No Wave

"Puede que suene pretencioso, pero realmente quisimos acabar con el rock."

 

Mark Cunningham

Raoe, ex-Mars, en 'Voice' nro.5

 

 

Mucho antes de que los Damned diesen el pistoletazo de salida para las hordas punks británicas con su primer single, "New Rose" (1976), el punk como cuestionamiento y (consecuente) desvirtuación de unas formas expresivas tan dogmáticas y conservadoras como caducas e indisolublemente dependientes del mainstream mediático, era ya un hecho en Nueva York. Sin embargo, la concepción subversiva de los norteamericanos distaba eones de la que harían gala los ingleses, más alborotadora y colorista, sin duda, pero también inofensiva allende del simple impacto efectista (salvo, evidentemente, las excepciones de The Stranglers, Wire, The Pop Group, Raincoats o Gang of Four). Y conste que afirmo esto sin ánimo crítico, porque era precisamente una ruptura burda, descerebrada y, para qué negarlo, efímera, lo que hacía falta en la oligofrénica escena pop de las Islas a finales de los setenta. Pero en los Estados Unidos de Carter el contexto era bien distinto al del Reino Unido. Descartado el factor económico-social que determinó el alzamiento londinense, ya que el punk norteamericano se gestó, esencialmente, entre una facción juvenil perteneciente a las clases media y media-alta, resulta fácil comprender el porqué de las connotaciones artísticas e intelectuales del fenómeno al otro lado del Atlántico. Para las reivindicaciones políticas habría que esperar hasta el advenimiento de la generación hardcore, en plena era Reagan.

 

Así pues, nos topamos, en el Nueva York de 1977, con un mosaico creativo rico y dispar, englobado bajo el mismo epígrafe punk, que comprende a poetisas decadentes (Patti Smith), rockers de ciencia ficción (Suicide), literatos electrocutados (Television), kamikazes nihilistas (Richard Hell) y nenes bien de art-school (Talking Heads), además de un atajo de brutos con ganas de divertirse y armar quilombo (Ramones, Dictators, Heartbreakers, Electric Chairs, Blondie). Falta muy poco para que Devo, B-52's y la plana mayor de la new wave lo inunde todo con su confeti multicolor, pero soterrada bajo este fascinante espectro visible, en los entresijos del underground del Village, está a punto de estallar una bomba cuyos efectos expansivos llegarán hasta nuestros días como la transformación de fondo y forma de un lenguaje, el pop, que acogerá a la distorsión como un nuevo códice a explorar y a la estructura compositiva como una masa moldeable en manos del músico extenta de cualquier norma restrictiva. Llega la no wave y viene en plan de guerra.

Al contrario de los punks, que se conformaron con una revitalización y, hasta cierto punto, una renovación del discurso preexistente, el grupúsculo artístico involucrado en la no wave clamó por su anulación total; la destrucción absoluta de unos valores que consideraba agotados y sumidos en la autoparodia. Y empezaron su maniobra de agresión fijando el objetivo en la quintaescencia del rock: su interpretación.

Prácticamente, ningún no waver había tocado jamás instrumento alguno. En su mayoría, provenían de disciplinas audio-visuales y plásticas; tan sólo la ambición transgresora ejercía como nexo entre ellos. Por eso, si los punks se habían aprovechado de tres acordes a lo sumo, los no wavers minimizaron los recursos técnicos de guitarras, bajos y baterías hasta lo casi inexistente. La intuición y una actitud firme bastaban para acabar con La Gran Estafa. Más punk, imposible.

Por supuesto, la existencia de la no-wave (1977-1981, más o menos) fue, en sí misma, una carrera suicida hacia ninguna [arte, consensuadamente silenciada tras las fronteras del Downtown neoyorquino. Suponía la exigencia del caos absoluto sin posibilidad de perpetuación. Se extinguió de manera fugaz porque así tenía que ser, y si todavía quedan hoy muestras de su actividad -los difícilmente localizables Eps de Mars, DNA o Teenage Jesus & The Jerks-, deben ser consideradas como meras anécdotas e, incluso, como concesiones injustificables de sus extremados parámetros.

Las mismas concesiones que provocaron el enfrentamiento abierto entre dos "equipos" claramente diferenciados. Por un lado las formaciones del Soho (Theoretical Girls, Static, Arsenal, Friction, Gynaecologists, Red Transistor), profundamente marcadas por sus raíces arties, que ofrecían una alternativa imaginativa y constructivista a tanto despropósito incinerador. Por otro, los combos del East Village (DNA, Mars, Teenage Jesus & The Jerks), los más radicales, y a la sazón, incoherentes.

Contradiciendo su propio discurso, los del East Village sucumbieron a la tentación de presentarse en locales comerciales (CBGB, Max's Kansas City), al contrario de los del Soho, decididos a boicotear toda estructura adherida al circuito habitual del rock neoyorquino, que establecieron sus templos experimentales en galerías de arte y lofts privados. A tal punto llegaron las divergencias que cuando Brian Eno, deslumbrado por la primera auténtica promoción de no-músicos, decidió plasmar lo acontecido, en el recopilatorio "No New York" (1978), Lydia Lunch (Teenage Jesus & The Jerks) y Arto Lindsay (DNA), ambos militantes del "equipo East Village", lograron convencer al inglés para que omitiese la inclusión de cualquier grupo del Soho. Paradójicamente, Lindsay y Lunch llegarían a ser, años después, iconos inesquivables de la misma escena arty que con tanta saña atacaban.

 

Polémicas aparte, el gran logro de la no wave fue, además de otros ya comentados, la supresión de toda atadura formal y genérica en pos de una mixtura en la que tenían cabida, en igual medida, el funk, el free jazz, el minimalismo, la poesía, la performance y el puro ruidismo. Por primera vez, lo tímidos ensayos que supusieron los encuentros entre MC5 y Sun Ra o Lou Reed y John Cale adquirían una dimensionalidad plenamente real; la vanguardia menos acomodada hacía suyos los logros del rock más inclasificable. Las distancias se acortaron menguó el sentido de las clasificaciones y, aunque el olvido se llevó a muchos de los que fueron responsables de ello -porque así tenía que ser-, después de aquello ya nada volvería a ser igual.

 

Oriol Russell

[publicado en la revista Factory nro.12]

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