A p h  e x  T w i n :

informática y acci dente

 

Sólo una computadora puede entender a Aphex Twin. Eso excluye a muchos de nosotros. Y nos deja sin habla. ¿A qué se parece una música que no se parece a nada? A un poco de plastilina en la mano de un chico, que se recalienta cuando la buscamos y se enfría al encontrarla. Su encanto no pasa por el ritmo, sino por la elección. El suspenso. La fase. Todo lo que nos hace decir: "mejor este accidente que aquel otro". Accidente de camino. Como dice la física contemporánea: tiren infinitas veces un cuerpo contra una pared y, al menos en una milagrosa ocasión, terminará atravesándola. Pero no tenemos tiempo para lo infinito. Tenemos, en cambio, un sólo consuelo: saber que cada pulso contiene a todos los demás. Vertiginosamente. Entonces ¿qué podemos decir? Muy poco. De ahí el silencio (¿monástico? ¿estúpido? ¿Cómplice?) de Richard James, alias Aphex Twin, constructor informático que se queda completamente callado ante lo que puso en movimiento -un loop, un eco casi apagado de un sonido original, que tras ser desteñido varias veces termina convertido en la abstracción misma, en un sonido sin ninguna calidad: el sonido de la nada-. El músico tras las máquinas bien podría perderse en la contemplación (la esencia misma de la experiencia informática) -como en el budismo, no hay nacimiento (todo efecto ya se encuentra en los programas), ni hay muerte (la imagen informática no tiene ninguna forma fija)- si no fuera también, casi siempre, un esteta de lo accidental, que adora las colisiones de partículas. Richard james corta camino a través de los desvíos del tecno. ¿Para qué remontar todo un río cuando todo se encuentra en una gota de agua?

Y de repente, el viento cambia nuestro curso levemente y es posible encontrarnos con un tema totalmente reconciliado con todo, sereno como Kraftwerk y naïf como los comienzos de la electrónica. Es un milagro tan trasparente que podríamos atravesarlo de par en par sin ninguna dificultad. Pero hay un detalle: es bello como si el tecno nunca hubiera existido. Una interpretación posible: Aphex Twin le saca la lengua a todo tipo de interpretación (ya no se puede tocar nada, no se puede jugar a nada).

Aphex Twin nunca deja que la música de desahogue. Tensión/relajación: tanto el rock como Mozart, el 98% del tecno y la música balinesa funcionan sobre la base de esta oposición que ya conocemos de memoria. No encontramos nada parecido en los discos de Aphex Twin. Ni verdadera tensión ni verdadera relajación. El arco está siempre medio tenso. Y como no podemos adjudicárselo a una cierta indecisión (los discos de Aphex Twin son 100% coherentes (es decir, contradictorios) y 0% comerciales), podemos concluir en una nueva estética de lo blando. Del entre dos aguas. Del no psico-rígido. Algo que tampoco podemos reducir a un ciclo satisfecho/insatisfecho (véase el famoso (I can't get no) Satisfaction de los Stones, que resume todo el rock/roll en ese satisfecho/insatisfecho) pero que está abierto a todo. El aburrimiento, un tercio de aburrimiento, el comienzo de la excitación, la diversión barata, la burla, etc. ¿Y cual es la relación de todo esto con el tecno? En el sentido estricto, ninguna. Lo que no resulta sorprendente ya que el tecno no existe. Aphex Twin tiene tanto que ver con el mundo de las raves como Lou Reed.

Lo malo de Richard James/Aphex Twin es que está tan obviamente saturado de talento que al final terminamos sintiéndonos felices de invitarlo a casa. Un tipo exótico, pero bien educado. No lo entendemos muy bien (al final, ¿qué lenguaje maneja?), pero sabemos que podemos invitarlo sin que nos arruine la alfombra o la reputación. Después de haber trabajado con Philip Glass (un buen punto) y Gavin Bryars (bonus track) bien podría, sin demasiados problemas, apartarse por completo del mundo del tecno, con el que no tiene excesiva relación. Y sin embargo nunca lo hizo. Mientras reivindicaba las raves, las drogas, la computadora y todo el asunto electrónico, Richard James nunca intentó dar explicaciones. No vamos a hacerlo en su lugar.

Christian Perrot

[publicado en la revista Los Inrockuptibles Nro. 7, enero de 1997]