VI. LA TRANSFORMACIÓN RELIGIOSA


La nueva religiosidad popular

La evangelización dio lugar a una nueva forma de religiosidad cristiana, que se enriqueció tanto con los elementos provenientes de España, como de los elementos religiosos ya presentes en la sensibilidad hacia lo sagrado del indígena del Nuevo Mundo. Estos elementos fueron fecundados por la religión cristiana, dando lugar a manifestaciones inculturadas nuevas de devoción cristiana. La religión católica, asumida por los pueblos indígenas, dentro del proceso de formación de la identidad latinoamericana, mestiza en su esencia, ha producido una multiplicidad de expresiones y formas que responden a la cultura de un pueblo. Esto se expresa en signos, gestos concretos, acciones cotidianas. Las devociones populares que han surgido en América Latina no son otra cosa que plasmaciones concretas e inculturadas de los misterios de la fe cristiana, efectuadas a cabo públicamente en las celebraciones, procesiones, santuarios, etc.

El Documento de Puebla señala como elementos positivos de esta piedad popular propia de América Latina, y que desde sus orígenes se ha prolongado hasta nuestros días, «la presencia trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías, el sentido de la Providencia de Dios Padre; Cristo, celebrado en su misterio de Encarnación (Navidad, el Niño), en su Crucifixión, en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado Corazón; amor a María: Ella y "sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y caracterizan su piedad popular" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán 2 AAS LXXI p. 228) — venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de nuestros distintos países y del continente entero; los santos, como protectores; los difuntos; la conciencia de dignidad personal y de fraternidad solidaria; la conciencia de pecado y de necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana, el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración; la aceptación de los demás» (Puebla 454).

Definitivamente, desde los tiempos de los rituales paganos primitivos, se puede constatar un cambio sustancial. La presencia evangelizadora de la Iglesia significó una transformación profunda en la mentalidad y la cultura del indígena, ahora convertido a la religión cristiana. Víctor Andrés Belaúnde, en su obra Peruanidad, describe de esta manera el cambio operado: «La vida cotidiana en la aldea indígena como en la ciudad española, está marcada por la liturgia. La misa matinal y la plegaria vespertina enmarcan el día aldeano. El ciclo antiguo en fechas discontinuas de fiestas campestres, en la amplitud panteísta del agro, ha sido reemplazado por la hebdomadaria celebración familiar en la iglesia, casa de Dios Padre, del día del Señor. La fiesta campesina y telúrica ha cedido el paso a la procesión con imágenes que salen del templo, que recorren las calles y a veces los caminos, y regresan en el esplendor del crepúsculo al repique triunfal de las campanas. La música pentatónica de flautas y de quenas, con sus dejos tristes, ha sido sustituida por las armonías religiosas que el indio ha asimilado y que acompaña con violines, arpas y trompetas. Las ofrendas toscamente materiales de alimentos y de objetos de uso han sido reemplazadas por las flores, por los cirios y los exvotos de oro y plata. La materia se espiritualiza por el brillo de la llama y la espiral del incienso. Este proceso de intensa desmaterialización se refleja en el adorno de los altares, en el esplendor de las ceremonias del culto, en el ritmo de las oraciones, y sobre todo, en el abandono filial y en la sensación de confianza, de divino consuelo que ha eliminado el temor y la propiciación mecánica y mágica de los pueblos primitivos».

De hecho, tanto la cultura como el paisaje en que ella se expresa es de hecho cristiana. No es infrecuente localizar tanto en las grandes ciudades como en los poblados más pequeños imágenes, santuarios, ermitas a los que acuden los fieles para rezar. Las festividades y solemnidades locales son ocasión para celebrar, y constituyen momentos cumbres que dan vida a la rutina cotidiana. Todos contribuyen de alguna manera con los festejos de la fiesta patronal, dando lugar a manifestaciones coloridas de religiosidad popular. Si bien es cierto, como recuerda el Documento de Puebla, que muchas de estas expresiones requieren ser purificadas para estar plenamente de acuerdo con la fe cristiana, no por ello dejan de ser auténticas y llenas de un sentimiento sagrado que manifiestan el hambre de Dios que anida en los corazones de los hombres de América Latina.
 

La piedad mariana: los santuarios de Copacabana y Cocharcas

Son muchas las devociones y santuarios que vemos surgir a la sombra de la obra evangelizadora, tanto al Señor Jesús como a la Virgen María, así como en las advocaciones de los santos. El culto mariano es uno de los mejores frutos que da el esfuerzo realizado por los misioneros. Se hace sentir la presencia maternal de María en estos pueblos, sobre todo a partir de su aparición en el cerro del Tepeyac (México), bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe. Allí se le apareció a Juan Diego, un indio del lugar, en medio de una resplandeciente nube. La Virgen dejó impresa un imagen de sí en la tilma o manto de Juan Diego, la cual se venera aún en Ciudad de México.

