A
la espesura de mal trayectoria
llegaba
mi historia oscura,
porque
nací en la orfandad,
sin
la inocencia que da la cordura.
Flora
de cosas más puras
maduran
las horas hasta la juntura
de mi
cintura lustral
con
el oro espiritual
que
encontré, vagabundo,
entre
insectos inmundos
que
pueblan mi ser,
escarbando
las joyas
que
me hacen creer
que
será mi victoria
de una
mujer.
Madre
María, Madre de Dios,
hay
en tus manos ausencia de espinas,
cadencia
que afina el corazón humano
y hace
más lejanos los presagios de orfandad.
Madre
María, Madre de Dios,
tu amor
es cual sombra en parajes desiertos,
es como
un concierto en el huerto de alondras,
es rayo
que alumbra las batallas del mortal.
Niño
que bebe sereno en tu seno
un cariño
de cielo moreno,
trémulo
de promisión,
de sol,
lucero, de Dios y de hombre.
Divina
infancia que anida en las ansias
de la
resonancia humana,
danzando
en el manantial
de la
fuente original
que
perdí en las edades
del
hombre a mitades
que
creyó saber
madurar
unidades
de su
indecisión,
construir
catedrales
de su
destrucción.
Madre
María, Madre de Dios,
tu nombre
en mi boca me revoca el sueño
que
hace de mi empeño una empresa loca,
tu nombre
trastoca mi amargura en canción.
Madre
María, Madre de Dios,
siento
tu ternura cual paloma en vuelo
que
inspira en mi cielo aromas de dulzura,
cual
fruta madura para la nueva estación.