II. LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA


El sustrato cultural católico

Un visión atenta de las manifestaciones culturales del hombre que encontramos por toda América Latina nos permite descubrir una realidad innegable: se trata de una cultura cristiana en sus raíces, tanto en su valores como en sus expresiones en la vida cotidiana y pública. Las deficiencias e incoherencias que encontramos no son suficientes para negar esa realidad que el Documento de Puebla llama el «sustrato católico» de América Latina.

¿Cuál es el origen de esta realidad que constatamos por doquier? ¿Cuál es el proceso por el cual las culturas aborígenes se transformaron en una cultura esencialmente católica?

La identidad cultural latinoamericana tiene como elemento central la fe. Sin ella, sin la presencia abarcante de la Iglesia, no se puede entender la historia de los pueblos de este continente. Podemos decir que la evangelización ha calado hondo en todas las manifestaciones humanas de la vida de nuestros pueblos. Y esta obra evangelizadora llegó a afincar tan hondo en el corazón de los hombres, que en los períodos de crisis, como, por ejemplo, la Independencia —en algunos países la persecución a la Iglesia, con el vacío pastoral que se produjo—, lo que ocurrió no fue suficiente para desarraigar la fe católica del corazón de los pueblos. Tanto es así que, por ejemplo, en México, un país con un régimen declaradamente anticlerical nos encontramos con las más patentes manifestaciones de fe y con una devoción mariana a la Virgen de Guadalupe que aguantó la prueba del tiempo y del hostigamiento.

Este sustrato cultural católico se manifiesta sobremanera en la plena vivencia de la fe, que resulta tan natural y espontánea para la mayoría de los hombres que viven en los países latinoamericanos, en la sabiduría vital que se manifiesta ante los grandes interrogantes de la existencia, en las diversas expresiones de religiosidad popular, de contenido trinitario, cristológico y mariano, y, acutalmente, en la acogida que se ha hecho de la iniciativa del Santo Padre Juan Pablo II de impulsar una nueva evangelización. Se trata de una respuesta que no tiene comparación con la que ha habido en otras regiones del mundo.

No debemos olvidar, sin embargo, que este sustrato católico, siendo igual en lo esencial en todas las naciones latinoamericanas, toma acentos particulares en cada una de ellas, lo cual evidencia la riqueza de la cultura común. Este trasfondo cultural hunde sus raíces más allá de la época de la Ilustración y del período de Independencia, y tiene orígenes en un pasado de cinco siglos, desde el momento que, por obra de los españoles llegados a estas tierras, se inició la obra de la evangelización. Resulta absurdo y nada conforme con la realidad querer romper totalmente con el pasado y pretender determinar la identidad de las naciones latinoamericanas sólo en base a los movimientos de emancipación del siglo XIX. Resulta contraproducente querer presentar los tiempos anteriores a la Independencia como una época oscura, deplorable, plagada de esclavitud, sin nada positivo, cuando precisamente en esa época se forja lo más valioso de la identidad latinoamericana. Fue entonces cuando se formó la síntesis cultural que constituye a América Latina.
 

La primera evangelización

Entendemos por primera evangelización el conjunto de esfuerzos realizados por los españoles inmediatamente después del descubrimiento del Nuevo Mundo para implantar la fe. Se trata de una labor iniciada hace 500 años y que continuó a través de los siglos. Este fecundo proceso histórico terminó sellando el alma de los pueblos y la cultura del continente con una profunda impronta católica.

Al respecto, conviene citar las palabras de Juan Pablo II durante su discurso en SantoDomingo: «Con la llegada del Evangelio a América se ensancha la historia de la salvación, crece la familia de Dios, se multiplica «para gloria de Dios el número de los que dan gracias» (2 Co 4, 15). Los pueblos del Nuevo Mundo eran "pueblos nuevos... totalmente desconocidos para el Viejo Mundo hasta el año 1492", pero "conocidos por Dios desde toda la eternidad y por Él siempre abrazados con la paternidad que el Hijo ha revelado en la plenitud de los tiempos (cf.Ga 4, 4)" (Homilía, 1 de enero de 1992). En los pueblos de América, Dios ha escogido un nuevo pueblo, lo ha incorporado su designio redentor, lo ha hecho partícipe de su Espíritu. Mediante la evangelización y la fe en Cristo, Dios ha renovado su alianza con América Latina.
»Damos, pues, gracias a Dios por la pléyade de evangelizadores que dejaron su patria y dieron su vida para sembrar en el Nuevo Mundo la vida nueva de la fe, la esperanza y el amor. No los movía la leyenda de "El Dorado", o intereses personales, sino el urgente llamado a evangelizar a unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo. Ellos anunciaron "la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres" (Tt 3, 4) a unas gentes que ofrecían a sus dioses incluso sacrificios humanos. »Ellos testimoniaron, con su vida y con su palabra, la humanidad que brota del encuentro con Cristo. Por su testimonio y su predicación, el número de hombres y mujeres que se abrían a la gracia de Cristo se multiplicaron "como las estrellas del cielo, incontables como la arena de las orillas del mar" (Hb 11, 12)» (Discurso inaugural del Santo Padre, IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo 1992, 3).

