CAPÍTULO III

EL MÉTODO DE ORACIÓN SOBRE EL CREDO
 

1. GÉNESIS DE LA ORACIÓN SOBRE EL CREDO

Los manuscritos que se poseen de la Oración sobre el Credo datan de 1840-41, que es la época hacia la cual se supone que Chaminade compuso este método. Dice en una carta de esta época:

«Espero con la gracia de Dios dar un método para la oración como para todos los ejercicios de la vida religiosa. El trabajo ya está muy avanzado; pero por otra parte estoy tan ocupado que no he podido darle la última mano»1.
Dice Victoriano Pardo, S.M., que este método «expresa lo esencial del pensamiento del Padre Chaminade sobre la iniciación a la oración mental»2. Sin embargo, no puede considerársele como algo absolutamente nuevo, puesto que hay indicios para creer que el método ya había sido utilizado o recomendado por Chaminade, y lo que encontramos aquí es una buena sistematización posterior a una práctica de muchos años. De hecho, este escrito es uno de lo más ordenados y redondeados del sacerdote francés, y, por lo tanto, parece plasmar una reflexión espiritual ya madura y casi definitiva en la trayectoria vital de su autor.

Ya en el año 1796, escribía en una Carta a Mlle. de Lamourous lo siguiente:

«Añadiréis a la oración de la mañana una oración mental, al principio de un cuarto de hora largo; lo empezaréis adorando a Dios interiormente y diciendo en vuestro interior: ¡Me presentaré ante mi Dios y Señor no siendo más que polvo y ceniza! Recitaréis después pausadamente el credo. (Si estáis sola os prosternaréis en tierra para hacer el acto de adoración y después, levantándoos, recitaréis el credo con los brazos en cruz.) Terminadas estas preparaciones, os mantendréis en la presencia de Dios en el mayor recogimiento. La disposición en que debe estar vuestra alma en este recogimiento es la de un sentimiento sencillo de fe, o de esperanza, o de caridad, o de resignación a la voluntad de Dios. Terminaréis vuestra oración pidiendo a Dios la gracia de manteneros todo el día en el recogimiento y de obrar sólo por motivos de fe, etc.»3
Chaminade solía hacer anotaciones en papel sobre los temas que se le iban ocurriendo, y de esa manera iba sumando materiales sobre los cuales elaboraría posteriormente sus reflexiones más sistemáticas. Los Cuadernos Grises son precisamente colecciones de anotaciones, recopiladas de manera torpe y sin un orden preciso. También hay mucho material no archivado por Chaminade, todo ello puesto por sus estudiosos bajo el membrete de Hojas sueltas. Estas hojas son de fecha imprecisa, aunque se cree que son un poco posteriores a 1809. Una de ellas resulta de interés para nosotros, puesto que presenta una breve meditación sobre el primer artículo del Credo, que nos indican que ya solía Chaminade en esa época tomar como contenido de sus reflexiones espirituales las verdades contenidas en el Símbolo de los Apóstoles4.

Resulta interesante el hecho de que el Chaminade le dé al Credo mismo tanta importancia en diversas ocasiones, hasta el punto de que su recitación constituya para él más que una simple enunciación de lo que se cree: es verdadera oración. Ya en el año 1823 decía en un retiro a los miembros de la Compañía de María:

«¿Cómo hacer oración si no se presta atención a las oraciones vocales, si no se reza el Credo con fe? Si hay religiosos que al cabo de diez años de profesión, hacen tal mal su oración como el primer día es que jamás han rezado con fe»5.
Por otra parte, no deja de ser significativo que en el primer método de oración que se utilizó en la Compañía de María se indique que las verdades de la fe deben ser siempre materia de meditación. Este método no fue escrito directamente por Chaminade, sino por el P. Lalanne, el primer marianista, pero contó con la aprobación del Fundador y está conforme con los lineamientos que él proponía. La oración consta de una preparación, el cuerpo de la meditación y la conclusión. Reproduzco el texto que corresponde al cuerpo de la oración:
«Representarse, con la ayuda de la memoria, el asunto de la meditación, tal como se ha preparado la víspera. Teniendo presente el fin que uno se propone, se ponen los medios convenientes para llegar a él, reflexionando sobre las consideraciones. Si se toman las verdades de la fe (lo cual debiera hacerse siempre) se las examina a la luz de la fe. Se pregunta uno: ¿Crees eso? Se imagina uno que Jesucristo le hace esta pregunta. Se detiene un momento para sondear su fe; eleva su mente hacia Dios, se le pide que la aumente y que derrame su luz sobre su espíritu y se detiene uno para pedir y recibir las luces del Espíritu de Dios»6.
No se propone una recitación del Credo, pero el tema de la meditación puede estar constituido por alguna verdad expresada en uno de sus artículos. El Método de Oración sobre el Credo debe mucho a esta forma de meditar, y podemos incluso decir que lo que Chaminade va a plantear posteriormente no es otra cosa que lo esencial de esa oración de fe, plasmada en este primer método marianista, pero aplicado al Símbolo de los Apóstoles de una forma más sistemática.

¿Cómo valoró el mismo Chaminade la aplicación de este método, después de formulado? Encontramos algunos comentarios interesantes en su correspondencia. Algunos años antes del texto definitivo, le escribía al P. Chevaux, uno de sus discípulos marianistas, exhortándolo a hacer oración siempre a la luz de la fe, considerando en especial los misterios de la Pasión del Señor:

«Vuestras meditaciones sufrirán poco al verse, entrecortadas, unas veces por los cuidados que exige vuestra salud, y otras por ocupaciones necesarias, por lo menos si consideráis las cosas a la única luz de la fe. Meditando por ejemplo, sobre la Pasión de Nuestro Señor, ¿por qué no consideráis que todos los sufrimientos y todas las humillaciones han sido divinizadas, no sólo en la persona de Nuestro Señor Jesucristo, sino también en cada uno de sus miembros? ¿Por qué no gustaríais la dicha de los que sufren, la felicidad de los que son humillados?»7
En una carta posterior en dos meses, Chaminade le vuelve a insistir sobre el tema, señalándole elementos que luego vamos a encontrar incluidos en el Método de Oración sobre el Credo:
«Los asuntos de meditación que toma son todos muy buenos. Todo radica esencialmente en hacer un tal uso de la fe, que entréis en conexión íntima, muy real, tanto con los misterios como con las verdades de fe que sirven como tema de meditación. La fe, lo mismo en los misterios como que en las verdades, penetrará en vuestra alma y vencerá indefectiblemente la cobardía de que os quejáis»8.
Notemos como recomienda dejarse penetrar por la fe, de modo que ésta se vaya haciendo cada vez más vigorosa en el interior del hombre.

