EL PRECIO DE UN HOMBRE

Estamos en una de las peores crisis de la historia de la humanidad, y son pocos los que perciben la degradación en la que han sido sumidos millones de hombres de nuestro mundo, en base a las leyes económicas, o a lo que se llama la realidad, "lo que las cosas son". ¿O habría que decir "lo que hemos hecho que las cosas sean"? La creciente carencia de un trabajo remunerado parece que tiende a convertirse en uno de los componentes ineludibles y esenciales de la así llamada realidad, dentro de un futuro avizorado como destino inexorable, en la ambigua promesa de un mundo profetizado como altamente competitivo.

El desempleo acarrea consigo el sentimiento de no valer nada. Lo cual es confirmado por el pensamiento único imperante, donde el concepto de "mundo competitivo" aparece como axioma innegable de los nuevos paradigmas que el neoliberalismo ha impuesto desde ya hace más de una década. En un mundo competitivo, aquél que no se encuentra en situación de ejercer un empleo es considerado como alguien que ha perdido el derecho a recibir un ingreso, por su propia incapacidad de ser competitivo —lo cual se asume como un hecho que no necesita ser demostrado—. Sus miserias económicas son el resultado matemático de su propia falta de capacidad competitiva, es decir, de su definitiva falta de valía.

¿Cómo extrañarse ante este tipo de pensamiento —aunque no expresado públicamente, sí asumido como un credo irrefutable— cuando el mismo concepto de sueldo o salario se ha desvirtuado respecto a lo que alguna vez fue? Érase una vez que la paga que recibía un hombre por el trabajo realizado se consideraba un derecho, mediante el cual se garantizaba no sólo su propia subsistencia, sino también la de su familia. El salario justo era aquel que bastaba no sólo para cumplir con esta función, sino además para permitirle obtener lo necesario para una vida humanamente digna, es decir, vivienda, vestido, educación, cultura, recreación, futuro (mediante el ahorro).

Dentro del pensamiento único neoliberal, que manifiesta a ojos vista su fracaso por todas partes, carece de sentido hablar de justicia respecto al salario. El mercado laboral determina automáticamente el monto de las remuneraciones personales, y eso se considera necesaria e inexorablemente justo.

Sin embargo, ¿que diferencia puede haber en la actualidad entre el salario humano y el precio de una mercancía, en este caso el ganado humano que se emplea? Absolutamente ninguna. Pues en eso se ha convertido la remuneración que un hombre debe percibir por su trabajo. El salario es el precio que se paga por las capacidades de un hombre. De ahí que se haya destilado en la conciencia colectiva de nuestros tiempos que mientras mejor paga reciba un hombre, tanto más es su valor. Y no extraña, entonces, que se incuben sentimientos de inferioridad en aquellos que reciben un sueldo de bajo monto. Incluso el carácter de irreemplazable de un hombre se mide por unidades de miles de dólares, mientras que los sueldos bajos indican que un hombre puede ser reemplazado en cualquier momento, y, por lo tanto, su valor se sitúa al nivel de individuo, miembro de una especie, con un alma extirpada que sólo posee de manera nominal.

Nuestra época se vanagloría de haber logrado un alto desarrollo de evolución en el respeto de los derechos de la persona. Sin embargo, la práctica del salario sometido a las fluctuaciones de la oferta y la demanda nos retrotrae a los tiempos del tráfico de esclavos, con la diferencia de que el esclavo era apreciado por su amo en cuanto posesión suya, y, por lo tanto, tratado en condiciones de que pudiera seguir vivo la mayor cantidad de tiempo posible, mientras que los asalariados de ahora viven ante la constante amenaza del desarraigo y la indiferencia ante la amenaza de una paulatina muerte a plazos.

Ya no son personas humanas, cuyo valor es infinito por el simple hecho de existir, de tener una existencia humana insertada en un entramado de alegrías y dolores, gozos y esperanzas, vida y muerte. Son "mano de obra", cuyo valor se mide por la eficacia y productividad que puedan demostrar en el "mundo competitivo" de hoy. Es lo que Vivianne Forrester llamaba el "horror económico", la tragedia acechando en cada momento de la historia cotidiana. Es la herencia de ese siglo XX, que recordaremos como un vitrina de carnicería y como un muestrario de las mayores atrocidades cometidas desde que el hombre existe sobre la tierra.


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