CAPÍTULO IV

LA CATEQUESIS EN CLAVE DE ORACIÓN
 

1. CONCEPTO DE CATEQUESIS

Antes de buscar una aplicación catequética de lo ya dicho hasta ahora, se hace necesario precisar algunos conceptos, so pena de plantear la propuesta a partir de presupuestos erróneos o a partir de problemas inexistentes. Por ello creo necesario señalar cuál es la definición de catequesis que voy a utilizar.

La primera idea que espontáneamente nos podría venir a la mente es la de entender la catequesis simplemente como la enseñanza de las verdades de la fe, es decir, de los contenidos doctrinales en que se explicita el misterio de Dios Trino y su don al hombre, cuya expresión más sintética la constituye el Credo. Sin embargo, esto necesita de algunas aclaraciones.

Uno de los peligros en que ha caído en ciertos tiempos la catequesis es la de constituirse exclusivamente en la transmisión de un cuerpo doctrinal, garantizado como verdad por la enseñanza de la Iglesia, pero incluyendo poco de lo que hoy llamamos vivencia o experiencia de fe. De esta manera, se pone el acento sobre el aspecto doctrinal del cristianismo, con la consiguiente tendencia a desviar la atención de lo que constituye la esencia misma de la fe cristiana: el Señor Jesús, Dios hecho hombre para salvación de los hombres, manifestado a través de obras concretas que fundamentan las palabras, y a través de palabras que explicitan el contenido profundo de las obras1.

El cristianismo es siempre testimonio de un hecho, que fundamenta lo que se cree. Ese hecho fundamental es la vida misma de Jesús y todos sus misterios, realizados para salvación de los hombres, que se actualizan en cada cristiano por la fe. Los Apóstoles hablaron de lo que habían experimentado empírica y sensiblemente, en un encuentro real con el misterio de Jesús. Esta experiencia real forma parte esencial de la estructura de la fe, y debe por lo tanto repetirse en cierto modo en cada cristiano para que pueda hablarse en él de fe auténtica. Por eso mismo, el encuentro con el Señor Jesús, y a través de él con el Padre en el Espíritu Santo, constituye la base personal relacional que le da sentido a las verdades enunciadas, a las cuales se le da asentimiento por la fe. La predicación apostólica no basaba su fuerza en la excelencia de la doctrina enseñada (en contraposición a otros cuerpos de doctrina), sino en lo sucedido y comprobado por infinidad de testigos. Incluso los textos de mayor apariencia doctrinal —por ejemplo, las epístolas paulinas— sólo adquieren su sentido pleno si son iluminados a partir de una experiencia de fe fundante —en el caso de Pablo, su encuentro con Jesús mismo en el camino de Damasco2—.

Lamentablemente, hoy se constata una cierta tendencia, particularmente entre muchos teólogos, a preferir los significados a los hechos y a dejar en la nebulosa de lo incierto lo que no puede ser verificado críticamente por medio de la investigación racional3. No se tiene en cuenta que el uso del entendimiento como razón es sólo una de las maneras de aproximarse al conocimiento de la verdad, y si bien cumple una función importante, no es el único camino y tampoco necesariamente el más elevado. Sobre esto, hay un punto que me parece importante resaltar dentro del pensamiento de Chaminade, y es que él consideraba siempre la fe como un auténtico conocimiento, que recibe su certeza de una luz que viene de Dios, y que es superior, en base al hecho de ser un conocimiento situado a otro nivel que el de la razón (el de las verdades reveladas) y mucho más necesario para la existencia. Hay que tener también en cuenta que tanto la razón como la fe son actos del entendimiento de una misma persona.

Esta tendencia «conceptualista» convierte al cristianismo en un sistema de pensamiento más, que debe hacer la competencia a otras doctrinas o ideologías en un mercado de ideas, donde el sujeto de la demanda puede elegir la que le parezca la mejor oferta. El cristianismo siempre debe mantenerse ajeno a tal manipulación, puesto que no constituye en esencia un cuerpo de doctrinas, sino más bien una realidad que trasciende cualquier expresión conceptual, aunque de hecho se manifieste también en el lenguaje categorial de los conceptos. Pero es más conveniente, por ser más acorde con lo real, resaltar el acontecimiento mismo que constituye la base de la doctrina cristiana y sin el cual se deviene en una cierta esclerosis en la presentación de las verdades de la fe.

Se ha caído frecuentemente en la tentación de reemplazar el contacto con los acontecimientos de los cuales se da testimonio en la fe por el discurso conceptual, no sin consecuencias negativas. Muy bien señala Joseph Colomb, cuando dice que

«la explicación catequética no transmite ante todo un saber, una doctrina, sino un mensaje que da sentido a la existencia y transforma la vida. Toda catequesis particular es sólo un elemento de esta respuesta al misterio de nuestra vida. Cuando formábamos una cristiandad, un sistema puramente objetivo de proposiciones doctrinales podía parecer eficaz, sostenido como estaba por una comunidad unánime; en una sociedad pluralista las verdades abstractas parecen vacías, si no van claramente unidas a una existencia concretamente vivida a la que dan sentido, luz y fuerza. [...] ...la catequesis no se detiene en los aspectos y dificultades secundarias del mensaje: todo se aclara siempre por la referencia a lo esencial, que es el misterio de nuestro encuentro con Dios en Jesucristo, y que es el sí o el no de este encuentro dado en la humilde realidad y en el monótono esfuerzo cotidiano»4.
Me parece, pues, coherente con lo dicho postular una definición de catequesis que haga de la enseñanza de doctrina sólo una parte del conjunto y que ponga en su centro lo esencial del acto de fe. En este sentido, Juan Pablo II presenta en la Catechesi tradendae una definición interesante, cuando dice, refiriéndose a la catequesis en la Antigüedad, que bajo este término se designó el
«conjunto de esfuerzos realizados por la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios, a fin de que, mediante la fe, ellos tengan la vida en su nombre, para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo»5.
Esta definición tiene la suficiente amplitud como para englobar no solo los momentos de transmisión conceptual de una enseñanza, sino también cualquier momento donde el catequizando acrecienta su fe y accede a la verdad a través de medios distintos de la pura intelección de conceptos, como sería, por ejemplo, la liturgia, en cuyo centro se halla la utilización de un lenguaje simbólico que eleva intuitivamente al creyente a la presencia del misterio, o podríamos mencionar también la práctica misma o vivencia, en la cual el creyente contribuye a la construcción del Cuerpo de Cristo por medio de sus acciones efectuadas en colaboración con la gracia, lo cual repercute también personalmente en un crecimiento y fortalecimiento de la fe. Reducir la catequesis a los momentos de transmisión oral de una enseñanza se sitúa dentro de una perspectiva que no contribuye mucho a enfrentar el problema del divorcio entre fe y vida, que constatamos muy frecuentemente en una multitud de miembros de la Iglesia en el momento actual.

