EL CAMINO A LA VERDAD
El recorrido interior del Cardenal Newman

Martín Scheuch Pool (1990)
 

A cien años de su muerte, el Cardenal Newman se nos presenta como una figura de gran actualidad, que marca un derrotero que ha tenido influencia en los caminos seguidos por otros muchos católicos en su perspectiva de las verdades de la fe. Jean Guitton, pensador francés de profunda humanidad, está entre los que reconocen en Newman una fuerte influencia en su propia aproximación intelectual y existencial a la fe. Y es que el recorrido seguido por Newman desde las entrañas del anglicanismo hasta su adhesión plena a la fe íntegra, encontrada en el seno de la Iglesia católica, tiene ciertas peculiaridades, que nos dicen mucho a nosotros, hombres del siglo XX.

En nuestra época, tiempo de desorientación —intelectual, moral, emocional, práxica—, muy dado a considerar el fenómeno de la conversión desde el punto de vista emotivo, con arranques pasionales semejantes a los que podemos hallar en las euforias seudo-místicas de las sectas protestantes y afines, sorprende el testimonio de quien, si bien no careció de momentos emotivos en su búsqueda, desarrolló su camino más bien en un tono reflexivo, donde la razón, iluminada por la fe y la experiencia espiritual, lo fue conduciendo a través de los años, en un largo proceso de maduración, hasta la certeza interior de la fe dentro del Credo católico.

Ese recorrido, que constituye una vida, es para Newman la misma demostración de la verdad a la que fue conducido. No es por eso extraño que presentara la historia autobiográfica de sus opiniones religiosas con el nombre de Apologia pro vita sua. Lo cual nos lleva a esta otra característica: la aproximación lógica y racional a los misterios de la fe no es suficiente; se requiere de una experiencia del misterio en la propia vida. De ahí la desconfianza de Newman hacia las exposiciones que hacen del excesivo rigor lógico la fuerza de su demostración.

Sin embargo, no dejó de ser también un camino racional, pero de una razón humana que se dejó iluminar por la fe, para mantenerse ante todo en la verdad. Por eso mismo, vemos que la etapa anglicana de Newman se caracteriza por una reflexión intensa y un proceso de remoción de prejuicios para ir llegando a conclusiones sólidas, aunque ello le valiera la pérdida de prestigio en Inglaterra y la incomprensión de muchos.

John Henry Newman nació el 21 de febrero de 1801 en Londres, hijo de un modesto banquero de Cambridge. Su madre, de origen hugonote, le inculcó los principios del calvinismo dentro del contexto del dogma anglicano. Ya desde niño realizó una serie de lecturas que lo llevarían a desarrollar un interés intenso por los temas religiosos y relacionados con la historia de la Iglesia.

A los 15 años tuvo Newman lo que él designa como su conversión: adoptó un Credo definido, al cual determinó permanecer fiel. Influyó en ello la doctrina de la perseverancia final.

A los 15 se matriculó en el Trinity College, Oxford, y a los 17 ganó una de las becas para la Universidad, graduándose a los 19 años, llegando a obtener posteriormente el título de fellow (socio) del Colegio de Oriel. En 1824 y 1825 recibió las sucesivas órdenes sacerdotales y en 1828 fue nombrado párroco de la Vicaría de Santa María, en Oriel, cargo que desempeñó hasta 1843. En este ambiente, marcado por los principios del anglicanismo, desarrollaría Newman tanto su labor docente como la de reflexión y posterior publicación de sus escritos, dentro de lo que se denominaría Movimiento de Oxford.

La situación que dio origen a este movimiento de renovación se halla en el liberalismo religioso que vaciaba de su carga de misterio los principios doctrinales del anglicanismo que eran fieles a la fe de la Antigüedad cristiana. Esto fue sentido como un factor negativo por Newman y otros. La falta de una autoridad segura que salvaguardara los contenidos esenciales de la fe dio lugar a que doctrinas luteranas y calvinistas, sin ningún sustento en la Tradición, tuvieran «carta libre» dentro de la reflexión teológica en la iglesia de Inglaterra. Newman, quien en algún momento estuvo bajo la influencia del principio liberal, se apartó muy pronto de él, debido a la captación clarividente de las consecuencias nefastas a las que llevaba la vivencia religiosa. El relajamiento en la fe que se estaba introduciendo en muchos teólogos anglicanos de Oxford le motivó, junto con amigos de gran nobleza de pensamiento y acción, como Juan Keble y Hurrel Froude, a la lucha por una fe que se basara en principios sólidos, fundados en la Tradición recibida. Fue por entonces que Newman intensificó su estudio de los Padres de la Iglesia y ejerció un fecundo apostolado espiritual sobre sus alumnos.