Una expresión semejante (referente a dejar actuar la fe), la encontramos en una carta a M. Claudio Mouchet, cuando Chaminade ya había redactado el método. Dice, aconsejando sobre la forma de ayudar espiritualmente a un discípulo del destinatario:

«Enseñadle, por toda oración, la oración mixta, sea del Credo de los Apóstoles, sea de los salmos de la penitencia, sea de las oraciones de la mañana o de la noche, y que se atenga a eso. Si es fiel, la fe obrará en él, más tarde o más temprano»9.
Por último, tenemos una carta al P. Perrodin (finales de 1842), donde se hace una valoración más o menos extensa del método en su aplicación concreta.
«La oración mixta sobre el Credo de los Apóstoles siempre le será útil pero como quiere aplicar la fe cristiana a la enmienda de sus defectos, recuerde siempre que todos los artículos de nuestra fe, todas las verdades reveladas se reducen a aquella que profesó San Pedro: Tu es Christus Filius Dei vivi.
»En todos los misterios de Jesucristo, comenzando por el de la Encarnación, no vea otra cosa que al Hijo de Dios que actúa en la Santa Humanidad obrando y hablando, sufriendo y muriendo, resucitando, etc. Siempre es el Hijo de Dios el que opera en su santa Humanidad; es El quien sufre, muere, resucita, sube a los cielos; en una palabra, desde la Encarnación, Jesucristo es y será siempre el Hombre-Dios o el Dios-Hombre; la fe nos hace ver siempre en Jesucristo al Hijo de Dios que obra por nosotros, que sufre, que muere, que resucita por nosotros, que nos enseña; todas sus palabras son palabras divinas dirigidas a nosotros. ¡Qué inmenso tesoro tenemos en Jesucristo!
»Nos unimos a Jesucristo por la fe en Él. Con la fe sacamos de estos tesoros, puesto que son nuestros. Tenemos necesidad de humildad, de paciencia, etc. Después de haber reconocido nuestro orgullo, nuestra falta de paciencia, etc., veamos en nuestro tesoro las humillaciones y el amor de las humillaciones, los sufrimientos y el amor de los sufrimientos que ha tenido siempre Jesucristo: los méritos de Jesucristo humillado y paciente son infinitos. Hagamos para nuestro uso un bálsamo con sus humillaciones y sufrimientos y apliquémoslo para curar nuestro orgullo e impaciencia y sanaremos; destruiremos estos vicios y cicatrizaremos las llagas que nos han causado; llegaremos a amar las humillaciones y los sufrimientos, puesto que en Jesucristo y por Jesucristo han procurado tanta gloria a Dios, y se la procurarán en nosotros unidos a Jesucristo. He ahí, querido hijo, el uso que se debe hacer de nuestra fe, especialmente en la oración, sin duda, pero también durante toda nuestra vida...
»Deseo, querido hijo, que podáis ver en este pequeño resumen, la práctica general de la fe en el curso ordinario de la vida y especialmente en la oración mental, que es el gozne sobre el cual gira toda la vida cristiana y religiosa»10.
Se podría considerar, por lo tanto, que este método, sistematizado por Chaminade cuando ya contaba con 80 años de edad, es la expresión suma de su experiencia en los caminos de la oración, y quizá la síntesis mejor lograda de entre todos los métodos elaborados por él a lo largo de su actividad de guía espiritual de personas comprometidas con su fe.
 

2. CONSIDERACIONES PRELIMINARES Y FIN DEL MÉTODO

El texto del Método de Oración sobre el Credo, tal como aparece transcrito en los Escritos de oración, ha sido elaborado en base a la confrontación de cinco cuadernos, provenientes en su mayoría del noviciado de Courtefontaine, que datan de los años 1840 a 184111. No existe un escrito manuscrito de Chaminade. Sin embargo, las semejanzas entre los cuadernos y el hecho de que sea un texto que, al contrario de la mayoría de los escritos que expresan el pensamiento chaminadiano, tenga un acabado y presentación ordenados y sistemáticos, haría pensar en la existencia de un texto del mismo Chaminade.

Se trata de un breve tratado sobre la oración dividido en capítulos, cada uno con su título, encadenados de manera lógica y con una expresión de pensamiento clara y coherente. Los títulos de los capítulos son los siguientes12:

 
I. In omnibus respice finem.
II. La meditación.
III. Método de meditación.
IV. Práctica de los principiantes.
V. Del ejercicio de la presencia de Dios durante la oración.
VI. Otras disposiciones necesarias para la oración.
VII. Conclusión.
Chaminade se propone con su método que la persona que haga oración no sólo obtenga una adhesión intelectiva a los contenidos de la fe, sino que éstos adquieran para ella una importancia vital, de modo que impregne toda la vida cotidiana misma. De ahí que no baste con saberlos, sino que es necesario plasmarlos en la práctica.

Para tener una visión clara de cómo plantea Chaminade el método, debemos tener en cuenta cuáles son los fines que se propone, y luego reflexionar sobre si es posible plasmar esto en propuestas catequéticas.

Partiendo de la consideración del fin del hombre, que es conocer, amar y glorificar a Dios, Chaminade infiere que todas las acciones del hombre deben estar orientadas a la purificación del corazón, es decir, a «no amar más que a Dios, no buscar más que a Él solo y no tender más que hacia Él con todas nuestras fuerzas»13. Todo debe ser hecho para gloria de Dios, y todo debe ser hecho por Él.

Nos resulta curioso que no haya ninguna mención al prójimo en la consideración del fin, como si el hombre se hallara solo ante Dios. Y, sin embargo, ésta es la manera en que se planteaba frecuentemente en esa época la relación con Dios. Eso no quiere decir que la referencia del amor hacia los demás estuviera ausente de la práctica cristiana. Pero hay una perspectiva teocéntrica, propia de la época, que tiñe la mayoría de las aproximaciones espirituales. Para una actualización de estos planteamientos, habría que insistir más en una referencia existencial al hombre, donde, a partir del concepto del hombre como imagen de Dios, se acentúe la acción salvadora de Dios como un proceso de reconciliación personal que se manifiesta en todos los ámbitos relacionales del ser humano (con Dios primero, consigo mismo, con los demás hombres y con el mundo creado) y que revierte positivamente en un desarrollo humano integral, teniendo al Señor Jesús, Dios hecho hombre para elevación de la naturaleza humana de cada hombre, como modelo. De este modo, la acción salvífica de Dios se presenta desde un principio, en la Encarnación, como una ontogénesis —creación óntica de un hombre nuevo, transformación del hombre en su ser mismo14—. Esto es lo que podríamos llamar antropocentrismo teologal, más en consonancia con la sensibilidad hodierna y más coherente con la reflexión teológica actual sobre el significado de la Encarnación15.

Rescatemos de las afirmaciones de Chaminade su insistencia en ver esta purificación del corazón como una vivencia del amor (el que viene de Dios), que lleva al hombre a huir del pecado y a observar los mandamientos de Dios. Sólo a partir de ahí se entiende que Chaminade afirme que en ello «radica la esencia del cristianismo»16. Lo decisivo es el cristianismo vivido, «la práctica de las enseñanzas de la fe»17. Para ello se requiere como un elemento de suma importancia la colaboración del hombre, porque, como recuerda Chaminade en consonancia con un pensamiento que se remonta hasta San Agustín, «Dios ha querido que nuestra santificación no fuera únicamente obra suya, sino que sea también obra de nuestra cooperación»18.