Aun así, el momento de la enseñanza oral es ineludible y necesario, y es ahí donde busco encontrar aplicaciones de lo ya expuesto hasta ahora.
 

2. PROBLEMÁTICA DE LA CATEQUESIS: DOCTRINA Y VIVENCIA

No creo oportuno recordar aquí todos los elementos esenciales propios de la catequesis. Baste para ello lo que dice la Catechesi tradendae6. Creo conveniente, sin embargo, resaltar una de las características que señala e Papa Juan Pablo II: que la catequesis debe ser «una iniciación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida cristiana».

Uno de los problemas de la catequesis ha sido la de dividir la existencia en compartimientos estancos, donde cada cosa ocupa un lugar determinado, pero sin mucha interrelación entre sí. Pero lo que se necesita es que la catequesis impregne todos los momentos en que el cristiano aprende a vivir su fe. De modo que no sea ocasión de algunas horas a la semana, sino luz que ilumine toda la vida.

«La finalidad específica de la catequesis no consiste únicamente en desarrollar, con la ayuda de Dios, una fe aún inicial, sino en promover en plenitud y alimentar diariamente la vida cristiana de los fieles de todas las edades. Se trata en efecto de hacer crecer, a nivel de conocimiento y de vida, el germen de la fe sembrado por el Espíritu Santo con el primer anuncio y transmitido eficazmente a través del bautismo.»La catequesis tiende pues a desarrollar la inteligencia del misterio de Cristo a la luz de la Palabra, para que el hombre entero sea impregnado por ella. Transformado por la acción de la gracia en nueva criatura, el cristiano se pone así a seguir a Cristo y, en la Iglesia, aprende siempre a pensar mejor como Él, a juzgar como Él, a actuar de acuerdo con sus mandamientos, a esperar como Él nos invita a ello»7.
Y esto solo puede lograrse a través de la formación de una fe viva en el catequizando, es decir, que ya desde un principio se experimente como vital y se inserte en una dimensión de encuentro. Sólo si la catequesis ha sido experimentada como relación personal con el misterio de Dios, podemos esperar que la fe se desarrolle y dé frutos, y no permanezca aislada en el área del entendimiento como mero conocimiento de ideas.

Esto nos lleva a dilucidar las polarizaciones de la catequesis en torno a la doctrina o la vivencia. Exclusivizar uno de los aspectos en detrimento del otro conduce a resultados similares: disociación entre lo que se cree y lo que se vive. En el caso de la acentuación desmesurada de la doctrina, se lleva al cristiano a no ver el nexo personal entre las verdades enunciadas y la realidad concreta, lo cual se plasma en un moralismo (exigencia pura del deber) que prescinde de la dimensión personal del encuentro en el amor, o también frecuentemente en una indiferencia existencial ante aquello que no se siente como importante por ser demasiado teórico. En el caso del sobredimensionamiento de la vivencia, se produce frecuentemente una relativización de toda instancia objetiva, y el cristiano entonces se deja guiar en la acción, más que por criterios claros, por sentimientos y disposiciones subjetivas que no necesariamente han sido purificadas en confrontación con la enseñanza del Evangelio en cuanto meditada y trasmitida por la Iglesia. Al final de cuentas, no se puede dar cuenta precisa de lo que se cree exactamente, sino de forma muy vaga, y más que una obediencia a la fe, hay un seguimiento de subjetivismos no purificados.

La realidad del encuentro personal con el Señor Jesús trasciende y sintetiza los polos de doctrina y vivencia, y constituye la fuente de la que ellos se nutren. La doctrina y la vivencia son sólo expresiones de aquello que se realiza en el nivel más profundo de la persona. Y esto responde plenamente al dinamismo propio de la fe, pues

«la fe es gozosa certeza de un encuentro, no con una "teoría", sino con una Persona concreta: Jesús, el Hijo de María. Alguien ha dicho acertadamente que lo que hoy se necesita, más que la técnica para transmitir un mensaje, es el testimonio de un encuentro»8.
Y, puesto que la catequesis debe reflejar este aspecto esencial del dinamismo de la fe, no puede tener otro fin que el encuentro con el Señor Jesús, como muy bien señala Juan Pablo II:
«el fin definitivo de la catequesis es poner a uno no sólo en contacto sino en comunión, en intimidad con Jesucristo: sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad»9.
Una de las partes esenciales de la catequesis la constituye la enseñanza de lo que está contenido en el Credo. El problema que se nos presenta es el siguiente: ¿como hacer de esta enseñanza algo que contenga ya en sí misma una tensión hacia el encuentro personal con Dios? ¿Como transmitir un mensaje que no se quede en el mero ejercicio de una fe en el entendimiento, sino que también toque el corazón y mueva a la acción? No pocos se han encontrado frente a este obstáculo y han sostenido reductivamente que la catequesis, más que contribuir a una vida de fe, lo único que hace es teorizar y dogmatizar la fe y alejarla de la sencillez evangélica. Juan Pablo II ha escrito palabras bastante acertadas al respecto:
«Así pues, gracias a la catequesis, el kerygma evangélico —primer anuncio lleno de ardor que un día transformó al hombre y lo llevó a la decisión de entregarse a Jesucristo por la fe— se profundiza poco a poco, se desarrolla en sus corolarios implícitos, explicado mediante un discurso que va dirigido también a la razón, orientado hacia la práctica cristiana en la Iglesia y en el mundo. Todo esto no es menos evangélico que el kerygma, por más que digan algunos que la catequesis vendría forzosamente a racionalizar, aridecer y finalmente matar lo que de más vivo, espontáneo y vibrante hay en el kerygma. Las verdades que se profundizan son las mismas que hicieron mella en el corazón del hombre al escucharlas por primera vez. El hecho de conocerlas mejor, lejos de embotarlas o agostarlas, debe hacerlas aún más estimulantes y decisivas para la vida»10.
Sin olvidar que esas verdades siempre aparecen como subordinadas a la realidad del encuentro con Dios en la fe. Esto nos lleva a cuestionarnos sobre lo que el Credo mismo es y la función que desempeña en el dinamismo de fe del creyente.
 

3. EL CREDO EN LA CATEQUESIS

Durante los primeros siglos del cristianismo se formaron los llamados Símbolos, que intentaban ser una síntesis de las verdades esenciales de la fe que el cristiano debía aprender y creer. De este modo junto con la explicación de pasajes principales de la Escritura, se hacía un comentario al Símbolo, que era la regla según la cual debía medirse el contenido doctrinal de la fe que se iba a recibir en el Bautismo. La entrega del Símbolo a los catecúmenos era, por lo tanto, un acto de bastante importancia, pues era transmitirles la fe que se había recibido. Como algo sumamente valioso, era rodeado de una disciplina del arcano, del secreto que es inherente al Misterio11. Sin embargo, las verdades ahí contenidas debían ser enseñadas y proclamadas para salvación de los hombres en Cristo.

