Pensar
la Música Hoy.
A
propósito de “Penser la musique aujourd’hui” de Pierre Boulez,
1963.
1.
¿Cómo
pensar la música en el momento de la diáspora? Tal pregunta, que se
formulara Pierre Boulez, por lo menos inquieta. Invita. La diáspora: la
multiplicación de los ámbitos compositivos, ajenos entre sí (lo tonal,
lo atonal, lo serial, el imperio del azar, el rock...); pero también,
para Boulez, la revocación de la formalidad rigurosa del componer una
escritura por el empleo descontrolado del azar, de la contingencia, de la
suerte, del encuentro. La diáspora: ¿goce o lamentación?, ¿júbilo o
desencanto?
En
el prólogo (“De yo a yo”), expone Boulez, no sin ironía y cierto
sarcasmo, lo que podrían ser dos temas centrales que subyacen a su
indagación técnico-conceptual, a saber: a] citando a Baudelaire, afirma:
el artista no sólo se guía por su propio instinto, sino que, además,
debe ser crítico: no hay arte sin reflexión sobre el arte y b] citando
ahora a Debussy, afirma: no hay libertad sino a partir de la disciplina.
Ambos lemas se sintetizan en una consigna: ir a la carne desnuda de la
evidencia.
Cabe
situar el ámbito de la polémica que, para Boulez, no es otro que el
articulado a partir de la incidencia tardía en la práctica musical del
acto dadá: elogio del azar y rechazo de una lógica de la composición.
Quizás, y antes de reseñar la teoría de la serie generalizada que
desarrolla Boulez en el cuerpo del libro, sea preciso detenerse en las
implicancias, que tanto la pregunta como los lemas, tienen en nuestro
estado de situación. Estado que existe, que tiene sus efectos, que se
desliza silencioso entre nuestros gustos y nuestras ambiciones, nuestro
oído y nuestro deseo de componer, pero que tiende, irremediablemente, a
ocultarse, ajeno a la develación y la paráfrasis.
2.
No
podría negarse que el arte cumple, o ha cumplido funciones. Alabanza de
los dioses, consuelo ante el dominio irremediable de lo adverso,
exaltación en la fiesta, preámbulo y cumplimiento de la embriaguez,
fuente de descanso o de diversión. Tampoco que es, o ha sido, un emisario
de la expresión: de la desdicha ante el infortunio, de alegría, de ira,
de las incontables pasiones y deseos de los hombres. El arte, y también
la música, y en especial la música, agregaríamos con énfasis. Sin
embargo, más allá de la materia del anhelo, la impersonalidad de un
decurso lógico se impone: el arte deviene autónomo, se desgaja de todo
lo que no es él mismo, de lo empírico. La música crea su mundo, con sus
reglas, sus formalidades, su historia, su tragedia. De ahí, en
consecuencia, la pregunta, ahora inevitable: ¿para qué la música?,
¿para quién?, o más radicalmente: ¿por qué la música?
3.
La
duda: ¿cuál es la necesidad de pensar la música?
Cuando
nuestro cuerpo se hunde en el decurso de los sonidos, cuando no cabe
pensar, ni imaginar, ni soñar o decir, cuando sólo le preguntamos a una
obra: ¿cómo has llegado a ser?, o cuando ante el acto vivo de la
interpretación ya no somos nadie sino la materia en ebullición que se
despliega en una colectividad que se abandona, ¿cuál es el valor de una
pregunta sobre la significación de lo musical?
No
obstante, nada hay que escape al movimiento de la reflexión, ni el acto
más deleznable de los hombres. Por ende, ni el más sublime Y si, por un
lado, la reflexión opera en su impersonalidad, la subjetividad, por otro,
se encuentra atada a una obligación de decir, a un mandato de hablar. Y,
luego, a asumir las consecuencias de ese decir; no otra cosa es la
fidelidad del pensamiento o, en palabras tradicionales y pertinentes, su
honestidad.
Ciertamente,
la música se resiste al concepto. Habrá entonces que forjar un concepto
del concepto que sea adecuado a ella.
4.
El
sonido se ha liberado. En un aspecto, ello significa que se ha enturbiado
la distinción entre ruido y sonido. En primer lugar, ha perdido su
evidencia la escala temperada, no sólo por la composición microtonal
sino por consecuencia de la tecnificación de los instrumentos. Un do con flanger,
o distorsionado, no es más un do. Lo que se denomina procesador de
efectos, que usamos con la más cándida de las inocencias, tiene
consecuencias que no estamos en condiciones, aún, de medir. Junto a ello
la posibilidad de sintetizar un sonido. El músico ha visto trastocado su
material: no ya el sonido, sino ese objeto evanescente y gráfico que es
la onda. En segundo lugar, no hay reglas estructurantes que sean vividas
como obligatorias, no hay ni una forma ni un procedimiento que se imponga
en la evidencia de su necesidad instrumental; lo cual no significa que no
haya reglas que funcionen implícitamente en determinadas regiones
institucionales de composición. La tonalidad, por ejemplo, en casi la
totalidad del rock y sus derivados.
