
místico y por llegar a la meta, también iba tocando puntos vitales.
Tal
vez uno de los símbolos más antiguos de la cruz sea aquel en el cual se
simplifica y se une esta fuerza horizontal que une puntos vitales de la tierra,
y la otra fuerza vertical que, viniendo desde las estrellas, irradia también
energía sobre la tierra. Así, habría puntos terrestres doblemente favorecidos.
Por un lado, toda la energía terrestre que mana como si fuese un enorme río. Por
otro lado, la energía cósmica que cae también sobre el mismo sitio, y aquí nos
encontramos con el punto central de la cruz, donde se puede aposentar un
templo.
Es curioso comprobar - y Compostela no es una excepción - que
generalmente donde hay catedrales, o templos, o sitios que promueven
peregrinaciones a lo largo de tiempo, no existe sólo un templo, sino que a
medida que se excava, aparecen más antiguas construcciones y generalmente el
fondo de la excavación coincide con pozos sagrados, cuevas sagradas o pequeñas
oquedades en la montaña. Compostela no es una excepción porque a la vista está
la catedral más vieja, otra más vieja, aun restos de un templo romano y un pozo
de los celtas.
Evidentemente, la elección de un sitio, el hecho de
escoger siempre el mismo para levantar un templo, obedece tal vez a ese secreto
de las fuerzas telúricas y las fuerzas estelares combinadas. Tal es el caso
específico de Compostela, y tal es incluso el caso del Camino que ha sido
considerado siempre como sagrado.
El Camino de Compostela no es el único
que va de este a oeste, recorriendo casi con total perfección un paralelo
terrestre (el paralelo 42), sino que hay otros dos caminos más al norte: uno que
recorre Francia en esa dirección, y otro que recorre Inglaterra también en la
misma dirección. Es interesante constatar que las ciudades del camino francés y
las del inglés presentan gran cantidad de coincidencias en los nombres, en los
símbolos, en las construcciones. Todos estos caminos pasan por sitios cubiertos
de construcciones dolménicas, por ciudades donde se hace referencia al perro o
al lobo; todos estos caminos terminan en el Oeste, sobre el mar, en rías, en
sitios escarpados de difícil acceso, pero a la par de fácil y cómodo resguardo a
la hora en que una embarcación tuviese que penetrar allí.
Y si estos
caminos coinciden con paralelos que marcan rutas especiales de energía en la
tierra, la pregunta es casi inevitable: ¿Quiénes trazaron estos caminos?,
¿quiénes eligieron estos caminos que son tanto más viejos que el Camino
cristiano de Santiago? Porque cuando las peregrinaciones de Santiago comienzan,
este Camino ya está hecho; porque cuando en el siglo IX se encuentra a Santiago
el Mayor, todas las ciudades ya tienen sus nombres de "estrella", de lobo, de
oca o de cuervo. ¿Quiénes tuvieron la habilidad fantástica de poder determinar
un camino sobre un paralelo terrestre casi sin ningún error?, ¿quiénes pudieron
reunir tantos símbolos y reflejarlos en todos los nombres que fueron jalonando
este camino?
Los investigadores han encontrado una serie de elementos
interesantes; la mayor parte de los símbolos de estos caminos que van hacia el
Oeste, hacia el mar, son símbolos marinos. La concha de Santiago es un símbolo
marino. Y hay otro símbolo marino importantísimo que es el de la oca. Desde
épocas legendarias, entre los celtas y preceltas, existe un símbolo sagrado, de
recogimiento propio, de cofradías y hermandades: es el de la oca o del ganso,
especialmente la pata de la oca o del ganso que, al caminar, deja impresa una
marca muy semejante al tridente de Poseidón que fue determinativo de todas
aquellas culturas consideradas atlantes. El Camino de las Estrellas coincide con
el Camino de la Oca y la Concha.
Todos estos pueblos, todos estos
caminos, además de tener este símbolo de la pata de oca y de la concha (que si
se mira detenidamente también es una pata de oca), tiene asimismo una serie de
tradiciones marinas. Ellos llegaron de alguna parte y tuvieron que desembarcar
en puntos altos de la tierra, huyendo de un gran cataclismo, una gran
inundación. Vemos que las tradiciones de los celtas repiten las mismas del
antiguo Egipto, de la India y de Grecia: el gran cataclismo de la Atlántida y
los sobrevivientes que con sus conocimientos, su tradición y su forma de vida,
escogieron para continuar su obra los puntos más altos que tenían a su
alcance.
