VIII. EVANGELIZACIÓN DE LA CULTURA Y OBRAS DE PROMOCIÓN SOCIAL
Es innegable la influencia de la fe en el desarrollo de una nueva cultura mestiza, que se plasmó tomando elementos tanto de la cultura española como de la indígena. En este proceso, la Iglesia tuvo un papel preponderante. Y lo sigue teniendo. A este respecto, son significativas las siguientes palabras del Documento de Puebla: «La Evangelización es la misión propia de la Iglesia. La historia de la Iglesia es, fundamentalmente, la historia de la Evangelización de un pueblo que vive en constante gestación, nacer y se inserta en la existencia secular de las naciones. La Iglesia, al encarnarse, contribuye vitalmente al nacimiento de las nacionalidades y les imprime profundamente un carácter particular. La Evangelización está en los orígenes de este Nuevo Mundo que es América Latina. La Iglesia se hace presente en las raíces y en la actualidad del Continente» (Puebla, 4). Hubo un complejo proceso de inculturación, donde se tomaba los elementos propios de la cultura indígena y luego se les daba un contenido cristiano. Lo cual llevaba también muchas veces a una purificación de todo aquello que fuera contrario a la vivencia de la fe, es decir, se trataba de una evangelización que transformaba y elevaba los elementos culturales autóctonos. Todo ello enriquecido, a su vez, con los aportes de la cultura de los españoles, creándose una nueva síntesis cultural cristiana, que iría evolucionando en sentido positivo a lo largo de los años, constituyendo lo que es el sustrato cultural católico en la identidad de América Latina. «América
Latina forjó en la confluencia, a veces dolorosa, de las más
diversas culturas y razas, un nuevo mestizaje de etnias y formas de existencia
que permitió la gestación de una nueva raza, superadas las
duras separaciones anteriores» (Puebla, 5).
Obras de difusión cultural Las «doctrinas» o parroquias de indios incluían, dentro de la labor evangelizadora, una función cultural. Los doctrineros no sólo debían enseñar la doctrina cristiana, sino también a leer, escribir, contar, junto con labores manuales, artesanía, educación musical (canto y ejecución de instrumentos), etc. Muchas de las antiguas fiestas del calendario astronómico y agrícola fueron reajustadas de acuerdo a las celebraciones del año litúrgico de la Iglesia. La música, el canto, la poesía, las danzas y los trajes se entrelazaban armónicamente. Las cofradías de indios se enorgullecían de tener buenos músicos, que alcanzaron una destreza enorme en el uso de chirimías, trompetas, flautas, violines, y no se concebía ningún acto público importante donde no estuviera presente la música. Igualmente, el teatro colonial sirvió para fines catequéticos, en especial en ocasión de las representaciones para la fiesta del Corpus Christi. Todas las órdenes religiosas crearon escuelas y colegios de diversos niveles y tipos de enseñanza, incluyendo escuelas exclusivas para indios, donde se elevaba su nivel cultural. En estos colegios también enseñaron maestros laicos, animados del mismo impulso evangelizador. La primera Universidad de América fue fundada en Lima gracias a fray Tomás de San Martín, de la orden dominica, en 1551. Ésta —que es la actual Universidad de San Marcos—, con el correr de los años, iría alcanzando renombre gracias a la calidad de los profesores y la cantidad de sus alumnos. El cargo de Rector lo debían ejercer alternadamente un clérigo y un laico. También hubo otros centros de enseñanza superior fuera de San Marcos, todos ellos dependientes de la Iglesia, puesto que no se tenía en esa época el concepto de una institución pedagógica que fuera exclusivamente laica. La separación de Iglesia y Estado sería una realidad que recién se concretaría históricamente en el siglo XIX. Todos estos centros contaban con la ayuda financiera de la Corona o con rentas propias. En el siglo XVI se fundó las universidades de Cuzco, Chuquisaca, Quito y Huamanga. También fueron
numerosos los colegios fundados por las diversas órdenes religiosa,
que, en su tiempo de esplendor, fueron uno de los elementos que más
contribuyeron a la formación cultural tanto de españoles
y criollos como de mestizos e indígenas. En cierta medida, formaron
parte importante del crisol donde se fue fraguando la identidad peruana.
Algo similar ocurrió en los otros lugares de América Latina,
configurándose de esta manera una identidad propia.
