| MARÍA,
MISTERIO DE AMOR
Los sermones marianos de Mons. José Antonio Roca y Boloña Martín Scheuch Pool
(1990)
Durante la segunda mitad del siglo pasado la presencia católica se hizo sentir en el Perú a través de una serie de iniciativas que aunaron los esfuerzos de laicos comprometidos y de presbíteros y obispos, quienes veían como una necesidad primordial evangelizar el ámbito social en que se movían. Sería muy largo describir estas iniciativas, que cristalizaron en diversas asociaciones y obras de bien social. Cabe destacar, sin embargo, la fundación de varias publicaciones periódicas que buscaron difundir el pensamiento católico, y que tuvieron amplia difusión en su época. Como figura importante del periodismo católico en el Perú del siglo XIX tenemos precisamente a Mons. José Antonio Roca y Boloña, quien destaca también por otras múltiples cualidades: por sus dotes de orador —que le facilitaba el hacer llegar la Palabra de Dios a los corazones—, por el ejercicio ejemplar de su ministerio sacerdotal, por su intensa labor social —buscando aplicar los principios del Evangelio— y por su abnegada labor patriótica en momentos difíciles para la comunidad nacional. Lamentablemente, se ha dado muy poca
atención al pensamiento mismo de Roca y Boloña, plasmado
en una ingente cantidad de artículos y en sus piezas de oratoria.
En este artículo intentaré una presentación sucinta
de una parte de ese pensamiento, el que encontramos en los sermones sobre
la Virgen María. Pero antes de desarrollar el tema propiamente dicho,
valdría la pena presentar los principales datos biográficos
del prelado peruano.
MONS. JOSÉ ANTONIO ROCA Y BOLOÑA: VIDA Y OBRA Nació en Lima el 12 de noviembre de 1834. Sus padres, Bernardo Roca y Teresa Boloña, habían residido, antes de trasladarse a Lima, en Guayaquil, donde aquél había desempeñado el cargo de cónsul general de los Estados Pontificios. Miembro de una familia piadosa y acaudalada, José Antonio Roca y Boloña ingresó en 1847 en el Colegio de Guadalupe, donde destacó en los estudios, con una marcada preferencia por los cursos de Letras, y particularmente por la Filosofía. Terminados sus estudios, comenzó
a trabajar como colaborador de su padre en la casa mercantil que éste
llevaba, pero pronto, sintiéndose llamado a la vocación sacerdotal,
ingresó en el Seminario de Santo Toribio. Este era por entonces
un centro de efervescencia intelectual: allí estudiaban no sólo
los postulantes a las órdenes sagradas, sino también los
hijos de las familias notables de la época. Estudiaron allí
personajes como Nicolás de Piérola, Manuel González
Prada y Manuel Tovar, amigo de Roca y Boloña y futuro arzobispo
de Lima.
Fue promotor de la prensa católica, colaborando en publicaciones como «El Católico» (1855-1860) —fundado por Bartolomé Herrera— y «La Sociedad» (1870-1880), de Don Pedro Calderón. Junto con Manuel Tovar, fundó «El Progreso Católico», en 1860, y «El Bien Público». Esta publicación, aparecida por primera en 1865, dejó de editarse en 1866 debido a un incidente con la autoridad política. Bajo influencias liberales, se promulgó un Reglamento de Policía que prohibía, en uno de sus artículos, que se sacara el Santo Viático por las calles la ciudad, ocasión en que el pueblo fiel, con una vivencia intensa de la piedad eucarística, acompañaba con palio, campanillas y acompañamiento de música al sacerdote que llevaba la comunión a un enfermo El arzobispo Goyeneche hizo oír su protesta ante esta medida por intermedio de Mons. Tordoya, Deán del Cabildo, y el Presidente y Dictador General Mariano Ignacio Prado suprimió el artículo. Sin embargo, la protesta de los redactores de «El Bien Público» continuó y se hizo extensiva también a otros artículos que iban contra la Iglesia. La respuesta gubernamental fue esta vez el aprisionamiento de Roca y Boloña, Tovar y otros tres párrocos diocesanos que también elevaron su voz de protesta. Embarcados en una nave de guerra en el puerto de El Callao, iban a ser enviados al destierro, cuando el arzobispo Goyeneche intercedió por ellos ante Prado, logrando que se les devolviera la libertad. Pero esto significó el cierre definitivo del periódico católico, cuyo último número lleva fecha del 17 de junio de 1866. Sin embargo, conociendo por estos sucesos la firmeza de Roca y Boloña en la defensa de la fe, el por entonces Presidente del Ecuador, Gabriel García Moreno, lo propuso para el obispado de