AMOR NO SIGNIFICA AMOR
Crisis del concepto de amor en el mundo actual

por Martín Scheuch
 

En este escrito pongo algunas consideraciones incompletas sobre la crisis del concepto de amor que se sufre en el mundo actual. Se trata solamente de algunos apuntes que podrán ser enriquecidos y completados posteriormente. Algunas de las ideas aquí vertidas le deben mucho al pensamiento de Gustave Thibon. El esquema general que sigo es el de la división tripartita del hombre en espíritu, alma y cuerpo. Creo que, en el fondo, la crisis del amor se manifiesta como la acentuación exclusiva de uno de los componentes del ser humano y la desintegración de la persona por el absurdo intento de vivir el amor sólo en uno de los niveles, sin tener en cuenta a la persona completa.
 

LA TRAMPA DE LAS PALABRAS

Hablar sobre el amor no es fácil. Se trata de uno de los temas donde más fácilmente surgen equívocos. Mas aun, cuando lo que se constata es que los significados que se esconden detrás de esta breve palabra de cuatro letras son tan diversos, que ya no sabe si el que habla y el que oye están entendiendo lo mismo.

Debemos considerar, sobre todo, que el término ya no tiene toda la riqueza y amplitud con la que se usa en el ámbito religioso. Es curioso constatar que la palabra se sigue utilizando dentro del campo de lo religioso, pero difícilmente se utiliza con la misma acepción en todos los demás ámbitos de la vida cotidiana. Cuando uno dice que ama a los seres humanos concretos o que ama a Dios, no utilizará las mismas palabras. A un amigo no se le dice que se le ama (aun cuando se sabe que la amistad es un tipo de amor), sino que se le aprecia, se le estima o se le quiere. El termino «amor» requiere muchas veces ir acompañado de un calificativo que disipe los equívocos. Así se habla de amor filial, amor paternal, amor divino, etc. En cambio, el termino por sí sólo, cuando carece de adjetivos, designa, en el habla común de hoy, una relación amorosa específica: la que surge entre un hombre y una mujer.

Antes de entrar propiamente al tema de nuestras reflexiones, es preciso desenmascarar los términos para evitar ambigüedades. Además, la utilización de las palabras siempre van rodeados de un contexto. Las palabras pierden su inocencia para ser portadoras de significados que se hallan en lo que no se dice, pero que está igualmente presente en el mensaje. Por ello, un breve análisis de las expresiones más comunes relacionadas con el amor puede llevarnos a ese conjunto de ideas y criterios que se hallan latentes en el entorno, y que muchas veces las personas asumen sin tener conciencia refleja de lo que están asumiendo.

En resumen, cuando se dice «amor» simplemente, se alude a la atracción afectiva mutua que surge entre un hombre y una mujer. La frase «te amo» solamente puede ser utilizada actualmente sin equívocos ni malentendidos en el marco de esta relación específica. Hay expresiones relacionadas con esta connotación, como, por ejemplo, «hacer el amor», que se refiere a la unión sexual sin más, en que el elemento de la afectividad puede estar ausente. «Siento amor» alude a la forma en que se asocia el amor a una experiencia del sentimiento, más que a una virtud o un acto de la voluntad. La expresión «yo amo» puede indicar una preferencia por una persona, un objeto, una realidad. Pero, igualmente, designa un sentimiento y se utiliza solamente en sentido metafórico en este caso.

También la palabra se utiliza en el ámbito religioso, con toda la connotación que originalmente ha tenido. Pero dentro de este contexto, la palabra «amor» tiene un significado específico, que suele estar alejado del sentido en que la palabra se toma en la vida diaria. Aparece más ligado a una comprensión doctrinal de la palabra, que requiere de una formación e instrucción catequética. Se necesita un esfuerzo mental para adaptarse al significado que aquí tiene la palabra, pues no brota espontáneamente tal comprensión. El uso cotidiano de la palabra ejerce tal influencia como para que resulte connatural en la mayoría de las personas la acepción religiosa del término.

