TRABAJANDO

Voy recorriendo la redondez
del planeta humano,
sintiendo la mortal aridez
de un paisaje extraño:
anidando en cada corazón 
los fantasmas del daño,
heraldos negros de división
socavando la paz.

Y mientras va destilando hiel
la tierra profanada,
hay muerte de indiferencia cruel
en las mentes erradas:
unos que ciegos quieren estar
al dolor de su hermano,
mientras que otros quieren proclamar
razones de arsenal.

Yo ya no quiero
voltear la mirada,
yo nada espero
de la lucha armada.

Quiero ofrecerle
en cada hora
al hombre de carne
la luz de la aurora.

Para que el sol ilumine
la faz de un mundo que gime,
hay que amar trabajando.

Dame tu pala, minero,
para destrozar la roca dura,
para abrir humanas hendiduras
en los corazones de piedra. 
Me hundiré en los negros socavones,
en hondones profundos del alma. 
Cavaré hasta que brote la sangre, 
hasta descubrir amor.

El trabajo es fuerte,
pero es camino
para el valiente
que oyó su destino.

Se cae a veces,
la frente sudando,
hay que pararse
y seguir trabajando.

Siempre brotará la fuente
que inunda nuestro presente
de libertad y esperanza.

Hazme un cántaro, alfarero,
para recoger el agua pura
que limpiará con su frescura
la frente del peregrino,
que nunca se instaló en sus sillones,
mientras tuviera que llorar
escuchando las tristes canciones
de la sufriente humanidad.

Dame tu hoz, campesino,
para cosechar el trigo
sembrado por los caminos
que transitó el luchador
que lanzó palomas a las brisas,
que nunca empuñó un fusil,
que marchó cantando en la milicia
de hombres que aman hasta morir.

¡Minero de profundidades!
¡Alfarero de ideales!
¡Campesino de eternidades!
¡DIOS!