Cuando
sucede
que
el pueblo que canta
quiere
expresarse
desde
el corazón,
trina
un charango
sus
cuerdas de fiesta,
gime
una quena
con
tierno llorar.
Palpita
el bombo
con
furia de trueno
y las
palabras
gritan
la verdad,
guitarra
que vierte
lágrimas
sonoras
y la
zampoña
su antiguo
cantar.
Pero
no importa
quién
sea el que canta,
quién
sea el que toca
la instrumentación,
si el
sentimiento
de todo
un pueblo
flota
en el viento
de la
canción.
No
queremos los aplausos
de
la audiencia, ¡no, señor!,
que
son otros los que cantan
a
través de nuestra voz,
y,
si suenan palmas fuertes,
no
serán en nuestro honor,
sino
del hombre que vierte
su
sangre en nuestra canción.
Lejanos
ecos
de antiguos
tiempos
se hacen
carne
en la
canción,
música
que tiene
latido
de pueblo
y un
hondo anhelo
de eternidad.
A nuevos
tiempos,
nueva
esperanza,
nuevas
canciones,
sin
olvidar
que
en las raíces,
bañadas
de historia,
mi tierra
respira
propia
identidad.
Las nuevas
luchas
nos
llenan las venas
de sangre
nueva
teñida
de amor,
y las
canciones
serán
banderas
con
un solo lema:
¡Reconciliación!
No
queremos los aplausos
de
la audiencia, ¡no, señor!,
que
son otros los que cantan
a
través de nuestra voz,
y,
si suenan palmas fuertes,
no
serán en nuestro honor,
sino
del hombre que vierte
su
sangre en nuestra canción.