VII. LA LUCHA POR LA JUSTICIA


La justificación de la Conquista

Desde los inicios de la conquista de los nuevos territorios, se presentó el cuestionamiento sobre la justificación de la presencia de los españoles en tierras habitadas por otro seres humanos. De esta manera, no faltaron quienes denunciaron los abusos y las injusticias que se cometían, y quienes discreparon frente a los programas de conquista. Al contrario de otros procesos colonizadores llevados adelante por gentes de otras naciones (por ejemplo, los colonos ingleses en América del Norte), no hubo por parte de la Corona española una aprobación generalizada de todo lo que hacían los españoles en el Nuevo Mundo. Más bien, nos encontramos ante una realidad sumamente compleja, donde resalta la preocupación por la justicia, que se originaba en la conciencia cristiana propia de la nación española en esa época.

No es posible, sin falsear la realidad, trazar una línea divisoria, donde los españoles sean los malos y los indígenas los inocentes que sufrieron el papel de víctimas. La historia nos muestra, por el contrario, que muchas veces los indígenas actuaron de mala fe y con engaño, recurriendo a la violencia sin ser necesario. Lo cual no excusa, por cierto, los abusos que cometieron varios de los españoles. Y aun considerando que hubo buenos y malos tanto entre los conquistadores como entre los conquistados, tampoco se pude hacer una división simplista entre españoles buenos y malos, pues, como lo demuestra la misma realidad, la línea divisoria pasa por el centro del corazón humano, y en todo hombre se puede hallar esa dualidad proveniente de la lucha entre el bien y el mal que se da en su propio interior.

No debería extrañarnos descubrir en muchos conquistadores, a la vez que una sincera y auténtica conciencia religiosa, manifiesta en muchas actitudes y acciones heroicas y generosas, también el afán de ganancia y de riqueza. Uno de los conquistadores de México, Bernal Díaz del Castillo, declara explícitamente en su Historia de la Nueva España que había venido a las Indias «por servir a Dios y a su Majestad, y dar luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas». Desear bienes materiales no es malo en sí mismo, a no ser que se haga contraviniendo los principios de la moral cristiana. Por ello no se puede condenar el afán de ganancia de los españoles, sino más bien el que eso se efectuara a veces a costa de los mismos indígenas y empañando de esa manera la rectitud de la obra evangelizadora.

Lo interesante es que vamos a encontrar la suficiente libertad de criterio y acción como para que todo lo que pudiera ir contra las enseñanzas del Evangelio fuera cuestionado. Muchos teólogos, juristas, religiosos y laicos pudieron manifestar su preocupación por obtener un trato humano para los indios que trabajaban en las encomiendas y mitas, que pagaban un tributo exagerado o que simplemente estaban sometidos sin poder gozar de libertad plena. En los documentos que nos quedan de la época, se puede observar que no hay nada que no haya sido puesto en cuestión: la perpetuidad de las encomiendas, el repartimiento, la mita minera, los obrajes, el régimen tributario, el servicio personal, la esclavitud. Todo fue examinado, y se elevaron instancias a las autoridades pertinentes con el fin de adecuar las instituciones sociales y de trabajo a las exigencias de la dignidad humana.
 

Sobre la supuesta destrucción de los indios

Es de notar como aquí en el Perú no hubo destrucción del indígena, como fue el caso de América del Norte. La paulatina desaparición de la raza india en estado puro se debe a múltiples factores, de entre los cuales la muerte violenta no es el más importante. Las tropas de los conquistadores eran reducidas en extremo y no hubieran bastado para exterminar la cantidad de indios que algunos, con desconocimiento de la realidad y muchas veces con mala intención, les atribuyen. Muchas más muertes causaron las epidemias y las hambres periódicas, estas últimas ocasionadas por la desorganización y el desmoronamiento del antiguo orden social. Por otra parte, la presencia de nuevas enfermedades traídas por los españoles, ante las cuales los indígenas tenían muy pocas defensas biológicas e ignorancia absoluta sobre cómo tratarlas, fue una de las causas de muerte más frecuente. Tan sólo recordemos que en el siglo XIV la peste bubónica arrasó con dos tercios de la población de Europa.