Pues ya en los inicios de la predicación cristiana encontramos una función interpelante del Credo —si es que les puede llamar así a algunos de los discursos que encontramos en los Hechos de los Apóstoles que reúnen en esbozo las verdades principales de la fe—. Si examinamos atentamente estos discursos, encontraremos ahí a grosso modo la misma estructura que posteriormente tendrían los Credos oficiales de la Iglesia.

La esencia del kerygma no está en ser un sistema bien trabado de ideas; la esencia es Jesús mismo, hacia el cual conducen las verdades que se predican. Eso hace que estas verdades, que invitan al asentimiento por medio de la fe, revistan un carácter especial que las aleja de una actitud meramente objetivista, al estilo de una investigación predominantemente racional. Estas verdades son portadoras de la vida misma que Dios quiere comunicar a los hombres en Jesús, el Verbo Encarnado. Ésta es la razón por la que se puede afirmar que

«las verdades de la fe no son estados de hecho que no pueden ser captados más que teóricamente. Si así fuera, pronto serían agotados a fuerza de investigaciones y de estudios. Por el contrario, creer es para el hombre enfrentarse con la realidad y eso exige un compromiso preciso, cuyo centro es Dios como origen y como fin. El hombre recibe fuerzas para gobernar la existencia. Pero todo ese dominio de exigencias, de inspiraciones, de fuerzas espirituales, no se vuelve accesible sino cuando uno se mide con ellas. [...]
»Tal es, pues, el desarrollo de la experiencia: los pensamientos de la fe se arraigan en la materia de la existencia; se deposita la vida en ellos, y su contenido se manifiesta así y la fe gana en conocimiento»12.
Chaminade mismo decía que las verdades de fe son como un sacramento que actúa sobre la voluntad13, lo cual no sería así si se tratara de enunciados que se resuelven puramente en lo teórico. De modo que el Credo es para ser creído, pero con una creencia que implica por su misma esencia la vivencia de aquello que se cree. Si esto no ocurre, tampoco se puede decir que ha habido una comprensión auténtica de las verdades en las que se cree.

Santos Sabugal ve en el Credo, por motivos similares, un criterio para guiar la vida del cristiano y una manera de medir la autenticidad de su testimonio y de su vivencia del Señor Jesús:

«No hay duda: la estatura del "hombre nuevo" se mide por la talla de su vivencia del Símbolo, la cual hace del catecúmeno un fiel cristiano y, más aún, del neófito un adulto en la fe. Y es que sólo la vivencia del Símbolo o la fidelidad a la fe, —condensada en el Credo de la Iglesia—, hace del creyente inicial un espiritualmente adulto: sólo aquella vivencia del Símbolo, traducida en confesión pública, da cohesión a los eventos de su vida y mantiene erguido el edificio de su historia, haciendo de la existencia cristiana una "antorcha" (cf. Fil 2, 15) o "la luz" que ilumina al mundo con el amor de sus "buenas obras" (Mt 5,14-26); sólo la experiencia personal del Credo hace asimismo del cristiano "la sal", capaz de salar con el amor "la tierra" (Mt 5, 13) y, también, la "levadura" que puede —con el amor— "fermentar toda la masa" (Mt 13, 33par) de los hombres. ¡La vivencia del Símbolo garantiza —sólo ella— tanto la santidad personal como el testimonio del verdadero creyente en Jesucristo!»14
Esto sólo se puede comprender si se descubre en el Credo la plasmación didáctica de lo que el Espíritu ha enseñado a la Iglesia a lo largo de su historia. No sólo es la regla de fe (el criterio supremo de lo que esencialmente se debe creer para pertenecer al Cuerpo de Cristo), sino que también es alimento de la fe. El Credo no es simplemente la enunciación doctrinal de unas verdades que se imponen al sujeto, sino que es expresión viva del encuentro personal con el Señor Jesús que se realiza en el ámbito personal interior del creyente y en el ámbito comunitario de la Iglesia15. Por eso mismo, los artículos del Credo no conforman lo que llamaríamos un ideario, sino más bien una invocación a todo el ser humano a partir del entendimiento, invocación que conlleva un compromiso de fe de la persona, la cual, creyendo, haciendo profesión de fe, se abre a la comunicación del Dios Trino. Muy bien lo expresa Guardini, dentro de su concepción personalista de la fe:
«Yo creo en Dios vivo, uno y trino en su obra sagrada de creación, de redención y de consumación. Pero para que sea total esta obra en la cual creo, es necesario que yo participe en ella con mi vida cristiana. El cristiano mismo forma parte del Credo. Los artículos del Credo no son meras comprobaciones exhibidas como lemas en la pared; son los términos en que la persona manifiesta esta su "profesión de fe", su voluntad de vivir de acuerdo con ellos. Por otra parte, nuestra persona está explícitamente nombrada en el símbolo, que comienza por estas palabras: "Yo creo."
»El cristiano está presente en el Credo como el hombre llamado a la fe y que con la fe responde. Y responde como un ser que está vivo en esa verdad cristiana que afirma al confesar su fe. Y no tomando en abstracto al cristiano, sino como una persona determinada. Él mismo forma parte integrante de aquello en lo cual cree. En resumidas cuentas, el "objeto" de la fe cristiana concreta no es lo que es, sino por su referencia al cristiano que cree en ella»16.
Esto nos lleva a cuestionarnos sobre si la presentación meramente expositiva de los artículos del Credo respetaría el dinamismo interno de las verdades así expresadas. Si se trata de verdades de fe, ¿no resulta del todo imprescindible una aproximación donde se haga ejercicio de la misma virtud de la fe? Sin actitud orante, ¿acaso se puede entender los contenidos que encierra el Credo?
 

4. CATEQUESIS Y ORACIÓN

Quizá uno de los defectos que ha sufrido la catequesis es que se ha insistido excesivamente en la comprensión intelectual de los contenidos, sin propiciar un ambiente donde se ejercite la fe sobre ellos, de modo que el entendimiento de los catequizandos se pueda abrir a la iluminación que ella misma provee. La comprensión puede ser suficiente, sin necesidad de que los razonamientos humanos que la fundamentan sean del todo claros en la persona. Basta con que la percepción de fe dé una certeza asentada en la mente y en el corazón para que se pueda hablar de una asimilación suficiente del contenido de la fe. El intento de desentrañar el misterio más allá de lo que permite la sencillez evangélica puede llevar no a un «aclaramiento» de las verdades, sino a dudas apoyadas en actitudes de autosuficiencia, contrarias a la actitud reverencial y humilde que se requiere como condición para que los misterios sobrenaturales se nos manifiesten en su esplendor y plenitud. Porque no hay que olvidar que nuestras palabras y los conceptos que ellas expresan son sumamente pobres para develar una Realidad que las sobrepasa en plenitud de ser e inteligibilidad, que sólo se puede revelar por Voluntad propia y no por el esfuerzo intelectivo del hombre17. Esto reviste mayor validez aún, cuando el asunto mismo que se ofrece al hombre es el misterio del Dios Trino, que no otro es el contenido del Credo. Es ahí cuando la actitud orante se hace más necesaria, y de nada sirven las explicaciones que carecen de ella y que sólo buscan desentrañar el misterio, asumiendo la misma actitud del investigador científico que diseca sus objetos de estudio para poder manipularlos. En teología esto puede ser peligroso, traduciéndose en una primacía del discurso racional sobre el discurso de fe18. No creo que deba entenderse la auténtica reflexión sobre la fe como una actividad donde prime el raciocinio categorial, sino como apertura del entendimiento a una iluminación, que encuentra su ámbito más propicio en la oración19.