¿No fue posible que escogiesen los montes Cantábricos, los
Pirineos, los montes Atlas en Africa, que se prolongasen en sus correrías hasta
el Cáucaso, hasta el Tibet...? Lo cierto es que siempre que localizamos focos de
civilizaciones antiguas, aparecen en núcleos montañosos, coincidiendo en sus
memorias ancestrales.
Uno de los principios que albergaban estos antiguos
pueblos, era el correspondiente al símbolo del laberinto, en otras palabras, al
del Camino. ¿Qué es el laberinto, que no sea un camino? Tal vez el más conocido
es el de la antigua Grecia, el Laberinto de Creta que había que recorrer con una
fórmula mágica y del cual no era tan fácil salir. Pero no hay pueblo que no
tenga laberinto; Egipto tiene su laberinto, del cual nos habla Herodoto, pero
que jamás se ha encontrado. También los tuvieron los celtas, y no sólo los
tuvieron sino que aparecen grabados en todas las piedras del Camino de
Compostela y las de los caminos que están situados al norte, en Francia e
Inglatena.
¿Qué es este Laberinto? Como símbolo del Camino es lo que
obliga al hombre a moverse, lo que le arranca del estatismo, es un símbolo de
Iniciación. Todas las civilizaciones que pretendían hacer crecer al hombre, lo
obligaban a dar ese primer paso, a transitar un Camino, un laberinto, a vencer
una serie de pruebas.Y si estos caminos coinciden con paralelos que marcan rutas
especiales de energía en la tierra, la pregunta es casi inevitable: ¿Quiénes
trazaron estos caminos?, ¿quiénes eligieron estos caminos que son tanto más
viejos que el Camino cristiano de Santiago? Porque cuando las peregrinaciones de
Santiago comienzan, este Camino ya está hecho; porque cuando en el siglo IX se
encuentra a Santiago el Mayor, todas las ciudades ya tienen sus nombres de
"estrella", de lobo, de oca o de cuervo. ¿Quiénes tuvieron la habilidad
fantástica de poder determinar un camino sobre un paralelo terrestre casi sin
ningún error?, ¿quiénes pudieron reunir tantos símbolos y reflejarlos en todos
los nombres que fueron jalonando este camino?
Los investigadores han
encontrado una serie de elementos interesantes; la mayor parte de los símbolos
de estos caminos que van hacia el Oeste, hacia el mar, son símbolos marinos. La
concha de Santiago es un símbolo marino. Y hay otro símbolo marino
importantísimo que es el de la oca. Desde épocas legendarias, entre los celtas y
preceltas, existe un símbolo sagrado, de recogimiento propio, de cofradías y
hermandades: es el de la oca o del ganso, especialmente la pata de la oca o del
ganso que, al caminar, deja impresa una marca muy semejante al tridente de
Poseidón que fue determinativo de todas aquellas culturas consideradas atlantes.
El Camino de las Estrellas coincide con el Camino de la Oca y la
Concha.
Todos estos pueblos, todos estos caminos, además de tener este
símbolo de la pata de oca y de la concha (que si se mira detenidamente también
es una pata de oca), tiene asimismo una serie de tradiciones marinas. Ellos
llegaron de alguna parte y tuvieron que desembarcar en puntos altos de la
tierra, huyendo de un gran cataclismo, una gran inundación. Vemos que las
tradiciones de los celtas repiten las mismas del antiguo Egipto, de la India y
de Grecia: el gran cataclismo de la Atlántida y los sobrevivientes que con sus
conocimientos, su tradición y su forma de vida, escogieron para continuar su
obra los puntos más altos que tenían a su alcance.
¿No fue posible que
escogiesen los montes Cantábricos, los Pirineos, los montes Atlas en Africa, que
se prolongasen en sus correrías hasta el Cáucaso, hasta el Tibet...? Lo cierto
es que siempre que localizamos focos de civilizaciones antiguas, aparecen en
núcleos montañosos, coincidiendo en sus memorias ancestrales.
