1.
Los escraches desbordan las
formas tradicionales de la política: son una práctica novedosa que afirma un
nuevo sentido de la política y de la militancia.
En
este sentido es fundamentar poder desmenuzarlo y sacar sus implicancias. Como
la experiencia zapatista, la del MST y tantas otras, funda una nueva
subjetividad revolucionaria. Pensar la especificidad que implica el escrache,
las características reales que lo constituyen, es la única forma de impedir
que sea reinterpretado desde fórmulas que hoy no nos ayudan. Este es el
objetivo de este encuentro[1].
2.
Los escarches son, en primer lugar, un llamado a la lucha, una
confirmación práctica de que la acción transformadora es ahora, o no es.
Son lo opuesto a la melancolía del que espera (sentado) un mundo mejor. El
escrache nos demuestra que la lucha no depende de la idea de un mañana
luminoso, de ninguna estrategia científicamente demostrada, ni de ningún
salvador que nos libere.
Por
eso el eschache funda la idea de otro tiempo, diferente a la que nos ofrece el
capitalismo.
Para
este último el pasado ya fue, sólo existe como memoria pasiva, como Nunca Más.
El futuro lo vivimos como una promesa lejana e imprecisa, que no depende de
nosotros. Por eso nuestro presente es débil, triste: estamos solos, y
esperando un milagro.
En
el escrache por el contrario, el pasado actúa con fuerza, los desaparecidos
viven como proyecto actual, es un pasado que afirma: es pasado del presente.
Por otra parte el futuro ya llegó, porque no es otro que el que vamos
construyendo, el que depende de nosotros: es el futuro del presente. Así el
escrache funda un presente lleno de potencialidades, decisivo.
El
escrache es una práctica que no puede esperar ni conformarse. Surge hoy y es
para ahora.
3.
Esto es así porque le escrache se organiza sólo para dar respuesta a
la exigencia que lo funda: justicia. Es esta necesidad la que se afirma
en la práctica. Y es una exigencia que no necesita ninguna justificación. No
necesita programa acabado, ni siquera adhesiones individuales: no depende del
“consenso”.
Es
una verdad independiente de la complejidad de la coyuntura, de las razones de
Estado, de las relaciones de fuerzas, no se agota en ningún resarcimiento
puntual. Por eso el escrache se niega a ser simplemente la representación de
las víctimas; por eso no busca en el Poder la solución. El escrache produce
un compromiso militante que está más acá, que no depende del poder. Es un
nuevo sentido del compromiso.
4.
El escrache crea otra idea y otra práctica de la justicia, que es
opuesta y antagónica a la justicia formal. Y con ella funda una nueva práctica
y un nuevo concepto de la Democracia.
En
primer lugar “si no hay Justicia hay Escrache”. O sea, la justicia no
depende de una institución que la encarne, sino de la acción que la produce.
No es la institución, ni la norma, ni siquiera el derecho (humano) el que
funda lo justo, sino el acto y la práctica concreta de la justicia.
En
segundo lugar, el más importante, esta búsqueda de justicia no se agota, ni
siquiera se expresa, en la pena carcelaria, ni puede contenerse en las
burocracias judiciales. La lucha que el escrache expresa va más allá del
Estado de Derecho, no puede ser reabsorbida por éste. Si hoy fueran presos
uno, dos, o diez militares genocidas, los escraches no cesarían.
El
escrache concretamente inventa una nueva noción de justicia, fundada en la
capacidad popular de producir verdades que el poder no puede desarmar cooptándolas.
Es esta la vía por la que el campo popular se convierte en sujeto autónomo.
5.
El escrache, entonces, es una nueva situación que compone e implementa
una práctica alternativa. O sea, que contiene indicios de una nueva sociedad.
