Es
el cristiano un guerrero
que
debe romper el yugo
de la
serpiente que pudo
hacer
del mundo un destierro.
Arde
en nuestros corazones
la luz
que brilla en los ojos
de Dios
que se hizo hombre
y que
vivió entre nosotros.
Todo
el con Cristo anda
pelea
fuerte en la brecha:
se hace
guerrero que canta,
se hace
poeta que lucha.
Vivo
yo, mas no soy yo,
es
Cristo quien vive en mi.
¡Soy
luchador, soy poeta,
labrador
del mundo,
soy
hombre de Dios!
Es el
dolor compañero
del
hombre que con empeño
hace
de Cristo su ensueño
y lucha
con ardor fiero
contra
el pecado que late
en su
corazón de hombre:
si quiere
que el mundo cambie
debe
cambiar él primero.
Alegría
de esperanza
que
enciende a los combatientes,
la luz
de sus corazones
irradia
amor de hombres nuevos.
Vivo
yo, mas no soy yo,
es
Cristo quien vive en mi.
¡Soy
luchador, soy poeta,
labrador
del mundo,
soy
hombre de Dios!
Un campo
agreste es el mundo
que
necesita el arado,
que
la sangre del Amado
corra
en sus profundos surcos.
He de
labrar este campo
con
rudas manos de Cristo.
Hierro
que labra es mi canto
para
la nueva simiente.
Soy
campesino que abre
surcos
en los corazones,
pero
no soy yo el que labra,
sino
el Señor de los cielos.
Vivo
yo, mas no soy yo,
es
Cristo quien vive en mi.
¡Soy
luchador, soy poeta,
labrador
del mundo,
soy
hombre de Dios!