Estas actitudes deben enseñarse en la catequesis, no tanto dedicándoles un apartado o explicitándolas demasiado a través de explicaciones, sino a través del mismo método de enseñanza que se utiliza. No deja de ser cierto lo que ya hace muchos años señalaba Josef Jungmann:

«La enseñanza de la oración pertenece no ya a los puntos del programa para instrucción religiosa que el plan de estudios cita en una u otra parte, sino que pertenece al mismo método. No figura solamente en corte longitudinal, como uno de tantos temas a tratar durante el curso, sino también en corte transversal, sea cual fuere el asunto de que se trate.

»Concretamente, el momento más oportuno para pasar a la oración será, en general, una vez terminada la explicación y resumida ésta de alguna manera, antes de empezar la aplicación entrando en las cuestiones concretas de la vida de la Iglesia y de los niños, lo cual supone ya cierta distracción, y quizá también antes de proceder a formular y explicar el texto del catecismo, destinado ser aprendido de memoria, dado su carácter más prosaico. Podemos designar la oración como la forma más excelente de profundización»20.
¿Qué característica debería tener esta oración? A la luz de los principios sentados por Chaminade, no debería tratarse de ningún modo de una reflexión puramente discursiva, sino más bien de una admiración contemplativa del contenido de la verdad en que se está meditando. La meditación, como práctica de la fe y como medio para ejercitarla por medio de actos nacidos del corazón, parece ser la forma más apropiada para aplicarla a la catequesis, siempre y cuando no se insista excesivamente en la elaboración de ideas complejas, sino que se deje libertad al corazón para que exprese lo que el Espíritu le vaya suscitando interiormente. En otras palabras, para que una cierta infancia espiritual se manifieste en la persona y de este modo tenga la sencillez y la humildad necesarias para poder «comprender» lo que Dios ha querido revelar21. Los principios propuestos por Chaminade para la oración pueden ser de utilidad, puesto que no requieren de una elevada capacidad intelectiva y pueden acomodarse a las distintas edades. Dado que el hombre esta hecho por esencia a imagen de Dios, y contiene en sí una tendencia hacia el encuentro con un Ser supremo personal, ¿por qué no educar al niño desde pequeño dentro de un espíritu de admiración contemplativa que vaya desplegando su íntimo anhelo celebratorio de la existencia y del don de Dios que es él mismo y el mundo que lo rodea? El mismo Chaminade encontraba como muy deseable esta educación inicial en la oración:
«Sería muy de desear que los niños desde la edad de diez u once años estuviesen en manos de hábiles maestros que les formasen el espíritu de oración. Así obraron los padres del desierto, que ejercitaban a niños en la vida espiritual y que sabían muy bien el modo de hacer de estos niños unos santos, y que les elevaban a un tan alto grado de perfección y de oración hasta tal punto que esos niños, sin siquiera darse cuenta, hicieron milagros. Santo Tomás desde los cinco años, San Mauro y San Plácido fueron así educados por santos religiosos»22.
Y es que la oración constituye una necesidad del ser humano, algo que forma parte inherente de su ser hombre. Quizás es ahí donde se expresa de mejor manera la plenitud a la que está llamado desde un inicio: el encuentro pleno y vivificante con Dios, alejados todos los obstáculos que se oponen al Amor23. Por eso mismo, siendo que responde al anhelo más íntimo del corazón humano, resulta a veces incomprensible cómo los hombres se resisten a ella. Y también les niegan este alimento a los niños que son educados en la fe, bajo pretexto de que lo más importante es que haya una plena comprensión racional de lo que se enseña, más que actitudes de fe que serían consideradas de poca utilidad, puesto que se requeriría necesariamente que haya habido una captación racional plena. Lo más importante no es que el niño comprenda absolutamente todo, sino solamente lo necesario y suficiente para ejercitar su fe y abrirse al encuentro del Señor que viene a él a través de la liturgia y las prácticas de piedad24. A veces, so pretexto de adaptar el mensaje de la fe a las mentalidades infantiles, se cae en simplismos que terminan por empobrecer la fe personal del catequizando. Es preferible que en lo que se enseña haya siempre más significado del que se pueda comprender en el momento. Ésa ha sido siempre la pedagogía de Dios, en vistas a una posterior revelación más plena25.

En este sentido, la religiosidad popular podría ayudar mucho, puesto que se ha constituido como un reducto de la fe del pueblo, donde prima la dimensión del salir al encuentro de lo divino, con utilización abundante del lenguaje simbólico, más que de la explicación discursiva. Lo mismo debería valer para la catequesis del niño y, por extensión, para la catequesis adulta dentro de un espíritu de fe26.
 

5. PROPUESTA DE UN MÉTODO

De acuerdo a lo hasta ahora señalado, creo que se podría proponer un esbozo de método para hacer de las clases de catequesis una auténtica vivencia de diálogo con Dios. No pretendo proponer algo que sea exclusivo, ni que sea la única manera de hacer que la catequesis llegue hasta los corazones y encienda en ellos una fe auténtica. Lo que Chaminade afirmaba sobre la relatividad de los métodos de oración también vale para la propuesta que voy a realizar.

Antes que nada, es necesario contar con una ambientación adecuada, de modo que el orden o la reverencia presentes en el lugar de la catequesis ayuden a que los catequizandos se pongan en actitud de escucha y disposición frente al misterio divino. El lugar ideal sería la misma Iglesia o la capilla, como se hacía en la catequesis de la Antigüedad cristiana. Sin embargo, podría cortar la espontaneidad o prestarse a actitudes inadecuadas con respecto al lugar sagrado donde se hallan los oyentes, especialmente si éstos provienen de ambientes donde el ateísmo práctico es muy frecuente entre los cristianos o se hallan influidos por el neopaganismo propagado principalmente a través de los medios de comunicación social. Bastaría pues con un lugar donde se favorezca el ambiente de silencio y donde haya por lo menos alguna imagen de nuestro Señor, de nuestra Señora o de algún santo que suscite particular devoción.

La actitud misma del catequista debe favorecer la transmisión de aquello que quiere enseñar. Se requiere, por lo tanto, que sea una persona que le dedique tiempo a la oración y que se haya iniciado en un camino de vida espiritual. Si falta esta condición, no habrá método que valga, puesto que al Señor Jesús se le trasmite de persona a persona, a través de un abrirse a Él para que se convierta en principio interior de la persona. Esta es una de las líneas esenciales de la espiritualidad chaminadiana27.