Guayaquil, ofrecimiento que él declinó. Realizó junto con su amigo, el diácono Manuel Tovar, un viaje a Roma, donde se entrevistó personalmente con el Papa Pío IX, quien lo nombró prelado doméstico suyo. De regreso al Perú, siguió desempeñando su ministerio sacerdotal. En 1870 le fue confiada la Provisoría de la curia eclesiástica. Durante el gobierno de Manuel Pardo fue designado miembro de la comisión encargada de elaborar el Reglamento General de Instrucción. En el desempeño de este cargo, logró evitar que los bienes del Seminario pasaran a la Caja de la Universidad. Discrepancias con el gobierno y con otros miembros de la comisión lo llevaron finalmente a retirarse de ella. La Guerra del Pacífico (1879-1883), entre Perú y Chile, fue una de las circunstancias históricas que más le permitieron hacer brillar su abnegado valor y su inquietud por la justicia y el amor cristiano. Preocupado por la suerte de los heridos en batalla, organizó las ambulancias de la Cruz Roja; al frente de este servicio, no vaciló en protestar ante el Comité Internacional de la Cruz Roja en Suiza por el atropello cometido por los soldados chilenos al atacar los hospitales de sangre en la batalla de San Francisco (noviembre de 1879), contraviniendo así el derecho de guerra. Debido a su enérgica denuncia de ésta y de otras injusticias que pisoteaban el respeto debido al vencido, cuando el ejército chileno ocupó Lima (enero de 1881), Mons. Roca y Boloña optó por refugiarse en la serranía para evitar las represalias en su contra. Con la firma del Tratado de Paz de Ancón (20 de octubre de 1883) y el retiro de las tropas chilenas de la capital peruana (enero de 1884) pudo regresar a Lima. Convocado al Congreso Constituyente para aprobar la paz, fue elegido diputado por la capital; partidario de la paz, aun a costa de un doloroso sacrificio, hizo que los ánimos se resignaran a la cesión de territorio peruano que eligió el vencedor. En 1886 le fue conferido el cargo de presidente de la comisión encargada de preparar las celebraciones del tercer centenario del nacimiento de Santa Rosa de Lima. El 30 de abril de 1886 pronunció un sermón panegírico de la santa limeña, donde, además de presentar unas hermosas y profundas reflexiones sobre el misterio de la Encarnación, alienta a los peruanos a sobreponerse a la adversidad de un país material y moralmente deprimido por la guerra, buscando apoyo en la fe y confiando en la intercesión de quien fuera la primera flor de santidad de América. En 1892 se fundó en Lima el Colegio de Santo Tomás de Aquino, siendo su primer rector Roca y Boloña. Este, durante el acto de inauguración, pronunció un monumental discurso apologético del Doctor Angélico. Al año siguiente obtuvo la canongía teologal de Lima, y en 1898 el presidente Nicolás de Piérola lo promovió al cargo de dignatario del Cabildo de Lima. Ese mismo año, el 8 de diciembre, pronunció su último sermón, en la ceremonia de imposición del palio arzobispal a su antiguo amigo, Mons. Manuel Tovar. Retirado de toda actividad pública, consumido por la vejez y completamente ciego desde 1906, murió el 29 de julio de 1914. Mons. Roca y Boloña es recordado como un orador de gran categoría. Son memorables su Discurso sobre la palabra, leído en la sesión inaugural de la Academia correspondiente de la Real Academia Española en el Perú, de la cual fue miembro; sus diversas Oraciones fúnebres, especialmente las pronunciadas durante la misa de exequias de José Gálvez —personaje ilustre muerto en el Combate del 2 de Mayo (1866)—, los que fueran Presidentes de la República José Balta y Manuel Pardo, y el contralmirante Miguel Grau, muerto heroicamente en el Combate de Angamos (8 de octubre de 1879) en la Guerra del Pacífico y de quien fuera amigo cercano; sus sermones en el 42° y el 50° aniversario de la Independencia del Perú, en el primero de los cuales desarrolla el concepto cristiano de libertad, examinando en el segundo los principios que confluyen al engrandecimiento de una nación: unidad, orden y sacrificio. Son también numerosos sus panegíricos en honor al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen María y a los santos, en particular a aquellos que florecieron en suelo peruano: Santa Rosa de Lima, San Francisco Solano y Santo Toribio de Mogrovejo. Las más importantes de sus piezas oratorias, junto con varios de sus escritos, aparecen recopiladas en un voluminoso libro que lleva el título de Verba