Este punto es de suma importancia en el método que propone el sacerdote francés. Todo lo que diga sobre este tipo de oración irá orientado en la línea de poner los medios adecuados para disponer el propio interior a la apertura a la acción del Espíritu Santo. Es decir, manteniendo la verdad de que la oración es un don, reafirmar que este don no se recibe sin una adecuada preparación interior.

Para que la meditación sea tal, y dé frutos, debe estar cimentada en la fe. «Considerada desde su verdadero punto de vista, la oración está esencialmente fundada en la fe; su objeto y su instrumento debe ser la fe»19. No debemos olvidar la insistencia que pone Chaminade en lo que señalaba el Concilio de Trento, que la fe es medio de unión con Dios. Por ello mismo, considera importantísimo que el entendimiento se dedique a la reflexión sobre aquello en donde se expresa conceptualmente la fe, que son las verdades de fe contenidas principalmente en el Símbolo de los Apóstoles. Las verdades de la revelación deben ser consideradas «en su magnífico conjunto, bien una tras de otra; o bien [el alma] analiza y descompone cada uno de los elementos de las mismas, procurando, en todo caso, descubrir sus adorables secretos»20. No hay nada referente a estas verdades que no merezca ser considerado o analizado, no hay nada de lo tocante a la fe que no merezca ocupar la atención del alma.

Este punto resulta de particular interés para la propuesta de esta tesis. Uno de los aspectos fundamentales de la catequesis es precisamente el estudio de las verdades que hay que creer. Pero, ¿no ha habido en tiempos anteriores una excesiva acentuación del carácter intelectivo de la fe, en detrimento de su parte práctica? O, por el contrario, ¿no se ha olvidado frecuentemente establecer una relación directa de los deberes del cristiano con las verdades en las que creía de manera abstracta? Tal vez, la tendencia actual de descuido de la parte instructiva de la catequesis en pos de experiencias mucho más vivenciales, pero frecuentemente sin contenido, se puede entender como un reacción a lo anterior, pero resulta igualmente empobrecedor, o incluso más.

Chaminade, al precisar que en la oración hay estudio de la fe, nos proporciona una pauta que podría ser aplicada en la catequesis: presenta las verdades de la fe dentro de un contexto de introducción al misterio, para lo cual el catequista requeriría de una vida espiritual intensa que le permitiría guiar a los educandos en una aproximación orante y reverencial a las verdades de la fe. Sin que ello tenga que darse en un estilo formal o de excesiva gravedad. Es decir, una enseñanza de la fe orientada desde un principio a la práctica, mediada por la vivencia intensa de la fe. Una educación en la que el ser humano, en confrontación con lo que debe creer, descubra a Dios mismo que se le manifiesta, y, a la vez, comprendiendo lo necesario, descubra experiencialmente lo que ha obrado en su vida, todos los dones que le ha prodigado, las maravillas que ha efectuado. Se trataría de un estudio de la fe, pero no solamente de eso. Más bien, se trata un estudio que no tendería a quedarse en lo intelectivo sin más, sino que trascendería hacia la totalidad del ser humano. Dice Chaminade que «en la oración mental el alma no se limita a considerar y a estudiar los elementos de la fe. También examina sus fundamentos, su certeza, su excelencia y su dicha»21. Pero, ¿de qué modo? Definitivamente, Chaminade no parece estar a favor de un discurso predominantemente racional en el examen de los contenidos de la fe. Incluso, llega a considerarlo como un obstáculo para una auténtica comprensión de la fe que incluya el corazón, que es lo que más importa, en definitiva, conocimiento que es accesible a todos los hombres sin excepción, independientemente del grado de instrucción que se alcance o de las luces racionales que se posea.

«Cuando se habla de meditación a personas efectivamente poco ilustradas en lo tocante a los caminos de Dios —dice Chaminade—, se suele hablar como de un ejercicio en el cual sólo una clase de personas puede acertar. Se imagina uno que es condición indispensable para la oración mental la instrucción; un hombre del pueblo, se afirma, un ignorante, aunque esté, por otra parte, bien instruido en lo tocante a sus deberes cristianos, es, de hecho, incapaz de hacer meditación.
»¡Crasa ilusión! ¡Astucia pérfida del espíritu de las tinieblas! Este hombre del pueblo, este religioso, que supongo es analfabeto, está llamado a ver a Dios en el Cielo, a amarle y a alabarle como tú que presumes de instruido; también él está llamado, lo mismo que tú, a conocer, amar y servir a Dios en este mundo, y ¿te parece que no vale para hacer oración, es decir, para un ejercicio que no tiene otro fin que el de conocer a Dios y conocerse a sí mismo? Para ser consecuente, di más bien, si te atreves, que este tal es incapaz de conocer, amar y servir a Dios, o bien, que se ve condenado a servir y amar a Dios sin conocerle»22.
La incapacidad para elevarse a la reflexión racional teológica o filosófica no es impedimento para llegar a penetrar con el entendimiento y el corazón en el sentido de las verdades de la fe. Más bien, las disquisiciones racionales, en la medida en que son puestas en primer plano, podrían convertirse en un obstáculo, ya que impedirían una práctica sencilla de la fe y atentarían contra la humildad. Chaminade previene frecuentemente contra la intelectualización de la fe, contra la primacía de los criterios propios en la consideración de las verdades reveladas.
«No creamos que hacer oración es seguir su espíritu propio y sus ideas propias en la consideración de las grandes verdades de nuestra fe; a lo más, habría que considerarla como una especie de elucubración. Lo que sí es cierto es que no serviría más que para nutrir nuestro orgullo e hinchazón de espíritu»23.

«Es preferible ser incapaz de tal clase de elucubraciones, ya que son un escollo para la fe y la humildad, más que una ventaja apreciable»24.

¿Es viable este aparente anti-intelectualismo de Chaminade? ¿Nos hallamos ante la renuncia a usar del entendimiento, y a comprender las conexiones racionales que puedan tener las verdades de la fe? ¿No nos encontramos ya a las puertas del fideísmo? En mi opinión, no creo que sea éste el pensamiento de Chaminade. El mismo precisa que no apoya la opinión de que la instrucción sea del todo inútil en la oración. Pero también es cierto que, aunque útil en cierta medida, no resulta en sí misma indispensable, no es condición necesaria para que la oración pueda darse. Porque, en última instancia, la oración no consiste en largas y bellas peroratas en presencia de Dios, en largos razonamientos, sino más bien en estar a la escucha del Espíritu Santo, practicando las virtudes teologales, por medio de las cuales el alma se eleva hasta Dios25. Y el fin que se ha de buscar es la contemplación misma donde «el alma se las ha como un niño que no hace más que mirar, sin meterse a buscar el por qué y el cómo»26. O quizá sí, pero no a la manera del hombre que duda, sino del que se deja invadir por el misterio divino ante el cual se halla y que no requiere más que de un conocimiento suficiente.

