IX. FIGURAS DE SANTIDAD


¿Qué es la santidad?

El Concilio Vaticano II ha reiterado una enseñanza que es constante a lo largo de toda la historia de la Iglesia, aunque a veces ha estado oscurecida: la vocación universal a la santidad de todos los cristianos. «Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena» (Lumen gentium, 40). No se trata, pues, de una meta excepcional a la cuál sólo deben aspirar algunos cristianos que han optado por una entrega heroica al Plan de Dios, mientras que todos los demás fieles deben contentarse con una cierta medianía y sólo les es exigido un relativo cumplimiento de los mandamientos de la ley divina.

Todo ser humano encuentra en sí un deseo infinito de felicidad, y aspira a realizar todas las posibilidades y talentos con que Dios lo ha dotado. Todo hombre desea, en cierto modo, alcanzar la plenitud de su propia naturaleza humana y evitar aquello que lo conduzca al fracaso y la frustración. Este deseo de infinito y felicidad no puede ser obviado por ningún hombre, pero sí puede ser desviado y orientado hacia realidades que no llegarán a satisfacer al ser humano. Solamente en Dios y en el amor que se manifiesta en los misterios del Señor Jesús, Dios hecho hombre para reconciliación de los hombres, puede el hombre encontrar aquello a lo que aspira desde lo más profundo de su ser. Y Dios quiere que los hombres alcancen esta plenitud que Él mismo les ofrece.

Para ello Dios tiene un Plan, que se manifiesta de manera concreta para cada hombre en un llamado personal. Este camino que Dios señala no atenta contra la dignidad del ser humano, sino todo lo contrario, le permite realizarla y desarrollarla con mayor facilidad, desenvoltura y libertad. La santidad no consiste, pues, en un estado excepcional y sobresaliente de vida, sino en la respuesta al llamado personal de Dios para realizar, en colaboración con la gracia, nuestra propia naturaleza humana. En otras palabras, ser santo es ser plenamente hombre.

Todo ello repercute de manera positiva en el entorno social. Los santos contribuyen a humanizar las relaciones de los hombres entre sí y, en cierto modo, a través de su vivencia intensa del amor, se convierten en modelo de convivencia fraterna. Si consideramos que la responsabilidad de los males que aquejan a las sociedades se deben, en última instancia, no a las estructuras ni a los programas y proyectos sino a los individuos, que proyectan lo que hay dentro de sus corazones en el ámbito social, se nos hace clara la importancia de alcanzar la santidad para poder mejorar el mundo en que vivimos. Podemos decir que la primera responsabilidad social del cristiano consiste en buscar ser santo.

No hay mayor tristeza que la de no ser santos. No hay mayor injusticia que no querer ser santos. No hay mayor irresponsabilidad que no poner los medios adecuados para alcanzar la santidad. En otras palabras, rechazar el ideal de la santidad es rendirse ante el mal que constatamos en nuestros corazones humanos y renunciar a desarrollar las mejores posibilidades de nuestra condición humana.

Por eso, si queremos determinar en qué medida la Iglesia ha desarrollado una labor exitosa en lo referente a su misión evangelizadora, hemos de fijarnos en su impulso para suscitar la santidad en los lugares en que ha hecho sentir su presencia. La cultura cristiana que se ha configurado en América Latina encuentra su expresión más viva e intensa en la vida de aquellos que han sido testigos excepcionales del amor de Dios. Así lo declara el Documento de Santo Domingo: «Mirando la época histórica más reciente, nos seguimos encontrando con las huellas vivas de una cultura de siglos, en cuyo núcleo está presente el Evangelio. esta presencia es atestiguada particularmente por la vida de los santos americanos, quienes, al vivir en plenitud el Evangelio, han sido los testigos más auténticos, creíbles y cualificados de Jesucristo» (Santo Domingo, 21).

No debemos creer que sólo aquellas personas que la Iglesia ha canonizado -es decir, declarado oficialmente como santas- han alcanzado la santidad. Existe una multitud de hombres y mujeres anónimos que también han manifestado en su vida el resplandor del amor de Dios que es la santidad. La Iglesia, cuando canoniza a alguien, declara solemnemente que tiene certeza absoluta de que esa persona concreta ha alcanzado la santidad, y la propone como ejemplo a todos los fieles. Pero son muchos más los santos desconocidos, no canonizados, que ha habido en los veinte siglos de historia de la Iglesia. Todo ellos contribuyeron a que el amor de Dios se hiciera presente en la convivencia humana, respondiendo generosamente al llamdo de Dios.

