Pablo Schanton y Norberto Cambiasso (Cerdos y Peces, 1988)
Bernard Albrecht, Peter Hook y
Stephen Morris quedaron impresionados después de ver a los Sex Pistols por
primera vez en su apartada Manchester. Tenían 21 años y nunca habían tocado un
instrumento en su vida.
Los Pistols les resultaron “malos
pero excitantes”. Días más tarde se les ocurrió formar una banda
haciéndose eco del “hacelo vos mismo” que pregonaba el punk. Pero fue recién
con la aparición de Ian Curtis que el trío logró su autonomía musical. Ian se
encargó de presentarles a sus grupos favoritos: los Velvet Underground, los
Stooges y los Doors.
Este podría ser un comienzo para
Joy Division: una tarde lluviosa en un garage londinense intentan
esforzadamente acertar con la versión de Sister Ray que complazca por
fin al muchacho, al principio amable, luego impaciente y ya irritado que les
pone una y otra vez el disco de tapa negra.
Sister
Ray de Velvet Undergroud, junto con Electric Ladyland
de Hendrix representan dos hitos del “free-rock” a fines del ´60. Dos intentos
de agotar el esquema del Rythm and Blues desde su interior, por un lado
descendiendo a la materialidad del ruido y por otro, alcanzando la metafísica
del sonido puro, Digamos que Lou Reed-John Cale y el último Hendrix fueron para
el R&B una combinación de lo que Coleman significó para el jazz y La Monte
Young para la música contemporánea.
Con su
“versión” de Velvet, Joy Division aporta otro síntoma de insuficiencia musical
y a la vez permite que el punk-garage de los sixties, el Detroit Sound (Iggy,
MC5) y los New York Dolls cedan definitivamente el trono de los precursores a
los Stooges de “Fun House” y los Doors.
Testimonio
de una sobreviviente
La
“División de la Alegría” era el ala de prostitutas de los campos de
concentración nazis. Una mujer de Milán, no hebrea, partisana, más bien
burguesa, fue a parar a Auschwitz pero sobrevivió. Esa mujer era quien se
avergonzaba ante los otros de ser una sobreviviente de aquel infierno, de ser
el testigo vivo, y en consecuencia el ardiente recuerdo de algo embarazoso que
todos tenían prisa en olvidar. Dijo que no perdonaba a los nazis el hecho de
haber descubierto hasta el fondo de qué era capaz el hombre.
“Un
cuarto para la juventud olvidada”
Con Joy
Division se abre un nuevo universo para el rock. La introducción de un espacio
más poblado de silencio, distanciado de la ruidosa protesta del punk (que aún crecía
–pese a su eternamente autodeclarado escepticismo- que podía ser tan poderoso
como para destruir el establishment), pero tanto más nihilista cuanto se
muestra más difícil de aprehender.
Joy
Division es un grupo reconcentrado en sí mismo. No se permiten ninguna clase de
expansión; apenas, la configuración de un clima intimista.
Surgidos
del mismo contexto social del que emergió el punk mantienen sin embargo una
relación completamente distinta con ese entorno. Hay algo de urgencia
exagerada, de apocalíptica desazón en Joy Division. La catástrofe ya no está a
la vuelta de la esquina, como creían los punks, sino que se ha metido en
nuestra habitación. “Este es el cuarto, el comienzo de todo”, cantan en “Days
of the Lords”. Si existe un síntoma de la decadencia de este mundo, ya no se
encuentra en la calle sino en nuestra propia interioridad y por consiguiente el
protagonista de esta tragedia no será ya un sujeto generacional (la “generación
vacía” del punk) sino uno existencial.
Paro las
catástrofes no son denunciadas en Joy Division, sino apenas nombradas. La
denuncia se ha mostrado estéril con la “derrota” del punk, el cual pese a todo,
la extremó hasta su forma más sutil: la ironía.
Varsovia
– Viena – Berlín
En un
primer momento, el cuarteto se llamaba Warsaw (Varsovia), según algunos una
cita y un recorte del título “Warsawa”, un instrumental de Bowie y Eno incluido
en Low. Los desnudos de Kilmt, atardeceres índigos en una Europa reducida a
alguna Viena intemporal, hombres sin atributos preparándose para sobrevivir a
la guerra, Dick Bogarde agonizando en una plata frente a un efebo inaccesible,
nubes heladas agrupándose en el horizonte. Los Joy Division intentan recuperar
las atmósferas más logradas de la etapa berlinesa de Bowie, exiliado en su
laboratorio pop paralelamente al estallido del punk. Pero concretan tal
recuperación desde el amateurismo de inspiración punk (que paradójicamente
buscaba acabar con la inaccesibilidad de Bowie – Eno – Fripp; esos tres “dinosaurios”).