El historiador español Nicolás Sánchez de Albornoz ha enumerado las enfermedades que causaron estragos entre los indios, señalando en primer lugar la viruela, que ocasionó la muerte de la mayoría de la población indígena de la isla La Española (Santo Domingo). Bartolomé de Las Casas atribuye erróneamente la desaparición de los nativos a la crueldad de los españoles. Este enfermedad ocasionó luego gran mortandad en México, llevada allí involuntariamente por Hernán Cortés y sus soldados. La epidemia se extendería luego a América del Sur, cinco años antes de la llegada de Francisco Pizarro y sus soldados.

Cabe mencionar luego el sarampión, a partir de 1529 en las Antillas y luego en México en 1531, pasando luego a América Central. En 1545, una variante de la enfermedad del tifus devastaría México. Posteriormente, epidemias de estas enfermedades en diversas regiones de América, e incluso una epidemia de gripe, ocasionarían la muerte de muchos indígenas.

Además, el traumatismo que significó la conquista para el indígena parece haber originado una desgana vital, en palabras de Sánchez Albornoz, que se tradujo en un descenso de la natalidad. Según datos estadísticos, las indias más fecundas eran las que se unían a españoles o mestizos, ya sea en matrimonio o concubinato.

Por otra parte, otra de las causas de la desaparición de los indios no se debe a nada que produzca la muerte. Nos referimos al mestizaje, es decir, la mezcla de la raza española con la indígena, lo cual da lugar a nuevas generaciones que no son, ciertamente, de raza india, sino mestizos.

Sobre la teoría que atribuye la progresiva desaparición de los indígenas exclusivamente a la violencia del conquistador, otro historiador español, José Pérez de Barradas, hace los siguientes comentarios críticos:

«Lo que desaparecieron fueron los indios, en parte por las guerras; en parte por la esclavitud, las encomiendas y las mitas; pero también por el abatimiento moral, las epidemias y las hambres periódicas. Y por si fuera poco, por el mestizaje.
»Las guerras no bastan para considerarlas causa de la extinción del indio, puesto que las tropas de los conquistadores eran reducidas en extremo. Si los tres millones de indios de La Española, según Las Casas, los reducimos a sus justos límites, o sea de doscientos a trescientos mil, y si admitimos una población media de quinientos españoles en los catorce años, hemos de asignarles la tarea de matar cada uno quinientos indios por año.
»En la conquista de México pudieron morir millares de indios, pero no tantos como calcula a ojo y con mala intención el padre Las Casas. En las más mortíferas batallas, de Tlaxcala, Otumba y la Noche Triste, los muertos serían, echando de largo, diez o quince mil. En el sitio de México pudieron perecer doscientos mil indios, pero esta cifra no resulta alarmante cuanto que es menos de los que morían en dos años sacrificados en los templos».
 

El ideal evangelizador y la lucha por la justicia

El motivo principal de la presencia de los españoles en los territorios del Nuevo Mundo fue la evangelización —lo cual no descarta la presencia de otras motivaciones que se mezclaban con la anterior—. Así se puede leer en las Leyes de Indias: «Los Señores Reyes nuestros progenitores desde el descubrimiento de nuestras Indias Occidentales, Islas y Tierrafirme del Mar Oceano, ordenaron y mandaron... que en llegando a esas Provincias procurasen luego dar a entender... a los Indios y moradores como los embiaron a enseñarles buenas costumbres, apartarlos de los vicios y comer carne humana, instruirlos en la Santa Fé Católica y predicarsela para su salvacion y atraerlos a nuestros Señor, porque fuesen tratados, favorecidos y defendidos como los otros nuestros subditos y vasallos...»

