CONCLUSIONES
 

El hilo conductor que ha guiado toda esta investigación ha sido contribuir a que la enseñanza de la fe que es la catequesis abarque todos los niveles que la misma fe implica en la persona, con el fin de proporcionar al catequizando los medios para ejercitarla, comenzando por el momento en que aprende sus contenidos doctrinales.

He intentado encontrar esos medios en el método que proponía el P. Chaminade en el siglo XIX para hacer oración mental con el Credo como materia. Pero mi investigación ha abarcado no solamente el estudio de un método particular, sino aspectos que tocan la fe a partir de sus presupuestos antropológicos. Había que comprender desde qué concepción de la fe —y, por lo tanto, también del hombre— partía Chaminade para plantear su método.

Si bien ideó su método sólo como una guía de oración para personas con una dedicación particular al apostolado, contenía elementos interesantes que podían ser adaptados dentro de una pedagogía catequética. Más aún, cuando lo que buscaba Chaminade era un diálogo de la persona con Dios a través de las verdades contenidas en el Credo; la persona, haciendo actos de fe dentro de la meditación de los artículos, se abre a la iluminación que le permite llegar a una verdadera interiorización de los contenidos. De este modo su corazón va comprendiendo la profundidad que contienen los enunciados de la fe, lo cual facilita una mayor apertura a los movimientos del Espíritu y la puesta en práctica de lo que la fe exige. Se podía encontrar aquí una veta interesante para hacer que los contenidos doctrinales de la catequesis desplegaran para el educando la profundidad de las realidades mismas que se hallan tras las palabras y lo abrieran al encuentro con Dios Trino y a una transformación de su vida a la luz de esa experiencia.

En mi opinión, el método de Chaminade recoge los elementos esenciales de una pedagogía de la fe, aunque deba ser purificado en algunos de sus presupuestos, como es su visión antropológica demasiado cargada en lo negativo de la situación del hombre en pecado, o en su prescindencia absoluta de la dimensión corporal del hombre en la oración.

Aunque lo propuesto aquí no busca ser la única manera de introducir la práctica de la oración en el proceso de la catequesis, creo que la actividad orante debe estar siempre presente de uno u otro modo. Se evitaría así muchas de las consecuencias del divorcio entre fe y vida. El hombre encuentra en su naturaleza una tendencia profunda a la oración, puesto que ha sido creado a imagen de Dios. Y es en ese diálogo de amor con Dios Trino, a quien se abre en actitud de adoración, donde la verdad se le manifiesta al hombre en el esplendor de su gloria. Es ahí donde las las desarmonías existentes entre las potencias del hombre pierden sentido, pues Dios, que es la Verdad misma y que se identifica sin más con el Bien y la Belleza en toda su pureza, arrebata al hombre mismo y lo hace partícipe de su Amor, de la Comunión en Unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La desintegración, es decir, la pérdida de la unidad y la armonía, son producto del pecado. No tiene sentido, pues, asentarse en el desarrollo excusivo de una facultad humana y a partir de ella buscar la impregnación con la verdad divina de todas las dimensiones de la existencia humana, como sería el caso de privilegiar el entendimiento (primacía de la doctrina) o, en caso contrario, la voluntad (primacía de la experiencia). La unidad se logra en el diálogo amoroso con Dios, en la dimensión del encuentro amical en situación de apertura al Misterio divino, que no otra cosa es vivir en gracia.

Lo presentado aquí es solamente un esbozo, que podría ser enriquecido con los aportes provenientes de aquellos que pongan en práctica en la catequesis lo aquí sugerido. Si esta investigación contribuye a enriquecer la catequesis, o a la propuesta de otros métodos de educación en la oración, me daría por bien servido.


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