Un orador
inglés y la nueva teoría de conjuntos
“Ian
estaba escribiendo poesía, y tenía un cuaderno lleno de letras. No tocaba
ningún instrumento, sino que sacaba una hoja y empezaba a cantar, entonces
nosotros zapábamos y tratábamos de seguirlo”.Fue justamente ese recitativo
(entre el recitado y el canto) de Curtis lo que terminó de definir el sonido
del grupo. Sus graves “cadencias” (junto con la oscura temática de las letras)
impusieron una “Ley de Gravedad” (gravidez tonal sumada a un sentido trágico de
“lo grave”).
En medio
del interregno post-punk (tras la Toma de la Bastilla del punk era necesario
reconstituir el Estado del rock inglés) y habiendo alcanzado apenas la destreza
necesaria, Joy Division tiene la oportunidad de encontrar su propia
“Constitución”: cuando se escucha una canción de Joy Division parece que sus
músicos nunca aprendieron la lección del rock, y sin embargo pretenden
enseñárnosla en una receta (“se debe comenzar con una batería, a la cual se
agrega un bajo y luego...”). Joy Division puede escucharse como la puesta en
escena de una nueva Teoría de Conjunto. En su intento por respetar al máximo
esa Ley de Gravedad, Peter Hook (bajo) y Stephen Morris (batería) deciden
provocar un Levantamiento de las Bases. (Se dice que estuvieron semanas
escuchando dubs –bases instrumentales- y a varias bandas de reggae inglesas
antes de rebelarse).
Mientras
tanto la guitarra debió pasar a un segundo plano; Albrecht no frasea, sino que
para-frasea, intenta interpretar en sonidos toda esa gravedad que lo domina.
Joy
Division invierte así las funciones ortodoxamente distribuidas en una
banda de rock. La guitarra, los teclados, los gritos y las notas agudas ya no
son las dominantes. A partir de su inversión, y de su nitidez instrumental
(todo es escuchable en Joy Division: el oído puede seguir el instrumento que
quiera), estos ingleses aportan una nueva imagen del músico. Este es ahora un funcionario
dentro de la maquinaria compositiva: cada cual trabajando libremente, pero
con un fin en común.
Este
podría ser entonces un segundo comienzo para Joy Division. El trío, ahora
deslumbrado por las graves palabras de Curtis, trata más ingeniosa que
profesionalmente, de “ensamblarse” al extenso recitado (como si dieran un
pésame). Del mismo modo, lo hizo el resto de los Doors en “An American Prayer”
con los poemas de Jim Morrison.
La muerte
en la recámara
Según una
pintura de Munich, cuando la muerte permanece en la recámara, los deudos deben
acudir al velatorio y dispersarse, no para reflexionar sobre la fatalidad de lo
acontecido, sino para detenerse por un rato y dejar que crezcan las ojeras. LA
muerte no es una ausencia, ni un muerto circunstancial, no falta de vida, sino
una presencia grave que subsiste, igual que el silencia. En realidad, esos
personajes lograron dejar de llorar; ahora sólo pueden inclinarse, cerrar los
ojos y hacer silencio, dispuestos sobre un escorzo de amarillo descarnado.
Sin
embargo, el proyecto de Joy Division no se reduce a una simple musicalización
de poemas. Ya en el hecho de buscar una atmósfera cerrada común para la letra y
la música, comprobamos otra innovación. Joy Division consigue des-automatizar
al “rock” como mero acompañamiento o fondo (para manifestaciones juveniles)
cuyos significados, desde Little Richard pasando por los Stones hasta los
Pistols, estaban ya codificados: la rebeldía, la juventud, la sensualidad, la
violencia, la sexualidad, etc. Precisamente los valores que Patti Smith buscaba
citar fragmentariamente en ese “Museo Eléctrico-Futurista”, que eran sus
álbumes. Patti se creía incluyéndose en una larga tradición rockera a la que
ella sólo llegaba para re-escribir a sus franceses malditos pasados por
Burroughs. Se conformó con experimentar un nuevo tipo de recitado, influido por
la nueva Era Eléctrica. Actualizar el Arte Alto según la subcultura rockera.
Curtis,
en cambio, al hacer converger en un proyecto autobiográfico, el existencialismo
de Camus y el nihilismo de Eliot, tuvo que sacudir esa tradición rockera
de veinte años. Ambas, Cultura Letrada y subcultura musical, debieron pasar por
la Aduana de la Angustia Curtis antes de formar parte de Joy Division.
(Ian
Curtis canta)
Una voz
de esa oscuridad cuya humedad abriga: un hocico, la tabla suelta de un barril,
aceite.
Pasos que
van cuidando el eco de su soledad. Pasos sobre una sombra que repta a través de
la bodega.