Este va a ser el horizonte desde el cual se va plantear el tema de la conquista tanto en España como en el Nuevo Mundo. España aparece como la única nación que se cuestionó a sí misma su presencia colonizadora en territorios ajenos. Lo cual dio origen a una polémica que resultó beneficiosa para avanzar por el camino de la justicia y la promoción de la dignidad humana en relación a los pueblos conquistados. Desde un principio los españoles no se plantearon su presencia en el Nuevo Mundo como una empresa conquistadora, sino como una labor de evangelización pacífica. Sin embargo, ante muchas de estas tentativas que llevaron al fracaso, al final se dio la ruptura entre evangelización y conquista, convirtiéndose ésta en una acción bélica y política, recurriendo a veces al uso de las armas y a la dominación violenta. Lo cual requirió muchas veces de la intervención de la Corona Española, para intentar poner freno a los excesos que se dieron entre los conquistadores.

Eso no significa que el ideal del respeto de la dignidad humana de los indígenas estuviera totalmente ausente. Prueba de ellos son las múltiples denuncias que se hicieron y todos los intentos de corregir los excesos e injusticias que se ocasionaban. Son muy pocos los que justificaron los males que hubo.

La historia de América Latina se presenta como una historia de luces y sombras, de gracia y pecado, donde, a pesar de todos los problemas, es la gracia de Dios la que triunfa. Los que condenan la presencia de la Iglesia en América Latina le critican a la obra de la evangelización no haber sido perfecta, y traen a la memoria solamente aquellos hechos que manifiestan el pecado y la miseria de los españoles. Estas realidades no fueron justificadas ni por los mismos españoles, sino que, por el contrario, buscaron corregirlas y reemplazarlos por obras que se ajustaran al ideal cristiano de la justicia. Además, basta con que la gesta evangelizadora haya sido buena y que sus frutos existentes sean mucho mejores que sus defectos y miserias.

«Lo importante de juzgar en el período de la primera evangelización y en la historia posterior de 500 años no es [...] que se hayan producido injusticias y atropellos a las personas y sus derechos. La historia universal, como también la historia de la propia Iglesia, se despliega entre la gracia y el pecado y hace crecer al trigo y a la cizaña. Lo importante y decisivo fue que la compañía de la Iglesia al pueblo se hizo notar a través de testigos del Evangelio que salieron en defensa de la dignidad atropellada, que iluminaron con la doctrina y las escuelas acerca de la verdad del destino de la vida, y que celebraron la gratuidad de la presencia de Dios por medio de la liturgia y la devoción popular» (Pedro Morandé).
 

Los defensores de los indígenas

En España, quien defendió los derechos de los indígenas fue sobre todo frayFrancisco de Vitoria, de la orden dominica, representante de lo que se ha venido a llamar la Escuela de Salamanca y fundador indiscutido del derecho internacional. En sus famosas Relecciones pone en cuestión la tesis medieval que decía que el papa tenía un poder temporal sobre todo el orbe y, por tanto, se justificaba la donación que el Pontificado hacía de las nuevas tierras descubiertas a la Corona española. De esta manera, decía que América no podía pertenecer por derecho a España. Asimismo, rechaza la manera clásica de la conquista, con sus consecuencias de crueldad y esclavitud. Propone que se abandone el método del «requerimiento», porque en la mayoría de los casos era una simple formalidad para justificar las acciones violentas, especialmente cuando se leía desde la proa de un barco o en medio de redobles de tambor y arcabuzazos. Debía preferirse los métodos pacíficos de penetración y evangelización. Señala las razones justificables por las que España puede aspirar a la posesión de las tierras americanas: el derecho al libre tránsito, al libre comercio y comunicación, a propagar la fe cristiaa, a defender a los naturales ya convertidos, sobre todo de agresiones injustas. Toda forma de tiranía y depredación por parte de los conquistadores quedan condenadas.