¿Cómo valorar lo que plantea Chaminade? Recordemos que se halla siempre en polémica con el racionalismo ilustrado de la época, heredado del mal llamado Siglo de las Luces, que postulaba una razón emancipada de toda luz sobrenatural, autónoma en sí misma, erigida como regla de verdad absoluta respecto a toda la realidad. Se trataba de una razón que no se sometía a ningún criterio que no fuera ella misma, en una absurda cerrazón a ámbitos de la realidad que no se dejan aprehender por medio del discurso racional. Sólo así queda claro contra qué esta previniendo Chaminade en su método: contra la subordinación del contenido de la fe a un discurso racional autosuficiente y erigido como centro de la realidad. De este modo, parece que quiere ubicar el uso de la razón dentro del lugar que le corresponde, es decir, como un conocimiento que no supera a la fe sino que más bien la supone, y que se deja iluminar por ella en su ejercicio. No de otra manera se habría de entender algunas afirmaciones de Chaminade como la siguiente: «En la oración, el alma hace a Dios el mayor de todos los sacrificios, el de su razón, sometiéndola a la fe»27. No postula un rechazo absoluto de la razón, sino su ubicación correcta dentro de la jerarquía de la capacidad cognoscitiva del hombre.

Todo lo dicho hasta ahora se resume en una página del texto que estudiamos, que me gustaría citar ahora para tener una visión de síntesis de lo planteado por Chaminade hasta ahora:

«Creados para conocer, amar y servir a Dios, no debemos vivir más que para cumplir este sublime fin. Todos nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestras obras y deseos deben tender hacia Dios. Todo cuanto hagamos y digamos debemos referirlo al Autor de nuestro ser. Así lo declara San Pablo expresamente, y tal es la fe de la Santa Iglesia.
»En la oración, el alma hace a Dios el mayor de todos los sacrificios, el de su razón, sometiéndola a la fe.
»Aprende el alma en la oración a conocer a Dios y a conocerse a sí misma, doble conocimiento que la llevará a amar y a alabar a Dios como Él quiere.
»La oración debe estar toda ella basada en la fe, versar sobre las verdades de fe y hacerse a la luz de la fe.
»El alma es, por sí misma, incapaz de hacer oración. Es preciso que se abandone a la dirección del Espíritu de Dios para considerar lo que él le inspira y en tanto que él se lo inspira, sacrificando, de este modo, sus propias luces para seguir las del Señor.
»La pureza de corazón es el fin de la oración»28.


3. ESTRUCTURA DEL MÉTODO

El método que propone Chaminade es sumamente sencillo, en comparación con otros métodos propuestos a lo largo de su vida. Sin embargo, toma elementos de los otros métodos. No pone el acento ni su confianza en el método mismo, al cual considera exclusivamente como una ayuda para disponer al orante a la acción del Espíritu Santo. Lo que propone es, por lo tanto, susceptible de adaptación a las circunstancias personales de cada sujeto.

En general, podríamos decir a grandes rasgos que el método consta de tres partes:
 

Acto de presencia de Dios.
Recitación del Credo.
Meditación artículo por artículo (aquí se incluye el ejercicio de la potencias del hombre, donde primero se efectúa las consideraciones del entendimiento, que deben tender a mover el corazón, y finalmente se toma resoluciones prácticas).

Chaminade propone que la persona que reza con este método se detenga en cada artículo y vaya considerando reposadamente todo lo que la verdad meditada le suscite. Se requiere, pues, de un ejercicio de la memoria, por el cual vaya trayendo a la conciencia una serie de verdades relacionadas con el enunciado que se tiene en ese momento en consideración. Luego, hay una aplicación del entendimiento a penetrar en el significado y alcance de esa verdad, pero sin quedarse en una mera disquisición intelectual, sino buscando aquello que toque el corazón y lo impresione. Chaminade se halla alejado de una utilización racionalista del entendimiento. Busca más bien una comprensión vital de los contenidos doctrinales de la fe. Esta comprensión debe ir acompañada de actos de fe, es decir, manifestaciones del sujeto por medio de las cuales expresa su confianza en Dios, lo adora, le suplica, le pide perdón. Esto debe surgir no como un añadido al artículo que se está meditando, sino como consecuencia directa de él, ante la contemplación admirativa de la realidad expresada por ese enunciado doctrinal. Inmediatamente después, se atiende a lo que este misterio prescribe que se debe hacer, y se pide la ayuda de Jesús y de María para poder cumplirlo. Se pasa luego a considerar otro artículo, aplicando el mismo procedimiento, y así sucesivamente, hasta que se cumpla el tiempo que uno ha decidido aplicarse a la oración29.

Chaminade no pretende en ningún momento forzar el camino del orante. Simplemente, deja que el tiempo de meditación de cada artículo se ajuste al ritmo interior de la persona, sin obligar al cumplimiento de un tiempo determinado. La persona debe ir encontrando poco a poco gusto en lo que medita, y si a veces ocurre que se detenga muy poco en cada artículo, puede suceder también, por el contrario, que encuentre gran riqueza en la meditación de las verdades de fe, y el tiempo le quede corto30.

El Método de Oración sobre el Credo es asequible a todas las mentes, y no presenta mayor dificultad. Como hemos señalado, consiste en ir recitando la verdades del Credo, y detenerse donde se desee profundizar, buscando penetrar suavemente en el sentido de cada uno de los artículos. Para ello se va interrogando a la fe misma, ejercitando las potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad). No se acude sin nada a la oración. Hay un trasfondo, constituido por lo que se ha aprendido respecto a la fe.

«Exígese de todos una instrucción suficiente y proporcionada a las disposiciones de su inteligencia en relación con el Credo. Quienes no puedan aprender otra cosa que las instrucciones de su catecismo, que procuren asimilarlas bien. En cambio, quienes puedan ilustrase más, harán lecturas más extensas sobre esta materia»31.
En un principio, se busca mantener a raya las distracciones, para adquirir el hábito de la meditación en reposo. Incluso Chaminade llega a considerar que la oración es fructífera si se ha hecho todos los esfuerzos para alejar las distracciones, aunque no se haya podido meditar mucho en la materia. Se trata de un verdadero método pedagógico, por medio del cual se dispone las facultades del orante para que adquiera paulatinamente el hábito de meditar reposadamente. No debe forzarse el proceso, para no convertir el acto de meditar en una carga pesada.
«Si el principiante está interiormente tan poco dispuesto que no pueda detenerse más que un solo minuto en cada artículo sin distraerse, que no se detenga más que ese minuto; y si no puede tanto que se detenga menos, pero que tenga cuidado para mantenerse atento siempre, dejando pasar las distracciones en su espíritu, como las nubes que el viento se lleva, contentándose con recitar el Credo, una, dos, tres, cuatro veces, si es necesario, con tal que lo haga con toda la atención posible.
»El fin que debe proponerse, ante todo, es el de habituarse a pasar el tiempo de la oración lo menos agitado que le sea posible por las distracciones. La única cosa que se le exige para lograrlo es la buena voluntad»32.
Esta constancia y perseverancia en la meditación, pero sin forzar los pasos, engendrará progresivamente un gusto particular por detenerse en algunas de las verdades que se medita. Porque, ante todo, se busca ejercitar la fe y propiciar un encuentro con Dios. Esto se trasluce en los ejemplos prácticos que pone el mismo Chaminade sobre la manera de meditar. Siempre está presente una involucración personal del orante con lo que medita, tendiente al diálogo personal con el Señor Jesús y con Santa María, buscando abandonarse a las luces que brinde el Espíritu Santo. Según lo que hemos señalado anteriormente, Chaminade no desea que su método se convierta en una instancia de elaboración intelectual, sino más bien en un ámbito de silencio y escucha, dejando que el Espíritu hable a través de las verdades reveladas sintetizadas en el Símbolo de los Apóstoles. Si se permanece en oración el tiempo propuesto, con buena voluntad, Dios no dejará de auxiliar al orante. Tal es la confianza que pone Chaminade en la acción divina, que llega a decir que
«por poco fiel que sea el alma en concentrar su atención y en escuchar lo que le diga el Espíritu de Dios, que le hablará infaliblemente si permanece tranquila, paulatinamente llegará a gustar de las verdades del Credo, encontrará en ellas atractivo, gustará de volver sobre ellas y detenerse en las mismas. Comenzará por comprender que el Credo es, efectivamente, un vasto tema de meditación y, sobre todo, un tema hermoso en el que sólo encontrará placer y luz»33.
Esto no puede darlo una reflexión puramente intelectiva, sino sólo aquello que incluya todos los niveles que abarca el ejercicio de la fe (entendimiento, corazón y acción).