El Tract Movement («movimiento de los folletos», en traducción literal) o «Movimiento de Oxford» comenzó con un sermón predicado por Juan Keble en 1833 —National Apostasy («Apostasía nacional»)— denunciando las desviaciones doctrinales en las que había caído gran parte de la iglesia anglicana por la introducción de los principios liberales del protestantismo. El Movimiento estaría animado por la publicación periódica de los Tract for the Times («Folletos para los tiempos»), redactados muchos d ellos por Newman, donde se tocaban temas relacionados directamente con la fe. Estos escritos suscitaron un interés polémico en los miembros de la iglesia anglicana.

Las ideas que Newman proponía las agrupaba bajo el nombre de Via media, es decir, un camino intermedio entre el protestantismo liberal y la Iglesia católica, a la que consideraba como preservadora de la verdad en lo esencial, pero que toleraba muchos errores y prácticas supersticiosas en su «catolicismo popular» y adolecía del defecto del papismo, considerado como un autoritarismo que cortaba la libertad de los fieles. En opinión suya, era muy negligente en lo que se refiere a la conservación de todos los principios religiosos de la Antigüedad. (Esta posición se iría atenuando con los años, hasta que el mismo Newman se vio ante la necesidad de abandonar la via media por no ajustarse a lo real: la iglesia anglicana era mucho menos fiel en cuanto a mantener las doctrinas de la Antigüedad cristiana, y los defectos de la Iglesia católica no alteraban lo esencial del depósito de la fe).

Los estudios de historia de la Iglesia (sobre los arrianos y los monofisitas) llevaron a Newman a una sana perplejidad: encontraba reflejado en esos tiempos lo que contemporáneamente sucedía entre la iglesia anglicana y la Iglesia católica; ésta última permanecía igual a sí misma, mientras que aquella ostentaba características y actitudes de los herejes antiguos.

Sin embargo, todavía había un largo camino que recorrer para Newman. Su ingreso en el catolicismo sólo cristalizó luego de una serie de decepciones personales. La primera fue la controversia suscitada por el Tract 90, último publicado por Newman, en el año de 1841. Era una interpretación de los 39 artículos de la Iglesia anglicana, en que se buscaba más que nada los puntos doctrinales de unión con Roma. No anulaba eso en Newman de su postura anti-católica, sino más bien afirmaba su deseo de sustentar la validez del anglicanismo, como un camino más puro que el seguido por Roma. Newman veía claro que no se podía llegar a una sólida declaración de principios y guardar una fidelidad al cristianismo de la Antigüedad (punto de toque de la autenticidad cristiana), si no se afirmaba a la vez todo lo que Roma había conservado, a pesar de sus «defectos». El tract fue condenado por los obispos anglicanos; incluso el mismo obispo de Newman lo censuró personalmente y le exigió que abandonase la publicación de sus famosos opúsculos, cosa a la cual Newman tuvo que acceder. Sin embargo, Newman nunca se retractó, pues consideraba que lo que el decía no iba en contra de la iglesia de Inglaterra.

Seguirían años de estudio y oración, en los que Newman vería derrumbarse los logros conseguidos por el Movimiento de Oxford. Muchos anglicanos, influidos por el movimiento de renovación religiosa suscitado por los tracts, no vieron otro camino para mantener su fidelidad a la fe que pasarse a la Iglesia católica, cosa que Newman todavía censuraba. Hasta que la crisis del anglicanismo y las constantes críticas de que era objeto —por seguir manteniendo una interpretación teológica en consonancia con la Antigüedad cristiana— lo hicieron desistir definitivamente de la via media y lo llevaron definitivamente hacia la Iglesia católica en el año de 1845. Una circunstancia que influyó en su decisión fue el hecho de que los anglicanos quisieran nombrar un obispo en Jerusalén que admitiera en su comunión a miembros de denominaciones protestantes que Newman consideraba como objetivamente heréticas.

Luego de ese paso decisivo, Newman estableció el Oratorio de Felipe Neri en Inglaterra. Posteriormente fue creado Cardenal por el Papa León XIII (mayo de 1879). Debido a las suspicacias de muchos polemistas anglicanos, y en concreto con ocasión de un ataque escrito por parte de un tal Mr. Kingsley, Newman se animó a describir su evolución doctrinal en el libro autobiográfico Apologia pro vita sua, para destacar la sinceridad de su camino personal y aclarar opiniones calumniosas sobre su anterior pertenencia al anglicanismo.