Los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca, entre ellos principalmente Francisco de Vitoria y Domingo de Soto, se opusieron en general a las guerras preventivas, a toda presión sobre las conciencias y a las conversiones forzadas, y se negaron a calificar a los nativos de rebeldes y a despojarlos de sus derechos.

Otro destacado autor que merece ser mencionado es el jesuita José de Acosta (1540-1600), quien trabajó en la evangelización de los indígenea en tierras peruanas. En su obra De procuranda indorum salute (Sobre el procurar la salvación de los indios) propone una serie de principios y métodos que buscan no sólo la conversión de los indígenas, sino también su promoción humana. Acosta dice que le es incomprensible la postura de quienes están a favor de métodos de fuerza y coacción. Sostiene que no es de ninguna manera lícito propagar la fe con aspereza y crueldad, que la codicia es el mayor enemigo de la evangelización, y que no se puede pretender el dominio en territorios de las Indias inventando falsas justificaciones. Textualmente, el misionero jesuita exhorta a los gobernantes cristianos a que «no den leyes duras y completamente desacostumbradas a los indios, antes cuanto lo permite la ley cristiana y la natural, déjenles vivir según sus costumbres e instituciones, y dentro de ellas los dirijan y perfeccionen; porque es muy difícil cambiar todas las leyes patrias y gentilicias, y no será poco se les quiten las que son contrarias al evangelio, que en costumbres tan corrompidas ya tantas tinieblas de ignorancia son hartas. Las demás, empeñarse en quitarlas de repente y no encomendarlo al tiempo, gran maestro, para que lo enmiende, es hacer el cristianismo odioso y grave... La fe y amor de Cristo con la dura servidumbre de tributos, trabajos y leyes, bajo pretexto de cristianismo, no casan bien... Si pues los gobernantes cristianos y los magistrados no tienen como principal cuidado la salud espiritual de los indios, y no los censos y las rentas (aunque también éstas se pueden buscar, pero en segundo lugar), muy poco será lo que adelante la religión cristiana entre los indios. Sea esto lo primero».

Fray Bartolomé de Las Casas, obispo de Chiapas, es también conocido como un defensor insigne de los indígenas, aunque su figura sigue siendo polémica y discutida. Las Casas no era un hombre de espíritu sereno, sino apasionado y vehemente, lo cual se manifestó muchas veces en opiniones apresuradas y datos exagerados en lo que escribió, junto a acciones que a veces se alejan de la prudencia. Su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que contribuyó a alimentar la «leyenda negra», es considerada por muchos como una obra de propaganda, pero muy poco confiable en los datos que presenta. Las naciones europeas protestantes difundieron alborozadas las denuncias exageradas de Las Casas, realizando ediciones ilustradas de la mencionada obra, prestando así un soporte gráfico a las supuestas crueldades cometidas en masa por los españoles, sin empeñarse en comprobar si los hechos que narraba el fraile dominico correspondían a la verdad.

Aun en medio de sus exageraciones, la campaña de Bartolomé de Las Casas contribuyó a que la Corona española se replantease los métodos de conquista y los hiciese evolucionar hacia formas más pacíficas y civiles. Fue a instancias de las continuas presiones y denuncias del fraile dominico que Carlos V decidió promulgar las Nuevas Leyes de Indias. Este hecho ocasionó la rebeldía de los encomenderos, y en algunas regiones de América, como por ejemplo el Perú, se llegó a verdaderas guerras civiles, motivo por el cual estas leyes tuvieron que ser revocadas en 1545. Sin embargo, ello no significaba la aprobación de los abusos y crueldades. El régimen de la encomienda continuó, pero regulado por normas de justicia que respetaban la dignidad humana de los indios.