Sacerdotis1. Sería interesante realizar una investigación para reunir las piezas oratorias que han quedado excluidas de esta recopilación —y que en su época circularon impresas en folletos— y la gran mayoría de sus artículos periodísticos dispersos en varias publicaciones, con el fin de recuperar un testimonio importante del pensamiento católico en el Perú del siglo XIX. Más aún cuando Roca y Boloña parece haber sido una persona de privilegiada capacidad intelectual, según el testimonio que nos ha dejado un amigo y admirador suyo, Gonzalo Herrera, en un artículo necrológico: «La conversación de Mons. Roca era interesantísima. Su erudición literaria, su ciencia teológica; su ilustración general, su memoria privilegiada, su sencillez y su virtud cautivaban fácilmente»2. Y sobre las dotes oratorias del predicador limeño, que constituían medio adecuado para hacer llegar al corazón de los oyentes una doctrina profunda y elevada, dice el mismo G. Herrera: «La declamación de Mons. Roca era también, como la de Bossuet, bastante original. No era, si se quiere, todo lo artística que pudiera haber sido; pero era particular. Cierta nerviosidad tan natural en él ...; cierto entusiasmo como repentino que se apoderaba de él; cierto agitamiento fonético que empleaba en las partes solemnes del discurso; cierta majestad en su aspecto y un tino especial para dar a cada palabra la entonación correspondiente; unción sobre todo y grave recogimiento sacerdotal que, precedidos de la buena reputación de Mons., hacían ratificar la máxima retórica: "el orador es el hombre de bien dotado del don de la palabra"»3. Se puede encontrar en los sermones de Mons. Roca y Boloña algunas aproximaciones teológicas interesantes que, si bien no son totalmente originales, si hablan de una asimilación profunda, reflexiva y meditada de los misterios de la fe. Recordemos que Roca y Boloña fue formador de seminaristas y profesor de teología. Lo interesante de sus sermones en este aspecto no es tanto el aspecto sistemático, sino más bien la presentación de una doctrina en forma pastoral y apuntando a la vivencia y puesta en práctica de la Palabra. Es por eso que más que de exposiciones de teología, podemos hablar de piezas de espiritualidad, de una teología predicada para ser vivida. ¿Cuáles eran las fuentes que utilizó para elaborar el contenido de sus prédicas? Habría que realizar una amplia investigación para determinar esto. Lo único de que dispongo por ahora son algunos indicios muy generales. En esa época se vivía en Lima bajo el influjo cultural de Francia. Mons. Roca y Boloña dominaba a tal punto el francés, que tenemos entre sus piezas oratorias una Oración fúnebre de los hijos de Francia muertos en el Perú, pronunciada totalmente en el idioma galo. En el Seminario de Santo Toribio se enseñaba el francés, probablemente porque una gran parte de los libros de teología que se utilizaban para la enseñanza estaban escritos en esa lengua. Incluso el mismo Roca y Boloña recomienda al clero y a los fieles laicos, en nota a pie de página del texto de su Oración fúnebre del presbítero Dr. Dn. José Mateo Aguilar, la lectura de las obras de un autor francés, el abbé H. Dubois: Pratique du Zéle Eclesiastique, Le Saint Pretre, Le Guide des Seminaristes et des Jeunes Prétres y La Pratique du Christianisme. La reiteración constante del término de Verbo Encarnado, su concepción del amor como anonadamiento, así como las ideas eje de sus sermones marianos, nos harían pensar en cierta influencia de la Escuela Francesa de espiritualidad, que podría haberle llegado a través de sus lecturas francesas. Pero es todavía algo que debe ser determinado por una investigación más minuciosa. Este artículo se centra precisamente
en los sermones marianos de Roca y Boloña, pues hemos encontrado
en ellos algunas semejanzas con la doctrina mariana del Concilio Vaticano
II, junto con otras particularidades que hablan de la vivencia de una piedad
mariana bastante profunda. Definitivamente, la importancia de este hecho
radica en que estos sermones de Roca y Boloña pueden ser considerados
como un testimonio vívido de la espiritualidad mariana que se enseñaba
al Pueblo de Dios en estas tierras, formando así la conciencia creyente
de los fieles. Indica también la presencia de una mariología
profunda y meditada, que se adelanta a la luminosa conciencia mariana que
encontró expresión en el capítulo VIII de la Lumen
gentium.
