XIII. CONCLUSIÓN


No he querido desarrollar los principales acontecimientos en torno a la Iglesia que han ocurrido en este siglo XX. Todavía falta distancia en el tiempo para emitir un juicio equilibrado sobre los hechos.

Queremos solamente señalar algunos de los problemas que aun subsisten y que tiene sus raíces en hechos del pasado.

El primero es la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas. A partir de la segunda mitad del s. XIX comenzó a sentirse este problema. Si bien es cierto que muchos clérigos y religiosos españoles tuvieron que emigrar debido a la política intransigente del ministro Monteagudo, ello no es causa suficiente para el problema que se constató después. Por una parte, la avanzada edad va dejando de lado a muchos sacerdotes, mientras que por falta de recursos económicos, las diócesis se veían obligadas a restringir la admisión de seminaristas. Factor que también influyó en la disminución de vocaciones fue el avance de la mentalidad liberal, con la consiguiente pérdida de los valores cristianos. Todo esto ha producido la situación que se vive en nuestros días, donde el porcentaje de sacerdotes pertenecientes a órdenes religiosas es mayor que el del clero secular, siendo la mayoría del clero que trabaja en el Perú de origen extranjero. Además, con una distribución geográfica no equitativa, habiendo zonas con muchos sacerdotes, mientras que otras regiones carecen en absoluto de la atención pastoral regular de un sacerdote.

Esto ha traído como consecuencia otro problema, que está adquiriendo proporciones preocupantes en nuestro país: la difusión de sectas religiosas (protestantes y no cristianas). La ausencia de atención pastoral ha creado un ambiente propicio para otros tipos de respuestas religiosas, que frecuentemente no respetan la identidad cultural de los habitantes de nuestras tierras. Son, además, semilla de división y conflicto, pues muchas de ellas fomentan actitudes fanáticas que dañan la convivencia y la fraternidad humanas. Sin contar con el hecho de que, siendo sus propuestas religiosas insuficientes y a veces hasta erradas, crean ilusiones en aquellos que los siguen y no favorecen un desarrollo personal y social íntegro y pleno.

Hay otros muchos factores que han contribuido a la proliferación de la sectas, entre ellas el testimonio de vida mediocre de una inmensa cantidad de cristianos y la situación de pobreza e ignorancia en que se halla gran parte del pueblo.

La sociedad sufre también los embates de un proceso de secularización, que presenta modelos de vida contrarios a los valores del Evangelio, y que considera la fe como una amenaza a la libertad y autonomía del hombre. Se percibe el avance de una concepción materialista de la vida, que sólo confía en los avances de la técnica y de la ciencia. Esto constituye un auténtico peligro para la identidad cultural cristiana de los hombres de nuestras tierras.

Sin embargo, es innegable que hay una renovación de la fe, que se manifiesta en la enorme acogida que ha tenido la iniciativa de la nueva evangelización lanzada por el Papa Juan Pablo II. Se percibe un deseo intenso de vivir la fe y de participar en comunidades ligadas a la vida eclesial. Ya han pasado los tiempos en que se miraba a la Iglesia con desprecio. Por el contrario, es respetada en la sociedad y se presenta como una realidad con gran empuje vital. Pero todavía se requiere de una respuesta más enérgica a los desafíos que presenta el mundo actual.

La cosa no va a marchar por sí sola. Es necesaria la participación de los cristianos. Hay que tomar, pues, en serio las palabras del Santo Padre en Santo Domingo: «...los nuevos tiempos exigen que el mensaje cristiano llegue al hombre de hoy mediante nuevos métodos de apostolado, y que sea expresado en lenguaje y formas accesibles al hombre latinoamericano, necesitado de Cristo y sediento del Evangelio: ¿Cómo hacer accesible, penetrante, válida y profunda la respuesta al hombre de hoy, sin alterar o modificar en nada el contenido del mensaje evangélico? ¿cómo llegar al corazón de la cultura que queremos evangelizar? ¿cómo hablar de Dios en un mundo en el que está presente un proceso creciente de secularización? [...] La nueva evangelización ha de dar, pues, una respuesta integral, pronta, ágil, que fortalezca la fe católica, en sus verdades fundamentales, en sus dimensiones individuales, familiares y sociales» (Discurso inaugural del Santo Padre, IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo 1992, 10-11).


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