Se hace necesario un silenciamiento de todo aquello que sea obstáculo para la transmisión de la Palabra de Dios. Cuando predomina la apertura y la escucha, todo se hace diáfano para que los catequizandos comprendan lo esencial de la fe que están aprendiendo28.

Luego de esto que podríamos llamar las disposiciones remotas para la sesión de catequesis, se puede iniciar la sesión misma con una pequeña y sencilla oración que introduzca en el tema que se va a tocar. La sesión podría seguir el siguiente esquema:
 

 1. EXPOSICIÓN
 
Se hace una explicación sencilla de la materia que se está enseñando, incidiendo, más que en sus aspectos teórico-abstractos, en su importancia para la persona concreta, cuidando siempre de que lo esencial del tema haya sido expuesto. Es el momento para absolver cualquier pregunta de tipo polémico o que se oriente hacia aspectos que no llegan a comprenderse suficientemente. No se trata tampoco de explicar todo al detalle, pues ello conllevaría el riesgo de caer en discusiones teóricas que alejarían la atención de lo esencial.
 2. REFLEXIÓN
 
Se hace una pequeña oración introductoria, por la cual se pide la presencia del Espíritu para poder profundizar en aquello que se ha aprendido, e inmediatamente se deja libertad y espontaneidad para que cada uno pronuncie los pensamientos, sentimientos, impresiones, actitudes, etc. que le suscita la verdad de la fe que ha sido materia de la exposición. No importa tanto la precisión conceptual, sino el motivar actitudes de interiorización que ayuden a ejercitar la fe sobre lo que se cree y, de esta manera, ayudar a un enraizamiento de la doctrina en lo íntimo de la experiencia vital de la persona.
 3. COMPROMISO
 
Luego, si hay la suficiente confianza en el grupo —que debe alcanzarse progresivamente— cada uno enunciará lo que el Espíritu le ha suscitado para vivir de acuerdo a su fe. Se trata de alguna acción a realizar durante la semana, para demostrar el esfuerzo que se quiere poner en vivir la fe. Si la confianza no es suficiente todavía, se podrá realizar los compromisos en privado, apuntando cada uno en su cuaderno lo que se ha propuesto a hacer. El catequista, en la medida de lo posible, deberá estar al tanto de estas promesas semanales, a fin de poder evaluar si hay en la persona un deseo de responder a la fe, o también para acompañarla en sus intentos de poner en práctica lo que cree.

Si la catequesis se basa en el Credo, la aplicación resulta sumamente sencilla, según el modo de proceder que sugiere Chaminade. Aunque, sea cual sea la materia, siempre que se trate de una verdad de fe, se puede realizar una adaptación de lo que señalado hasta aquí, de acuerdo a las edades y los tipos de personas que sean educadas en la fe.

Sobre el primer momento del método propuesto, hay que decir que debe tratarse de una exposición sencilla, ordenada y sistemática, que pueda ser entendida en lo esencial. Todo método pedagógico que contribuya de una u otra manera a que se logren estas metas será bueno, eligiendo lo válido y útil de cada uno de estos métodos. Sin embargo, es necesario recordar siempre que nos hallamos ante verdades de fe, que se proponen a los creyentes para ser meditadas e interiorizadas, y que deberán constituir el sustrato del cual se alimentará la fe personal a lo largo de la vida. Las interpretaciones particulares son de menor interés en este momento, y es preferible prescindir de ellas si ello se va a prestar a confusión y no a suscitar las certezas que la fe exige29. Por ello mismo, antes que una interpretación teológica de cierto aspecto de la Revelación, se requiere darla en toda su integridad, tal como se halla en la Escritura y la Tradición, y ha sido custodiada, transmitida y propuesta por el Magisterio de la Iglesia.

El método que se utilice ha de responder siempre a las exigencias mismas de la fe. Puesto que las verdades que se ha de enseñar no son equiparables a cualquier materia doctrinal de enseñanza, sino que responden a una realidad que se ubica necesariamente más allá de las palabras, no se puede absolutizar ningún método pedagógico como el más adecuado para la enseñanza de la fe. Más aún, cuando la mayoría de estos métodos prescinden por postulado del dato de la naturaleza misma del hombre como ser hecho a imagen de Dios. El método, aunque carezca de esta perspectiva, puede contribuir al desarrollo de aspectos parciales del ser del hombre, en lo cual puede ser utilizado. Pero sería reductivo y contraproducente para la fe del catequizando subordinar el orden y la forma de lo enseñado a los requerimientos de un método pedagógico considerado como exclusivo. La metodología en catequesis debe ajustarse al dinamismo propio de la fe, y respetar su manera de actuar y desplegar sus posibilidades30.

«...hay una pedagogía de la fe y nunca se ponderará bastante lo que ésta puede hacer en favor de la catequesis. En efecto, es cosa normal adaptar, en beneficio de la educación de la fe, las técnicas perfeccionadas y comprobadas de la educación en general. Sin embargo es importante tener en cuenta en todo momento la originalidad fundamental de la fe. Cuando se habla de pedagogía de la fe, no se trata de transmitir un saber humano, aun el más elevado; se trata de comunicar en su integridad la Revelación de Dios. Ahora bien, Dios mismo, a lo largo de toda la historia sagrada y principalmente en el Evangelio, se sirvió de una pedagogía que debe seguir siendo el modelo de la pedagogía de la fe. En catequesis, una técnica tiene valor en la medida en que se pone al servicio de la fe que se ha de transmitir y educar, en caso contrario, no vale»31.
Lo más interesante se halla en los dos pasos siguientes. Se intentará profundizar en lo expuesto dentro de un ámbito que remita a una relación con Dios, en cuya presencia se buscará estar. La duración de esta etapa será variable, de acuerdo a la respuesta de los catequizandos. No se puede crear un ámbito de oración forzando las situaciones, sino que se debe partir de una cierta disposición de aquellos mismos que reciben la enseñanza de la fe. El catequista, por lo tanto, propiciará la creación de ese clima orante de manera espontánea. Pero no podrá hacerlo si no suele alimentar su vida interior a través de un contacto asiduo con Dios a través de la oración. Requerirá también de una cierta connaturalidad con sus oyentes. Sin embargo, si hechos todos los esfuerzos no cuaja el ambiente de oración, simplemente se seguirá con la parte práctica, explicando en líneas generales lo que exige la verdad de fe que se ha aprendido. La participación en la liturgia y los sacramentos podrá ir propiciando, a través del encuentro de los catequizandos con el Misterio, la creación de ámbitos favorables para una meditación de la fe en presencia de Dios32. Es importante no abandonar los intentos. Tarde o temprano, si el catequista se halla animado por una fe, esperanza y caridad auténticas, los catequizandos se irán contagiando de ese entusiasmo e irán sintiendo gusto en profundizar meditativamente en las verdades de fe que se proponen.