Estos indicios se manifiestan, actúan, independientemente de las consignas o
las palabras que elegimos para explicarlos. Incluso a veces elegimos consignas
contrarias a la práctica que llevamos adelante. Un ejemplo de esto sucede
cuando le pedimos justicia al Estado, en el mismo momento en que negamos esa
justicia y fundamos otra. Esto sucede casi siempre, y nos muestra algo
fundamental: que el sujeto de la política es la situación de la que
participamos, la acción colectiva con que nos comprometemos; y no los
individuos aislados y la idea que nos hacemos.
Por
esto el escrache funciona como una máquina. No es decisivo cuanta gente
participa de él, ni cómo fue organizado. Cuando se pone en acto funciona,
transmite un sentido de impresionante radicalidad, conmociona al barrio,
incorpora gente espontáneamente.
6.
El aporte y la importancia del escrache es singular, específico. Es la
búsqueda de la justicia, y nada más. Por eso mismo (y no a pesar de eso) es
que es tan potente. Por eso mismo es que es universal, por esa singularidad es
que todos nos sentimos parte, en esta singularidad nos sentimos expresados.
Es
seguro que los HIJOS se equivocarían si mañana opinaran sobre qué deben
hacer los trabajadores, o sobre qué estrategia deben seguir los
asentamientos, o sobre cómo debe investigar un científico. No; si los HIJOS
son un grupo de vanguardia hoy, es porque hacen los escarches. Y no al revés.
El
escrache demuestra que las vanguardias hoy se definen por sus prácticas
concretas y no por sus opiniones sobre las prácticas. Y además, ponen de
manifiesto que toda práctica política de vanguardia, alternativa o
revolucionaria es singular, en situación.
7.
Lo que dijimos antes, la singularidad del escrache, se confirma por
otro lado. Por el hecho de que muchas veces se asume el escrache abstrayéndose
de su significación profunda; cuando esto sucede el escrache carece de
radicalidad política.
Esto
ha pasado con sindicatos, partidos políticos, agrupaciones universitarias que
realizan escarches pidiendo aumento salarial, aumento de presupuestos, o
cualquier petición al poder de turno –sea estatal o no. En estas ocasiones
se pierde la esencia del escrache, y queda entrampado en la lógica de la
negociación.
Es
evidente que el significado político del escrache, su universalidad pasa por
otro lado que la simple imitación.
8.
HIJOS es un movimiento social que se organiza por la exigencia de
justicia. Y en el compromiso con esta exigencia de justicia. Y en el
compromiso con esta exigencia concreta inventa el escrache, práctica que
funda una nueva forma de entender la justicia. El escrache, por esto, es político.
La política, entonces, no es otra cosa que la puesta en acto de nuevas formas
de hacer y entender la vida social.
Esto
es lo contrario de entender la política como algo diferente de la lucha
social, es decir, como la lucha por magníficas abstracciones, por “la
libertad”, “la revolución” o “el bien de la humanidad”,
abstracciones que sólo se realizarán (quizás) cuando tomemos el poder.
La
política es la realización de proyectos transformadores y no la elaboración
de sesudos y autorizados programas. HIJOS hace los escarches mientras los
partidos de izquierda intentan capitalizarlos para su “importante”
estrategia. Por eso HIJOS repele a los partidos de izquierda. HIJOS es una
organización política porque no es ni pretende ser un partido.
9.
El escrache es entonces una referencia visible de una nueva práctica
de transformación. Pero visto así podemos encontrar miles de experiencias
que comparten la misma búsqueda, quizás menos espectaculares, menos
difundidas o referenciadas, pero igualmente importantes. Situaciones de
resistencia y creación de nuevas formas de existencia, donde se producen y
ejercitan concepciones autónomas a las del poder, en cada uno de los ámbitos
de la vida.
En
la profundización y el desarrollo de estas experiencias, y en la capacidad
que ellas tengan de articularse para fortalecerse mutuamente, es donde
transcurre hoy la política revolucionaria.
Colectivo
Situaciones
[Publicado en el nro. 1 de la revista Situaciones. Septiembre del 2000]
[1] Este texto fue escrito como disparador de una charla con integrantes de HIJOS, que también fue publicada en el nro. 1 de la revista Situaciones.