MARCO REFERENCIAL: EL PLAN DE DIOS Y EL MISTERIO DEL VERBO ENCARNADO La función de María sólo cobra sentido dentro del contexto del Plan de Dios y, particularmente, en la asociación a los misterios del Señor Jesús, su Hijo. Por ello, en toda mariología se hace necesario un previo examen del tema del Plan divino y de sus líneas fundamentales para poder determinar mejor el rol cooperante de María en la obra de la Reconciliación salvífica. Las reflexiones de Roca y Boloña sobre este punto, diseminadas en varios de sus sermones, mantienen cierta unidad, poniendo como misterio central del Plan de Dios el acontecimiento de la Encarnación del Verbo, por medio del cual la humanidad es elevada a la posibilidad de participar de la naturaleza divina. Así, habla del «plan eterno de sublimar al hombre, por la unión hipostática con el Verbo, que "es el resplandor del Padre"»4, del «sacramento, escondido en sus arcanos [de Dios], de la Encarnación del divino Verbo en el seno de María, y el engrandecimiento de la naturaleza humana, elevada hasta el parentesco divino (2 Pet. c. 1, v. 4) en la persona de Cristo, del unigénito del Padre, que se hizo hombre, como dice San Agustín, por que el hombre fuera Dios (Factus est deus homo, ut homo... [San Agustín. — Sermón 13. de Tempore])»5. La Encarnación posee, pues, un movimiento ascensional, por el cual el hombre es deificado en Cristo. La restauración y elevación de la naturaleza humana en Cristo comienza en el momento mismo de la Encarnación para no tener ya nunca fin6. En Cristo se realiza de un modo perfecto la unión de lo humano con lo divino. Roca y Boloña ilustra esto con la imagen de la oración: «... la oración ... "es la elevación del alma humana a Dios", que puede llegar hasta elevar el cuerpo, espiritualizándolo, y estrechar tanto las distancias entre el espíritu creado y el espíritu divino, que alcance el estrecho abrazo de la unión.En otra parte dice que el Verbo de Dios se anonada y asume un corazón humano haciéndolo templo de la humildad8, para así elevar al hombre a la participación de la naturaleza divina. La Encarnación aparece así como el centro de un doble movimiento: uno descendente —por el cual Dios se hace hombre— y otro ascendente —por el cual la naturaleza humana puede «deificarse»—. Pero ¿cómo se encuadra el mal que constituye el pecado dentro del Plan divino? Según Roca y Boloña, la culpa original estaba prevista en el designio divino, aunque no deseada positivamente. Haciéndose eco de la frase «¡Oh feliz culpa la de Adán!» de San Agustín, afirma que Dios permitió el pecado de nuestros primeros padres para hacer luego resplandecer su gloria y su sabiduría en la reparación de la culpa. En fin, que Dios permite el mal —y qué mayor mal que el pecado— para de ahí sacar un bien —y no hay mayor bien que la comunión con Dios a la que somos elevados por obra del Verbo Encarnado—9. El misterio del Verbo Encarnado no solamente eleva al hombre, sino que destruye la separación que había surgido entre Dios y el hombre por causa del pecado: «... Dios ha querido bajar hasta el hombre, en uso de su misericordia, y ha elevado al hombre por su omnipotencia. Al tomar un corazón humano, ha aproximado las distancias, casi ha puesto en igual latitud la tierra y los cielos, porque ha tenido en cuenta que el hombre de pecado es más débil para emprender el camino, desde que el hombre inocente perdió con la inocencia la fuerza y el valor»10.El Corazón de Jesús es la más excelsa manifestación de la unión de lo divino con lo humano, de lo infinito con lo finito11. Es el corazón de un hombre, y es el corazón de Dios; y ahí se manifiesta la energía unitiva del amor. El Corazón de Jesús, es, pues, «la síntesis más perfecta de la caridad Divina, que es el agente del Augusto Misterio de la Encarnación»12. Este amor encuentra su manifestación más grandiosa y sublime en la Cruz, donde Cristo se ofrece voluntariamente a sí mismo en sacrificio para satisfacer por los pecados de los hombres. Explicando este misterio, Mons. Roca y Boloña pone (como comentario al texto de Heb 10, 6-7) las siguientes palabras en boca del Verbo: «... yo me haré hombre, y satisfaré por el hombre; como hombre padeceré, y mereceré como Hombre-Dios. Viador y Comprehensor a un mismo tiempo, por la unión hipostática, me ofrezco voluntariamente para reconciliar el polvo con la gloria, la tierra con el cielo, la criatura con su Criador, lo finito con lo Infinito»13.Por lo tanto, Cristo es «la Víctima de reconciliación y de paz»14, el Cordero cuya inmolación es «expiación grandiosa que el hombre no pudo soñar, y que el Señor le prometió al reconciliarlo consigo, después de la primera culpa, cuando, al maldecir a la serpiente, le anunció "que pondría enemistad entre su raza y la raza de la mujer, y que ésta aplastaría su altanera cabeza" (Génesis, Cap. III, v. 15)»15. Cristo «ofreció en el Calvario, delante de las ruinas del mundo, un sacrificio de Reconciliación entre el Cielo y la tierra»16. La evocación de esta escena del Calvario, con María al pie de la Cruz, hace exclamar al predicador: «Mirad. ¡La eternidad queda aprisionada por el tiempo, mientras que el cielo se reconcilia con la tierra!»17 MARÍA EN EL PLAN DE DIOS En este contexto, María aparece colaborando activamente con Dios en la obra de reconciliación de los hombres: «Dios se ha propuesto salvarnos a toda costa: pecamos en Adán y nos dio un Redentor; y, previendo nuestras ingratitudes para con él, nos dio a María, cuyo patrocinio debe alcanzarnos de ese Redentor la virtud, la fuerza necesaria para reconciliarnos con El»18.María constituye por eso una esperanza para la humanidad pecadora, y esto desde los albores de la historia, cuando les fue prometido a nuestros primeros padres un Mesías que borraría la enemistad con Dios, ocasionada por el pecado. «Ella ha sido ... anunciada como un signo de reconciliación en el paraíso» —dice Roca y Boloña19. Esto se manifiesta también de forma patente cuando ella sufre junto con su Hijo en el momento del Calvario, a tal punto que la penetración en este misterio de amor le arranca al predicador estas palabras cargadas de inmensa ternura: «Dime, paloma de la reconciliación: ¿por qué tus alas están salpicadas de sangre? ... Las fibras de tu corazón destrozado han preludiado un cántico de reconciliación»20. Todo esto es expresión de la verdad de que María ha cooperado libre y activamente en la obra de la Redención, lo cual es enunciado de manera explícita por Mons. Roca y Boloña, con una conciencia clara de este misterio: «Es una verdad católica que la Santísima Virgen ha cooperado libremente a los misterios de la gracia, que comprende la obra de la Redención. El fundamento de esta verdad es que Dios ha manifestado claramente que había dispuesto salvar al hombre de la misma manera que se perdió. La ruina del género humano fue obra de la libertad de un ángel malo y de Adán y Eva prevaricadores, en un huerto de triste recuerdo. Y la reparación de esta ruina debía ser obra de un buen ángel, de un Adán y de una Eva de mejor creación. He allí el porqué de la embajada de Gabriel, de la libre aceptación de María y de la muerte voluntaria de Jesús en un árbol, que desde entonces, sólo ha dado frutos de vida eterna»21.Mons. Roca y Boloña busca también resaltar el significado de la libre aceptación por parte de María. Si ella es "llena de gracia", no lo es solamente por los dones que Dios le ha dado, sino también por haber aceptado el ofrecimiento de Dios a cooperar en su Plan con un acto libre de su voluntad: «No es extraño, pues, que el ángel la llame llena de gracia. Si tomamos su salutación en un sentido natural, es sobremanera exacta: Dios está con María, porque Ella no ha perdido la inocencia; María está con Dios, no sólo porque como criatura puede apartarse de su dominio, sino también por un acto libre de su voluntad — por la gravitación de toda alma pura hacia su Autor, que es su principio extrínseco por la creación, y su Padre por adopción»22.
En la práctica de las virtudes, en sus prerrogativas, en su «ministerio de Madre»23, la figura de María esta asociada al misterio de Dios Trino. Mons. Roca y Boloña desarrolla este aspecto de su doctrina mariana en un interesante paralelo de analogía, partiendo de tres virtudes que quiere destacar en María: la humildad, la pureza o virginidad y la caridad. Sus reflexiones despliegan una gran amplitud, incluyendo no sólo afirmaciones morales sobre estas virtudes, sino también sus implicancias teológicas en relación a la maternidad y a la virginidad de María. Son extensos los momentos en que, con palabras transidas de admiración, se dedica a ensalzar la humildad de «la esclava del Señor». María es la «Reina de la humildad»24, que dice sí a lo que Dios le propone por intermedio del ángel Gabriel, convirtiéndose así en «EVA de otra creación»25. Para expresar el significado profundo del sí de María, Roca y Boloña recurre a imágenes poéticas, poniendo en labios de Gabriel, a manera de comentario al mensaje divino, las siguientes palabras, dirigidas a María: «... cielo profundo por la humildad, suspendido sobre el profundo abismo, que cavó la soberbia del ángel [malo]: la luz de tu Sol [el Verbo] va a cegar de rabia a esos espíritus ingratos. Di una palabra, pronuncia unfiat, y esa luz brotará a torrentes para bañar la creación. Lo que hizo el poder del Padre, hará en ti la humildad»26.Esta visión profunda de las implicancias del fiat de María —doctrina que encuentra sus fuentes más remotas en los Padres de la Iglesia— es presentada de forma más enriquecida cuando Roca y Boloña se remite más allá del acto por el cual Dios crea todas las cosas, y relaciona la respuesta de la Madre de Dios con aquel otro acto por el cual el Padre pronuncia y engendra la Palabra eterna, el Hijo. La generación del Verbo y su concepción en el seno de María, en cuanto obras divinas, tienen una cierta semejanza. Igualmente, hay también una semejanza respecto a las propiedades de integridad (permanencia en un mismo ser, sin perder la pureza primordial) y fecundidad (comunicación del ser) que se dan en Dios, lo cual se traduce humanamente en María como virginidad y maternidad, o, como enuncia Mons. Roca y Boloña, indicando así la inseparabilidad de estas prerrogativas, como virginal fecundidad. Después de desarrollar la doctrina que aquí hemos sintetizado, el predicador aplica esta última fórmula tanto a la Trinidad como a María: «[el Verbo] es engendrado en la eternidad por el entendimiento del Padre, y concebido en el tiempo por la voluntad de la Madre: es la palabra de Dios, porque es su Verbo, es la palabra de María, porque encarna en