| INTRODUCCIÓN
Dios es el Maestro por excelencia que se dirige a los hombres para instruirlos y para que lleguen al conocimiento de la sabiduría que salva y que lleva al hombre a la felicidad plena. «Muéstrame tus caminos, Yahveh, enséñame tus sendas. Guíame en tu verdad, enséñame, que tú eres el Dios de mi salvación» (Sal 25[24], 4-5). La palabra que Dios dirige a los hombres no solamente apunta al entendimiento, sino que involucra todo el ser del hombre desde su núcleo más íntimo. «Enséñame, Yahveh, el camino de tus preceptos, yo lo quiero guardar en recompensa. Hazme entender para guardar tu ley y observarla de todo corazón» (Sal 119[118], 33-34). La sabiduría que proviene de Dios, para poder ser comprendida adecuadamente, requiere ser objeto de meditación y reflexión hecha en espíritu de oración, es decir, en actitud de diálogo con Aquel que habla a los hombres. «¡Oh, cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal 119[118], 97). La catequesis de los primeros tiempos del cristianismo va a continuar esta aproximación orante a la Palabra de Dios que ya encontramos en el Antiguo Testamento, y va a buscar conducir a los catequizandos al encuentro con el Señor Jesús, a quien deben acercarse para obtener el perdón de los pecados y recibir la gracia de una vida nueva. «Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna» (Heb 4, 15-16). Siempre encontraremos en la enseñanza de la fe predicada por los Apóstoles un llamado a la conversión y a la conformación de toda la vida con la Palabra de Dios revelada en Jesús, Dios hecho hombre para salvación de los hombres. «...en él [Cristo] habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4, 21-24). Como ha sido desde los orígenes en la vida de la Iglesia, la catequesis ha de incluir no sólo el impartir las verdades de la fe de modo teórico, una exposición doctrinal del catecismo, sino también una apelación a las potencias humanas del catequizando, para que su fe se haga efectiva en todos los niveles de su existencia. Es decir, que las verdades de fe recibidas no sólo queden depositadas en su entendimiento, sin mayores incidencias en el resto de su existencia, sino que se hagan principios de vida que orienten no sólo sus criterios, sino también su modo de experimentar la realidad y de actuar sobre ella. El olvido de esta globalidad de la fe trae consecuencias negativas, puesto que la fe, al no verse confirmada por la vida misma, termina por convertirse en un esquema fosilizado, el cual fácilmente es abandonado por el catequizando a favor de otros criterios sustentadores de otras experiencias que le resulten más inmediatas y espontáneas, ya sea pecaminosas o de huida, ya sea las experiencias vitales que le brindan otras religiones o las diversas sectas de inspiración cristiana. Disponemos en nuestro medio, mal que bien, de programas catequéticos y de catequistas dispuestos a transmitir las enseñanzas de la fe católica, pero, por otra parte, constatamos la realidad de que esos esfuerzos no dejan muchas veces una vivencia enraizada y sólida que no abandone a los catequizandos al vaivén de otros credos y experiencias religiosas. Muchas de las dinámicas o actividades señaladas en los programas apuntan a resaltar valores puramente humanos, o a ilustrar de modo conductual la materia a enseñarse, pero pocas veces se incide en una práctica espiritual. Como consecuencia de ello, la dimensión vertical de la fe (relación con Dios y vida espiritual) no se integra de modo sintético y suficiente con la dimensión horizontal (relación con los hermanos humanos y acción de transformación del mundo), si es que no queda relegada como un referente teóricamente indispensable, pero no manifestado explícita y experimentalmente en la enseñanza. Una consecuencia frecuente de esto es lo que comúnmente se ha venido en llamar «divorcio entre fe y vida», es decir, la separación de la existencia en dos ámbitos diferenciados, que conviven en el individuo, pero sin integración ni síntesis, donde el ámbito más amenazado y deformado es el religioso, si es que no termina por perderse ante las incoherencias de la propia vida. Frecuentemente se ha querido solucionar el hiato entre fe y vida en la catequesis desde una perspectiva meramente metodológica, sin tener en consideración la naturaleza misma del dinamismo de la fe y de las verdades en las que ella se expresa. Cuando, en mi opinión, por encima de la cuestión metodológica, se sitúa la cuestión de la vida interior de los catequizandos que, junto con la enseñanza de la doctrina, debe ser educada de acuerdo a la naturaleza misma de la persona humana como ser hecho a imagen de Dios. La elección del tema corresponde no solamente a un interés personal por estar yo familiarizado con algunos de los puntos de la doctrina espiritual del P. Chaminade, sacerdote francés que ejerció su labor apostólica durante la primera mitad del s. XIX en Francia, sino también a un propósito de contribuir con los catequistas de nuestro medio con algunas consideraciones que pueden ayudarles a enfocar su trabajo catequético desde perspectivas, si bien no necesariamente nuevas, tal vez olvidadas o relegadas por diversos motivos. Siendo el P. Chaminade un precursor del apostolado laical, su doctrina espiritual —que aun no ha sido terminada de estudiar en todas sus posibles virtualidades— resulta atractiva y de actualidad. Su pedagogía de vida interior va dirigida particularmente a personas que, participando de un estilo de vida laical, buscan la propia santificación para poder transformar la sociedad en la que viven según los principios evangélicos. Me he ceñido al Método de Oración sobre el Credo, porque, además de sintetizar lo que Chaminade había madurado personalmente sobre la oración misma, implica algunos principios pedagógicos que se ajustan al dinamismo propio de la fe, y, por lo tanto, pueden ser utilizados para vivificar la catequesis y hacer de ella mucho más que la mera transmisión de doctrina. Esta tesis quiere ser un aporte para lograr una catequesis que no sufra de los defectos ya señalados, sino que conduzca a una interiorización espiritual de los contenidos de la fe y se manifieste en actitudes y acciones relacionadas directamente con ellos. Para ello, creo que la doctrina sobre la oración del P. Guillermo José Chaminade puede brindar una luz valiosa en este sentido. Si bien los escritos de origen chaminadiano aparecen reunidos en varios libros recopilatorios1, he preferido restringirme para el tema a los Escritos de oración, so pena de hacer demasiado extenso este trabajo. La referencia de la edición castellana es la siguiente:
Aunque el tema central lo constituye el Método de Oración sobre el Credo, cuyo texto mantiene cierto orden y sistema, he tenido que realizar una lectura cuidadosa del abultado volumen de los Escritos de Oración para poder desarrollar los temas anexos, particularmente los del segundo capítulo, trabajo bastante laborioso, puesto que he tenido que buscar un cierto orden dentro del desorden mismo que constituye la multiplicidad de textos sueltos que constituyen los escritos de Chaminade, unido a la falta de elaboración doctrinal sistemática. Creo haber logrado una presentación fiel del pensamiento chaminadiano en el tema que me concierne. A lo largo del desarrollo del tema he hecho mis propias apreciaciones, con el fin de sentar los principios según los cuales se pueda adaptar para nuestro tiempo lo que Chaminade proponía en el contexto histórico y cultural de la Francia postrevolucionaria del s. XIX. Espero que este aporte sea de utilidad
para la vitalización de la enseñanza de la fe exigida por
la nueva evangelización, que se presenta como una de las tareas
principales de la Iglesia frente a los signos de los tiempos en la actualidad.
NOTAS
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