Apólogo de la Perfección

Luis López de Mesa

      Ante el espíritu del gran Marco Aurelio se presentaron una vez las sombras de Buda, de Jesús, de Aristóteles y de Miguel Angel para que dirimiese a su manera sabia y justa cuál de ellos había trazado derrotero mejor a la perfección humana.   Conocéis nuestras vidas —le dijeron— y la obra nuestra se dilata como una semilla fértil en el alma de las generaciones vivas: Queréis decirnos ¿cuál de los senderos que trazamos al espíritu humano lo enaltece más y más de cerca tocó la perfección ideal?

—Glorias de ese espíritu humano —contestóles el gran Marco Aurelio— cuatro sentimientos como cuatro columnas gigantescas integran la vida ideal del hombre: la religión, la moral, la lógica y el arte, que justamente representáis vosotros.    

      El contestar vuestra pregunta sería resolver cuál de esos sentimientos es más noble y útil, y hasta dónde en el camino de su perfección llegó vuestra obra. Vosotros confesasteis en el mundo y a vuestra sensatez es evidente todavía, que la perfección de vuestras obras distaba infinitamente aún de la perfección ideal que soñó la mente humana y en el apacible mundo donde estamos hoy ninguna tentación vanidosa os podría dar el que permanezcan aún insuperables.

    Y los cuatro conductores del espíritu humano, tocados en lo íntimo de sus consciencias, exclamaron a un mismo tiempo:

—Es verdad que nos faltó mucho para alcanzar la perfección soñada. Pero cada uno de nosotros insiste en que su obra fue, como tú dices, más noble y útil al espíritu humano.

—Noble y útil ... —continuó Marco Aurelio—.  ¡Oh Buda!, si los hombres hubieran seguido el evangelio de meditación ascética y de castidad que recomendaste a Ananda, tu discípulo predilecto, a la segunda generación habrían desaparecido del haz de la tierra y donde se te alzan templos de prodigiosa magnificencia, ¡se pasearían las fieras del bosque!  Y si entendiste que tu evangelio no era para ser cumplido por todos los hombres, entonces no realizaste un ideal unívoco y la perfección nada tiene que ver con tu obra.

—Así es verdad —exclamaron los otros.

—Y tu obra, ¡oh Jesús!, tu anhelo de moral perfecta, entraña la renunciación de toda lucha y el vivir como los lirios de Galilea.   Tu evangelio ordenó a tus discípulos ir en el mundo sin afán por el día de mañana, sin provisión de alimento, ni vestidos, como las aves del campo. Pues bien; si los hombres te hubiesen escuchado, todos los hombres, la industria y el arte habrían desaparecido también del haz de la tierra: San Pedro y el Vaticano no te rendirían justo homenaje hoy.   Y si el reino de los humildes llegara, ¿dónde quedarían la sabiduría y la riqueza, madres de la ciencia fecunda y del arte?  Y si todos no podían pertenecer al reino de los humildes, entonces no realizaste un ideal unívoco y la perfección nada tiene que ver con tu obra.

—Así es verdad —exclamaron todos.

—Y tú, ¡oh Aristóteles!, que pareces más cierto de tu obra, yo te pregunto: ¿sin las efusiones del arte, ni la elación mística, ni la belleza moral, qué puede hacer el hombre con tus categorías?

—Y tú, prodigioso Miguel Angel, que pasaste por la vida idealizando los sueños más hermosos del corazón humano, ¿no comprendiste acaso que bajo tu nivel otros disfrutan de más cerca las atracciones de Victoria Colonna y las uvas jugosas del Arno?

—Pero entonces —exclamaron los cuatro— ¿dónde está la perfección, oh Marco Aurelio?

—La perfección... tiene que satisfacer todas las modalidades posibles.  Es, dentro de la naturaleza, armonía universal y es, dentro del espíritu adecuación con el destino que nos cupo en suerte.  Armonía y adecuación se subentienden mutuamente.  Vuestras cuatro virtudes en armónica tendencia dotarían a un hombre de la capacidad de entrever la perfección, mas no aún de realizarla.   Ella, como la unidad, es función de lo infinito; como la unidad, la aplicamos a cada cosa, pudiéndola aplicar a cada conjunto de cosas; y sólo debiéndola aplicar a la armonía de las infinitas relaciones.     De ahí que tomadas aisladamente sea sólo relativa, como la unidad, también.

      Vosotras, sombras, que sois en la vida humana símbolos de hondas tendencias podríais enseñar a los hombres que la perfección suprema les es inasequible pero que de ella pueden participar adecuando su persona a sus destinos dentro de las relatividades del espacio y del tiempo.

 

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