En general, se puede constatar que pocas veces se utiliza la palabra «amor» con el mismo sentido y significado que hallamos en el Evangelio y el cristianismo en general, aunque su significado actual se derive de este significado primigenio. Por otra parte, la palabra «caridad» ha quedado restringida a una sola de sus acepciones (beneficencia social), cuando, en realidad, tiene un significado mucho más amplio y rico.
 

EL AMOR SIN ESPÍRITU

Como hemos dicho, la palabra «amor» designa una particular relación que se establece entre un hombre y una mujer. Pero, en la forma cómo se concibe actualmente, tiene estas características:
 

  • se centra la atención en los sentimientos y la atracción física; es decir, se considera que hay amor cuando la persona tiene sentimientos de afecto muy especiales hacia la otra persona, hasta el punto de pensar constantemente en ella; se confunde entre el amor y el mero atractivo que se experimenta hacia una persona;
  • la atracción física es tan importante que incluso se piensa en la unión sexual como la meta o el cumplimiento del amor entre el hombre y la mujer;
  • esta concepción del amor se centra en lo psicológico y biológico, sin darle relevancia a lo espiritual propiamente dicho;
  • algunas ideas que antes se vinculaban con el amor y que tienen raíz en el espíritu del hombre se han oscurecido o han desaparecido del todo, como, por ejemplo, sacrificio, donación, duración (para siempre), fecundidad; incluso algunos de estos elementos se consideran como un obstáculo para la existencia de un amor pleno.


El olvido de las realidades espirituales (sacrificio, donación, etc.) tiene consecuencias graves. Trataré de describir algunas de ellas.

En primer lugar, se pierde de vista el horizonte de la verdadera realización del hombre y se ignora dónde se halla el horizonte de su felicidad plena. De este modo, en el amor se busca prioritariamente que el otro pueda hacerme feliz, y lo contrario —que yo lo haga feliz— queda en segundo lugar. O, de otro modo, la felicidad que yo pueda proporcionar está en dependencia de la felicidad que pueda darme la otra persona. La duración de la relación amorosa es puesta en dependencia del goce que cada uno pueda obtener.

Se oscurece la conciencia de que en el amor lo más importante es la persona, cuyo valor está por encima de los efectos que pueda producir en el otro; es decir, el amor trasciende el hecho de que la otra persona me haga sentir mal o bien, porque encuentra su realización en el bien del otro, y tiene la fuerza para vencer las dificultades y los sufrimientos que ellas acarrean.

Es evidente que las personas se relacionan amorosamente porque desean alcanzar la felicidad. Si no fuera así, no habría razones para amar. Pero cuando se quiere relegar por completo la posibilidad de un sacrificio en el amor, se llega a la pretensión de que la otra persona se someta a mis exigencias de felicidad. Incluso, se piensa que la otra persona ha de ser la fuente de mi propia felicidad, y cuando ello no ocurre, cuando el amor produce sufrimiento y desilusión, se duda de la existencia de un verdadero amor hacia la otra persona, o se piensa que la otra persona no está respondiendo a mis expectativas y, por lo tanto, no me ama.

Se olvida que una de las características del amor es su capacidad de hacer sufrir más profundamente a los que se aman. La mirada amorosa permite ver a fondo dentro del corazón de los que se aman, con toda su carga de pecado y heridas producidas por la vida. La unión que anticipa el amor aleja la indiferencia frente a aquello que se ve en lo íntimo del otro, y carga el propio corazón con las heridas que se encuentra en el corazón del ser amado. Ya no resulta indiferente que el otro sufra o haga mal; el amor me hace compartir esas cosas como si fueran mías, y produce en mí las mismas heridas que en el corazón amado.

Es decir, se olvida que yo a través de mi donación sacrificada puedo contribuir a la felicidad del otro, aunque ello conlleve una cierta dosis de sufrimiento. El amor verdadero se purifica a través del dolor, y sólo cuando pasa por esta prueba llega a tener la garantía de ser auténtico. El amor, cuando se desarrolla en los momentos de gozo, no tiene la seguridad de no ser puramente una ilusión, una quimera fugaz. El dolor tiene la virtud de probar la calidad de la moneda y asegurarnos de que si el amor se ha mantenido incluso en esos momentos, entonces tiene cimientos firmes.