Sorrow
Un
romanticismo exasperado, una subjetividad extremada hasta el suicidio (como no
recuerdo desde Nick Drake), la construcción de un espacio sordo y sórdido a la
vez, son signos que podrían sostener una afirmación riesgosa: la de que Joy
Divison es el último grupo moderno. El principio de la subjetividad guía los
desvelos de lo moderno: la asunción del hombre como centro del cosmos. De ahí
que el pesimismo del grupo esté cargado de universalismo. La decadencia y la
búsqueda de una salida son recurrentes en sus letras. Esta carga
existencialista, marcada por un engañoso individualismo se torna universal a
partir de lo que alguna vez se llamó “la esclavitud de los sustantivos
abstractos”: “Incubación”, “Desolación”, “Transmisión”, “Autosugestión”. Tales
son los títulos de sus temas.
Este es
el fin: mi único amigo
Una
mirada crítica, pero a diferencia del punk, desprovista de acción. La negativa
a participar del loco circo del mundo y su secuela de desastres. Ni siquiera
hay paraísos artificiales como en el ´67. Se hace necesario concretar ese
ambiente propio, teñido de melancolía, donde refugiarse cuando todo se
desmorona. La relación con el entorno será entonces casi inaprensible y siembre
desesperanzada, en la mejor tradición de las artes occidentales modernas. Para
Joy Division el rock ya no es un arma destructiva no deberá ser una empresa
redentora (como en cierta socialdemocracia del pop actual, desde Bob Gedolf a
Tracy Chapman), sino sólo una defensa frente al Apocalipsis. Cómo mostrar la
catástrofe cuando la propia mención de esa catástrofe repugna al pensamiento:
tal es la encrucijada en la que se encontraba Joy Division.
Claustrofobia
En el
sobre interno de Unknown Pleasures hay una puerta abriéndose hacia
adentro; se ve una mano negra cerca del picaporte: justamente allí se detiene
el gesto de apertura de Joy Division. Se limitaron a entreabrir las puertas de
los claustros compositivos del punk, con el fin de quedarse adentro. En Joy
Division no hay catarsis posible. Cada canción constituye una proporcional
distribución de intensidades. Ni solos distensores, ni estribillos que liberen
pasiones.
Sin
embargo, cuando abren la composición para cargarla de silencio, dispersando aún
más la actuación de cada instrumento, logran ubicarnos con más cuidado en un
espacio opresivo, reproducioendo musicalmente le encierro (“Autosuggestion”, “I
remember nothing”).
Y sin
embargo, Ian Curtis repite, en distintas versiones, su declaración más
explícita: “todo lo que necesito es una salida”.
Joy
Division representa solamente la resaca de la nueva ola punk, un interludio de
inercia, apenas una aireación orquestal previa a la entrada del rock inglés
actual (Cocteau Twins o Ar Kane) en el abierto Silencio del océano.
Bufandas
muy largas y Joy Division
Seguramente,
alguna semana del próximo invierno recurra, como desde hace varios años, ala
misma puesta en escena. Dejar de darte explicaciones, los primeros números de
“Último Reino”, “El movimiento falso” de Wenders, dormir poco, “El aciago
demiurgo”, encerrarme deseando que me llamen, “Los hombres huecos”, un
sobretodo azul, lvidar direcciones y teléfonos necesarios, el “Törless” de
Musil, alguna espera inútil, la biografía de Nick Drakem una alegoría de Blake
colgada al lado de Lou Reed (Paris, 1973), bufandas muy largas y Joy Divison.
Suicidio
Las
cuestiones existenciales no encontraron solución ni en la canción ni en la
vida. Joy Division fue un capítulo decisivo en la supervivencia de Ian Curtis.
Simplemente, el grupo le sirvió para enunciar de forma estética tales
cuestiones. Era inexorable, le quedaban sólo dos extremos: la mera enunciación
del deseo de cambio, o el suicidio.
(Se
ahorcó en la madrugada del 18 de mayo de 1980).
Testimonio
de la Sra. de Curtis (18-05-82)
“Supe que
Ian había vuelto apenas descubrí su campera vacía frente a la señal de ajuste.
Dos vasos de whisky como siempre: uno apenas probado, el otro, hasta el tope de
agua fría. No me contestaba (seguramente porque tendría puestos sus
auriculares). En el suelo, “La sequía” había perdido todos sus señaladores: una
vieja postal “invierno europeo”, un ticket del Electric Circus, y el nuevo
teléfono de Bernie garabateado en rojo. Apagué el televisor. Levanté la hoja
donde estaba subrayado ´Stroszek, Sábado 17, 21hs, canal 4´. (Aún no conocía
esa película de Herzog. La semana pasada intenté, por segunda vez, verla completa.
Fue inútil. Volví a borrar la pantalla para detener de una vez esa gallina
absurda que no deja de dar vueltas alrededor de un árbol). Después caminé hasta
la cocina, lentamente, sosteniendo un cenicero recargado.
Nunca pude entrar de nuevo en aquella casa. Salvo en pesadillas, jamás volví a abrir la puerta de aquella cocina. Siempre va a colgar el fantasma de tu espantajo.”