En
tales condiciones, cabe preguntar ¿cómo hacer música? ¿podemos ignorar
toda tradición, toda situación histórica, toda relación de
concatenación con las obras del pasado y con la simultaneidad del
presente, y hacer como si nuestra obra fuese la primera de la humanidad,
la virginidad de un inicio radicalmente originario?
Preguntas
extrañas pues, de hecho, la música abunda, sobreabunda. ¿Qué otra
época se ha manifestado tan musicalmente como éstas?
5.
Pero,
además de las constataciones de hecho, hay cuestiones de derecho,
aglutinadas en derredor de dos ejes: una, a] relativa a si se puede hablar
de una significación histórica de los medios, a si la música
-considerada como lengua a-significante y desgajada del sentido y el
significado- puede ser tratada efectivamente en cuanto a sus
procedimientos. Medios y procedimientos entendidos de una manera amplia:
armónicos (tonalidad, atonalidad, dodecafonismo, serie), orquestales
(instrumentación tradicional, electrónica, concreta), estructrurales
(forma sonata, canción), teleológicos (escritura formal, mero azar),
etc. La cuestión es ¿cómo elegir?, ¿qué elegir? Es un problema
práctico ante cada composición que se pretende realizar. ¿Tenemos hoy
un criterio para justificar nuestra elección?; y otra, b] relativa no ya
a una cuestión práctica sino propuesta, siempre, en cada práctica
¿cual es el valor
de una elección?, ¿hay una significación valorativa en cada
elección? Planteo las cuestiones en términos más simples: ¿se le puede
reprochar a un compositor el hacer “como si” fuera contemporáneo de
Bach? O, en otro ámbito: ¿se puede componer desconociendo lo que el
impacto del punk o del noise hayan importado? Valor implica valorización, es decir: un
juicio y una jerarquización, una delimitación de aquello que es digno de
ser compuesto y escuchado respecto a lo que no merece serlo.
En
cierta forma, nadie deja de hacer las delimitaciones: lo perimido/lo
innovador; lo bello/lo desagradable; lo comercial/lo desinteresado; lo
culto/lo popular; nadie, a la vez, está en condiciones de organizar una
argumentación fundamentadora.
Situación
paradójica, pues se trata de antinomias que no se dejan reducir a una
predeterminación de mero gusto subjetivo.
Y
si alguno de estos interrogantes se encuentran en paralelismo con
situaciones problemáticas de otras prácticas artísticas, no deja de ser
un obstáculo, para la derivación a un tronco común, el huir de los
significados que la música conlleva de por sí. ¿De qué manera nos
interpela una obra musical? ¿Qué es lo que nos dice? O,
a la manera de la retórica de la diáspora, ¿se trata de un
hablar para no decir nada? ¿Nada dice, ese fluctuar de las ondas en el
aire? ¿Hay sólo placer?
Este
texto debía en su encargo, referirse a Boulez, a su curioso opúsculo Pensar la música hoy. Hubiera sido insincero de mi parte hacerlo
son plantear mi inquietud ante la música hoy. Allí señala Boulez que un
análisis tiene sentido si es activo, si sus deducciones son fructíferas
respecto al futuro. Y el futuro es la música de nuestros deseos, de
nuestros merecimentos. ¿Qué anhelamos, como oyentes y compositores, que
sea compuesto? ¿Qué música nos merecemos? ¿Qué música debe hacerse?
Pero, el futuro no es lo póstumo, es la expectativa misma que anida en
nuestro presente, es la comida de mañana. La época ofrece su material:
el ruido, el sonido, la onda. A él hay que responderle. En acto. Y no hay
acto sin reflexión. Ni libertad artística sin autoimposición de reglas
a las que ser consecuentes.
Tal
vez el campo polémico al que se dirige Boulez no nos sea ajeno;
transmutado de nombre o variado en el terreno social de sus acólitos
pudiera ser la misma naturaleza que el aire que respiramos. Opaco,
enrarecido: viciado. Dominando la escena, gracias a la difusión y el
despliegue del aparato técnico, aparece el rock y sus múltiples
derivados. Por un lado, hay la adaptación conciente a las demandas
industriales del mercado: la desnuda mercancía sin el menor reverbero de
lo artístico. Por otro, el reino del capricho, el seguir el curso del
instinto, del llamado “capricho subjetivo”: allí donde se afirma la
más absoluta de las libertades, ¿no se está sujeto a la más férrea
tiranía, la de la convención inconciente, la de la regla implícita y
que funciona sola, incuestionada? Dominio de la ignorancia, de la
inocencia, de la candidez incluso. Pero hay una ceguedad correlativa,
imperante en la llamada “música contemporánea” -dígase
dodecafonismo, serialismo, estocástica...-, y que se sostiene en la
ilusión de un dominio absoluto de los procedimientos compositivos,
fantasma ya estereotipado de la reducción pletórica de lo viviente a una
objetividad calculable y mensurada. Ilusión de la virginidad salvaje por
un lado. Ilusión del dominio racional por otro. Astucias del arte, del
no-arte, del anti-arte, de lo que de él queda, como promesa, como
esperanza, como ilusión.
Desgraciadamente,
creo no haber adelantado en nada.
Horacio
Corti
[publicado en la revista Esculpiendo Milagros Nro.3, octubre de 1992]