Además, ¿cómo puedo pretender obtener la felicidad de quien no la tiene por sí mismo y que la busca con tanto anhelo como yo? ¿He de divinizar a la persona amada hasta el punto de querer saciar mi nostalgia de Dios en su corazón, que experimenta esta misma nostalgia tanto como yo?

Cuando se no se tiene en cuenta esto, el amor corre el riesgo de convertirse perversamente en idolatría. Cada uno de los que se aman cree encontrar en el otro la fuente de su felicidad, y le exigen al otro una perfección ideal; es decir, que el otro sea como una imagen de Dios para saciar esa sed de amar que se halla en lo más hondo de cada uno. A su vez, se le exige al otro que no vea más que perfección en uno, que no dude de poder encontrar en uno la felicidad más plena, es decir, que no dude de la propia «divinidad».

La búsqueda de la felicidad, cuando pierde su centro, es decir, cuando pierde de vista que lo único que la proporciona es el dejarse poseer por el Amor de Dios, tiende a absolutizar realidades contingentes y pasajeras, que carecen por sí mismas de la consistencia de lo eterno. El amor humano se convierte en deseo de posesión de la persona amada, creyendo que el dominio total sobre ella dará la seguridad y la paz que se busca en el amor. La experiencia nos demuestra cuán falso es esto. Una vez que se ha logrado poseer la libertad de la otra persona, ya poco queda de un amor auténtico. La otra persona nos pertenece, pero hemos perdido la esencia del amor, que es la entrega libre y gratuita. ¿Qué don puedo esperar de alguien a quien he manipulado y a quien he despojado de su libertad? La posesión ha mostrado su calidad de ilusión. Creyendo apoderarme del amor de la otra persona, al final descubro que tengo las manos vacías.

Es necesario comprender que hay algo paradójico en el amor. Por un lado, anhela la unión y no concibe la separación de la otra persona. Por otro lado, no puede desear la posesión del otro, porque solamente se puede desarrollar un vínculo amoroso en un espacio de libertad. Sea como sea, el respeto derivado del amor auténtico requiere de un sacrificio que se va dando por etapas y que permite tanto la libertad de los que se aman como su íntima unión desde lo más hondo de su ser. Es ciertamente un equilibrio difícil de lograr, pero posible y, además, plenificador. Si se deja de lado el aspecto espiritual en el amor y se renuncia a la gracia de Dios, esta paradoja se convierte en un nudo imposible de desenredar, en una telaraña traicionera donde, por más intentos que se haga, uno termina cada vez más envuelto en la trampa.

También constatamos que no se concibe el amor como algo que pueda durar, sino como algo que comienza y se acaba, independientemente de la voluntad de la persona. De este modo, lo más importante no son las personas, sino los sentimientos y las pasiones que las mueven. No se ama a la persona por ser quien es, sino porque despierta en mí un sentimiento y una pasión. Cuando desaparece, deja de haber preocupación amorosa por ella. Se cree que uno ha elegido a la persona equivocada, puesto que ésta no puede hacer que lo que uno siente permanezca y dure. Es la ilusión de creer que el amor hacia la persona amada se identifica con lo afectivo.

En verdad, la persona debe ser amada por sí misma, con todas sus luces y sombras. Quien rechaza las sombras, tampoco podrá disfrutar de la luz incomparable que se encuentra en el amor.

La mentalidad anteriormente descrita hace que el divorcio se presente como una posibilidad. A su vez, incita a la falta de seriedad y responsabilidad en las relaciones amorosas entre el hombre y la mujer. Si el amor no es para siempre, no es de vital importancia esforzarse por vencer todas las dificultades que se encuentra en la relación amorosa. De esta manera, el amor pierde su esencia, no es verdadero y deja de ser auténticamente libre. Pues quien no toma la decisión de amar a otro para siempre, se verá esclavo de los sentimientos y las pasiones. Ya no podrá mantener con libertad la decisión de amar, que dependerá de factores inferiores al valor de la persona misma.

Comprobamos, pues, que la crisis del concepto de amor se expresa en dejar de lado las exigencias y condiciones que hacen posible la existencia de un verdadero amor.