Fuera de los aspectos polémicos que rodean la vida del fraile dominico, es indudable que tuvo una auténtica preocupación por la defensa de los indígenas frente a los abusos cometidos por españoles. En su obra Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión propone una aproximación evangelizadora que privilegia los medios pacíficos y propicia la reconciliación. He aquí, por ejemplo, cómo describe las condiciones que deben respetarse para una predicación evangélica efectiva:

«La primera es que los oyentes, y muy especialmente los infieles, comprendan que los predicadores de la fe no tienen ninguna intención de adquirir dominio sobre ellos con su predicación.
»La segunda parte consiste en que los oyentes, y sobre todo los infieles, entiendan que no los mueve a predicar la ambición de riquezas.
»Consiste la tercera parte en que los predicadores se muestren de tal manera dulces, humildes, afables y apacibles, amables y benévolos al hablar y conversar con sus oyentes, y principalmente con los infieles, que hagan nacer en ellos la voluntad de oírlos gustosamente y tener su doctrina en mayor reverencia.
»De lo dicho se deduce también con claridad la cuarta parte constitutiva de la forma de predicar, que es más necesaria que las anteriores: que la predicación les sea provechosa por lo menos a los predicadores; esto es, que tengan el mismo amor de caridad con que san Pablo amaba a todos los hombres del mundo a fin de que se salvaran. Y notemos que son hermanas de esta caridad la mansedumbre, la paciencia y la benignidad: "La caridad es sufrida, es bienhechora y lo soporta todo" (1Cor 13).
»La quinta parte constitutiva de la forma de predicar está contenida en las palabras de San Pablo, citadas en el § 3º, a saber: "Testigos sois vosotros, y también Dios, de cuán santa, y justa, y sin querella alguna fue nuestra misión entre vosotros, que habéis abrazado la fe", así como antes de vuestra conversión como después de ella, según dice la glosa interlineal».

Estos principios serían aplicados en lo que se conoce como el experimento de la Vera Paz, en la provincia de Tuzutlán o Tezulutlán, en lo que hoy es Guatemala. Las Casas consiguió que no se aplicara el método de los repartimientos a los indígenas que allí habitaban, quedando prohibido el ingreso de cualquier español a la provincia, excepto de los misioneros dominicos, que irían sin armas, para aplicar un método pacífico de evangelización. La experiencia, iniciada en 1537, entre indios que se hallaban en pie de guerra, tuvo inicialmente éxito. Todo ello se complementó posteriormente con normas legales que sustentaron la labor realizada por los misioneros. Luego de que fray Bartolomé de Las Casas renunciara al obispado de Chiapa en 1556, una sublevación de indios idólatras dio lugar a que este experimento evangelizador terminara desastrosamente.

A pesar de todos los conflictos que se presentaron durante la obra de la evangelización, no se puede decir que el procedimiento conflictivo y el recurso a la violencia haya sido considerado como modelo de procedimiento respecto a los indígenas. Prueba de ello son las constantes denuncias presentadas a las autoridades españolas, que llegaron hasta la Corona Española. Y constantemente se buscará tomar medidas que terminen con los abusos y favorezcan una aproximación reconciliadora y solidaria hacia el indígena. Este va a ser el modelo por el cual se va a optar tercamente durante este período de la historia de América Latina. Prueba de ello es, por ejemplo, que, aun conociendo las exageraciones en las que incurría Bartolomé de Las Casas, la Corona prohibirá que se contradiga lo que dice en sus escritos; sólo puede ser comentado y defendido.

De este modo, para resumir podemos decir junto con el Santo Padre Juan Pablo II que «desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica, movida por la fidelidad al Espíritu de Cristo, fue defensora infatigable de los indios, protectora de los valores que había en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de los colonizadores a veces sin escrúpulos. La denuncia de las injusticias y atropellos por obra de Montesinos, Las Casas, Córdoba, fray Juan del Valle y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona. La conciencia cristiana afloraba con valentía profética en esa cátedra de dignidad y de libertad que fue, en la Universidad de Salamanca, la Escuela de Vitoria, y en tantos eximios defensores de los nativos, en España y en América Latina» (Discurso inaugural del Santo Padre, IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo 1992, 4).


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