Resulta muy recomendable enriquecer la reflexión con pasajes selectos de las Sagradas Escrituras. La Palabra de Dios es de inmenso valor en el proceso de apertura de los corazones a la fe, sea cuál sea la edad de los catequizandos, aunque siempre será conveniente efectuar algunas explicaciones de acuerdo a la edad y la madurez de los oyentes. Pero, tal como recomendaba Chaminade, lo que se relaciona con la Escritura es de mucho mayor riqueza en el momento de la meditación, pues siempre se encuentra algo nuevo. La Palabra de Dios es en sí misma inagotable.

En la medida en que la meditación haya impresionado la sensibilidad de los oyentes, éstos se sentirán impelidos a poner en práctica lo que la fe les sugiere. Si no se da esa experiencia de saberse amados por Dios, experiencia que lleva a comprender la importancia de las verdades de fe para la vida personal, entonces difícilmente se seguirá una práctica de las normas morales que conlleva la identidad del cristiano. «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). El amor, aquel que viene de Dios, se constituye en condición previa para el desenvolvimiento de una vida moral recta. A eso contribuirán también los propósitos concretos que se hagan.

Lo interesante del Método de Oración sobre el Credo de Chaminade está en que simplemente busca ser un intento de aplicación de lo que el dinamismo de la fe exige al contenido doctrinal en el que esta misma fe —en cuanto objetiva— se expresa. De ahí se pueden derivar una serie de aplicaciones pedagógicas, que apunten a la integridad de la persona y le permitan una enseñanza de fe que se manifieste en su entendimiento, su corazón (resonancia interior) y su acción (compromiso de vida). La forma meditativa que asume este método favorece una actitud de profundización. No se debe forzar al catequizando a una comprensión plena y total desde un principio, sino más bien por etapas, pero tomando en consideración en todo momento el conjunto de afirmaciones contenidas en esa síntesis de lo que se debe creer que constituye el Credo. La comprensión va llegando según la medida del crecimiento interior en el espíritu de fe de la persona. Ningún tema queda atrás como cosa ya sabida, sino que puede ser retomado constantemente para seguir profundizando en su comprensión, en actitud abierta a la acción del Espíritu Santo.

La concretización en detalles de lo aquí propuesto deberá responder a la diversas situaciones de las personas, y será tarea del pastor o del catequista llevar esto a cabo.