Otro escrito importante de Newman es su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, iniciado en los años de reflexión posteriores a su caída en desgracia, y que quedó interrumpido por su ingreso en el catolicismo. Es de sumo interés, puesto que ahí quedan resueltas las dudas que lo aquejaban, respecto a cómo podía ser la Iglesia católica la misma de los tiempos antiguos, dada la diferencia que se encontraba en muchas de sus manifestaciones actuales respecto a la Iglesia primitiva. En el libro intenta una explicación de cómo el dogma católico asume diferentes formas expresivas a través de la historia de la Iglesia, permaneciendo esencialmente igual. Esta obra resulta insoslayable en la exposición del tema de la evolución del dogma.

Quedan de él otras obras doctrinales, multitud de artículos y sermones, e incluso poemas religiosas, expresivos de su fina sensibilidad.

Newman murió el 11 de agosto de 1890. A su muerte hubo grandes manifestaciones de duelo en Inglaterra, incluso por parte de sus amigos anglicanos, con quienes se había reconciliado, a pesar de las diferencias de credo.
 

SELECCIÓN DE TEXTOS

Los textos aquí seleccionados expresan lo esencial del camino interior recorrido por Newman, y nos muestran una aproximación existencial a las verdades de la fe, alejada de toda elucubración abstracta innecesaria o inútil. El primero de ellos es parte de una breve reseña autobiográfica, escrita por el mismo Newman en tercera persona; nos muestra sucintamente el estado de sus creencias religiosas antes de su conversión.
 

 
[...] En 1821, año en que —conviene señalarlo— se mantuvo más adicto al credo «evangélico» y fue más estricto en el cumplimiento de sus obligaciones religiosas que lo había sido hasta entonces, preparó (a grandes rasgos) un bosquejo del proceso de la conversión tal y como lo entienden los «evangélicos» basándose en una serie de textos de las Escrituras y recorriendo las etapas de convicción de pecado, terror, desesperación, anuncio de una salvación total y gratuita, aprehensión de Cristo, sentido del perdón, seguridad de salvación, alegría y paz, y así hasta la perseverancia final; redactando después la siguiente Nota bene sobre su trabajo: «Si hablo de conversión lo hago con desconfianza, por verme obligado a usar la terminología de los libros. Porque lo que yo he sentido, desde que tengo uso de razón y me acuerdo, es tan distinto de lo que he leído, que no me atrevo a guiarme por lo que no puede ser sino un caso individual». Esto fue en 1821; transcribiendo el Memorándum en 1826, añade: «He escrito esto: juxta praescriptum. Sobre el problema en cuestión, la conversión, he de decir que no he sentido nada violento, sólo una vuelta, una renovación de principios, por el poder del Espíritu Santo, como ya había sentido, y hasta cierto punto hecho obrar, cuando era joven.»

Años más tarde solía considerar que su postura mental, la original y la más tardía, en lo que se refiere a las enseñanzas «evangélicas» de su juventud, servía para ilustrar lo que había escrito en su Essay on Assent sobre la compatibilidad de la indefectibilidad de las certezas auténticas con el fallo de las meras creencias que en un momento dado de nuestra vida teníamos por ciertas. «Podemos dar nuestro asentimiento», dice, «a un cierto número de proposiciones tomadas en conjunto, es decir, podemos hacer varios asentimientos a la vez; pero al hacerlo nos exponemos a poner en un mismo nivel, y a tratar como valores iguales, actos mentales que son muy diferentes unos de otros en carácter y circunstancia. Sin embargo, una religión no es una proposición, sino un sistema, un rito, un credo, una filosofía, una norma de conducta, todo a la vez; y aceptar una religión no consiste en un asentimiento simple o en un asentimiento complejo, en una convicción, o en un prejuicio, o en un mero acto de profesión, o de fe, o de opinión, o de especulación, sino que es un conjunto de todos estos varios tipos de asentimientos, unos de una clase y otros de otra; pero de todos estos diferentes asentimientos, ¿cuántos hay que sean del tipo que he llamado certeza? Por ejemplo: el dogma fundamental del protestantismo es la autoridad exclusiva de las Escrituras; pero al mantener esto, el protestante mantiene, además, explícita o implícitamente, una serie de proposiciones, y las mantiene con asentimientos de carácter distinto. Y, sin embargo, si se lo preguntasen, probablemente contestaría que estaba seguro de la verdad del protestantismo, aunque protestantismo quiera decir cien cosas distintas a la vez y él no crea con plena certeza más que en una de ellas.»