El Papa, en sus mensajes a los países latinoamericanos, ha mencionado a hombres y mujeres de la historia latinoamericana, cuya santidad de vida ha reconocido la Iglesia: Toribio de Mogrovejo, Pedro Claver, Francisco Solano, Rosa de lima, Martín de Porres, Felipe de Jesús, Mariana de Jesús Paredes, Miguel Febres, Roque González y compañeros mártires, Pedro de San José Betancurt, Ezequiel Moreno, Ana de los Ángeles Monteagudo, Teresa de los Andes, Miguel Pro. Además, también ha recordado a quienes defendieron la dignidad de los indígenas y tuvieron actitudes heroicas en su vida: Antonio de Montesinos, Juan de Zumárraga, Toribio de Benavente «Motolinía», Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega, Antonio Valdivieso, Jerónimo de Loayza. Todos estos personas son solamente la punta de un «iceberg» de vidas santas y ejemplares, muchas de la cuales permanecerán desconocidas, pero que, no por ello, dejan de tener importancia para la vida de la Iglesia en América Latina.

A continuación, presentamos las reseñas biográficas de cuatro santos peruanos, tomados del texto La Iglesia católica en el Perú del P. Armando Nieto, S.J. Omitimos la información sobre Santo Toribio de Mogrovejo, puesto ya hemos hablado de él en un capítulo anterior.
 

Santa Rosa de Lima

Nació en Lima el 30 de abril de 1586, hija de Gaspar de Flores y María de Oliva. Bautizada con el nombre de Isabel, en la confirmación —que le fue administrada por Santo Toribio de Mogrovejo— recibió el de Rosa. Tomó por modelo a Santa Catalina de Siena en el espíritu de oración y abnegación. Hizo voto de vivir consagrada al Señor como terciaria dominica. Recluida en una cabaña que había construido en el huerto de la casa paterna, pasaba el día en ejercicios de oración, penitencia asperísima y trabajos manuales. Gozó de gracias divinas extraordinarias, pero sufrió asimismo la persecución e incomprensión de familiares y amigos, y su alma atravesó regiones de honda desolación espiritual. Los tres últimos años de su vida los pasó en casa de un funcionario virreinal, Gonzalo de la Maza, cuya esposa admiraba a la virgen limeña. Durante la larga y dolorosa enfermedad que concluyó con su existencia, Rosa no dejaba de orar con estas palabras: «Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor». Falleció el 24 de agosto de 1617, a los 31 años de edad. Sus exequias fueron imponentes. Clemente X la canonizó el 12 de abril de 1671 y fijó su festividad el día 30 de agosto. Fue la primera Santa del Nuevo Mundo y es Patrona no sólo del Perú sino de la América española y Filipinas.
 

San Martín de Porras

Como Rosa de Santa María, Martín de Porras, el humilde mulato limeño, es venerado en todo el mundo católico. «Es una especie de plebiscito mundial a su favor» —reconoce Vargas Ugarte al comprobar el culto que se tributaba al lego dominico. Nació Martín en diciembre de 1579, hijo del caballero Juan de Porras (o Porres), de la orden de Alcántara, y de una negra panameña llamada Ana Velázquez.

Fue a su solicitud admitido como `donado' de la orden dominica en 1594. Servía en los menesteres más humildes; sobre todo a los pobres y como enfermero del convento de Santo Domingo. Dado a la oración, consumía en ella horas enteras, sacrificando aun el descanso. Profesó en 1603. Falleció el 3 de noviembre de 1639 a los 60 años de edad. Los funerales revistieron extraordinaria solemnidad, y el propio virrey Conde Chinchón con otros miembros del gobierno portaron el féretro. Fue canonizado por Juan XXIII el 6 de mayo de 1962, fijándose su festividad el día 3 de noviembre. Es Patrono de la justicia social.
 

San Francisco Solano

Nació en Montilla (Andalucía) el 10 de marzo de 1549. A los 20 años ingresó en la Orden de Hermanos Menores de San Francisco de Asís. Ordenado sacerdote, fue destinado primero a maestro de novicios y luego a predicar por las poblaciones. Vino a América en 1589 en un accidentado viaje marítimo y terrestre, lleno de peripecias. Predicó en las regiones de la Argentina septentrional (Tucumán). En 1602 vino a Lima, donde desempeñó el cargo de Guardián en el convento de Santa María de los Ángeles (llamado de los Descalzos, en el Rímac). Ejercitado en la oración y la penitencia, no omitió nunca la práctica de las obras de caridad con el prójimo. Falleció en Lima el 14 de julio de 1610. Fue canonizado por Benedicto XIII el 27 de diciembre de 1726.
 

San Juan Masías

Nació en Ribera del Fresno (Extremadura) el 2 de marzo de 1585, hijo de Pedro de Arcas y de Inés Sánchez. Creció en un ambiente de orfandad, pobreza y penuria. Vino a América como servidor de un mercader (1619). En 1620 lo hallamos en Lima, dispuesto a consagrarse a Dios en la vida religiosa como lego cooperador dominico. En el convento de Santa María Magdalena (Recoleta) pasó una vida de austeridad, mortificación y oración. Hizo la profesión el 25 de enero de 1623. Heroico en la caridad para con todos, fue —a pesar de su humildad y deseo de pasar oculto— consultor del virrey Marqués de Mancera y de la más calificada nobleza. Riva-Agüero lo considera «uno de los más puros místicos de nuestro siglo XVII». Falleció el 16 de setiembre de 1645. Fue canonizado por Pablo VI el 28 de setiembre de 1975.


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