ella, cuando sus labios pronuncian fiat. Esta generación asombrosa sólo puede realizarse en la eternidad, por la virginal fecundidad del que Es; y, en el tiempo, por un triunfo de la eternidad, que encadena los siglos presentes y futuros, postrándolos a los pies de María, les dice: partid, el prodigio está hecho. Dios ha fecundado un seno puro para que eso lo admiréis siempre como el seno de una Virgen...»27En otro lugar, Roca y Boloña hace un desarrollo algo más extenso de esta doctrina. Refiriéndose a la «virginidad fecunda», dice que «su tipo está en Dios; su imagen en María»28. Esto se da en la Trinidad de la siguiente manera: el Padre engendra al Hijo, sin sufrir detrimento en su ser, pero comunicándole todas las perfecciones posibles. A su vez, el Hijo, igualmente fecundo, produce en unión con el Padre, y sin perder ninguno de los dos nada de su integridad personal, al Espíritu Santo, que une en relación de Amor al Padre y al Hijo. Todo esto "ocurre" desde toda la eternidad; el Hijo es siempre engendrado, y el Espíritu Santo expirado; hay una constante "producción" de ser, una fecundidad ilimitada, pero sin disminución ni degradación de ser. En este sentido es que Roca y Boloña asume la frase de San Gregorio Nacianceno que dice que «la primera Virgen es la Trinidad Beatísima» y la complementaria de San Ambrosio de Milán que enuncia: «la segunda Virgen es María». Y por el hecho mismo de ser Virgen, es apta para reflejar en el tiempo la fecundidad trinitaria, haciéndose Madre de Dios. «Lo que el Padre celestial produce contemplándose en la eternidad es producido por María, mientras que contempla en el tiempo. Ella es propiamente Madre de Dios Hijo. [...] Por eso la maternidad de María es divina, Ella ha dado cuerpo en el tiempo al que Es desde la eternidad. Y así como el Padre no ha amenguado su Ser, al engendrar a su Verbo, la Virgen María conserva la integridad del suyo, que había ofrecido a Dios en buena hora, y sólo acepta el honor de la maternidad, cuando el Ángel le asegura que su pureza se conservará espléndida, por la acción de la Trinidad inefable, cuyo tabernáculo en la tierra es la castísima María»29.Roca y Boloña concluye, pues, que «su virginidad fecunda la asemeja a Dios; y su virginal fecundidad la asociará con Dios»30, refiriéndose en la primera parte de la frase a la consagración que hizo María de sí misma, y en la segunda al momento en que ella acepta ser Madre de Dios. Y dice más aún que ella fue «profetizada Virgen y Madre para que la virginidad fuera la garantía de su maternidad divina»31. La virginidad de María, indesligable de su maternidad y a la cual —como virtud— le corresponde una actitud interior, alcanza en María una perfección inigualable por haber sido concebida libre de todo pecado. «... la virginidad corporal de la ínclita María, conciliándose con el carácter de Madre, anuncia la integridad virginal de su alma, compadeciéndose con el carácter de hija de un padre prevaricador. María es Madre y Virgen: ecce virgo concipier, et paret filium [He aquí que una virgen concibe, y da a luz un hijo]; y es Virgen siendo Madre, porque es Madre de un Dios»32.Todo esto se revela como un misterio de Amor inefable, en el cual resplandece la figura de María. Ella tiene una participación muy especial en el Amor de Dios. Si bien «toda caridad como toda vida desciende de Dios, que es su fuente»33, la receptividad de este don no es igual en todos. Y en la obra de la salvación, el amor de María por todos los hombres refleja de una manera muy especial el Amor del Dios trino. Mons. Roca y Boloña describe este hecho así: «La prueba óptima del amor, que Dios nos tiene, es, según el evangelista San Juan, la dádiva, que nos ha hecho de su Hijo: Sic Deus dilexit mundum, ut Filium suum unigenitum daret [Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito]. Y ¿no podemos decir de la ínclita María que ella ha amado al mundo, hasta darnos a su Hijo unigénito, que es el presente hecho por Dios a la tierra? ¡Oh! si el amor de Dios a los hombres se mide por esta dádiva de valor infinito: ¿qué decir de la caridad de María, que se asocia al Eterno Padre, para darnos, como El, el tesoro de su virginal fecundidad?»34Esta caridad de María encuentra una representación modélica en el momento de la presentación del Niño Jesús en el templo, donde ella ofrece a su Hijo, preanunciando así el ofrecimiento que hará de Cristo en el Calvario, para que se consumara el sacrificio redentor de la Cruz; el anciano Simeón le profetiza la participación en los dolores de la Pasión de su Hijo35. Con este ofrecimiento, se hace manifiesto el amor de María hacia los hombres, que es consecuencia del amor que le tiene a Dios y que envuelve toda su vida. «Si "Dios es el primero que nos ha amado", María es la segunda. Notad sólo que ese amor es fruto del que la une con Dios. Ella, como dice un venerable Obispo, "ha amado en Dios a su Hijo, y ha adorado en su Hijo a Dios". El amor es un acto de anonadamiento, al que se sigue la adoración; y la adoración es un acto de amor, que supone el anonadamiento. María es el amor que adora y la adoración que ama. Ama a Dios Padre como su Hija, ama a Dios Hijo como su Madre, ama a Dios Espíritu Santo como su Esposa: y estos tres amores son el vínculo que une el corazón de María con el corazón de Dios»34.