Aplicando estas observaciones a su propio caso, solía decir que, desde el gran cambio que se operó en él durante la adolescencia había mantenido siempre, considerándolos ciertos, cuatro puntos doctrinales, a saber, los de la Santísima Trinidad, Encarnación, Predestinación y «aprehensión de Cristo» luterana, y que de éstos, sólo los tres primeros, que son enseñanzas de la Religión Católica y que, como tales, son verdaderos y capaces de tomar indefectiblemente posesión de la mente y no hubieron en su caso de desvanecerse, y de hecho no se desvanecieron nunca, continuando impresos en él a través de todos sus cambios de opinión, hasta que se hiciera católico y después, mientras que el cuarto que, aunque él hubiese en tiempos creído que sí lo era, no es verdadero, y que no puede, por lo tanto, ser mantenido con certeza ni con promesa de permanencia, aunque él creyera que sí, se desvaneció de su espíritu en muy poco tiempo, como ocurre con una mera opinión o creencia errónea, e incluso, más bien podría decirse, que no fue mantenido por él desde el principio. Sin embargo, en su juventud, en lo que se refiere a su acción sobre él, él fundía esos cuatro puntos doctrinales en uno, transfiriendo la total convicción que sentía de la revelación acerca de las tres Personas de la Santísima Trinidad y de la economía divina de la salvación a la doctrina luterana de la justificación por la fe.

(de «Memoria autobiográfica»,en Escritos autobiográficos,
Taurus, Madrid 1962, pp.132-135)

El siguiente texto nos muestra la aproximación metodológica de Newman al misterio: no se trata de confiar exclusivamente en la razón, sino de utilizarla iluminada por la fe y de acuerdo a una experiencia espiritual auténtica.
 

 
...cuando algunas veces se me preguntaba si ciertas conclusiones no se deducían de un cierto principio, yo no podía decir de momento, sobre todo si la materia era complicada, si era por esta razón o por otra; porque hay una gran diferencia entre una conclusión en abstracto y la misma en concreto, y porque una conclusión puede ser modificada por otra, deducida de opuesto principio. Ahora bien, podía suceder que yo sencillamente me confundiese por la misma claridad de la lógica que se me había enseñado, y así daba mi sanción a conclusiones que no eran mías. Y cuando las conclusiones vinieron a mí por medio de otros, yo tenía que desdecirme.

Tampoco me gustaba ver que los demás se asustasen o escandalizasen por deducciones lógicas no sentidas, las cuales no les hubieran afectado hasta el día de su muerte, si ellos no hubieran sido obligados a compartirlas. Entonces yo sentí completamente la fuerza de la máxima de San Ambrosio: «Non in dialectica complacuit Deo salvum facere populum suum» [«no se complació Dios en salvar a su pueblo por la dialéctica»]. No tenía gran simpatía por la lógica del papel. Por lo que a mí respecta, no había sido la lógica la que me había conducido; por la misma razón que no puede decirse que la columna de mercurio del barómetro cambia el tiempo. Es el hombre concreto el que razona; pasados unos cuantos años, yo encuentro mi pensamiento en un nuevo sitio. ¿Por qué? Porque lo que se mueve es el hombre entero; la lógica del papel no es más que el registro del movimiento. Toda la lógica del mundo no me hubiera hecho moverme más aprisa hacia Roma de lo que lo hice. Tan perfectamente podrías haber dicho que yo había llegado al fin de mi viaje, porque estaba viendo ante mí la iglesia de la aldea; como podrías haber augurado que las millas que mi espíritu había debido recorrer antes de llegar a Roma podían ser anuladas, aunque yo hubiese tenido más clara visión de la que tenía entonces de que Roma era mi último destino. Los grandes actos llevan mucho tiempo. A lo menos, es lo que yo veo en mi propio caso. Por tanto, venirme a mí con métodos de lógica me parecía una provocación; y aun cuando yo nunca lo he demostrado, me dejaban indiferente respecto al modo de refutarlos; y me condujeron, como medio de suavizar mi impaciencia, a ser misterioso o incoherente, o a callarme por no poderlos refutar.