En el Perú abundan los santuarios marianos. Prácticamente no hay región del país que no tenga alguno. Quizá el más representativo sea el Cocharcas, que halla su correlato en el de Copacabana (Bolivia). Éste se originó de la siguiente manera. El indio Titu Yupanqui había decidido fundar una cofradía bajo la advocación de la Virgen de la Candelaria, para lo cual él mismo labraría la imagen mariana. Fue a Potosí para aprender escultura y pintura. Cuando se trasladó en compañía de D. Alonso Viracocha, gobernador de los hanansayas a Chuquisaca para obtener del Obispo la autorización para darle culto a la imagen, éste no se la dio, considerando que la imagen no tenía las condiciones dignas y adecuadas como para recibir culto. Yupanqui, sin embargo, persistió en su intento, y dándole algunos retoques a la imagen, se dirigió a La Paz, donde, al servicio de un maestro retablista español, logró que éste estofase y decorase la imagen. Durante las noches ambos se dedicaban a embellecer progresivamente la imagen de la Virgen. No sin posteriores contrariedades y dificultades, y con la ayuda del párroco de Copacabana, el franciscano Antonio Montoro, y del corregidor de Omasuyos, Jerónimo Marañón, decidieron traer la imagen, la cual llegó a su destino el 2 de febrero de 1583. Al amanecer de ese día, la bendita imagen de María apareció en los cerros de Huacuyo, como un sol que viniera a iluminar ese rincón inhóspito del Alto Perú. Sebastián Quimichi, otro indígena, llevó la devoción de Copacabana a la provincia de Andahuaylas en el Perú, donde en el santuario de Cocharcas se guarda una réplica de la virgen del santuario boliviano.

«Los santuarios de Copacabana y su réplica en Cocharcas representan para el Perú y Bolivia lo que el de Guadalupe para México, teniendo la reveladora semejanza de su origen indígena. Son la fe y el entusiasmo de los autóctonos los que han creado esta modalidad del culto mariano, y, como al mismo tiempo, la forma mariana de la religiosidad se conservó e intensificó por lo que se refiere a los españoles y mestizos en las ciudades y villas hispánicas, puede decirse que el culto mariano fue la expresión de la vinculación de las razas y la manifestación de la conciencia religiosa del Virreinato junto con el culto del Cuerpo de Cristo. La unidad de religión, la misteriosa y hondamente afectiva filiación producida por la común maternidad, creó una vinculación definitiva entre el español, el mestizo y el indio. Esta vinculación fue mucho más intensa que la exterior y coactiva, resultante de la comunidad de gobierno. [...] El culto de la Eucaristía reemplazó el culto solar. La devoción a María surge en la tierra americana con la modalidad típica de santuarios autóctonos. Las iglesias han sustituido a las huacas. La liturgia católica se ha apoderado del alma indígena, desplazando totalmente a los ritos hieráticos y fríos, poniendo en el alma indígena la seguridad de una nueva fe, la luz de una nueva esperanza y el fuego de un nuevo amor» (Víctor Andrés Belaúnde).
 

El Señor de los Milagros

No podemos pasa por alto la devoción popular peruana que más fieles congrega, y que da lugar a la procesión religiosa más multitudinaria en todo el mundo: el culto al Señor de los Milagros.

La historia, tal como ha sido recogida en las crónicas, cuenta que hacia el año de 1650 existía una cofradía de negros de raza Angola en el barrio de Pachacamilla, por entonces en las afueras de Lima. Allí, en un mísero galpón, celebraban sus reuniones, las cuales iban frecuentemente acompañadas de ruidosos festejos. En tal lugar la cofradía mandó hacer en una de las paredes una imagen de Cristo crucificado. La imagen no estaba acompañada todavía por las figuras de la Virgen y de María Magdalena. Pintada sobre un muro de adobe, mal revocado y enlucido, la imagen, de escasa calidad artística, ya estaba terminada en 1651. En ese lugar, prácticamente a la intemperie, era venerada por los miembros de la cofradía y por las pocas personas que por allí pasaban. No había, ciertamente, mucho futuro para la imagen.

El 13 de noviembre de 1655 sucedió un hecho prodigioso. Un terremoto, que causó estragos en Lima y el Callao, dejó, sin embargo, intacto el muro, aunque el resto del galpón si sufrió las consecuencias. Durante los años siguientes nadie se preocuparía de la imagen, que quedaría expuesta a la intemperie, sin que nadie se preocupase por reedificar el lugar que la albergaba.