Cuando el matrimonio y la fecundidad constituyen horizontes ausentes del amor —tal parece ser la tendencia actual—, éste se convierte en egoísmo, donde sólo se busca satisfacer la dimensión sensitiva. Se busca la propia felicidad y no el hacer feliz al otro.

En realidad, el aspecto sensitivo es algo secundario, que puede desaparecer, sin que por ello desaparezca el amor. Sin embargo, es el aspecto que prima en la actualidad, y la medida según la cual se calibra la intensidad y veracidad del amor. Todo ello es producto de una visión hedonista del amor, que manifiesta la pérdida del sentido de lo que es el ser humano. Existe también una moral individualista por la cual el hombre tiende a volverse hacia sí mismo y busca su felicidad independientemente de lo que hagan los demás y sin una auténtica preocupación por el bien del otro. Es, además, una moral subjetivista, porque hace que el amor dependa de lo que a uno se le ocurra y no de criterios objetivos que hay que respetar.
 

EL SEXO SIN ALMA

Otra grave manifestación de la crisis es el dualismo que se crea entre amor y sexualidad. Se considera que el amor debe concluir en la sexualidad. La relación carnal ha sido elevada a la categoría de «prueba del amor», el factor que determina la autenticidad del vínculo amoroso. A la vez, se concibe lo afectivo como no necesariamente vinculado a lo sexual. La sexualidad adquiere cierta autonomía: se cree que actúa dentro del plano de las necesidades biológicas, y es imperiosa, exigente y apremiante. El individuo puede recurrir a ella sin necesidad de amar. El amor es expresión psicológica que también puede manifestarse en el sexo o también puede estar separado de él. Mediante esta idea se da legitimidad a las relaciones sexuales pasajeras, y a otras prácticas como, por ejemplo, la masturbación y el recurso a la pornografía.

La sexualidad, tal como se concibe actualmente, presupone la autonomía del cuerpo respecto a lo psíquico (alma) y lo divino (espíritu), a tal punto que se considera que lo corporal tiene leyes propias que se desarrollan sin ninguna vinculación con los demás componentes del hombre. El ser humano ha de someterse a las leyes de su corporeidad y dejarse llevar por lo que comúnmente es llamado instinto. La sexualidad se presenta entonces como una necesidad imperiosa que debe ser satisfecha, so pena de consecuencias en la salud del hombre. Se habla de los desajustes psicológicos que traería al hombre la no satisfacción de sus impulsos, pero muy poco se dice sobre el dominio que podría ejercer la psique (alma) sobre lo corporal. Mucho menos se habla sobre la influencia de lo espiritual, que queda relegado al campo de lo opinable o de lo puramente ideal.

¿Qué consecuencias trae esta visión? Las persona son reducidas a lo corporal y material, considerados como objetos para utilizar y manipular. Esto encuentra expresión en la reducción de la persona a su cuerpo, y a partes de su cuerpo. Ejemplo de ello es la publicidad, que destaca partes del cuerpo de un ser humano, sin presentar a la persona como tal. Para los fines comerciales, ello no interesa. Se fomenta, ciertamente, una especie de fetichismo, donde los objetos que aparecen asociados al deseo son las partes del cuerpo de una persona, a la cual no se requiere amar ni respetar.

Los métodos anticonceptivos artificiales prosperan cuando se considera la sexualidad sin sus elementos psicológicos y espirituales, pues considera el sexo como algo desvinculado del resto de la totalidad de la persona y, por lo tanto, como objeto de manipulación, cual si fuera una cosa.
 

CONCLUSIÓN

La manera de concebir el amor en el mundo actual tiende hacia la desintegración del hombre, y no hacia la unidad. Se prescinde del espíritu del hombre, para quedarse atrapado en el entramado de pulsiones psíquico-corporales. Finalmente, lo afectivo queda también desligado de lo corporal, elemento este último que adquiere autonomía y se superpone al valor de la persona. La desintegración del amor destruye finalmente a las personas y las incapacita para amar realmente. Resulta imposible, si se acepta los presupuestos de la concepción del amor que flota en el ambiente, llegar a una auténtica donación de sí mismo, en libertad y gratuitamente.
 

¿Y DESPUÉS...?

Eso ya es otra historia (de amor) ...


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