NOTAS

  1. «La revelación se realiza por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación manifiesta y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio. La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación».Dei Verbum, 2. La enseñanza de la fe debería participar del mismo dinamismo que encontramos en la forma como se nos ha dado la Revelación sobrenatural. 
  2. «Sepultados con él [Cristo] en el bautismo, con él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos» (Col 2, 12; ver Rom 6, 4ss). 
  3. En los discursos que encontramos en los Hechos de los Apóstoles se hace alusión antes que nada a acontecimientos cercanos de los cuales los oyentes han sido testigos o de los cuales han tenido noticia a través de otros. También en las cartas encontramos referencias semejantes que buscan anclar en lo acontecido (ver 2 Pe 1, 16; 1 Jn 1, 1-3). El mismo Pablo fundamentaba su derecho a predicar y el contenido de su doctrina en la elección divina hecha realidad en su encuentro con Jesús camino de Damasco (ver Gál 1, 11-12.15-16). 
  4. Joseph Colomb, Manual de catequética. Al servicio del Evangelio, 2 vols., Herder, Barcelona 1971, vol. 1, pp.16-17. 
  5. Catechesi tradendae, 1. Aunque más adelante se diga más específicamente que en el documento se considera la catequesis «en cuanto educación de la fe de los niños, de los jóvenes y los adultos, que comprende especialmente una enseñanza de la doctrina cristiana, dada generalmente de modo orgánico y sistemático, con miras a iniciarlos en la plenitud de la vida cristiana» (allí mismo, 18), el hecho de que se trata de una acción educativa del hombre en su integridad implica la inclusión de múltiples aspectos que trascienden lo puramente doctrinal. 
  6. «En su discurso de clausura de la IV Asamblea general del Sínodo, el Papa Pablo VI se felicitaba al "advertir que todos han señalado la gran necesidad de una catequesis orgánica y bien ordenada, y que esa reflexión vital sobre el misterio mismo de Cristo es lo que principalmente distingue a la Catequesis de todas las demás formas de presentar la Palabra de Dios» (Discurso de clausura del Sínodo (29 octubre 1977): AAS 69 (1977), p.634). // Frente a las dificultades prácticas, hay que subrayar algunas características de esta enseñanza: // —debe ser una enseñanza sistemática, no improvisada, siguiendo un programa que le permita llegar a un fin preciso; //  —una enseñanza elemental que no pretenda abordar todas las cuestiones disputadas ni transformarse en investigación teológica o en exégesis científica; // —una enseñanza, no obstante, bastante completa, que no se detenga en el primer anuncio del misterio cristiano, cual lo tenemos en el kerygma; // —una iniciación cristiana integral, abierta a todas las esferas de la vida cristiana. // Sin olvidar la importancia de múltiples ocasiones de catequesis, relacionadas con la vida personal, familiar, social y eclesial, que es necesario aprovechar y sobre las que os remito al capítulo VI, insisto en la necesidad de una enseñanza cristiana orgánica y sistemática, dado que desde distintos sitios se intenta minimizar su importancia». Catechesi tradendae, 21. 
  7. Catechesi tradendae, 20. 
  8. Es todavía un problema actual, tal como lo señala Juan Pablo II: «Es inútil insistir en la 0rtopraxis en detrimento de la ortodoxia: el cristianismo es inseparablemente la una y la otra. Unas convicciones firmes y reflexivas llevan a una acción valiente y segura; el esfuerzo por educar a los fieles a vivir hoy como discípulos de Cristo reclama y facilita el descubrimiento más profundo del Misterio de Cristo en la historia de la salvación. // Es asimismo inútil querer abandonar el estudio serio y sistemático del mensaje de Cristo, en nombre de una atención metodológica a la experiencia vital. "Nadie puede llegar a la verdad íntegra solamente desde una simple experiencia privada, es decir, sin una conveniente exposición del mensaje de Cristo, que es el «Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6)" (Discurso de clausura del Sínodo (29 octubre 1977): AAS 69 (1977), p.634). // No hay que oponer igualmente una catequesis que arranque de la vida a una catequesis tradicional, doctrinal y sistemática. La auténtica catequesis es siempre una iniciación ordenada y sistemática a la Revelación que Dios mismo ha hecho al hombre, en Jesucristo, revelación conservada en la memoria profunda de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras y comunicada constantemente, mediante una "traditio" viva y activa, de generación en generación. Pero esta revelación no está aislada de la vida ni yuxtapuesta artificialmente a ella. Se refiere al sentido último de la existencia y la ilumina, ya para inspirarla, ya para juzgarla, a la luz del Evangelio». Catechesi tradendae, 22. 
  9. Catechesi tradendae, 5. 
  10. Catechesi tradendae, 25. 
  11. «La entrega del Símbolo es un acto fundamental que contiene todo el significado de la catequesis. Al entregar el Símbolo, la Iglesia transmite a los nuevos cristianos la fe; por eso lo convierte en un acto litúrgico. La "Tradición" de la Iglesia está aquí presente y operante, en toda la plenitud de su sentido teológico. La catequesis se manifiesta entonces en toda su dimensión; que es la realización actual y viva de la tradición oral de la Iglesia. La misión del Símbolo es expresar resumidamente el contenido de la tradición; su origen es esencialmente catequético. Su formulación difiere según las Iglesia, pero constituye siempre un conjunto elemental y completo de las verdades necesarias para la salvación». Jean Daniélou y Regine du Charlat, La catequesis en los primeros siglos, Studium, Madrid 1975, pp.52-53. 
  12. R. Guardini, Sobre la vida de la Fe, Rialp, Madrid 1955, pp.127-129. 
  13. Ver Algunas reflexiones y observaciones sobre el ejercicio de las tres potencias o facultades del alma en la meditación, EO 89. 
  14. Santos Sabugal, Credo — La fe de la Iglesia. El Símbolo de la fe: historia e interpretación, Monte Casino, Zamora 1986, p.9. 
  15. «La fórmula de mi Credo, cualquiera que sea su tenor, supone siempre, y con anterioridad a ella, un acto del que esta fórmula dé cuenta: el acto de fe propiamente dicho. Este acto, anterior e interior, es el movimiento mismo de la fe tal como acabamos de analizarlo. Es mi respuesta al Dios que se revela, mi compromiso de reciprocidad hacia el Dios que se da a sí mismo. Antes de decir externamente: "Creo en Dios, y a fin de poder decirlo sinceramente, he tenido que decir en mi corazón: "¡Señor, Dios mío! ¡Creo en Ti!"». Henri de Lubac, La fe cristiana, Fax, Madrid 1970, p.329. Pero sin olvidar que se trata de la fe del hombre creyente en cuanto que está incorporado a Cristo en la Iglesia. Así, el acto de fe no resulta una mera decisión individualista del sujeto, sino un acto personal en comunión con los demás miembros de Cristo. «El acto de fe es siempre un acto por medio del cual se entra en la comunión de un todo. Es un acto comunión, por medio del cual uno se deja integrar en la comunión de los testigos, tanto que a través de ellos tocamos lo intocable, oímos lo inaudible, vemos lo invisible. Joseph Ratzinger, Transmisión de la fe y fuentes de la fe (Lyon, 15 de enero de 1983), en «Revista católica internacional COMMUNIO de lengua hispana para América Latina», Santiago de Chile, 1983, Nº 7, p.93. 
  16. R. Guardini, o.c., p.64. 
  17. El Documento de Puebla señala como uno de los aspectos negativos de la catequesis en Latinoamérica el que haya catequistas que han descuidado la iniciación a la oración y a la liturgia. Ver Puebla, 989. 
  18. No pocos han constatado la inmensa desproporción que existe entre todo lenguaje humano y las realidades divinas que se quiere expresar. Dentro del área anglosajona, el prestigiado polemista anglicano C. S. Lewis, autor de un ciclo de novelas fantásticas con profundo trasfondo teológico (la Trilogía de Ransom, escrita entre 1938 y 1945), pone unas palabras que convienen a nuestro asunto. El narrador nos habla sobre un viaje a Venus que ha tenido el profesor Ransom, en el cuál éste ha vivido una serie de experiencias místicas en un Paraíso donde no ha hecho ingreso el mal. «Yo lo estaba interrogando sobre el tema (cosa que él no permitía con mucha frecuencia) y había dicho incautamente: "Por supuesto me doy cuenta de que para ti es algo demasiado vago como para poder expresarlo en palabras", cuando me reprendió en tono bastante duro, para hombre tan paciente, diciendo: "Por el contrario, lo vago son las palabras. El motivo por el que no puede ser expresado es que se trata de algo demasiado definido para el lenguaje."» C. S. Lewis, Trilogía de Ransom. 2. Perelandra, Orbis, Barcelona 1986, p.38. 
  19. «Esta necesidad de conocimiento y, por tanto, de penetración de la verdad y de las verdades divinas, es en el fondo, la necesidad del ejercicio de la fe, luz sobrenatural divina que nos descubre el misterio de Dios, el sentido, según Dios, de toda su creación, y el que en ella tiene la vida humana y nuestra propia vida. Esta fe ha de ser reflexivamente ejercitada, pues las verdades no lo son para quien las desatiende o no las piensa. La desconsideración las torna como inexistentes y, por ende, inoperantes. Las enseñanzas de la fe no influyen en nuestra vida, sino en cuanto informan nuestra mente, interesan y ganan nuestra voluntad y condicionan nuestra conducta. Una fe sólo habitual, es luz bajo el celemín: luz encubierta que ni alumbra ni guía. Cualquier gran verdad o misterio puede valer de ejemplo. [...] La fe encuentra su ambiente y su oportunidad más propicia en la oración. En ella se alimenta de la verdad de Dios y puede desplegar más libremente sus alas hacia los horizontes infinitos del misterio divino. La fe es la luz de la oración. Pero en la oración se hace la fe más luminosa e iluminadora». Marcelino Llamera, Necesidad de la oración en la vida cristiana, en Centro de Estudios de Teología Espiritual, Oración y vida cristiana. II Semana de Teología Espiritual (Toledo, julio 1976), Editorial de Espiritualidad, Madrid 1977, pp.47 y 50. 