Hacia 1670 un hombre piadoso, Antonio de León, tomó a su cargo la imagen y restauró el cobertizo, haciendo que la devoción hacia ella fuese creciendo. El mismo León fue curado de un tumor maligno en virtud de las oraciones hechas al Cristo de Pachacamilla. Este hecho prodigioso tuvo el efecto de suscitar la atención de la gente. Se comenzaron a realizar reuniones delante de la imagen. No todas las reuniones eran realizadas con la honestidad debida, puesto que a veces iban acompañadas de bailes sensuales y del consumo de bebidas alcohólicas. De este modo, el Conde de Lemos, virrey del Perú, a instancias de la autoridad eclesiástica, decidió eliminar la imagen con el fin de suprimir los excesos, y resolvió también que se destruyese el altar provisorio que se había colocado delante de ella. La orden nunca llegó a ejecutarse. El pintor señalado para la tarea de borrar el muro sufrió un desmayo, por lo cual el Promotor Fiscal nombró a otro oficial para realizar la tarea. El reemplazante fue acometido por un temblor inusitado. El Promotor Fiscal no tuvo más remedio que ofrecer una buena paga a un tercero, quien, luego de intentarlo por primera vez, dijo que no podía hacer lo que se le pedía, pues a la imagen del Cristo se le avivaban los colores cuando intentaba efectuar el borrado. No hubo más remedio que dejar la imagen intacta.

El Conde de Lemos visitó el lugar de los acontecimientos maravillosos, y, el 14 de setiembre, fiesta de la Exaltación de la Cruz, se celebró allí la primera Misa ante la imagen. De esta maneras quedaba asegurado y confirmado el culto, y más aún con el nombramiento de un mayordomo de la capilla, realizado por la autoridad eclesiástica. No hubo posterior controversia sobre la legitimidad del culto a la imagen.

Posteriormente, Sebastián de Antuñano, español, adquirió los terrenos donde se hallaba la imagen e inició los trabajos de construcción de una capilla digna. Él mismo vivía de forma piadosa en el lugar.

Durante el terremoto del 20 de octubre de 1687, el peor de los que sufrió Lima en el siglo XVII, la capilla no sufrió ningún daño de consideración. Por motivo del sismo, Antuñano hizo que se sacara una copia de la imagen en procesión. Fue ésta la primera vez que el Señor de los Milagros salió a recorrer las calles de Lima, el 20 de octubre de ese año.

Por esta época, una piadosa mujer originaria de Guayaquil (en el actual Ecuador), Antonia Maldonado, se interesó en instaurar un beaterio, para llevar, junto con otras mujeres, vida devota en seguimiento de Jesús Crucificado. Adoptaron la regla de la orden carmelita reformada de Santa Teresa de Jesús. Antuñano les ofreció sitio en su terreno, para que allí construyesen el claustro monacal, al lado de la Capilla del Cristo de los Milagros. Este es el origen del actual Santuario y Monasterio de las Nazarenas Carmelitas Descalzas.

Ya a comienzos del siglo XVIII, la devoción al Señor de los Milagros se había extendido por todo el Virreinato, y la gente en la ciudad lo invocaba como protector contra los temblores de tierra. El terremoto del 28 de octubre de 1746 dejó destrozados varios sectores de la ciudad de Lima. El Callao quedó en ruinas, debido al maremoto consiguiente. Esto no hizo más que aumentar la devoción al Cristo de Pachacamilla. Al año del terremoto (1745), con fecha del 20 de octubre, la imagen fue sacada en procesión durante cinco días. En esta ocasión se constató una novedad. La imagen del Señor ya no estaba sola, sino que al reverso presentaba la imagen de Nuestra Señora de la Nube, venerada en Guayaquil. A partir de entonces la procesión continuaría saliendo anualmente, pero su duración se redujo a tres días del mes de octubre.

El templo de las Nazarenas fue inaugurado en 1771 durante el gobierno del virrey Amat. Por esta época también se instituyó una cofradía o hermandad, con el fin de reunir devotos para acompañar la imagen en su recorrido por las calles de Lima y celebrar la fiesta el 20 de octubre. Este es el origen de la Hermandad de Cargadores del Señor de los Milagros, distribuidos en cuadrillas al mando de capataces, martilleros y jefes de cuadrillas, donde los hermanos se turnan ritual y rigurosamente en tener el honor de llevar sobre sus hombros las pesadas andas. Los caracteriza el hábito morado y el cíngulo blanco con que se lo atan.

La devoción se ha extendido incluso a otros países de América, donde cada año se realizan procesiones paralelas a la de Lima en octubre.

Sobre esta devoción ha escrito el Padre Rubén Vargas Ugarte, S.J.: «Ninguna [devoción] más popular ni más compenetrada con nuestros usos y costumbres; ninguna tampoco más ligada con la historia de la urbe en sus trances más dolorosos. Por eso ha sobrevivido y no le han quitado su tono característico los adelantos de la vida moderna y las transformaciones que van despojando a la ciudad de su aspecto colonial, de ese aire de pacífica quietud que todavía en ella se respiraba a comienzos del siglo y de la hogareña alegría que se ocultaba detrás de sus balcones moriscos o en las anchas salas y cuadras de sus casonas. Viene el mes de octubre y al colorearse las calles con el hábito morado que visten innumerables devotos, esta floración violeta que coincide con nuestra primavera, nos recuerda a la Lima de otros tiempos, nunca mejor sentimos lo que en ella hay de más peculiar y castizo y nos persuadimos que no se han borrado del todo los rasgos de su fisonomía como ciudad».


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