Las obras de promoción social No faltaron tampoco las obras de asistencia y ayuda social. Por ese entonces el Estado no asumía las obras referentes a la salud o a la beneficencia social. Pero tampoco era necesario, porque la vivencia de la caridad impulsaba a los miembros de la Iglesia a dedicarse a estos menesteres, mediante las órdenes religiosas, los prelados diocesanos, los doctrineros y las cofradías o hermandades. En fin, era fruto de la iniciativa conjunta de los integrantes del Pueblo de Dios, tanto laicos como clérigos, religiosos y no religiosos. La presencia de personas que representaban la presencia activa de la Iglesia era una garantía de constancia, permanencia y desinterés. En otras palabras, esta obras no surgían como consecuencia de un programa social o económico, ni de instancias puramente administrativas, sino de la vitalidad de la fe de los cristianos, alimentada por una caridad apremiante. «La caridad fue [...] la fuerza espiritual que llevó a numerosos cristianos a ofrendar su vida diariamente en la tarea de construir pacientemente una experiencia de encuentro entre las diferentes culturas, llegando en ocasiones hasta el martirio, en defensa de los derechos de los indígenas frente a los abusos de los europeos, como también en defensa de la misión evangelizadora frente a la incomprensión de la población indígena. Son innumerables las obras ordinarias de la caridad que se pueden mencionar en el período de la primera evangelización: las escuelas para indios y para mestizos; los hospicios que habitualmente las acompañaban; las misiones de las órdenes religiosas que protegieron a la población indígena de los interesados en obra de mano barata; los conventos masculinos y femeninos que no sólo abrieron sus puertas a los distintos sectores sociales de la población, sino que daban de comer, daban techo y asistencia sanitaria a quienes lo solicitaban; las doctrinas; la organización de la población en cofradías, que junto a su papel religioso constituían grupos de ayuda mutua; los colegios mayores y universidades; la introducción de tecnología avanzada a la producción agrícola y artesanal, etc. En lenguaje de hoy diríamos que la caridad no fue sólo asistencialista, sino que creó fuentes de trabajo y empleo para la población, dentro de un marco global de búsqueda de integración entre las diferentes tradiciones culturales» (Pedro Morandé). De este modo, por ejemplo, en Lima llegaron a haber casi tantos hospitales y asilos como templos, entre los cuales cabe mencionar el hospital de Santa Ana (para indígenas) fundado por el arzobispo Loayza, los hospitales de San Andrés (para españoles), San Diego (para convalecientes), del Espíritu Santo (para gente de mar), de la Cátedra de San Pedro (para sacerdotes), de San Bartolomé (para negros), de San Lázaro (para leprosos), el hospicio de la Inocencia (para niños expósitos), San Cosme y Damián (para mujeres pobres), del Carmen (para los convalecientes del Santa Ana). Cuando se establecieron en el Virreinato órdenes hospitalarias, es decir, dedicadas exclusivamente al cuidado de los enfermos, la atención mejoró considerablemente. Entre estas órdenes merece mencionarse los hermanos de San Juan de Dios y los betlemitas. Es necesario mencionar aquí las cofradías o hermandades, que tuvieron un papel muy importante en la realización de las obras de promoción social. En un principio eran gremios que agrupaban a los que trabajaban en el mismo oficio, por ejemplo, carpinteros, plateros, labradores, zapateros, curtidores, etc., o hermandades con una intención cultural o religiosa. Aunque la finalidad era ayudarse mutuamente, todas tenían un marcado carácter religioso. Se ponían bajo la advocación de un santo patrono (San Eloy para los plateros, San Crispín para los zapateros, etc.), se establecían en templos y tenían fiestas y solemnidades especiales, que se efectuaban con el mayor brillo y esplendor que se podía hacer bajo la dirección del mayordomo. Las cofradías estaban conformadas principalmente por criollos y españoles, pero también hubo de otras razas, principalmente en los pueblos del interior. El hecho de que muchas de estas cofradías o hermandades que datan de la Colonia reduzcan actualmente su actividad a la organización de la fiesta patronal no debe hacernos olvidar la importancia de la función social que desempeñaron, bajo el impulso de la fe y la caridad cristianas. «Las cofradías [...] se estructuraban en torno a una devoción particular, pero no sólo con objetivos funcionales, sino como una experiencia laical de Iglesia que incluía también, por cierto, la asistencia y la ayuda mutua. Si la Iglesia en la actualidad ha dado testimonio elocuente de su capacidad de socorrer a los más pobres facilitándoles su propia autoayuda, ello se debe en buena medida a esta experiencia primera vinculada al nacimiento de nuestra religiosidad popular. ...la cofradía fue una experiencia notable por su capacidad de aunar la finalidad litúrgica o devocional y la vivencia de la caridad. En una época como la actual, en que se tiende a estimar casi como prescindible la dimensión litúrgica de la práctica de la caridad, la memoria de las cofradías nos invita a redescubrir la dimensión sagrada del vínculo de la caridad» (Pedro Morandé).
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