«... separad si podéis al Hijo de la Madre" —proclama Mons. Roca y Boloña37. Y es verdad que María está unida y asociada a la figura de su Hijo. Y esta unión se nutre en el amor, hasta el punto de que el predicador puede llegar a decir que la caridad ardiente identifica «en una sola aspiración el alma de Jesús y el alma de María, haciendo palpitar el corazón de la Madre con una palpitación armónica al corazón del Hijo ...»38 Hay tal unidad de amor entre Jesús y María, que son compartidas todas las dimensiones de la vida humana. Nada de lo que pasa por el alma del Hijo le es ajeno a la Madre; de igual manera, el alma de ésta es transparente para el corazón del Hijo. «... los corazones de Jesús y María no están separados: un solo afecto los une; sus alegrías y sus penas, sus desconsuelos y sus esperanzas son vínculos que los estrechan, no son límites que los apartan. Así los dolores de Jesús son los dolores de María: Dolor filiu erat dolor meus, quia cor filiu erat cor meum [El dolor del hijo era mi dolor, pues el corazón del hijo era mi corazón]; y la misma espada, que atraviesa el alma del Redentor, hiere el alma de su santa Madre»39.El amor maternal de María es entrega total a la persona de su Hijo. Siendo Madre de Dios, este amor reviste en ella un carácter absoluto, ausente en cualquier otra relación afectiva entre una madre y su hijo, que no puede hacerse absoluta sin menoscabar el amor que, en justicia, se le debe a Dios, al cual debe estar subordinado toda relación de amor. Sin embargo, en María es posible este carácter absoluto en el amor a la persona de su Hijo, pues éste es Dios. «Siendo su Hijo el mismo Dios, puede profesarle un amor sin límites: siendo Dios su Hijo el corazón paga, en un solo tributo, el de la gracia y el de la naturaleza. Estos dos amores no son dos corrientes, que pueden o no encontrarse en su término: son más bien un río caudaloso que brota de la fuente del corazón de María. Su amor es un culto perfectísimo, que nunca degenera, y que no encuentra límites, ni de parte del objeto amado, ni en sí mismo, pues aunque como criatura no es infinita en sus afectos, adquiere, en sentir de Santo Tomás, una especie de infinidad, por la sujeción a la voluntad divina»40.María centra su vida en la de su Hijo. Y por eso mismo su amor se dirige también hacia toda la humanidad redimida. Su especial asociación a los misterios de Dios por la maternidad divina tiene también consecuencias con respecto a todos los hombres. MADRE DE LOS HOMBRES María «es Madre de su autor, según la naturaleza, y madre de todos los hombres por la gracia» —afirma Roca y Boloña41. Planteando aproximaciones que se adelantan a las que aparecerán como telón de fondo en la mariología del Vaticano II, el prelado peruano enseña que la maternidad espiritual de María hacia los hombres le da el poder y la misión de auxiliarlos y guiarlos hacia Cristo. «... mientras que Ella reúna el título grandioso de Madre de Dios y el título de consuelo de Madre de los hombres, instituido por Dios mismo; y mientras que, siendo Jesús el camino para dirigirnos al Eterno padre, sea ella el camino para dirigirnos a Jesús, pedidle, católicos, confiadamente todas las gracias de que necesitáis en vuestra orfandad y miseria; más tardaréis vosotros en pedirlas, que Ella en obtenerlas»42.Por eso mismo, no duda, en otra ocasión, en alentar de manera semejante a su auditorio para que confíe en el amor maternal de María: «Señores: es inútil que me empeñe en probaros el amor de María a los hombres. Os llamáis sus hijos; y, al darle el dulce título de Madre, vuestro corazón no vacila, porque sabe que es prevenido y correspondido por su amor»43.Mons. Roca y Boloña fundamenta la doctrina de la maternidad espiritual de María en las palabras que Cristo les dirige a ella y al discípulo amado, presentes al pie de la Cruz (ver Jn 19,25-27); incluso llega a afirmar que los dolores que sufrió María al acompañar a su Hijo en su Pasión son los dolores de parto que le fueron ahorrados al darlo a luz, pero que ahora experimenta al dar a luz a todos los hombres44. Por intermedio de María la humanidad recibe la vida que había perdido a causa del