La gesta evangelizadora fue un ambicioso proyecto que se llevó a cabo en varias etapas. Los primeros años, conocidos como la época de la evangelización constituyente, dieron las pautas de las huellas a seguir. Si bien todo no sucedió como se pensaba, debido a la debilidad y la miseria humana, fueron muchas más las luces que las sombras, si nos ponemos a pensar en los frutos duraderos de fe y de vida cristiana que se han dado en el continente latinoamericano. Hubo esfuerzos de muchos hombres, llegando incluso hasta el testimonio heroico de sacrificio de la propia vida, esfuerzos que contribuyeron decisivamente para la configuración de la cultura que creció al abrigo de los valores del Evangelio.

«La obra evangelizadora, inspirada por el Espíritu Santo, que al comienzo tuvo como generosos protagonistas sobre todo a miembros de órdenes religiosas, fue una obra conjunta de todo el pueblo de Dios, Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos. Entre estos últimos hay que señalar también la colaboración de los propios indígenas bautizados, a los que se sumaron, con el correr del tiempo, catequistas afroamericanos.
»Aquella primera evangelización tuvo sus instrumentos privilegiados en hombre y mujeres de vida santa. Los medios pastorales fueron una incansable predicación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, la catequesis, el culto mariano, la práctica de las obras de misericordia, la denuncia de las injusticias, la defensa de los pobres y la especial solicitud por la educación y la promoción humana.
»Los grandes evangelizadores defendieron los derechos y la dignidad de los aborígenes, y censuraron "los atropellos cometidos contra los indios en la época de la conquista" (Juan Pablo II, Mensaje a los indígenas, 12.10.92, 2). Los Obispos, por su parte, en sus Concilios y otras reuniones, en cartas a los Reyes de España y Portugal y en los decretos de visita pastoral, revelan también esta actitud profética de denuncia, unida al anuncio del Evangelio.» (Santo Domingo, 19-20).
 

La leyenda negra

Lamentablemente, se han difundido enfoques históricos sobre América Latina que presentan una visión parcial y reductiva de los acontecimientos, seleccionando solamente aquellos hechos de carácter negativo e interpretando toda la historia a partir de estos sucesos, que no constituyen la regla y norma de lo que sucedió. En otras palabras, se condena en bloque la historia anterior a la emancipación de las naciones latinoamericanas como una época de destrucción y opresión absolutas. Se presenta a los españoles como gente cruel, que sólo vino a explotar y oprimir a los indígenas. Se dice que la matanza de los aborígenes fue un hecho común y corriente de todos los días. Los representantes de la Iglesia son presentados como personajes hipócritas, que imponen autoritariamente sus creencias para de esta manera favorecer una actitud resignada por parte de los indígenas. Por otra parte, se presenta a éstos como seres buenos en todo, que sólo cumplieron el papel de víctimas. Nos encontramos, pues, ante lo que se conoce como la leyenda negra.

Esta presentación caricaturizada y falsa de la historia de América Latina surgió originalmente en los Países Bajos en la época en que España era la mayor potencia política europea. Luego fue ampliada, desarrollada y difundida por Inglaterra en el momento en que tomó el lugar de España como potencia mundial, con el fin de desprestigiar a su enemiga y a la Iglesia Católica. Por ejemplo, la obra de Bartolomé de Las Casas Brevísima relación de la destrucción de las Indias, escrito de denuncia lleno de exageraciones e inexactitudes, como admiten la mayoría de los historiadores en la actualidad, encontró amplia difusión en Inglaterra y demás países europeos, y fue publicada con ilustraciones para presentar con mayor vivacidad los horrores que erróneamente les eran atribuidos a los españoles. Posteriormente, en el siglo XVIII, los filósofos ilustrados, en su afán de oponerse a la Iglesia Católica, no vacilaron en desprestigiar a aquella nación que más se identificaba con el catolicismo: España. Debemos tener en cuenta que la filosofía de la Ilustración constituyó la base ideológica de las ideas de aquellos que lucharon por la emancipación de los actuales países latinoamericanos a principios del siglo XIX. No resulta extraño, por ello mismo, descubrir en los ideólogos de la Independencia una denigración de la historia de América cuando se hallaba bajo el dominio de España. Toda la historia anterior a la Emancipación es vista en bloque como un tiempo de opresión y esclavitud. No se tiene una visión objetiva de los hechos. No se hace un balance de los aspectos positivos y negativos de los acontecimientos. Se recuerda sólo las injusticias y los abusos que se cometieron, olvidando que eso no fue lo único que hubo durante la época de la dominación española. Por ejemplo, el mismo Juan Pablo Viscardo y Guzmán, quien en su famosa Carta a los españoles americanos presenta legítimas razones por las cuales los habitantes de América pueden aspirar a la Independencia, también se hace eco de la leyenda negra cuando sostiene que «nuestra historia de tres siglos acá, relativamente a las causas y efectos más dignos de nuestra atención, [es] tan uniforme y tan notoria que se podría reducir a estas cuatro palabras, ingratitud, injusticia, servidumbre y desolación...»

