XI. LA IGLESIA EN EL SIGLO XVIII
Según un cuadro estadístico de 1700, mandado hacer por orden del Conde de la Monclova, la cantidad de personas que conformaba lo que se puede llamar como población eclesiástica (religiosos de ambos sexos, novicios, hermanos legos, sirvientes de los conventos, etc., etc.), sin contar los clérigos seculares, superaba en Lima la cifra de 6,000 personas, para una población total de aproximadamente 38,000 habitantes. Y muy semejante era el cuadro en todo el Virreinato. Sin embargo, el número no iba parejo con el fervor y la observancia religiosa. Todos los testimonios concuerdan en que la relajación se introdujo poco a poco en los conventos, y no hubo nadie que pusiera un pare a estos males. Aunque hubo excepciones, ello no hace sino confirmar que el mal era generalizado. Y de entre los sacerdotes, los pésimos ejemplos eran más frecuentes entre los que pertenecían a órdenes y congregaciones religiosas que entre los miembros del clero secular. La codicia de honores se infiltró en muchas órdenes religiosas, y, cuando llegaban las reuniones capitulares para elegir superiores y priores,llegaron a formarse verdaderos bandos irreconciliables entre sí, cada uno de los cuales quería imponer a su candidato. La intervención de la autoridad civil se tradujo en la norma de elegir alternativamente a un español y luego a un criollo para cada período de gobierno. Aun así, continuaron las rivalidades y envidias dentro de las mismas órdenes. Había también de por medio el deseo de alcanzar sustanciosas ganancias económicas, inherentes a los cargos que se anhelaba. Así lo testimonian dos marinos españoles de la época, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, autores de unas Noticias secretas de América: «El usufructo que dejan los provincialatos es tan cuantioso que con justa razón se hace en aquellas partes más apetecible el empleo, y más acreedor a las disputas [...], [y] procuran todos arrimarse a aquellos sujetos en quienes tienen esperanza de conseguir el adelantamiento que pretenden». Otros males que se presentaban eran el concubinato de los clérigos, el hábito del juego por dinero e incluso el beber en exceso, la acumulación excesiva de riquezas por parte de quienes habían hecho voto de pobreza. Sólo la Compañía de Jesús quedaba en esa época en cierta medida libre de la presencia de estos males. Pero, en 1767, el rey Carlos III, por influencia de ministros liberales y masones, decretó la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles, sin alegar públicamente ningún motivo que justificara esta medida. Ésta fue cumplida por el Virrey Amat el 9 de setiembre de 1767 en el más estricto secreto. Los jesuitas fueron hacinados en barcos y conducidos a España, para luego dirigirse hacia los Estados Pontificios como destino final. Entre ellos iba un joven estudiante arequipeño, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, futuro autor de la célebreCarta a los españoles americanos. Como consecuencia de la expulsión de los jesuitas, centenares de pueblos y ciudades quedaron desprovistos de beneficencia social y atención religiosa y educativa. Muchas obras evangelizadoras florecientes quedaron desprovistas de la noche a la mañana sin nadie que las continuara. Los numerosos colegios y universidades cuya gestión estaba a cargo de la Compañía de Jesús quedaron paralizados por falta de maestros. Si en el campo moral había todas las deficiencias señaladas, en lo doctrinal la situación también era desastrosa. Si bien no se produjeron doctrinas heréticas que se apartasen abiertamente de la fe de la Iglesia, había una mediocridad imperante que se manifestaba en la falta de profundidad y solidez en las obras filosóficas y teológicas de la época, flojedad y relajo en la disciplina intelectual, barroquismo decadente en la oratoria sagrada, que llevada al predominio de la palabrería y la huachafería en los sermones religiosos, con poco de contenido aprovechable. Los métodos de enseñanza se volvieron lerdos y anticuados, y no respondían al modo de pensar de la gente de la época. Algunos intelectuales de poca monta del Virreinato se dejaron incluso atraer por las doctrinas inconsistentes y simplistas de los filósofos de la Ilustración europea, de lo que se conocía como filosofismo. Sin embargo, encontramos un intento de renovación en el Colegio Convictorio de San Carlos, especialmente bajo la dirección de Toribio Rodríguez de Mendoza, quien, defendiendo la actualización de los estudios eclesiásticos, hizo ver la importancia del estudio del derecho natural y de gentes, las ciencias naturales, la teología positiva y moral, e intentó introducir el estudio de la historia. Esta labor sería continuada en la época republicana por otro gran hombre de pensamiento, Bartolomé Herrera. Aunque el balance de la situación de la Iglesia no resulta positivo en este período, debemos guardarnos de hacer generalizaciones apresuradas y de atribuir a todos los miembros de la Iglesia los males que hemos descrito. Víctor Andrés Belaúnde, en su libro La realidad nacional, recomienda prudencia en el momento de juzgar esta época: «Mucho se ha generalizado acerca de la decadencia eclesiástica y de la degeneración religiosa del Perú en la colonia. Nada más difícil de describir que la historia religiosa de un pueblo. Los hechos sociales, militares o políticos, dejan una huella firme en la tradición o en el documento. Algunos hechos religiosos —sobre todo los desfavorables— la dejan también; pero, en su parte más importante, la historia religiosa es una historia de almas, es una reconstrucción dificilísima de la vida interior. Conocemos algunos aspectos pintorescos o escandalosos de la vida eclesiástica o conventual; pero ¿quién nos ha pintado la vida de tantos y tanto seres humildes que alcanzaron silenciosamente las más altas cumbres del espíritu? No toda la colonia debió de ser perricholismo, gracia o chilindrina; instantes debió haber de recogimiento y de sincera exaltación. En el inexplorado diario de Mugaburu hay signos de ella. Me parece, pues, un tanto sumario el juicio de la holganza y el pantagruelismo conventuales que acentuaron escritores jocosos y que han repetido con aire de seriedad científica algunos de nuestros sociólogos. La decadencia eclesiástica, si la hubo en el extremo en que nos la pintan, tuvo una causa bien definida: la sujeción de la Iglesia al Estado, la burocratización religiosa; en síntesis: el regalismo».
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