Yo
no sabía
de qué
colores son las melodías,
de qué
sabores se colma la vida,
de qué
favores goza mi pulmón.
Yo no
sabía
qué
torpe es el vigor de la polilla,
que
no es el tiempo muerte todavía,
qué
fuerte es el puntal de mi esternón.
Yo no
sabía
que
había tanta luz en tu mejilla
y tanto
espíritu en tu anatomía,
que
había tanto Dios en el amor.
Lo he
sabido
cuando
arrumé los meses de mi hastío,
cuando
arrullé las mieses de tu estío,
cuando
alumbré mis peces a tu sol.
Lo he
sabido
al margen
del camino recorrido,
al borde
del olvido requerido,
al son
de un peregrino que es mi amigo,
al toque
de un sonido encantador.
Sabiduría
que
da el amor cuando es su mediodía,
que
da el dolor en su melancolía,
que
da el calor del corazón de Dios.
Y
decirte
que
sin tus labios y sin tu mirada,
que
sin tus besos yo no valgo nada,
que
sin tus ojos no podré vivir.
Y
sentirte
como
un refugio, como una morada,
como
un lucero nuevo en mi alborada,
como
un abrazo que no ha de morir.
Yo no
sabía
de qué
dolores se nutre el almíbar,
de qué
dulzores se cubre el acíbar,
de qué
rumores se urde tu estación.
Yo no
sabía
que
no hay vereda al margen de la herida,
que
no hay tristeza ausente en la alegría,
que
no hay espina sin su bendición.
Yo no
sabía
que
tanto Padre habita en nuestro día,
que
tanto Hijo hay en tu compañía,
que
hay tanto Espíritu en nuestro amor.
Lo he
sabido
cuando
busqué el capullo de tu nido,
cuando
juzgué tan tuyo lo que es mío,
cuando
ahuyenté el murmullo del temor.
Lo he
sabido
al filo
de mi limo amanecido,
al ritmo
de un racimo estremecido,
al ruido
de un tañido enmudecido,
al trino
de un plañido ensoñador.
Sabiduría
que
da el amor cuando es su mediodía,
que
da el dolor en su melancolía,
que
da el calor del corazón de Dios.
Y
decirte
que
sin tus labios y sin tu mirada,
que
sin tus besos yo no valgo nada,
que
sin tus ojos no podré vivir.
Y
sentirte
como
un refugio, como una morada,
como
un lucero nuevo en mi alborada,
como
un abrazo que no ha de morir.