Siendo una oración de fe, que a la vez debe resultar gustosa para el que la practique, Chaminade considera que la inteligencia y el corazón deben operar unidos en la meditación.

«Nuestra práctica se dirige, a la vez, a la inteligencia y al corazón, puesto que esta oración es, a la vez, meditativa y afectiva. La manera como dispone las consideraciones es tan real, los temas que considera son tan variados, que la inteligencia pasa de unos a otros, según el modo como el corazón se siente más o menos impresionado, sin dar lugar al hastío»34.
Pero incluso no se detiene solamente en la participación afectiva, sino que esto debe plasmarse en acciones concretas que estén de acuerdo con la fe que se profesa.

En fin, se trata de una verdadera pedagogía de la fe que busca evitar la ruptura entre fe y vida, y que, por lo tanto, en nuestra opinión, merece incluirse en la enseñanza catequética, a partir de sus principios fundamentales. Chaminade lo resume así:

«Para ejercitar la fe es preciso representarse los elementos de su fe en relación con una verdad revelada concreta; formular después actos de fe tanto orales como mentales; deducir las consecuencias prácticas que se derivan de tales verdades; comparar la conducta propia con tales exigencias, deplorar su ceguera, humillarse, pedir perdón al Señor, pedir un acrecentamiento de la fe y desearlo ardientemente»35.
Poniéndolo en esquema, podríamos representarlo así:
 
FE EN EL ENTENDIMIENTO representación en relación con una verdad revelada
FE EN EL CORAZÓN actos de fe orales y mentales
FE EN LA ACCIÓN deducir consecuencias prácticas; comparación con la propia conducta

Todo este proceso realimenta el acto de la oración, incidiendo en una vivencia cada vez mayor de la fe, para lo cual se requiere, indudablemente, una disposición mínima, es decir, la colaboración con la gracia. Estos esfuerzos, plasmados en el método, no producen automáticamente el encuentro con Dios, ni una fe vivida, pero abren el corazón a la presencia de Dios, de modo que cuando Él se manifieste, encuentre al hombre dispuesto. «Comencemos [...] por acercarnos a Dios y entonces Él se acercará insensiblemente a nosotros»36. Esto debe convertirse en una actitud constante, so pena de interrumpir el proceso de comunicación con Dios en la oración.

«Si nuestra vida no la vivimos de acuerdo con nuestra fe, por muy exigua que ésta sea; si vamos a la meditación como a uno de tantos ejercicios de la vida ordinaria, ¿cómo nos atreveremos a esperar que Dios se nos muestre? Si no trabajamos con perseverancia, si no cooperamos con la gracia, si violamos constantemente el pacto contraído con Dios, si seguimos servilmente los movimientos carnales, si continuamos ocupados en desgarrar la fama del prójimo, sino somos fieles observantes de la regla y de nuestros votos, ¿cómo pretenderíamos entonces lograr favores en la oración?»37
Entiéndase esto como respuesta que se le da al favor de Dios, y no como méritos que el hombre debe ostentar como requisito para que Dios se manifieste. No olvidemos que, sea como sea, Chaminade siempre presupone que el hombre es una nada que peca, alguien que no merece que Dios se le manifieste, por sí mismo totalmente lejano de Dios perfectísimo.
«¡Oh Dios mío! Que yo te conozca y que me conozca a mí mismo, miserable criatura, pobre nada, más vil y despreciable que la misma nada, ya que he añadido a la nada de mi ser, la nada del pecado...
»Dios lo es todo y yo soy nada; Dios es santo y yo me veo cubierto de manchas. Dios es justo y yo estoy lleno de iniquidad. Dios es bueno y yo, por el contrario, soy un ingrato. ¿Qué relaciones puede haber entre Dios y yo; entre el ser y la nada; entre la soberana perfección y el pecado?»38
Si tomamos estas frases fuera del contexto de la totalidad del pensamiento de Chaminade, encontraríamos justificada la crítica de la religión que hacen un Feuerbach, un Nietzsche o un Sartre (no deja de llamarnos la atención el parecido de algunas de las frases de nuestro autor con aquellas afirmaciones que estos filósofos rechazan en sus respectivas críticas de la religión). Sin embargo, dentro del teocentrismo de la época, se explica esta aproximación antropológica como un intento de resaltar sobremanera el amor de Dios, cuyo amor resulta mucho más gratuito y generoso en la medida en que se dirige a quienes resultan desde todo punto de vista despreciables. De ahí que muchas veces, aun considerando que el hombre es superior a toda la creación por su carácter racional, se lo presente como mucho peor que ella a causa del pecado, más abyecto que la nada misma. Y para elevarse sobre esa situación, el hombre debe llegar hasta el punto de que su corazón «no se alegre más que con el desprecio», buscando purificarse a través de los sufrimientos, a veces autoimpuestos en espíritu de sacrificio, «constituyéndose así [el alma] en el ministro de las venganzas del Altísimo a costa de sí misma»39.

Chaminade le dedica un apartado especial al «ejercicio de la presencia de Dios durante la oración», el cual debe acompañar siempre la oración40. Volvemos a constatar que la meditación, para Chaminade, no puede incidir solamente en el aspecto conceptual-intelectivo, sino que debe tender hacia la dimensión del encuentro con Dios. Esto es lo primero que debe realizar el hombre que entra en la oración. Para ello pone ejemplos de oraciones de invocación a Dios, en las que esboza en pinceladas rasgos de su propia teología espiritual.

