III. LA SÍNTESIS CULTURAL LATINOAMERICANA
Hemos señalado que se entiende por primera evangelización de América Latina la labor realizado por los misioneros y demás agentes de cristianización que llegaron en los orígenes de nuestra historia y produjeron como resultado la conversión de los pueblos indígenas a la fe cristiana y la formación de una cultura mestiza fundada en los valores del Evangelio. O, por decirlo de otra manera, el conjunto de los esfuerzos realizados por los españoles cristianos por lograr la implantación de la fe cristiana en las nuevas tierras descubiertas. Si bien no faltaron actitudes deplorables por parte de muchos españoles que llegaron al Nuevo Mundo, eso no anula la labor heroica de quienes se entregaron con sacrificio y dedicación a la labor evangelizadora e hicieron que la verdad del Señor Jesús brillara en estas tierras, dando origen de esta manera a una mentalidad cristiana como trasfondo de todas las manifestaciones culturales del actual pueblo latinoamericano. ¿Cómo pudo la religión cristiana entroncar en la vivencia religiosa de los indígenas? ¿Hubo verdadera evangelización, o se trató simplemente de una superposición, que dejó intactas las creencias religiosas, aunque de manera oculta? Una breve descripción de la religiosidad indígena se hace necesaria para comprender aspectos importantes de la obra evangelizadora. Nos centraremos en el caso del Perú, aunque lo que aquí se expone se puede aplicar con algunas adaptaciones a los indígenas de otras latitudes del Nuevo Mundo. No había en el Incanato una religión unificada, expresada en una sola doctrina y una sola forma de culto. Cada valle tenía sus propios dioses e ídolos locales, que recibían el nombre genérico dehuacas, y que se aplicaba tanto a las figuras de los dioses, como al templo o lugar donde estaban ubicados, así como a los sepulcros, los montes, las rocas, los ríos y arroyos, así como a la misma Cordillera de los Andes. Junto a estos cultos locales, convivían la veneración a las conopas o dioses familiares o del hogar. Cuando los diversos pueblos que poblaban el territorio del Perú de entonces fueron conquistados por los Incas, estos difundieron el culto del Sol (Inti), pero sin la intención de eliminar los cultos locales. Simplemente se exigía la práctica de la religión del Sol como parte del reconocimiento del dominio político, pero se permitía la permanencia del culto a lashuacas y conopas. Los ídolos regionales eran llevados al Coricancha en el Cuzco, según el testimonio del cronista Polo de Ondegardo: «Cuando el Inca conquistaba de nuevo una provincia o pueblo, lo primero que hacía era tomar la huaca principal de tal provincia o pueblo y la traía al Cuzco, así por tener aquella gente del todo sujeta y que no se rebelase, como porque contribuyesen cosas y personas para los sacrificios y guardas de las huacas». A pesar de que el culto al Sol se extendió a la par que la dominación de los Incas, sin embargo nunca llegó a calar hondo en los pueblos dominados, que estaban adheridos a su propia tierra tanto como a sus dioses locales. Prueba de ello es que los rebrotes de idolatría en el siglo XVI, cuando ya estaba bien avanzada la evangelización de los indígenas, van a ir unidos a veneración de los ídolos locales, mas no del Dios Sol. Puede decirse que el culto oficial del Sol sólo tenía verdadera arraigo en la élite gobernante residente en el Cuzco y en los pueblos de los alrededores. En todos los demás lugares del Imperio se daba un sincretismo, donde al culto de los dioses locales se superponía de manera postiza el culto de la clase gobernante. No hubo, pues, una verdadera unidad religiosa. De esta manera, resulta explicable cómo no hubo una tenaz y auténtica oposición al cristianismo por causa de factores religiosos. Una vez destruido el núcleo director de la unidad política del Imperio, tampoco tenía sentido el mantener un culto religioso (la religión del Sol) que nunca había entroncado en el alma religiosa de las tribus del Imperio. Fuera de la unidad política, ligada a un culto oficial, no había otro elemento que le diera unidad a las comunidades que fueron sojuzgadas por el poder de los Incas. En este sentido, la religión cristiana significó un aporte insustituible en la creación de una identidad propia, fundamentada sobre una unidad espiritual que antes no existía. «La política misional tenía que enderezarse a la extirpación de las idolatrías, o sea, a la conversión efectiva de los indígenas. La Conquista española debería agregar a la unidad política del Incario, la unidad religiosa, en lugar del sincretismo religioso que mantuvieron los Incas. Al nacer por la Conquista el admirable impulso de la catequización, se echaron las bases de una efectiva comunidad espiritual entre todos los habitantes del Perú. Y esto lo decimos no sólo refiriéndonos a los españoles, mestizos e indígenas; pues es evidente que, a pesar de la sujeción común a los Incas, la diversidad de religiones o de idolatrías creaba una efectiva separación espiritual entre los elementos del Incario. Una vez que se generalizaron la religión cristiana y el culto católico, surgió un vínculo profundo entre los mismos indígenas separados antes por la diversidad de dioses y de ritos» (Víctor Andrés Belaúnde). Sin embargo, el trabajo misionero se encontraría también con serias dificultades, algunas de tipo circunstancial, otras más profundas, por la diferencia de cultura entre los evangelizadores y los indígenas. Cabe mencionar entre las dificultades circunstanciales la antigüedad y el arraigo de los cultos idolátricos, junto a la dispersión que ocasionaba la existencia de múltiples cultos locales; lo accidentado del territorio, muy poco propicio para las comunicaciones y la ayuda mutua; el aislamiento en que tuvieron que realizar su trabajo los misioneros y los párrocos, en un territorio inmenso y de una geografía bastante difícil. A estas dificultades hay que agregar otra, originada por los mismos españoles: los veinte años de guerras civiles, causaron un cierto desprestigio de lo español ante los indígenas. Hubo varios puntos
de confluencia entre la cultura española y la indígena en
los elementos que mencionamos a continuación: el sentido sagrado
del tiempo y de la vida cotidiana, la importancia dada a la representación
pública de los valores religiosos y culturales (a través
del teatro, la danza, la liturgia, los autos sacramentales, las devociones,
etc.), la concepción de ciertos lugares como sagrados, donde se
da el encuentro con la divinidad y de los hombres entre sí (los
santuarios), la importancia dada a los valores de justicia social y solidaridad
en el trabajo.