  20. Josef Andreas Jungmann, Catequética. Finalidad y método de la instrucción religiosa, Herder, Barcelona 1966, p.217. 
  21. Se necesita renunciar una confianza absoluta en las luces de la razón, esa actitud que hemos heredado del espíritu de la Ilustración. A este respecto resultan sumamente interesantes las reflexiones pedagógicas de Hélène Lubienska de Lenval: «La oración del niño pequeño es contemplativa. Se asocia, fácilmente, a la "oración" de las flores, de los animales, de los astros, a los que se asociaban los adolescentes del horno (Dan 3). El evangelista cita un pasaje de las Escrituras sobre la alabanza que sale de la boca de los niños de pecho. // Después de esta primera etapa, la oración del niño sigue siendo aún bastante meditativa, deteniéndose de buen grado en la meditación de algunas ideas muy simples en actitud de confianza y de admiración. // A medida que el intelecto y la sensibilidad se desarrollan, la oración se hace más discursiva, más subjetiva. Y entonces, en algunos adultos, degenera en mecanicismo sentimentalista y nimiamente pedigüeño. // El adulto debería recorrer el mismo camino, pero en sentido inverso; con su conciencia enriquecida, debería dominar el automatismo, calmar la agitación de su mente, frenar la emotividad y perder de vista su egoísmo que le estorba para convertirse otra vez en un niño. Por lo tanto, tiene más que aprender del niño que enseñarle». Hélène Lubienska de Lenval, La educación del sentido religioso, Herder, Barcelona 1965, pp.123-124. 
  22. De la oración mental, E0 273. 
  23. «La oración responde a la intranquilidad que hay en el corazón del hombre. No es algo ajeno a la realidad del ser humano que peregrina por el mundo; todo lo contrario, le es esencial. Es como la respiración y el alimento: una necesidad. [...] // No puede caber la menor duda de que la oración es necesaria, y por ella se entiende, en sentido propio, toda elevación del corazón al Señor. O, quizá mejor sería precisar diciendo: el diálogo personal con Dios, en el que se da una entrega amorosa del corazón, llena de reconocimiento, gratitud y alabanza. La oración es el ejercicio fundamental del creyente, del hombre de fe. Ella es expresión íntima de la relación del hombre con Dios». Luis Fernando Figari, Huellas de un peregrinar, Fondo Editorial, Lima 1991, pp.35 y 40. 
  24. «El don más precioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo de hoy, desorientado e inquieto, es el formar unos cristianos firmes en lo esencial y humildemente felices en su fe». Catechesi tradendae, 61. 
  25. Muchas veces las adaptaciones del lenguaje de la oración, buscando la plena comprensión de la mente infantil, resultan contraproducentes en esa edad cuando la memoria auditiva es bastante intensa y exige un alimento que no necesariamente debe presentarse como plenamente comprensible para la razón. Contrariamente a lo que se cree, el niño recuerda más por la sonoridad de las palabras que por su inteligibilidad. De ahí la conveniencia de enseñar a esta edad las principales fórmulas de oración que ha guardado la tradición cristiana y, particularmente, el Credo. No hacerlo puede alimentar esa mentalidad que ve en las verdades de fe un conjunto de asertos pueriles que han de abandonarse con la mayoría de edad, porque sólo se ha recibido un mensaje adaptado —a veces grotesca y superficialmente— a lo infantil.  «Muchas de las crisis de fe podrían ser atribuidas a estas oraciones tan simples que el niño, cuando se hace mayor, recuerda con menosprecio y que el adulto en busca de lo absoluto relega entre las cosas ineptas, para el uso de espíritus pueriles. [...] // La oración litúrgica [es] válida para todas las edades, y si se la hacemos aprender a los niños en la época del período de sensibilidad al lenguaje, les servirá después de apoyo y de "viático" para el resto de su existencia.» H. Lubienska de Lenval, o.c., pp.134-135. 
  26. «Otra cuestión de método concierne a la valorización, mediante la enseñanza catequética, de los elementos válidos de la piedad popular. Pienso en las devociones que en ciertas regiones practica el pueblo fiel con un fervor y una rectitud de intención conmovedores, aun cuando en muchos aspectos haya que purificar, o incluso rectificar, la fe en que se apoyan. Pienso en ciertas oraciones fáciles de entender y que tantas gentes sencillas gustan de repetir. Pienso en ciertos actos de piedad practicados con deseo sincero de hacer penitencia o de agradar al Señor. En la mayor parte de esas oraciones o de esas prácticas, junto a elementos que se han de eliminar, hay otros que, bien utilizados, podrían servir muy bien para avanzar en el conocimiento del misterio de Cristo o de su mensaje: el amor y la misericordia de Dios, la Encarnación de Cristo, su cruz redentora y su resurrección, la acción del Espíritu en cada cristiano y en la Iglesia, el misterio del más allá, la práctica de las virtudes evangélicas, la presencia del cristiano en el mundo, etc.» Catechesi tradendae, 54. 
  27. Encuentra fundamento escriturístico en la doctrina paulina: «...no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2, 20; ver también Rom 8, 10-11; Col 3, 3-4). 
  28. «Acaso pueda decirse que, para estar dispuesto a orar, hay que sentirse en la presencia de Dios; es menester que todo lo humano calle, es decir, no resista a Dios, sea símbolo de la presencia de Dios. El silencio es símbolo de que Dios está ahí; Dios habla en el silencio. // Todo puede cooperar a este silencio en una catequesis. Silencio activo, que no es mutismo forzado, sino expectación, escucha interior. Silencio ya de las condiciones materiales, de una disciplina que es señorío de sí mismo y respeto de la palabra de Dios. Silencio material ciertamente: de los pies, de las sillas, de las palabras. Silencio del catequista que habla sin gritar, en calma y como vuelto a una contemplación interior, en esta presencia de Dios cuya palabra dice. Silencio de los procedimientos que no excitan la imaginación o los intereses puramente humanos y que están recogidos en el acto de fe. Silencio de palabras y de pensamientos que, a medida que se acercan al misterio, entran en una especie de difuminación, respeto y humildad. El mismo silencio que llenan cosas, posturas y palabras, cuando se aproxima un gran personaje y que anuncia a este mismo personaje. // Entrar en este silencio que se hace a veces perceptible, es entrar en la oración. // Se comprende entonces que si la palabra del catequista sufre así la influencia de la presencia de Dios, no podrá a veces menos que expresar los sentimientos que siente: la admiración, la alabanza, la súplica, surgirán de la contemplación del misterio que se anuncia». Joseph Colomb, o.c., vol. 2, pp.81-82. 
  29. «Finalidad de la catequesis es también dar a los jóvenes catecúmenos aquellas certezas, sencillas pero sólidas, que les ayuden a buscar, cada vez más y mejor, el conocimiento del Señor». Catechesi tradendae, 60. Los catequistas  «se abstendrán de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes, en esa etapa de su catequesis, con teorías extrañas, problemas fútiles o discusiones estériles, muchas veces fustigadas por san Pablo en sus cartas pastorales». Catechesi tradendae, 61. 
  30. «Hablar de la Tradición y de la Escritura como fuentes de la catequesis es subrayar que ésta ha de ser totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y actitudes bíblicas y evangélicas a través de un contacto con los textos mismos; es también recordar que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de la Iglesia y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida dos veces milenaria de la Iglesia. // La enseñanza, la liturgia y la vida misma de la Iglesia surgen de esta fuente y conducen a ella, bajo la dirección de los Pastores y concretamente del Magisterio doctrinal que el Señor les ha confiado». Catechesi tradendae, 27, ver también nn. 6 y 52. 
  31. El cardenal Ratzinger ha denunciado también, ya hace algunos años, «la hipertrofia del método con respecto al contenido de las diversas disciplinas. Los métodos llegan a ser criterio para el contenido, y no son ya su vehículo». J. Ratzinger, Transmisión de la fe y fuentes de la fe, p.87. 
  32. «La catequesis está intrínsecamente unida a toda la acción litúrgica y sacramental, porque es en los sacramentos y sobre todo en la eucaristía donde Jesucristo actúa en plenitud para la transformación de los hombres. [...] ...la vida sacramental se empobrece y se convierte muy pronto en ritualismo vacío, si no se funda en un conocimiento serio del significado de los sacramentos. Y la catequesis se intelectualiza, si no cobra vida en la práctica sacramental». Catechesi tradendae, 23. 

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