pecado. Ella, Madre del Verbo Encarnado, participa en la donación de vida que realiza el Señor Jesús a la humanidad caída y privada de la vida eterna. «Se propuso el unigénito del Padre "traernos la vida, y una vida más abundante" y dar a todos los que la recibiesen "el poder de hacerse hijos de Dios". Pero, para realizar este designio de misericordia, unió hipostáticamente a su vida divina la vida humana, en el seno de María, demostrándonos con la realización de este misterio que por María recibiríamos la vida, y que, por tanto, en ella debíamos fincar nuestras esperanzas de vida eterna:in me omnis spes vitae [en mí toda esperanza de vida]. ... cuando reflexiono que la humanidad a quien María dispensa sus cuidados es la de Nuestro Salvador adorable, mi esperanza se hace más firme; porque, reconociendo en Jesús el principio de la vida humana reparada, como reconozco en el Padre Eterno el principio de la vida divina, creo que mis esperanzas de vida eterna no saldrán fallidas, si María, en quien reside toda esperanza de vida, es la garantía de su realización»45.Como Madre nuestra, María despliega hacia nosotros un constante auxilio maternal, buscando guiarnos, por los medios a su disposición, hacia la salvación. Roca y Boloña expresa esto diciendo que en ella se encuentra toda «la gracia del camino», en base a que ella ha recibido la plenitud de la gracia y a que está indesligablemente unida a su Hijo Jesús, el cual es el camino para dirigirse al Padre46. Esta «gracia del camino» que posee María consiste en «luz, vigor, refrigerio, alimento, guía, solaz, asilo para los caminantes, que, entre las angustias del tiempo, se dirigen a la ribera de la eternidad»47. Y si Jesús es el camino para ir al Padre, ella es «el camino para dirigirnos a Jesús»48. María tiene también toda «la gracia de la Verdad» por ser Madre del Señor Jesús, que es la Verdad. Por su íntima unión con El, también se puede decir que ella colabora activamente en darnos la Verdad49. Esto le da ocasión al predicador limeño para presentar a María como pedagoga de los hombres, realizando una acción educativa en el orden de la gracia. Dice, pues: «... en el orden de la naturaleza, nuestras madres han sido la fuente de la verdad para nuestra infantil inteligencia —ellas nos enseñaron a nombrar a Dios, y nos lo hicieron conocer con el dulce título de Padre—. En el orden sobrenatural, ¿quién sino María nos ha alcanzado los destellos de verdad, que han venido a aclarar nuestras dudas, a fijar nuestra incertidumbre, y a hacernos reposar tranquilos en la posesión del Bien supremo del alma, de aquel bien, que es su alimento en el tiempo y que será su recompensa en la eternidad?»50María es también auxilio en la vida espiritual, pues es «esperanza de fuerza para luchar impertérritos contra los enemigos que nos cercan, arrollarlos y ponerlos en fuga, entonando en el valle de los desterrados el himno hermoso de la victoria»51. Para conseguirnos la gracia que necesitamos, ella, «Reina de las virtudes»52, cuenta con sus ejemplos, que nos santifican, y su mediación, que nos es provechosa53. El cristiano encuentra así en María una poderosa ayuda, por lo cual Mons. Roca y Boloña no duda en llamarla «Madre de la santa esperanza»54. CONCLUSIÓN El pensamiento de este testigo excepcional del catolicismo decimonónico en el Perú, expresado en prédicas llenas de vitalidad, revela un trasfondo espiritual profundo y una piedad mariana intensa. Y si bien, hasta que no se determine cuáles fueron los fuentes de que bebió este pensamiento, no se puede decir que sea original, sí encontramos una reflexión meditada y vivencial de los misterios marianos. Incluso se puede afirmar que Roca y Boloña se inscribe entre los defensores de la maternidad espiritual de María, adelantándose así a la enseñanza que encuentra plasmación en la doctrina mariana del Concilio Vaticano II. Esperamos que futuras indagaciones sobre este pensador del catolicismo en el Perú amplíen el panorama de lo que actualmente se sabe, y contribuyan así a un mejor conocimiento de la historia del Pueblo de Dios en este Continente de la Esperanza.
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