El Papa Juan Pablo II ha manifestado su preocupación por la actual difusión de enfoques históricos basados en la leyenda negra. Ya en el año 1984 decía ante los Obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano: «Una cierta "leyenda negra", que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al descubrimiento. Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente» (Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 3).

No se debe negar las realidades negativas que hubo en la historia de la evangelización, pero no es legítimo por ello negar todo los aspectos buenos que se produjeron, que dan como balance un resultado positivo: la venida de los españoles al Nuevo Mundo trajo consigo la presencia de la Iglesia, y esto es algo que ha valido la pena, porque ha hecho culturalmente del hombre americano una persona que echa raíces en los valores del Evangelio. Ha traído la presencia del Señor Jesús a todas las manifestaciones humanas del Nuevo Mundo.

La historia de América Latina es una realidad compleja, y no puede ser presentada en base a una visión que divide de manera simplista entre buenos y malos. Por ello, debemos tener en cuenta algunos criterios para poder detectar aquellas visiones que no respetan la realidad objetiva.

En primer lugar, debemos desconfiar de las interpretaciones que presentan a los protagonistas divididos en bandos irreconciliables, donde unos son buenos y los otros malos. El bien y el pecado siempre se dan entremezclados en las realidades humanas, comenzando por el mismo corazón del hombre. Aquellos mismos que condenaron las injusticias cometidas por los españoles, también cometieron acciones semejantes. La historia emancipadora y republicana de América Latina también está presenta casos de abusos e injusticias.

Igualmente, debemos examinar si detrás de ciertas aproximaciones no se encuentran ideologías que tienen un trasfondo anti-cristiano o anticlerical. Tanto el liberalismo como el marxismo aceptaron sin más la leyenda negra, y la convirtieron en un arma para denigrar a la Iglesia. En cambio, una aproximación objetiva nos haría comprender lo complejo de la historia de la evangelización de América Latina.

Por otra parte, en una comparación del proceso colonizador de España con la de otros procesos colonizadores de otras naciones europeas, se constata la presencia de un ideal humanista y cristiano en los españoles, contrario a la exterminación masiva de los indígenas. En cambio, las otras naciones (por ejemplo, los colonos ingleses en América del Norte) presentaron políticas de exterminio de las tribus indias originarias. En cambio, en América Latina se realizó un fecundo proceso de mestizaje, y, junto a los abusos, se dio la denuncia y los esfuerzos por plasmar una auténtica justicia tanto en el campo teórico (teológico y jurídico) como en el práctico (las obras e instituciones de ayuda social).

Sin desconocer los errores, hay que reconocer los aciertos y los fecundos logros de la gesta evangelizadora. Al respecto, son oportunas las palabras del P. Armando Nieto, S.J., historiador peruano, quien, en un breve artículo intituladoHacia el V centenario de la evangelización, escrito hace algunos años atrás, señalaba: «Algunos enjuiciamientos modernos de la obra cumplida por la Iglesia y el Estado [español] incurren fácilmente en posiciones extremas: o se santifican globalmente y sin matices los procedimientos y métodos de la cristianización de entonces; o se descalifican sin más, con el argumento de que la obra evangelizadora se hizo cómplice de la destrucción de las culturas nativas. La nueva evangelización, si bien no puede ignorar la historia real de lo acaecido a partir del siglo XVI, no debe tampoco renunciar a la visión sobrenatural, sin la cual la misma tarea de la predicación del Mensaje pierde sentido. Los evangelizadores de antaño, con todos sus defectos y limitaciones, estaban convencidos de la verdad de la fe; estaban penetrados de la creencia en Cristo como la novedad radical en la historia de la salvación; como la Palabra definitiva de Dios que entró de una vez para siempre en la historia humana y está destinada a resonar en el corazón de cada hombre. [...] Al hacer una revisión de la experiencia acumulada por la Iglesia en el medio milenio de su vida en Hispanoamérica, se comprueban las realizaciones y transformaciones operadas, pero también las deficiencias y sombras que empañaron esa acción».


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