Amor,
qué
tristes las horas que pasan sin ti
cuando
en la distancia
de mi
mar
contemplo
tus costas, sediento de ti,
de ti,
mi esperanza.
Mi amor
nació como un sueño,
como
un canario sin dueño,
que
le canta a tu voz,
tu risa
precoz,
tus
ojos, tu luz, tus migajas de Dios.
Volviste
a la vida
mi estrella
caída,
me diste
tu aliento
y fui
como el viento
que
besa riendo la arena dorada
que
baña la mar,
tu amor
y mi amor.
Tu amor
posó
en mi desierto su suave aletear
de blanca
paloma
del
color
de la
azucena que endulza el dolor
con
fragante aroma.
Tu amor
cruzó mi frontera
cuando
era tiempo de espera,
y me
dio una razón,
una
ensoñación,
un vino,
un destino, una nueva canción.
Bebí
en tu hermosura
un licor
de dulzura
que
calmó en mi frente
la sed
de tu fuente,
uniendo
en mi tarde tu sangre y mi sangre,
tu mar
y mi mar,
tu amor
y mi amor.
Ya no,
ya no
somos islas en la soledad
del
inmenso océano,
de la
mar,
que
acuna en su espuma la luna y la sal
de un
cariño humano.
Nuestro
amor creció cual promesa
de un
abrazo sin tristeza,
de ternura
y de paz,
la entrega
sin más
de un
beso, un te quiero, un siempre, un jamás.
Ya no
hay en mi vida
mil
olas perdidas,
muriendo
en la arena
de una
cruel condena;
sólo
quedas tú para hacerte la entrega
de mi
ser total,
de todo
este mar,
tu amor
y mi amor.