Uno de los
principios que albergaban estos antiguos pueblos, era el correspondiente al
símbolo del laberinto, en otras palabras, al del Camino. ¿Qué es el laberinto,
que no sea un camino? Tal vez el más conocido es el de la antigua Grecia, el
Laberinto de Creta que había que recorrer con una fórmula mágica y del cual no
era tan fácil salir. Pero no hay pueblo que no tenga laberinto; Egipto tiene su
laberinto, del cual nos habla Herodoto, pero que jamás se ha encontrado. También
los tuvieron los celtas, y no sólo los tuvieron sino que aparecen grabados en
todas las piedras del Camino de Compostela y las de los caminos que están
situados al norte, en Francia e Inglatena.
¿Qué es este Laberinto? Como
símbolo del Camino es lo que obliga al hombre a moverse, lo que le arranca del
estatismo, es un símbolo de Iniciación. Todas las civilizaciones que pretendían
hacer crecer al hombre, lo obligaban a dar ese primer paso, a transitar un
Camino, un laberinto, a vencer una serie de pruebas.
El Camino de
Santiago, aunque no es un Laberinto, como tramo casi recto que va desde Jaca
hasta Compostela, está inscrito en un enorme y doble laberinto que tiene una
mitad en Francia y otra mitad en España, con todo un conjunto de ciudades que
responden al principio del laberinto por su nombre, y que responden a los
principios del Dios Lug o del Cuervo. Este símbolo del Laberinto nos permite ver
que el Camino de Santiago tenía algo más que el simple llegar hasta el final,
hasta Compostela. No era tan importante llegar a Compostela como hacer el
Camino; era importantísimo estar en él, vencer sus pruebas. Y tampoco son
casualidad los siete puertos de montaña, siete escollos o siete pruebas que hay
que pasar para vencer en Compostela.
Tampoco es de extrañar que
Compostela esté en un punto que coincide con tradiciones tan antiguas como por
ejemplo el desembarco de Hércules o el de Noé, ambos en Galicia. ¿Son tal vez
leyendas y mitos?
Aunque es un poco utópico hablar del desembarco de
Hércules en Galicia, todavía perdura en la región el relato de cuando Hércules,
habiendo domesticado los bueyes de Gerión, llegó a esta tierra.
En cuanto
al desembarco de Noé en Galicia, sería parte del riquísimo mito universal del
Diluvio, que hace referencia al hundimiento de la Atlántida o sus últimos
restos, hace unos doce mil años. Es natural que hubiesen existido navegantes que
tuvieron que desembarcar en alguna parte... Y aceptaremos también que el nombre
de Noé - como tantos otros - es un nombre genérico que puede haber designado a
muchísimos navegantes, quienes tras la catástrofe, llegaron a distintos puntos
de la costa gallega.
Citaremos una coincidencia curiosa: Noé llegando a
Galicia, a la ría de "Noya", recuerda otro Noé que mencionan los mayas
americanos, cuando tras una gran catástrofe en el mar, trajo consigo una serie
de conocimientos que ellos no poseían. ¿Qué conocimientos traía? Agricultura,
ganadería, construcción... Este Noé que desembarca entre los mayas conoce las
uvas, el vino; y a las uvas y al vino todavía los mayas los siguen llamando
"noé".
Estos supervivientes, en general, trataron de transmitir a estos
pueblos todos sus conocimientos. ¿Cómo lo hicieron? Hay una fórmula típica que
los antiguos utilizaban para enseñar: la de las cosas que no se mueven, las
fórmulas de construcción, de la piedra tallada, del signo labrado en la piedra
de modo que ni el tiempo ni las tempestades puedan borrarlo. Y esa fónmula fue
bastante buena, porque hasta el día de hoy seguimos leyendo, aunque a veces sin
entender aquellos viejos lenguajes.
Hay, con referencia al Camino de
Santiago, una explicación que nos penmitiría retomar esta tradición antiquísima
de los hombres que llegan del mar, que imparten sus enseñanzas, y que a pesar de
haberse asentado entre nuevos pueblos, parecen añorar perpetuamente su mundo
perdido en el mar y en el Occidente, y trazan continuamente caminos hacia el
Occidente, hacia el mar, caminos para reencontrarse con los
antepasados.