«Multiplicando los actos de esta clase se pone uno en presencia de Dios. Todos estos actos deben basarse en estas dos verdades fundamentales: Dios lo es todo; yo no soy nada.
»Ejercitar su fe en ambas verdades y escuchar bien lo que el Espíritu de Dios inspire a este respecto: en esto consiste todo el ejercicio de la presencia de Dios»41.
El método de Chaminade apunta aun más lejos: a hacer de la presencia de Dios un hábito del cristiano, de modo que en todo momento de la vida cotidiana experimente la familiaridad de Aquél en cuya presencia se halla. Para ello recomienda la repetición constante de actos de fe, hasta que resulte connatural hallarse en todo momento ante Dios. «Digamos a menudo: ¡Dios mío! Tú estás a mi lado; estás dentro de mí, está en torno mío... y, sin embargo, ¡no presto atención alguna a ello!»42 Decir estos actos (o jaculatorias) crea en el hombre esa disposición que le permitirá fácilmente entrar en oración cuando llegue el momento determinado para ello.

Es necesario precisar cuál es la naturaleza de esta presencia de Dios que propone Chaminade. Según el principio de no forzar las potencias del alma, sino de guiarlas suavemente, no consistiría en la imposición de un ejercicio, convertido en deber del cristiano. El pensar explícitamente sólo en Dios, sin que haya otra cosa que ocupe la mente, o el querer que así sea, ni siquiera constituye para Chaminade el requisito indispensable para poder hacer oración. Ésta es una forma elevada de presencia de Dios, a la cual Chaminade considera como un favor del Cielo, que Dios sólo otorga a ciertas almas privilegiadas. Pero no es aquella de la que se habla aquí. «Lo que sí exigimos es el pensamiento habitual de la presencia de Dios; es decir, el hábito de mantenerse en su presencia; hábito que se adquiere a fuerza de repetir actos de fe»43.

La valoración que merece este punto para una catequesis vivencial resulta positivo. Se podría hacer una aplicación interesante, conduciendo a los catequizandos a ejercitar su fe respecto a los contenidos impartidos en la enseñanza catequética. O presentar también los contenidos bajo la forma de oraciones, de forma que a la vez que se aprende verdades de la Revelación, se las impregna de un deseo de ir al encuentro del Señor. De esta forma se acortaría el hiato entre lo conocido y lo vivido, resolviéndose en una síntesis de los tres niveles de la fe. Quizá también se podría aplicar por medio de la celebración de breves momentos de oración en la catequesis misma, de forma que el acto de rezar no se convierta en uno de los elementos más de la enseñanza impartida, sino que constituya su forma de principio a fin. Todo para hacer una catequesis en presencia de Dios, que conduzca a los catequizandos a adentrarse en ella. Evidentemente, ello requiere del mismo catequista el cultivo de un espíritu de oración, que le permita ser un auténtico testigo de la Palabra. Por encima de los métodos, que son siempre medios, se halla siempre el encuentro de personas, en el cual surge y se transmite la fe. El encuentro se eleva a la categoría de símbolo y de referencia de un encuentro trascendente con Dios. Éste no se comunica más que a través de personas, no por medio de puros contenidos conceptuales ni de métodos, por más eficaces que sean.

Chaminade desarrolla al final del método algunas disposiciones más que considera imprescindibles para la oración, que son:
 

La unión con María.
La unión con Nuestro Señor Jesucristo.
Hacer de nuestra vida entera una preparación habitual a la oración.

No creo necesario explicar las dos primeras disposiciones al detalle, puesto que forman parte de los principios fundamentales de su doctrina espiritual, ya explicados de manera general en el primer capítulo.

Sin embargo, sería pertinente hacer algunas observaciones sobre el tercer punto, ya que apunta al aspecto práctico de la fe. Se trata de hacer todos los esfuerzos por evitar el pecado y cumplir con lo que uno se ha propuesto en la meditación, dentro de un espíritu de sacrificio constante. Deslindando el hecho de que Chaminade cargue demasiado las tintas en lo negativo de la situación de pecado del hombre, éste debe ver surgir en él «sentimientos de vivo dolor [por su pecado], de profunda humildad, de firme esperanza y de amor más ardiente»44. Ello engendra una paciencia ante los males y contradicciones por las cuales se tenga que pasar. En fin, la purificación del corazón.

Sólo se requiere que se permanezca fiel. De lo contrario, podría suceder que hasta la misma oración se vaya enfriando, llegando incluso a desaparecer. Se puede llegar

«a tal punto de disgusto y de malestar interior, que ya le es imposible a uno entregarse a la oración. Entonces, para tranquilizarse a sí propio, o bien ya no quiere que nadie le ilumine acerca de los deberes a los cuales no se quiere ser fiel, o bien no se quiere hacer sacrificios para mantenerse fiel a tales deberes. [...]
»La fidelidad a las enseñanzas de la fe es, pues, una disposición indispensable, no sólo para hacer progresos en la oración o para sostenerse, sino también para continuar entregándose a ella»45.
Nuevamente, en pocas palabras, Chaminade sintetiza al final lo dicho hasta ahora:
«Resumiendo cuanto acabamos de decir sobre las disposiciones necesarias para la oración, se precisa:
»1. Vivir en consonancia con las luces de la fe que Dios nos comunica.
»2. Ejercitarse frecuentemente en la presencia de Dios.
»3. Mantenerse habitualmente unido a Jesús y a María.
»O, en otros términos: la fe, la humildad, la confianza y la unión con Jesús y María»46.
O —también podríamos decir— la unión entre fe y vida, el convertir la fe en una actitud vital que no esté ausente de la existencia toda, sino que la impregne desde sus raíces, sin divisiones traicioneras entre lo sabido y lo practicado.
 

4. VALORACIÓN

¿Qué valoración merece este método? Se presentan algunas dificultades, provenientes de cómo se defina lo que es orar. ¿Podemos decir que se trata efectivamente de oración? ¿O es simplemente una consideración especulativa sobre las verdades de fe, sin un encuentro personal con Dios, salvo en algunos breves momentos? Hay quienes distinguirían entre lo que es hacer una meditación y hacer oración, sin que ambas cosas puedan identificarse, puesto que no toda meditación implicaría una comunicación del hombre con Dios47.

Chaminade busca a lo largo de su breve tratado fundamentar el hecho de que este tipo de meditación sea efectivamente oración, de modo que llega incluso a definir la meditación misma en términos de diálogo.

