Me
llevé tu perfume en mis labios,
me llevé
tu ternura en mis manos,
me llevé
tu mirada en la mía,
tu sonrisa
cautiva
en mi
corazón
Me llevé
tu recuerdo en mis brazos,
el cariño
que hallé en tu regazo,
me llevé
el sabor del cerezo
que
me diste en tus besos,
me llevé
tu amor.
Tuve
miedo de perderte
desde
el primer instante
en que
quiso la suerte
que
viera en tu semblante
el cariño
que querías derramar en mí...
Como
un niño en brazos de su madre,
me entregué
a la bendición de amarte,
y callé
para que en silencio me hables
con
las flores más dulces y entrañables
del
jardín de tus besos adorables,
donde
tú me enseñaste a renacer
como
brisa de un bello amanecer.
Ya no
hay nada muriendo en lo oscuro,
ya no
hay nada detrás de mi muro;
noche
y sombra quedaron tendidas
a las
puertas del día
que
trajo tu amor.
Ya no
hay nada de tuyo y de mío,
ya no
hay nada entre el mar y el río;
sólo
quedan fuentes de aguas puras,
mi gaviota
de altura,
mi reflejo
del sol.
Y no
sé cómo decirte
que
quiero más la muerte
a que
prefieras irte
y no
volver a verte
y no
sentir ya más al lado tu calor, tu amor...
Sabes
que te quiero sin cansarme,
sé
que nunca dejarás de amarme,
porque
el mundo que yo llegué a mostrarte
ahora
es tuyo como tu propia sangre;
ojalá
no vuelva a caer la tarde
en el
huerto donde tanto dolor
fue
regando las rosas del amor.