(de Apologia pro vita sua, Taurus, Madrid 1961, pp.190-191)

El peligro del racionalismo como factor corrosivo queda bien descrito en las siguientes palabras:
 

 
[...] ¿Quién será el antagonista para contener y aplacar la fiera energía de la pasión y el corrosivo disolvente escepticismo del entendimiento en la investigación religiosa? No tengo intención en absoluto de negar que la verdad es el objeto real de nuestro entendimiento; y que si éste no alcanza la verdad, o sus premisas o su razonamiento fallan. Pero yo no hablo aquí de la recta razón, sino de la razón tal como obra de hecho y concretamente en los hombres caídos. Demasiado sé que la razón por sí sola, cuando se aplica correctamente, lleva a creer en Dios, en la inmortalidad del alma y en una retribución futura. Pero yo estoy considerando el hecho histórico; y desde este punto de vista me parece que no yerro al decir que hay una tendencia natural a la incredulidad en materia de religión. No hay verdad, por sagrada que sea, que la pueda resistir a la corta o a la larga; y así, en el mundo pagano, cuando vino Nuestro Señor, las últimas huellas de los conocimientos religiosos de los primeros tiempos estaban a punto de desaparecer en aquellas porciones del mundo, donde el entendimiento había sido activo y había hecho su camino.

En estos últimos días, del mismo modo, fuera de la Iglesia católica las cosas tienden, con mucha mayor rapidez que en otros tiempos, por las circunstancias de los nuestros, al ateísmo en una forma u otra. En efecto, ¿qué panorama y qué porvenir presenta toda Europa en este momento? ¿Y no sólo toda Europa, sino todo Estado y toda civilización en el mundo, que están bajo la influencia del pensamiento europeo? Por lo que nos interesa a nosotros, ¡cuán triste es el espectáculo religioso, aun tomado en su forma más elemental y atenuada, que nos presentan los entendimientos cultos de Inglaterra, Francia y Alemania! Los hombres religiosos, amantes de su país y de su raza, aun los ajenos a la Iglesia católica, han buscado varios expedientes para detener la fiera y voluntariosa naturaleza humana en su carrera y someterla a una regla. La necesidad de alguna forma de religión para los intereses de la Humanidad, ha sido generalmente reconocida. ¿Pero dónde está el representante concreto de las cosas invisibles, que puede tener la fuerza y la efectividad necesarias para oponer un dique a este diluvio? Tres siglos hace que el establecimiento de una religión material, legal y social, se adoptaba generalmente como el mejor remedio para este propósito, en aquellos países que se separaron de la Iglesia católica. Durante un largo tiempo se logró el propósito; pero ahora las fallas de estos edificios dan entrada a los enemigos. Hace treinta años se confiaba en la educación; hace diez años había esperanza de que las guerras cesasen para siempre, bajo la influencia de las empresas comerciales y el reinado de las artes bellas y útiles. ¿Pero quién se atreverá a decir que hay en alguna parte de la tierra algo que nos dé un apoyo para contener este movimiento vertiginoso del mundo? El juicio que nos da la experiencia acerca de las instituciones o de la educación, como medios de mantener la verdad religiosa en este mundo anárquico, debe extenderse hasta la Escritura, aunque la Escritura sea divina. La experiencia demuestra, ciertamente, que la Biblia no sirve para un propósito para el cual no fue creada. Puede ser circunstancialmente el medio de conversión para algunos individuos; pero un libro, después de todo, no puede hacer frente al salvaje y vivaz entendimiento del hombre, y hoy se comienza a demostrar, por lo que se refiere a su estructura y su contenido, el poder de este disolvente universal, que tan eficazmente obra sobre las instituciones religiosas.

(de Apologia pro vita sua, pp.261-263)

Los fragmentos que vienen a continuación tocan temas teológicos, vistos desde la perspectiva existencial de Newman: Dios, el pecado, el hombre, la Iglesia.
 