«La meditación es un santo intercambio entre el alma y su Dios; es una conversación inefable en la que todo un Dios no tiene a menos darse a conocer a una vil criatura e iniciarla en las profundidades de sus eternos designios; conversación en la que el alma, después de haber contemplado a la luz de la fe las grandezas infinitas de su divinidad, sus adorables perfecciones, los planes de su sabiduría y la maravillosa economía de sus obras, se abaja y se anonada a la vista de su propia nada, admira y adora la bondad de ese gran Dios que se digna permitirle comparecer ante su presencia»48.
El acento está puesto precisamente en que la meditación se lleva a cabo en presencia de Dios, y sin esa presencia no tendría ningún sentido. Más bien, cuando ella se da, la fe se ejercita con mayor intensidad y, por lo tanto, el aplicarse a meditar en verdades expresadas conceptualmente se convierte en un encuentro con Dios mismo, yendo más allá de los contenidos hacia la realidad misma del misterio divino.
«¿Quién podría decir lo que sucede en un alma iluminada por la fe en la presencia de Dios? ¡Qué inefables delicias, qué alegrías tan puras, qué dulzura hasta en las mismas lágrimas que derrama! Por otro lado, ¡cuántas luces le son dadas a medida que esta alma se abisma en el desprecio de sí misma y en el olvido de cuanto no sea Dios! Luces sobre Dios en quien descubre cada día nuevos motivos de amarle; luces sobre sí misma, cobrando cada vez mayor conciencia de su nada y d su abyección; luces sobre sus criaturas, de las que se despega rápidamente.
»De este modo su corazón se purifica, su fe se aumenta y, si continúa siendo fiel a la gracia, pronto llegará a ese estado dichoso en que, abismada en su Dios, se olvidará perfectamente de sí misma, para contemplar de continuo sus infinitas perfecciones»49.
Chaminade le sale al paso a quienes dudan de que su método sea propiamente oración:
«Pero —dirá alguno— esta práctica de la oración mental, tal como la proponéis no es un verdadero método; o, si se quiere, la oración que lograréis se la sigue, no es una verdadera oración.
»A ello respondo como sigue:
»1) Todos los padres de la vida espiritual reconocen que se trata de una verdadera oración. El mismo nombre que le han asignado lo prueba; este nombre es el de "oración mental mixta".
»2) Afirmo que la oración de que hablo es una verdadera oración mental y no me parece difícil probarlo.
»La finalidad y el gran objeto de la oración es, sin duda alguna, purificar el corazón y disponer el alma para ver a Dios. No se puede ver a Dios aquí abajo más que a la luz de la fe. Esta luz, que es un don de Dios, es más o menos perfecta, en la medida en que el alma, favorecida con tales luces de la fe haya sido más fiel a ellas. La fe nos hace conocer a Dios tal como quiere que nosotros le conozcamos. Todos esos rayos luminosos que él hace llegar a nuestra vista en relación con la naturaleza divina y sus maravillas, han sido ya concentrados en un haz luminoso por los Apóstoles. A la luz de tal haz han querido ellos reconocer a los auténticos fieles del Señor. Por último, esta fe que nos hace conocer a Dios es una fe que justifica y al mismo tiempo purifica el corazón. El Santo Concilio de Trento ha definido a la fe de que tratamos como "la raíz, el principio y el fundamento de toda justificación".
»Ahora bien: si la oración tiene, realmente, por objeto el disponer el alma para ver a Dios, y si el alma no puede ver a Dios sino en la medida de la pureza del corazón, se precisa, para que la oración cumpla con su objeto, que trate sobre materias de fe, porque la fe es un medio indispensable para lograr la purificación del alma y es fundamento de la vida cristiana.
»Toda la perfección del hombre consiste en conocer a Dios y en conocerse a sí mismo: Noverim Te, noverim me, decía a menudo San Agustín: oración magnífica que también nosotros deberíamos repetir a menudo.
»Ahora bien, ¿dónde aprenderá el alma a conocer a Dios y a conocerse a sí mismo más que en la oración, en la que Dios mismo promete instruirnos? ¿De qué modo se manifiesta Dios a nosotros sino por la fe? ¿Y dónde se encuentra formulada la fe sino en el Credo? ¿Quién no ve que toda oración que no tenga a la fe por objeto, medio y principio es una falsa oración? ¿Quién no ve, asimismo, que considerar las hermosas verdades de la fe en su conjunto, es necesariamente hacer oración? Ahora pregunto: ¿Qué hace quien, después de haber recitado el Credo, oralmente primero y mentalmente después, se detiene en cada artículo tanto tiempo como la gracia le mueve a ello para ejercitar su fe? ¿Qué otra cosa está haciendo más que oración?»50
Creo que el método se ajusta al dinamismo propio de la fe, teniendo también en consideración el funcionamiento natural del ser humano. Por ello, creo que hay una gran cantidad de elementos aprovechables para la enseñanza de la fe en la catequesis. Sobre todo porque evita el peligro de que los enunciados doctrinales en que se expresa la fe, reunidos en síntesis en el Credo, se conviertan en un obstáculo para el encuentro personal con Dios. Más bien, retoma el espíritu de fe con que estas verdades fueron proclamadas desde un principio y se inserta en ese mismo dinamismo para que esas mismas verdades sean, a la vez que una invocación al entendimiento, un medio para que la persona entera en todos sus niveles ingrese en el ámbito misterioso de la comunicación con las Personas divinas.