La evangelización constituyente Las dificultades que hubo no fueron obstáculo para que se realizara una evangelización profunda que, a la vez, dio origen a una cultura nueva marcadamente católica tanto en el Perú como en el resto de América Latina. «¿Qué hizo posible que a pesar de la enormes dificultades y conflictos que se presentaron en los inicios de este encuentro de culturas tan diferentes se pudiera forjar una síntesis cultural mestiza? Fue la fe y el dinamismo reconciliador de la evangelización la que permitió y sirvió de crisol para esta nueva realidad. La síntesis cultural mestiza que es América Latina fue posible gracias a la fe. Este proceso de mestizaje cultural es pues en su raíz un proceso de encuentro y reconciliación» (Germán Doig). De este modo, se formó una nueva realidad que, a la sombra de la fe, que actúa como factor aglutinante, toma elementos de la cultura española y las culturas aborígenes, dando paso a una expresión cultural. La formación de esta síntesis viviente que es América Latina no se hizo sin conflictos, pero el papel que desempeñó la fe y la Iglesia contribuyó a la integración y reconciliación de esas contradicciones. Fue un largo proceso que se fue dando por etapas y que, aun hoy, es algo en cierto modo inacabado, que todavía requiere de la participación de los hombres latinoamericanos. Pero todo ello tiene origen en los esfuerzos realizados por los primeros evangelizadores españoles. Es sabido que el acercamiento de los españoles a los indígenas se planteó desde un inicio como una obra misional, donde lo que debía primar era el encuentro pacífico. Y esta aproximación se mantuvo a todo lo largo de la época de la evangelización constituyente, aun cuando hubieron abundantes casos de españoles que traicionaron esa intencionalidad original. Ya desde un principio, la reina Isabel la Católica, en su famoso Codicilio del 23 de noviembre de 1504 señalaba los principios de acción que debían guiar a los colonizadores españoles en su aproximación a los naturales del Nuevo Mundo: «...non consientan ni den lugar que los indios vezinos y moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas o por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes: mas mando que sean bien e justamente tratados. E si algún agravio han rescibido, lo remedien e provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las Letras Apostólicas de la dicha concesión nos es inyundido e mandado». También viene al caso la Instrucción remitiera al primer obispo de México, Juan de Zumárraga: «...avéis de trabajar con las dichas gentes por las mejores vías y maneras lícitas y convenientes que pudiéredes de traerlos a ellos y a sus pueblos a nuestra amistad y obediencia, dándoles a entender nuestro principal fin, que es traerlos al conocimiento de un verdadero Dios, e introduzillos en la universal Iglesia...» A pesar de todos los problemas y de que no siempre los colonizadores españoles respetaron la intención original, la Iglesia se va a alzar siempre con su presencia para favorecer un clima de concordia y reconciliación. Los problemas aislados que se presentaron no lograrán anular el ideal que guió toda la obra evangelizadora. La primera evangelización dejará sentir su fuerza hasta el punto de configurar de manera definitiva la identidad de los pueblos del Nuevo Mundo dentro de los valores esenciales de la fe católica. Esto lo han recordado
los obispos latinoamericanos en la IV Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano en Santo Domingo: «...el encuentro del catolicismo
ibérico y las culturas americanas dio lugar a un proceso peculiar
de mestizaje, que si bien tuvo aspectos conflictivos, pone de relieve las
raíces católicas así como la singular identidad del
Continente. Dicho proceso de mestizaje, también perceptible en múltiples
formas de religiosidad popular y de arte mestizo, es conjunción
de lo perenne cristiano con lo propio de América, y desde la primera
hora se extendió a lo largo y ancho del Continente.
Comprender esto resulta de suma importancia para nosotros. Si queremos proyectarnos hacia el futuro y participar efectivamente en el trabajo por el verdadero bien de nuestros pueblos, debemos reconocer nuestra deuda con el pasado. Nuestra verdadera identidad cultural encuentra su razón de ser en la fe, en la presencia de la Iglesia católica en nuestra historia. Sólo de esta manera podremos llevar cabo la nueva evangelización a la que nos convoca el Papa Juan Pablo II. Y sólo de esta manera lograremos enfrentar el desafío de la cultura moderna adveniente, humanizando sus contenidos, impregnándola de contenidos evangélicos que contribuyan a lograr la realización plena del ser humano. Por ello, no podemos dejar de asumir de corazón las palabras del Santo Padre: «...damos gracias a Dios porque en América Latina el don de la fe católica ha penetrado en lo más hondo de sus gentes, conformando en estos quinientos años el alma cristiana del Continente e inspirando muchas de sus instituciones. En efecto, la Iglesia en Latinoaméricaha logrado impregnar la cultura del pueblo, ha sabido situar el mensaje evangélico en la base de su pensar, en sus principios fundamentales de vida, en sus criterios de juicio, en sus normas de acción» (Discurso inaugural del Santo Padre, IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo 1992, 24).
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