Estos hombres vivieron durante miles de años con estos
recuerdos y creencias. Y en España, particularmente, hubo siempre una gran
propiedad para guardar y atesorar símbolos, mitos, tradiciones, y aun para luego
cristianizar esos mismos recuerdos, mitos y tradiciones con tanta naturalidad y
frescura de espíritu, como si fuese la cosa más sencilla del mundo.
Así,
cuando los primeros cristianos comienzan a convivir con los hombres españoles
del Pirineo, se encuentran con que éstos ya tienen profundas tradiciones y
hablan de un Camino, de un Campo de la Estrella al cual se llega por un
laberinto que es necesario recorrer para renovarse por dentro. Estas vivencias
son imposibles de arrancar; lo que se hace es cristianizarlas. Hay dos Ordenes
que se van a encargar de ello: la de Cluny y la del Temple, que a partir del año
1000 en adelante, se encargan de todas las construcciones, mientras que los
símbolos comienzan a tomar ahora una significación en total consonancia con el
cristianismo.
Hay varias hipótesis que explican de dónde surge el
fantástico "Crismón" que jalona todo el Camino de Santiago: esa estrella de seis
puntas que se forma con la X y con la P (Ji y Ro: iniciales del nombre de
Cristo). También se cree que con dos patas de la Oca, una puesta hacia arriba y
otra hacia abajo, obtenemos la X y la barra que la corta verticalmente, cosa que
por otra parte es uno de los tantos símbolos del corazón del laberinto, del
punto fantástico donde el que había recorrido el Camino por fin podía recibir
aquello que había ido a buscar.
Es así que muchos de esos viejos
símbolos: la estrella, la concha, la pata de oca, el cuervo, el lobo, el perro,
se transforman en símbolos cristianos y que se adaptan a la peregrinación
cristiana.
Las Ordenes religiosas que traducen los símbolos para el
cristianismo van a conformar verdaderas cofradías, fraternidades de
constructores: "los hijos del Maestro Santiago". De un Maestro Santiago que ya
no se sabe muy bien si fue el que llegó en la barca, el que luchó con los moros,
o si se trata sólo de un mito simbólico. Los "hijos del Maestro Santiago" tienen
una habilidad: saben tallar sus símbolos, y otra cuestión fundamental: saben
reconocerse. Cada uno de los símbolos que ellos dejan en la piedra es una firma,
una fórmula de hermandad, de reconocimiento. En muchas catedrales y castillos de
Espana, se ven aún estos signos tallados en la piedra.
Estas
fraternidades se crean en base a un nuevo sentido del trabajo, y aparece una de
las más importantes accesis místicas: la de la obra, aquello que se hace con las
manos, lo que se talla profundamente, aquello que perdura y es capaz de
transmitirse.
Y la Obra continúa viva... El Camino de Santiago sigue
embriagando la imaginación de los hombres con sus símbolos y sus misterios. Aún
es posible revivir aquel sentido de aventura espiritual, de renovación interior
que se obtenía a lo largo del Camino. Aún hay quienes sueñan con transformarse y
vuelven sus pasos esperanzados hacia esos puntos de la tierra, donde las
energías se han conjugado para conformar un verdadero puente de unión entre los
hombres y Dios.
Hace falta vencer, una vez más, la mayor de las pruebas:
el temor a lo desconocido, el temor a la muerte, representada en el Sol que cae
y desaparece en el Occidente, allí donde acaba el Camino... Hay que arriesgarse,
como los antiguos hombres que sobrevivieron a terribles catástrofes, a
sobrevivir en este momento histórico de tinieblas. Hay que atreverse a caminar
hacia el Occidente, allí donde cada cual pierde su nombre de ilusión, para
reencontrarse con su verdadero ser; también los Iniciados perdían la vida para
ganar la Vida...
Terminadb el recorrido del Camino de Santiago, nos
esperan extranos túmulos y monumentos sepulcrales, casi al borde del mar, en
Noya. ¿Son verdaderas tumbas, o piedras sagradas cuyas inscripciones nos
recuerdan ias viejas marcas de reconocimiento iniciábco? El viajero queda allí,
soio, y el cansancio abre puertas desconocidas ante la mente y el sentmiento;
los ojos se pierden entre los petroglifos, buscando la vieja senal del hombre
peregrino del Misterio, ansioso del retomo a su patria celeste.
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