 
...tengo tanta certidumbre [del ser de Dios] como de mi propia existencia, aunque cuando intento examinar los fundamentos de esta certidumbre y darle forma lógica, encuentro gran dificultad, tanto en el modo como en la forma. Tiendo mi vista por el mundo de los hombres, y veo una perspectiva que me llena de indecible tristeza. Parece que el mundo ha negado sencillamente esta gran verdad, de la cual todo mi ser se siente tan lleno. [...] Si no fuera por esa voz que habla tan clara en mi conciencia y en mi corazón, yo sería un ateo, un panteísta o un politeísta cuando contemplo el mundo. Hablo de mí mismo solamente. Estoy lejos de negar la fuerza real de los argumentos que prueban la existencia de Dios, formados de los hechos generales de la sociedad humana y del curso de la Historia; pero esos argumentos, ni me calientan ni me iluminan; no suprimen el invierno de mi desolación, ni hacen brotar los botones, ni crecer las hojas dentro de mí, ni regocijan mi ser moral. La vista del mundo no es más que el pergamino del profeta «lleno de lamentaciones, de llanto y de terror». El considerar el mundo en su largo y ancho, sus variadas historias, las múltiples razas de hombres, sus comienzos, su fortuna, su mutuo alejamiento, sus conflictos; después, sus modos de vivir, sus hábitos, gobiernos, formas de culto; sus empresas, sus carreras, sin objeto, sus adquisiciones y éxitos debidos al azar, la impotente terminación de cosas duraderas, las prendas tan débiles y tan rotas de un designio superior, la ciega evolución de lo que vienen a ser grandes poderes y verdades; el progreso de las cosas que parece venir de elementos irracionales, no hacia causas finales; la grandeza y la pequeñez del hombre, sus inmensas ambiciones, su corta duración, el telón que oculta su futuro; las desilusiones de la vida, la derrota del bien, los éxitos del mal, el dolor físico, la inquietud de la muerte, el prevalecimiento e intensidad del pecado, las extensas idolatrías, la corrupción, la espantosa irreligión, la condición de toda la raza humana tan terrible y exactamente descrita con las palabras del Apóstol «que no tiene esperanza y vive sin Dios en el mundo»; todo esto es una visión que aterra y enloquece y produce sobre el espíritu la idea de un profundo misterio que está absolutamente más allá de toda humana solución.

¿Qué diremos, pues, de este hecho tremendo que trastorna nuestra razón? Sólo puedo contestar que, una de dos, o no hay Creador, o esta sociedad humana está, en realidad, destituida de su presencia. [...] Si hay un Dios, puesto que lo hay, la raza humana está envuelta en una calamidad original. Esto está fuera de los propósitos de su Creador; esto es un hecho, un hecho tan verdadero como su existencia; y así, la doctrina de lo que se llama pecado original me parece tan cierta como que el mundo existe y como que existe Dios.

(de Apologia pro vita sua, pp.259-261)

 
 
[...] El hombre se ha rebelado contra su Creador. Esto produjo la intervención divina. Y proclamarlo debe ser el primer acto del mensajero divinamente acreditado. La Iglesia debe anunciar esta rebelión como el mayor de todos los males posibles. No debe darle cuartel. Si quiere ser fiel a su maestro, debe proscribirlo y anatematizarlo. [...] Precisamente, fue la intensidad del mal que se ha apoderado de la Humanidad, lo que hace necesario un antagonista proporcionado contra él; y el acto inicial de este poder divinamente comisionado, es, naturalmente, oponerse al enemigo y desafiarlo. Tal preámbulo, pues, da un sentido a la posición de la Iglesia en el mundo y una intervención a su entero curso de obrar y enseñar.

De igual manera, ella ha afirmado siempre, con la más enérgica claridad, aquellas otras grandes verdades fundamentales que, o son explicación de su misión, o dan a su acción un carácter determinado.

No enseña ella que la humana natura es incorregible; si fuese así, su misión no tendría objeto. No dice que debe ser sacudida y derribada, sino que debe librarse, purificarse, restaurarse; no enseña que es un conjunto de males irremediables, sino que tiene la promesa de grandes cosas; y aun ahora, en su presente estado de desórdenes y excesos, tiene una virtud y un mérito que le son peculiares. Pero, en segundo lugar, la Iglesia sabe y predica que tal restauración, tal como ella la entiende, debe ser llevada a cabo, no solamente por medio de la pública predicación y enseñanza, aunque sea la de ella misma, sino por un cierto poder espiritual interior o gracia, concedida directamente de arriba, que ella tiene en su poder. Su misión es rescatar la naturaleza humana de su miseria; pero no levantándola solamente a su propio nivel, sino elevándola más, a un nivel más alto que el que le corresponde. La Iglesia reconoce en la naturaleza humana una real excelencia moral, aunque degradada; pero no puede liberarla de la tierra si no es para elevarla al cielo. Para este fin se ha puesto en sus manos una gracia renovadora, y tanto por la naturaleza del don como por lo razonable del caso, la Iglesia va más adelante: insiste en que toda verdadera conversión debe empezar antes con los primeros brotes del pensamiento, y enseña que cada individuo debe ser, en su propia persona, un entero y perfecto templo de Dios, a la vez que es también una de las piedras vivas que componen una comunidad religiosa visible.

(de Apologia pro vita sua, pp.264-266)


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