NOTAS

  1. Carta de fin de enero de 1840, citada por Victoriano Pardo, S.M., EO 511*. 
  2. EO 511*. 
  3. Carta a Mlle. de Lamourous, 27-5-1796, EO 8. 
  4. He aquí el texto de la reflexión: «1º. Credo in Deum. Creo en Dios, es decir,: 1º. Yo creo firmemente que hay un Dios. 2º. Creo firmemente cuanto a ese Dios le plugo enseñarme. 3º. Espero en Dios, el cual es objeto de mi confianza y de mi amor. Los Santos Padres y en especial San Agustín, Tract. 29 in Joan. Sermo 61. Creer en un Dios, creer a Dios, creer en Dios... Ser soberano, verdad suprema, bondad suma... // NOTA: ¿Quién es Dios? El ser infinitamente perfecto, es decir aquél en quien se encuentran infinitas perfecciones y en grado infinito de perfección. // No hay más que un Dios. // Por consiguiente, hay que adorarle a El únicamente, // hay que amarle a El  únicamente, // a El hay que servirle únicamente. // 2º. Credo in Deum Patrem. 1. Padre de todos los seres por la Creación y por la suavidad de su Providencia; 2. Padre de los hombres a quienes ha formado a su imagen, y Padre sobre todo de los cristianos a quienes ha adoptado por su gracia. 3. Padre de un modo especial e inefable de su Hijo único, a quien comunica su naturaleza y su esencia. // 3º. Credo... Omnipotentem. Nos es muy útil la consideración de la omnipotencia divina: 1. Para el afianzamiento de nuestra fe: nos convence sin dificultad de las cosas más increíbles; 2. para el robustecimiento de la esperanza: nos hace esperar con confianza las cosas en apariencia más imposibles; 3. para establecer el fundamento de nuestra piedad: no hace inconmovibles por el temor religioso que nos inspira...» Credo in Deum Patrem omnipotentem creatorem. Meditación sobre el Credo, 5ºcuaderno, en cartoné, pp.81-82, EO 64. 
  5. Retiros de 1823, 4ª conferencia: Condiciones de la oración, Archivos, Manuscrito de Burdeos o Libro Rojo, Caja 10, EO 308b. 
  6. Método de meditación del P. Lalanne, Archivos, Cuaderno Q, EO 119. 
  7. Al P. Chevaux, 2-5-1837, EO 640. 
  8. Al P. Chevaux, 3-7-1837, EO 641. 
  9. A M. Claudio Mouchet, 30-6-1840, EO 642. 
  10. Al P. Perrodin, finales de 1842, EO 643-645. 
  11. Ver EO 511*B. 
  12. Ver Método de Oración sobre el Credo, EO 511-584b. 
  13. Allí mismo, EO 516. 
  14. «..la unión con el Verbo no puede menos de modificar la condición de la criatura, de tal modo que en cierto sentido ésta entre en la esfera de la divinidad. Por eso, la elevación de toda la humanidad y, por medio de la humanidad, de todo el mundo infrapersonal, se explica radicalmente por el hecho de que todo el universo creado está ordenado a preparar y a llevar hasta su última perfección la encarnación misma». Maurizio Flick y Zoltan Alszeghy, Antropología teológica, Sígueme, Salamanca 1985, p.609. «Si no existe ya otro Dios que el encarnado; si el encarnado no existe de otra forma que en indisoluble igualdad de naturaleza y solidaridad de destino con la humanidad; si cada hombre está en cierto modo ya integrado en el plan de la encarnación redentiva y misteriosamente forma la persona y el cuerpo de Jesús, bien actualmente como humanidad redimible, entonces el destino de la Gloria de Dios en el mundo y el destino de la gloria del hombre coinciden. Una separación significaría negar el hecho más decisivo de la historia humana: la vida, muerte y resurrección de Jesús, que es simultáneamente encarnación de Dios en el hombre y promoción del hombre a ser desde Dios». O. González de Cardedal, o.c., p.77. Siendo el hombre, en cuanto creado a imagen de Dios, el centro donde converge toda la Creación, el mismo también aparece como centro cuando Dios decide realizar su obra definitiva en la elevación reconciliadora obrada por el Verbo hecho hombre. Sobre la relación entre imagen de Dios y Encarnación, ver Theodor Haecker, ¿Qué es el hombre?, Guadarrama, Madrid 1961, pp.176ss. 
  15. Esta perspectiva encuentra plasmación en las enseñanzas del Concilio Vaticano II: «En realidad, el misterio del hombre sólo s esclarece en el misterio del Verbo encarnado. [...] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y d su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. [...] El que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre». Gaudium et spes, 22. No es otra la perspectiva que encontramos en el Magisterio de Juan Pablo II, quien ya en su primera encíclica programática decía, luego de citar el texto mencionado del Concilio, que «la Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo, contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella. [...] El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su comunitario y social —en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o tribu), en el ámbito de toda la humanidad— este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención». Juan Pablo II,Redemptor hominis, 13 y 14. 
  16. Método de Oración sobre el Credo, EO 516. 
  17. Allí mismo. 
  18. Allí mismo. 
  19. Allí mismo, EO 519a. 
  20. Allí mismo, EO 519b. 
  21. Allí mismo. 
  22. Allí mismo, EO 524. 
  23. Allí mismo, EO 522. 
  24. Allí mismo, EO 525. 
  25. Ver allí mismo, EO 526. 
  26. Allí mismo, EO 527. 
  27. Allí mismo, EO 537a. 
  28. Allí mismo, EO 536-537b. 
  29. Ver allí mismo, cap.IV.: «Práctica de los principiantes», EO 538-559. 
  30. Ver allí mismo, EO 550-551. Aparentemente la meditación de frases breves o de palabras claves de la fe se agotaría rápidamente y no soportaría la práctica repetida. La experiencia de los santos y maestros espirituales demuestra que no es así. Son más bien los métodos muy elaborados los que terminan por agotarse y no corresponder con la sencillez espiritual que se va adquiriendo. «...es preciso recordar la advertencia, común a san Ignacio y a santa Teresa, de que para muchas almas, e incluso para las más avanzadas en las vías espirituales, la simple recitación lenta, pacientemente rumiada, de una fórmula de oración (como una sentencia del padrenuestro) puede constituir una excelente meditación. El todo está en tomar allí cada palabra, una tras otra, en destilar de ella todo el sentido que tenga para nosotros, en deducir de ellas todas las consideraciones y afectos que es posible poner en marcha en nosotros, para pasar a la siguiente y hacer lo mismo con ésta cuando la primera nos parezca haber dado, por el momento, todo cuanto somos capaces de recibir de ella». Louis Bouyer, Introducción a la vida espiritual. Manual de teología ascética y mística, Herder, Barcelona 1964, pp.109-110. 
  31. Método de Oración sobre el Credo, EO 550. 
  32. Allí mismo, EO 540. 
  33. Allí mismo, EO 550. 
  34. Allí mismo, EO 552. 
  35. Allí mismo, EO 556. 
  36. Allí mismo, EO 559. 
  37. Allí mismo, EO 558. 
  38. Allí mismo, EO 562. 
  39. Allí mismo, EO 583. 
  40. Ver allí mismo, EO 560-572c. 
  41. Allí mismo, EO 565. 
  42. Allí mismo, EO 567. 
  43. Allí mismo, EO 569. 
  44. Allí mismo, EO 583. 
  45. Allí mismo, EO 584. 
  46. Allí mismo. 
  47. Por ejemplo, José Rivera y José María Iraburu, quienes sostienen que «sobre cualquier tema (p.ej., el evangelio del buen samaritano) cabe "hacer la meditación" en tres niveles: «1.º — meditación pagana: "Es admirable la generosidad del samaritano. He de imitarle. No pasaré de largo ante mi hermano necesitado", etc. Esto no es oración. No saca del yo. Ni lleva a meditación cristiana, pues para nada entra Dios, su gracia, Cristo salvador. // 2.º — meditación cristiana: "El samaritano simboliza a Cristo, que no pasó de largo ante la miseria de nuestro estado de pecadores, sino que vino a levantarnos de él. Yo he de orientar mi vida, con su gracia, en el mismo sentido", etc. Esto sigue sin ser oración. Es una meditación cristiana, pues está hecha en fe. Pero no es oración, pues no hay alabanza, ni súplica, ni encuentro personal amistoso con Dios. En esta modalidad meditativa, como en la anterior, suele predominar la consideración moral. // 3.º — oración meditativa: "Cristo bendito, que te compadeces de nosotros, como el buen samaritano, te doy gracias de todo corazón. Enséñame a inclinarme compasivamente hacia mis hermanos necesitados", etc. Esto es oración, en la que el discurso meditativo —sobre un tema evangélico— lleva a la relación amistosa con el Señor. Y lleva también a la conversión personal, pues según el tema considerado, conviene "hacer muchos actos par determinarse a hacer mucho por Dios y despertar el amor, y otros para ayudar a crecer las virtudes" (V. 12,2) P. José Rivera y José María Iraburu, Espiritualidad católica, Centro de Estudios de Teología Espiritual (CETE), Madrid 1982, p.765. 
  48. Método de Oración sobre el Credo, EO 518b. 
  49. Allí mismo, EO 581d. 
  50. Allí mismo, EO 554-555. 

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